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Conversaciones con mi androide

androide1

No acierto a pensar qué percibes más allá
de esta pradera salpicada de amarillo, luz
por el azar que crea destellos imprevistos,
botones de una carne vegetal que intriga.

¿Puedes imaginar?
No. Puedo especular.

Sí pudieras, sabrías del misterio, eso que,
de forma asombrosa se produce al cerrar
los ojos, dejando suponer al pensamiento
que tras la pradera corre un río, que hay
gigantes sabios que son árboles azulados,
animales que pacen a su sombra, piedras
calientes por el sol. No los ves. Ni intuyes.

androide2¿Me entiendes?
No. Sólo entiendo lo razonable.

Mira. Una vez fui un niño. Desprotegido
de la lluvia que ahora nos cala mientras
paseamos este asfalto de burbujas frías.
Mira, era un niño, ahora soy un hombre,
he crecido durante los años, envejecido.

Entiendo el tiempo. ¿Envejeceré?
Sí. Serás otro siendo el mismo.

Estas hormigas silenciosas y obstinadas
recorriendo tu brazo, no esperan nada,
sólo actúan por la naturaleza dispuesta,
ellas no entienden el tiempo, sólo son,
tú las superas con tu inquietante razón.

¿Soy menos natural que una hormiga?
No. Eres tan consustancial como soy yo.

¿Me enseñarás a imaginar? ¿Aprenderé?
No lo sé. Mi pensamiento crea mundos,
sueña la pasión aplicado a este tránsito
que no comprendo ni tampoco sus fines.
Quizá no sepa enseñarte. Quizá otros sí.

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Gusto, opinión y crítica

critica1

Nunca me han gustado los bodegones. Pan, cuencos, jarras, algo de verdura, fruta y un trozo de queso amarillo. Tenía sentido, en su momento, representar los productos que albergaba la bodega, más cuando la alimentación siempre ha supuesto un modo de celebrar mediante el placer las satisfacciones de la vida. Una variante de este tipo de representaciones pictóricas, naturaleza muerta, incluye animales por lo que todavía se aleja más de mi gusto cuando me acerco a esos pollos, conejos y perdices con los cuellos laxos o a esos besugos de ojos tristes. Otra tercera variante que suele englobarse en el término bodegón son las vanitas, nombre con el que se designan las representaciones que apuntan a recordarnos lo mortal, la fugacidad de la vida y sus placeres con esas calaveras junto a una vela consumiéndose, alguna tibia, coronas de espinas o rosas mustias junto a un reloj de arena; nueces, algún libro y racimos de uvas al lado de un membrillo a medio pelar. Tampoco me gustan. Pero este es mi gusto, que obedece a un estilo de vida, a un aprendizaje y unas costumbres culturales que han determinado un entendimiento particular de la estética y la representación figurativa.

critica2Otra cosa es mi opinión acerca de este estilo de pintura cuando concurren con brillantez argumentos fundamentales de la creación artística. El simbolismo presente en la voluntad expresiva del autor. La luz de bodega con claroscuros y matices que resaltan el interés de cada elemento. La técnica de una maestría reseñable con pinceladas pulcras y minuciosas. La composición elaborada en base a patrones concienzudos fruto del estudio. El cromatismo de amplísima riqueza y, en definitiva, cuando el sentido del objeto pictórico conforma un todo que trasciende lo representado; entonces, se produce en mí una opinión favorable sobre la obra en cuestión. No pondría una obra así en la pared de mi casa, pero considero su valor artístico más allá de mi gusto respecto al estilo de pintura. No hay contradicción alguna. El gusto hacia algo y la opinión sobre ese algo no tienen porqué ser coincidentes. No, si desde una visión pormenorizada se analizan los factores que dan lugar a uno y otra.

Una vanitas contemporánea, tridimensional, bien podría ser la calavera de platino cubierta de diamantes que Damien Hirst ideó. Y digo ideó porque su participación material en la elaboración fue prácticamente nula, muy al contrario de la esforzada dedicación que requiere cualquier bodegón. Conceptualmente, en mi opinión, es una representación contundente de lo efímero y lo banal de la vida. Una alegoría llevada al extremo, más si entramos a considerar el escandaloso valor material de la obra que por los propios materiales casi justifica su precio de mercado. El valor y el precio del arte no suelen coincidir, menos en un sistema en el que lo fundamental ya no es el arte en sí sino la posesión del arte. En el extremo opuesto nos encontramos con una obra de ínfimo valor material como fue la de Manzoni y sus latas de Mierda de artista, latas conteniendo, según decía la etiqueta, 30 gramos de lo que se suponía eran sus excrementos, con un precio similar al precio del oro. El mero hecho de estar firmadas por un artista reconocido glorifica la posesión. Realmente, parece ser, contenían 30 gramos de yeso. En cualquier caso, estaríamos ante otra vanitas al considerar la desproporción de valor y precio en una revisión tanto de la estupidez humana como de lo efímero de la vida. Tampoco pondría en mi casa ni la calavera de Hirst ni una lata de Manzoni, no lo haría por la dimensión ética que suponen, aunque su dimensión conceptual me genere una opinión favorable desde un análisis minucioso. Modos de representación a fin de cuentas.

No me gusta Bob Dylan. Me aburre y no me aporta nada especial; pero entiendo su valor desde una concepción cultural. Mi gusto y mi opinión no coinciden. En cambio sí coinciden ante las propuestas de Joaquín Sabina que, desde los dos ángulos, me parecen un acierto en general. Evidentemente Dylan me queda mucho más lejos en cuanto a estado sociocultural, como me queda lejos Mayakovski en poesía y aun así lo aprecio y me gusta. El ambiente cultural determina hasta cierto punto el gusto, pero la opinión entiendo que debe estar por encima de los sesgos culturales.

Y, ya en el ámbito puro de la poesía con proximidades culturales o no, me encuentro con frecuencia ante poemas que no me gustan y que en mi opinión tampoco aportan a la poesía tal como la entiendo. En menor proporción me encuentro con poemas que no me gustan pero en cambio sí entiendo que suponen un acierto poético, y, con menor frecuencia, me encuentro con poemas en que mi gusto y mi opinión coinciden de forma favorable. Lo que no me ha sucedido es encontrar un poema que me guste y que mi opinión sobre su sentido poético sea desfavorable. En resumen: Gusto y opinión coincidentes, ambos favorables o no favorables a la vez, sí. Gusto desfavorable y opinión favorable, sí. Gusto favorable y opinión desfavorable, no.

critica3Así pues, observo que, desde mi punto de vista, la opinión prevalece sobre el gusto poético a la hora de enjuiciar un poema. Con esto no quiero decir que enfrentarse a una propuesta desde el gusto personal no sea algo válido personalmente, pero me pregunto si ese modo de acercarse a la poesía es el preferente y adecuado a la hora de atender a los valores poéticos que cada obra pueda presentar.

Resulta difícil encontrar el filtro para evitar que entren a formar parte de nuestras opiniones elementos contaminantes provenientes de nuestro gusto personal. De igual modo la crítica formada desde una opinión que arrastre contaminantes nos podrá parecer que no profundizará adecuadamente en el fondo de la obra en cuestión. Es muy difícil desprenderse de las filias y fobias que vamos adquiriendo a lo largo de nuestro proceso cultural y social. Como es muy fácil caer en la anteposición de la persona autor por la obra.

Ante todo esto, para que la opinión pueda llegar a tener carácter de crítica podrá parecernos que deberá desprenderse de toda consideración subjetiva y acogerse a la imparcialidad objetiva, aun sabiendo las dificultades que la objetividad comporta.

Por otro lado, de forma opuesta, Charles Baudelaire dijo con respecto a la crítica:
«Para ser justa, es decir, para tener su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política; esto es: debe adoptar un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes». Esta visión es compartida por muchos críticos considerados de primer orden; entre ellos Apollinaire, Óscar Wilde y más próximo a nuestro tiempo e idioma, Juan Eduardo Cirlot.

A poco que nos detengamos a pensar salta a la vista que será poco menos que imposible ejercer la crítica sin que intervengan nuestros gustos y opiniones. Por más que decidamos ser objetivos se filtrarán inevitablemente consideraciones puramente personales más allá de todo lo que cada cual haya aprendido y asumido. ¿Son esas consideraciones personales las que precisamente dan valor a la crítica? Posiblemente sí. ¿Qué valor aportará la crítica siendo absolutamente neutra y calculada si el crítico no se permite acudir a sus criterios más personales? El crítico debe aportar y para aportar deberá implicarse desde su conocimiento para enfrentarse a lo que se le propone. De igual modo que el creador debe tener un espíritu crítico, el crítico debe tener un espíritu creador.

critica4Oscar Wilde hablaba del «fino espíritu de elección» y del «delicado instinto de selección» desde los que el artista nos muestra la vida mediante sus creaciones y, decía, que es desde la facultad crítica desde donde el artista crea y quien no la posee «no puede crear nada en arte». Ante esto podemos deducir, evidentemente, que sin esa facultad crítica no se podrá crear nada en crítica.

Una visión crítica debe atender no sólo a lo expresado en la obra sino al mundo que ha contribuido a generar en el autor el resultado y, así, ponerlo en relación con el propio mundo del crítico. El contexto sociocultural y la interconexión de la obra con referencias y propuestas anteriores, ya sean confluyentes o divergentes, deberán formar parte del ejercicio crítico. La crítica debe sorprender, revelar, descubrir, proponer y enseñar.

Igual que es imposible entender las ideas y propuestas de los artistas del Renacimiento sin contemplar el contexto, será imposible entender la propuesta de Manzoni desde la perspectiva y los cánones del Renacimiento cuando no se contemplaba el tinte especulativo que tiene hoy el mercado del arte.

¿Existe contradicción en ser objetivo desde lo subjetivo? Tal vez esa es la clave de la crítica, que el crítico desde la consciencia de su subjetividad actúe con principios y criterios formales de modo que pueda crear una situación de la obra que amplíe los horizontes. Incluso, por qué no, actuar desde su instinto en la «selección» y «elección» para crear un mundo paralelo que sitúe la obra en un nuevo estatus.

Se pueden centrar en cuatro modelos, en una clasificación condensada, los modos de ejercer la crítica sin prejuicio de otros tantos y de los propios de cada cual que, probablemente, recogerán aspectos de alguno de estos modelos. El formalismo ruso entiende la crítica, de forma sucinta, como un estudio científico de la literatura en una comparación entre el lenguaje literario y el lenguaje cotidiano. El nuevo criticismo americano apunta a una exclusión total de la persona del crítico y la subjetividad, centrándose en un análisis que prescinde de las circunstancias históricas y ambientales, para fijarse exclusivamente en la obra en sí «como un mundo autónomo de fuerzas organizadas». La estilística entiende el estudio crítico de la obra desde su propio lenguaje en el que interviene la intuición del lector y del crítico, de modo que cada obra requiere una «estrategia distinta» de aproximación a ella. Y, la visión de Umberto Eco desde lo que él denomina «cooperación interpretativa», en la que el texto proporciona mensajes, opciones, que a su vez contienen instrucciones para su interpretación. Esta visión incorpora una «semiótica textual narrativa» que contempla la cooperación del lector en el significado del texto, incorporando las nuevas propuestas de las teorías estructuralistas y generativistas del lenguaje.

Vemos pues, que la crítica razonada, si realmente se pretende ejercer desde una perspectiva responsable y competente, tiene una gran complejidad e implica aspectos muy variados desde los que poder ser formulada. Esa responsabilidad es imprescindible porque el ejercicio crítico afectará tanto a vertientes sutiles como a consideraciones ásperas. Significar el grado de relevancia, ya sea desde unas formulaciones u otras en relación con el objeto de la obra, será crucial para un resultado relevante.

Llegados a este punto podemos deducir que la crítica poética no consiste en hacer un ejercicio descriptivo de aquello que, bajo atención y estudio, se puede identificar de forma explícita en la obra. Poner de manifiesto los aspectos tradicionalmente propios de la versificación nos llevará a la identificación estructural del poema en relación a posiciones establecidas. No cabe duda de que es un ejercicio importante ya que, en ocasiones, según se pretenda una aportación ilustrativa y/o didáctica, resultará apropiado para revelar aquello que de forma consciente o inconsciente ha utilizado el autor para construir el poema; pero poco o nada nos dirá sobre la obra en sí ni en cuanto a la necesidad/voluntad expresiva del autor, ni hacia dónde se proyecta. Quizá podrá indicarnos la pulcritud o no del autor, la utilización de unos recursos u otros, o señalar sus preferencias y entendimiento del poema; sin embargo, no afectará ni pondrá de manifiesto la poética subyacente del poema si la hubiera.

critica5Planteada desde cualquier formulación la crítica debe tender a procurar abrir «al máximo los horizontes». Para eso, a mi modo de ver, debe prestar atención sobre tres áreas primordiales de la obra poética: Propuesta, estilo, y proyección.

- Propuesta. Núcleo aparente de la obra, comporta a su vez otras áreas. Objeto poético, temática, discurso y efecto.

- Estilo. Impronta del autor, el carácter propio que vendrá formado por la técnica, recursos, culturalidad y pregnancia.

- Proyección. Trasmisión en cuanto al suceso emocional y racional e irradiación de la obra, en tanto a sugerencias hacia nuevas vertientes.

Esto expuesto de modo esquemático, ya que lo dicho requiere un tratamiento aparte para una aproximación más profunda sobre cada punto señalado. Según la orientación de los criterios aplicados se obtendrán unas conclusiones críticas que puedan contribuir a esa apertura de horizontes que, en definitiva, es el objetivo de la crítica.

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