Jesucristo Mahoma

Escrito por Bonifacio Singh el .

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Quieren que estés en casa, todo el día, toda la noche, todo el año, incluso ya también las fiestas de guardar. Quieren que trabajes, si puedes hacerlo, desde tu puta casa también, que no salgas a la calle, para que no desgastes el asfalto. Quieren que pagues todo con tarjetas de crédito, o con tu mierda de teléfono móvil, controlar tus transacciones al milímetro, para que les pagues impuestos que abonen sus sueldos. Quieren saber siempre dónde estás, dónde compras, dónde cagas, dónde meas, dónde follas, aunque si lo haces todo en casa, pues mucho mejor, y si pagas por todo ello pues miel sobre hojuelas, quieren poner un impuesto por follar porque follar somos todos. Quieren que no tengas casa ni coche propios, ni perro que te ladre, que todo sea de alquiler, que les pagues alquiler por todo a ellos, a un módico precio. Quieren que te relaciones a través de sus pantallas, que veas su cine, su tele, incluso que viajes a través de la imaginación, la que ellos te ofrecen. Quieren que no contamines el centro de sus ciudades para que ellos respiren bien cuando hacen turismo, quieren que no vayas a sus campos para que cuando ellos deseen hacerse sus fotos allí todo esté inmaculadamente verde. Quieren que vivas donde no molestes. Quieren que no salgas por las noches, para que no robes en sus tiendas cuando no vigilan ni te mees en sus esquinas cuando no se pasean por ellas, para que no les atraques. Te quieren cobarde y cómodo. Quieren que te emborraches en casa, que te drogues en casa, que te hagas pajas en casa, que charles desde casa, que ligues desde casa. Para ello ya están inventando herramientas que te hagan feliz, a cambio de un pequeño diezmo. Quieren que no cojas aviones para no estropearles su bonita y jodida estratosfera con el humo, para que sus jets privados tengan espacio suficiente para circular. Quieren que te excites con escenas amables de sexo con amor, sexo con caricias, sexo limpio, no vaya a ser que un día te folles a hierro a sus hijas, y a ellas les guste. Quieren que tomes lexatín para dormir pero que no tomes alcohol, porque el sistema sanitario es muy caro de mantener si se nos dilata el hígado en grupo. Quieren que creas que los buenos y los malos existen. Quieren que tengas miedo, todo el que puedas soportar. Quieren que sientas que eres muy malo y que no respetas nada, que eres el culpable de todo lo que pasa, y que ellos van a salvarte, sobretodo de tí mismo. Quieren que veas que no mereces tu libertad. No quieren que se la chupes, no, sólo se conforman con que vayas a votar, es más que suficiente. Quieren que te incineres, que no dejes huella en el terreno con una jodida tumba, y que tus cenizas las eches al mar en una urna biodegradable, no vaya a ser que tú, hijo de puta, envenenes a algún celacanto.

Finales de marzo. Nieva unos copitos ligeros llenos de hollín. Todo está gris. Hago cola en la puerta de un supermercado DIA. Noto un golpe en mi espalda. Me doy la vuelta, es un tipo que va mirando el móvil y que ha chocado conmigo. Me mira raro. Le digo que por qué no se mete el móvil por el culo. Recula un poco. Entro en la tienda. Compro latas. Sigue sin haber leche semidesnatada, se la llevaron toda los primeros días, sólo hay leche entera y desnatada, unos pocos cartones abollados que la turba ha dejado abandonados a su paso. Apenas hay carne. Increíblemente hay papel higiénico. Acaban de traerlo. La cajera da órdenes de solamente dejar que la gente se lleve un paquete por persona. Un tipo tose en la cola. Me marcho hacia Mercadona, todos los desplazamientos tienen que estar justificados. Cuando entro en el imperio del señor Roch un empleado riñe a una chica porque solamente ha comprando una botella de ron, le dice que eso no justifica salir de casa para comprar. Le habla alto. Me dan ganas de meterle una gran patada en los huevos y huir con ella a vaciar la botella. Los empleados de Mercadona, también héroes, serán propuestos próximamente como autoridad pública, lo mismo que los policías, y si les metes una hostia o los grabas vas a la cárcel. Quemar un Mercadona, hacerlo arder hasta los cimientos.

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Principios de abril. Hago cola en la puerta de la panadería. Sale una mujer joven con un carrito cargado de pan hasta arriba, bollos y magdalenas. Se lleva hasta la última barra, ya solo quedan unos chuscos pasados de pan integral. Lo congelará todo por si acaso, y luego, al cabo de un mes, lo tirará todo a la basura porque el pan sabrá a hielo carbónico. Cuando estoy en la puerta veo a otra mujer en un balcón del segundo piso de enfrente, y a un hombre en el de al lado, hablándola. Ella friega su balcón mientras él le comenta, sin que ella parezca escucharle, que lleva veinte días sin mover el coche, porque pueden pillarte si lo mueves y echarte una multa, que no se atreve. Se escucha la charla desde la acera. Hace días que llevo unos salvoconductos para ir en coche. El primer día salí tenso y un poco acojonado, porque las fuerzas de seguridad del estado me dan asco y alergia a partes iguales, de toda la vida, y pasar un control de los suyos me revuelve el estómago. Me imagino con un cinturón de explosivos cuando me paran, y sonrío, y ellos no saben lo que estoy pensando, y también me sonríen. Mi sonrisa es pegajosa, incluso debajo de una mascarilla FPP2. Pero desde que salgo con el coche no he visto ni un sólo puesto de control. He recorrido calles y autopistas, mis salvoconductos han amarilleado sin ver a los uniformados por ninguna parte. Por una parte es una alegría no verles los caretos, por otra me hace sentir una especie de impotencia y odio, por la mentira que nos están haciendo vivir. Hay que tener miedo, mucho miedo, para ser de verdad bueno.

Mediados de marzo. Las ocho de la tarde. Sale el vecino balconazi, con perdón para Adolf, que ya hace tiempo que me he dado cuenta de que sólo fue un inocente visionario. Volvamos al balcón. Primero pone “Resistiré” en un bafle enganchado a la barandilla. Luego pincha tres o cuatro canciones guays más, de las que les gustan, nostálgicas, de amor, con ritmo, con raíces flamencas o celtibéricas. Poco a poco, día a día, a las putas ocho de la tarde, va enchufando unos minutos más de hilo musical, hasta pasar de la media hora, incluso de los cuarenta y cinco minutos. Un día saco yo un altavoz al balcón y pongo “Smoke on the water” a la vez que suena el Dúo Dinámico. Nadie parece escuchar a Deep Purple, siguen dando palmas al ritmo del enano Manolo y el follador alto Ramón. Quito mi música, derrotado. Los dos viernes antes el confinamiento en el mismo piso del balconazi organizaron fiestas hasta entrada la noche con la pachanga a toda hostia. Luego aprovecharon la coyuntura para hacerse los dueños de la cultura balcón. Gentes que salen a dar conciertos en las terrazas y en las ventanas, que tocan la guitarra, el piano, la bandurria, que inventan preciosas melodías y letras, gente que incluso rueda cortometrajes, o largometrajes, en su casa, para pasar el rato, y que aspiran a estrenarlos en Netflix, o en Amazon Praim, y ahí tienen posiblidades de verdad de hacerlo porque el mayor hijo de la gran puta del planeta, Jeff Bezos, tiene mierda para aburrir a las ovejas en su plataforma y es capaz de comprar todo al estilo José Frade, y que tú pagues por ello para verlo, gilipollas. Homenajes a los héroes en cada balcón, en cada comunidad, en cada bloque, en cada barrio, en cada pueblo, en cada ciudad, en cada televisión, en el interior de cada coño. Héroes y más héroes. En la tele se trata de vender la cultura de los héroes, del triunfo sobre el mal omnímodo. El estado triunfando sobre el mal. Europa triunfando sobre el mal. La ciencia triunfando sobre el mal. La ciencia más infalible que Jesucristo y Mahoma juntos. Europa es más lista que nadie, Europa es más civilizada y más inteligente que nadie porque sus muchachos salen de Erasmus por todo el continente, aprenden idiomas varios y todos se convierten científicos o politólogos, todos los jóvenes aprenden inglés y francés y eso hace que se vuelvan listos de cojones. Hay que invertir más en ciencia y en los jóvenes. Los científicos son todos sapientísimos y buenísimos, no hay ni un sólo idiota en sus filas y ni un sólo hijo de la gran puta. Los jóvenes científicos políglotas vuelven a sus casas por navidad y echan charlas a sus familias sobre lo maravillosa y solidaria que es la vieja de hija de puta Europa.


Consejos te vendo porque para ti tengo.
Jesucristo y Mahoma
son el mismo hijo de puta
con difernte cara:
Jesucristo Mahoma, Hossana en el cielo.
Celacantos
nadando
por las profundidades del Mediterraneo
cagándose en tu puta madre entre el silencio abisal.
Farolas meadas hasta su médula eléctrica.
Ayuso tiene cara de follar muy bien.
Solo sé que estamos solos
bajo el fuego,
Madrid sólo me duele
cuando respiro.
Héroes de mierda en cada balcón.
Héroes de mierda en los hospitales
y en las comisarías.
Cagadas de perro bajo la nieve
como minas antipersona.
Voy a hacer un ERTE
de amistades.
De algo tiene que servir la soledad.
Voy a hacerle un ERTE
a tu puta madre,
a todas vuestras madres
que son trabajadoras incansables
en la colonia Marconi para
su búlgaro benefactor.
Ejercer actividades esencialesjesucristomahoma4
como la de prostituta, esas
que sí salvan al mundo.
Madrid sólo me duele
cuando me río.
No hay leche semidesnatada en la
estantería de
Mercadona ni en el
Alcampo de
proximidad, dejaron solamente
un tetrabrik abollado de leche
seminal entera
y la cajera se niega a chupártela
aunque se lo ruegues.
Madrid sólo me duele
cuando me respiro.
Tu mujer fue a manifestarse el día
de la mujer redundantemente coñazo y trabajadora, para
infectar a unas cuantas más a las que odia.
El suelo del supermercado DIA está lleno
de mierda
de la que mata todos los virus.
Croufindin para regalar
a los sanitarios
un crimpai
como gratificación
cuando no hay dinero
más que billones para expertos asesores en salud.
Intubar por el recto
para que respires bien.
Obligar a las enfermeras
a llevar minifalda
transparente.
Hay rameras nacidas en Wuhan,
putas amarillas
del lejano oriente,
tan lejos, tan cerca,
que se venden baratas en un puticlub
del barrio de Tetuán
de las Victorias;
que vienen desde el
otro lado
vírico del
universo para
hacerte pajas de
mala gana
y salvar al género humano
sin amor.
Cuando mueren son
recicladas por otras,
ellas contaminan menos que
Greta Thunberg.
Contenedores para vidrio,
para cartón,
para residuos orgánicos
y para chinos.
En el Cobo Calleja trabajan ahora a destajo
descuartizando chinos
para hacer pizzas barbacoa.
Madrid sólo me duele
cuando me río.
Los repartidores de Deliveroo y Glovo
ofrecen sexo con amor
a tu mujer.
Ella acepta gustosa y hasta
sueña con ellos
cuando folla contigo.
Los recibe directamente en pelotas cuando
traen tus hamburguesas del Burger King,
las que saben a mierda
que tú te comes.
Amancio Ortega
le gusta a tu madre
que se masturba viéndolo donar
mascarillas
a un módico precio de coste,
mientras tu padre, feliz,
cría malvas en el cementerio.
Madrid sólo me duele
cuando suspiro.
Las autoridades sanitarias
no dejan montar en bicicleta,
ni escalar montañas,
ni a los curas decir misa ni
follarse niños, todo es lastimoso, decadente
e insano.
Ha llegado la gran carestía,
la duodécima plaga,
porque se han agotado las pechugas de pollo sin grasa
en el Carrefour de proximidad que
abre 24 horas siete días a la semana.
Y a tu cuñado le empieza a dar tos y tos
pero se sigue encontrándose, desgraciadamente, muy bien,
no le hace falta ir al hospital porque dicen que
es un tío muy fuerte,
un gilipollas muy fuerte.
Y tu tía escupe en el vaso
de tu tío,
a ver si él se muere
pero tu tía empieza a toser y a toser
y se muere ella
y él llora su
muerte,
pero aunque
se masturba pensando en ella
luego se va al puticlub chino donde
trabaja tu madre para un búlgaro y
tu madre es trabajadora, muy trabajadora
pero ni siquiera es china, es solamente una zorra fea.
Madrid sólo me duele
cuando me río.
En Wuhan matan a los sanitarios
cuando acaba su jornada laboral y los
sustituyen por otros limpios, más nuevos.
Mundo ideal chino.
Wuhan está lleno de héroes
en los hospitales,
en las casas, en las comisarías y en
los campos de concentración de uigures.
Pedro Sánchez sale sin pantalones a la rueda de prensa,
se masturba en tu cara y
después
le caga en la boca a Pablo.
Celacantos
nadando
por las profundidades del Mediterraneo
cagándose en tu puta madre entre el silencio abisal.
Madrid sólo me duele
cuando me respiro.
Solo sé que estamos solos
bajo el fuego.

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Mi tía Feli, noventa años, pasó siete meses sin salir de casa sola con su marido, mi tío, algo demente ya, porque él no bebió lo suficiente en su juventud, lo hizo deliveradamente para intentar llegar a viejo o para tener un buen riego cerebral. Doble condena zombi. Un día ella se cayó en el baño. La llevaron a urgencias. Le hicieron unas radiografías. Los héroes del hospital le dijeron que era falsa alarma, que no tenía nada más que un golpe. Volvió a casa. Al día siguiente empezó a tener fiebre alta y tos. Volvieron a llevársela. Murió a los tres días. Mi otra tía que quedaba viva, Mari, ochenta y ocho años, casi no veía. Había tenido cáncer diez años atrás, y el corazón le funcionaba regular. Resistió. Desde marzo hasta finales de diciembre no salió de casa, su hija le llevaba la comida y se la dejaba en la puerta, y también hablaba con su vecina de un balcón a otro. Llamaba por teléfono a mi madre todos los días dos veces. A veces lloraba, pero siempre daba ánimos. Había empezado a echar un poco de sangre al mear, pero no le dio mucha importancia, no se lo contó a nadie hasta que aquello parecía una manguera. Una mañana se desmayó al levantarse. La llevaron al hospital. Murió a los cinco días, tenía un enorme tumor en el útero y otro en el pulmón, que no habían visto hasta entonces porque llevaba año y medio sin ir al médico. Afortunadamente no tuvimos que ir al tanatorio a escenificar paripés, porque ahora está prohibido festejar la muerte. Ella y mi tío se han encontrado al fin en la nada. Y han descansado de ver todo este espectáculo repugnante que se vive en Madrid con el coño de Ayuso chorreante y los huevos de Pedro Sánchez lefando sin parar.

Finales de abril. Vuelvo a casa mirando alrededor como si me estuvieran vigilando o como si acabase de esnifar dos pollos enteros de cocaína. En la puerta hay un coche mal aparcado con los intermitentes puestos, y un agente de movilidad tomando nota. Le digo que creo que el coche es de un vecino, que espere un minuto. Me dice que vale, pero cuando me doy la vuelta pone la multa y se marcha corriendo en su moto. El dueño del coche fue amigo mío en la infancia, y está descargando comida para su madre en el portal de al lado, la mujer está muy enferma y aislada desde principios del confinamiento, porque es mejor vivir aislado, con miedo y bajo el yugo de los hijos de la gran puta de la policía municipal que salir a la calle a suicidarse. Ella morirá dos meses después, quién sabe si de soledad o del virus. Y la policía municipal, los pitufos, los guindillas, los héroes de mierda, los vagos de uniforme, siguen su labor asquerosa en la calle haciendo nada, jodiendo al resto y chupando las pollas de las autoridades de turno. Lacayos de baja estofa. Si algo he aprendido estos meses es a recordar cómo odiaba de joven a las fuerzas del orden, recordar de dónde vienes y lo que tienes que sentir por la gente que hace méritos y trabaja incansablemente todos los días para que el mundo sea una jodida mierda. Estamos solos bajo el fuego.

Desde el mes de mayo no compro mascarillas. Solamente robo FPP2 en los grandes almacenes, en paquetes de tres. He robado ya unos treinta. También unos cuantos envases de gel hidroalcohólico. Sienta bien ser como Robin Hood. La cajera panchita de DIA siempre está muy seria, casi nunca te habla. He visto en las redes sociales que la insultan, que la llaman maleducada. Sí, hay redes sociales de mierda en las que los hijos de puta dan su opinión hasta sobre los hipermercados de saldo para pobres. Los insultos hacia ella provocan que comience a caerme bien, empiezo a sonreír y a saludarla mirándola a los ojos cuando voy a pagar. Y por arte de magia comienza a sonreírme y a saludarme. Le pregunto que qué tal todo y me responde sonriendo que todo bien. Sonreír. No tener miedo. Nos vemos sonreír con los ojos, lo adivinamos por debajo de la mascarilla que ambos robamos. Quieren que vivas con miedo, con mucho miedo. Madrid, cuando el sol arde sobre tu sucio cielo azul eléctrico, no tengo nunca suficientes segundos, ni minutos, ni horas, ni días, ni meses para andar achicharrándome por tus avenidas, me falta tiempo. Y cuando la oscuridad invade todas tus esquinas y tus rincones, siempre me falta existencia para caminar invisible por tus calles. Madrid, eres el patio particular de mi casa y no eres de nadie más que de ti, aunque te reclamen para sí y te prohíban, Madrid. Desgastaré mis suelas hasta que me muera y nadie podrá pararme nada más que sacándome con los pies por delante, de ti. Madrid.


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