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Bye, bye, baby, bye, bye (Boceto para un corto)

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[En este proyecto de guión para un cortometraje han sido eludidas las referencias sobre localizaciones, así como descripciones de los personajes o diálogos. El lector puede hacer su propia recreación, como si fuera un hipotético director… a gusto del consumidor. Los planos propuestos son solo meras recomendaciones].

Claves:
Gran Plano General (GPG), Plano General (PG), Plano Entero (PE), Plano Medio Largo (PML), Plano Medio (PM), Plano Medio Corto (PMC), Primer Plano (PP), Primerísimo Primer Plano (PPP), Plano Detalle (PD).

SECUENCIA 1.
Plano 1.- Interior. Día. Dormitorio.
(PG) El protagonista (X) aparece solo, en una cama de matrimonio, dormido boca abajo y con los brazos extendidos en una extraña posición. Suena el despertador. X se incorpora casi instantáneamente, en contra de su arraigada tendencia al remoloneo.

bye2SECUENCIA 2.
Plano 1.- Interior. Día. Cocina.
(PM) X está sorbiendo una taza de café mientras en la radio hablan del temporal de lluvia de la noche anterior.

SECUENCIA 3.
Plano 1.- Exterior. Día.
(PG) X sale de una boca de metro y camina por la acera. Lleva un periódico en la mano.

SECUENCIA 4.

Plano 1.- Interior. Día. Edificio de oficinas.
(PG) X llama al ascensor. Otras personas esperan también.

Plano 2.- Interior. Día. Oficina.
(PG) El hombre entra en una amplia sala con mesas de trabajo y avanza entre ellas. Saluda a los compañeros que va encontrando y se acerca a su puesto.

Plano 3.- Interior. Día. Oficina.
(PM de frente). X se sienta, arroja el periódico sobre la mesa y abre un cajón. Suena el teléfono.

Plano 4.- Interior. Día. Oficina
(PM lateral) X está hablando por teléfono. Mantiene una conversación rutinaria. Mientras lo hace, hojea el periódico de forma distraída.

Plano 5.- Interior. Día. Oficina.
(PM frontal) X detiene su atención en una página. Pone cara de enorme sorpresa. Sigue hablando por teléfono, pero con extraños silencios, usando monosílabos y balbuceando.

Plano 6.- Interior. Día. Oficina.

(PG trasero). Cuelga. Se levanta. Toma su abrigo. Se lo pone. Coge el periódico. Lo enrolla y lo coloca bajo su axila. Abandona apresuradamente su puesto con pasos nerviosos.

Plano 7.- Interior. Día. Oficina.

(PG) X está ante la mesa de un compañero contándole un pretexto para salir.

SECUENCIA 5.

Plano 1.- Interior. Día. Mercado.
(PC) de un centollo. Se abre a PG de un puesto de mariscos.

Plano 2.- Interior. Día. Mercado.
(PD) Balanza marcando el precio.

Plano 3.- Interior. Día. Mercado.
(PG) X, entre los puestos del mercado con una bolsa y el periódico bajo el brazo.

Plano 4.- Interior. Día. Mercado.

(PD) de un cuchillo cortando lonchas de un excelente jamón.

Plano 5.- Interior. Día. Mercado.

(PG de X de espaldas). El tendero colocando las lonchas en papel y envolviéndolas.

Plano 6.- Interior. Día. Mercado.

(PM) X pagando al tendero.

SECUENCIA 6.

Plano 1.- Exterior. Día.
(PG) X entrando en una sofisticada tienda de licores.

Plano 2.- Interior. Día. Tienda.

(PM) X de espaldas, mirando una hilera de botellas de vino. Elige una.

Plano 3.- Interior. Día. Tienda.

(PC) de una botella de champán que tiene el tendero en su mano.

Plano 4.- Interior. Día Tienda.

(PM) El tendero hablando del excelente champán que tiene en sus manos.

Plano 5.- Exterior. Día.

(PG) X sale de la tienda con una bolsa y el periódico bajo el brazo.

SECUENCIA 7.

Plano 1.- Interior. Día. Salón.
(PG desde dentro). Se abre la puerta de la calle. X entra en casa y se dirige hacia la cocina.

Plano 2.- Interior. Día. Cocina

(PC) El centollo, sumergiéndose en una cacerola de agua hirviendo.

Plano 3.- Interior. Día. Cocina.

(PM) X distribuye con esmero las lonchas de jamón en un bonito plato.

Plano 4.- Interior. Día. Salón/Comedor.

(PC) Un bonito mantel flotando en el aire y posándose sobre la mesa.

Plano 5.- Interior. Día. Salón/Comedor.

(PM) La mesa, primorosamente puesta, con el centollo, el jamón, la bebida y todo lo demás. X deja el periódico sobre ella.

SECUENCIA 8.

Plano 1.- Interior. Día. Cuarto de Baño.
(PM cenital). Se ve la alcachofa de la ducha y la cabeza de X.

Plano 2.- Interior. Día. Cuarto de Baño

(PM) Empieza a caer agua.

Plano 3.- Interior. Día. Cuarto de Baño

(PM) X, aplicándose desodorante.

Plano 4.- Interior. Día. Cuarto de Baño.

(PP) X, peinándose con esmero ante el espejo.

SECUENCIA 9.

Plano 1.- Interior. Día. Dormitorio.
(PM) X abre la puerta del armario.

Plano 2.- Interior. Día. Dormitorio.

(PC) de los trajes. La mano de X escoge uno.

Plano 3.- Interior. Día. Dormitorio.

(PG) X ajustándose el nudo de la corbata.

SECUENCIA 10.

Plano 1.- Interior. Día. Salón
(PG) X está ante el equipo de música.

Plano 2.- Interior. Día. Salón

(PC). X saca un CD de su caja.

Plano 3.- Interior. Día. Salón

(PC) El dedo de X aprieta el botón de Play.

Plano 4.- Exterior. Día. Suena la música.

(PG) desde la calle a la altura del balcón. Se ve a X que arranca una pata del centollo.



Plano 5.- Interior. Día. Salón

(PP) X chupando la pata con delectación. Cierra los ojos.
(Plano a negro, sigue sonando la música)


SECUENCIA 11.

Plano 1.- Exterior noche. Vehículo en marcha. Tormenta.
(PM desde fuera) X conduciendo. Su mujer al lado. Ella duerme. Los limpiaparabrisas funcionan a toda velocidad. Un torrente de agua golpea sobre los cristales.

Plano 2.- Exterior noche. Tormenta de agua

(PG a PP) La luz de un vehículo que se aproxima entre el torrente de lluvia hasta ocupar todo el encuadre.


bye3SECUENCIA 10.

Plano 6.- Interior. Día. Salón.
(PC) Un chorro de vino llena una copa.

Plano 7.- Interior. Día. Salón.

(PG cenital) La mesa puesta con toda la comida.

Plano 8.- Interior. Día. Salón

(PM) X toma un sorbo de vino con cara de sumo placer.

Plano 9.- Interior. Día Salón.

(PD) El culo del vaso mientras X bebe.


SECUENCIA 11.

Plano 3.- Exterior. Noche.
(PC) El parabrisas inundado por la lluvia.

Plano 4.- Exterior. Noche.

(PC) Las ruedas del coche tomando una curva.

Plano 5.- Interior. Noche. Vehículo.

(PP) La mujer sigue durmiendo.


SECUENCIA 10.

Plano 10.- Interior. Día. Salón
(PP) X con los ojos cerrados degustando una loncha de jamón.

Plano 11.- Interior. Día. Salón.

(PP) Mesa con el periódico bien visible.

Plano 12.- Interior. Día. Salón.

(PD) La cabeza de una cerilla se desliza sobre un rascador.

Plano 13.- Interior. Día. Salón

(PG) X encendiendo su puro. Se ve el balcón abierto al fondo. (Travelling hasta el balcón). Hay una planta. (PC) de la planta. Sus hojas se mueven con el viento.

SECUENCIA 11.

Plano 6.- Exterior. Noche. Tormenta.
(PM) Árboles mecidos por el viento entre la lluvia.

Plano 7.- Interior. Noche. Vehículo.

(PM) X al volante, concentrado en la conducción, pero con ojos cansados.

Plano 8.- Exterior. Noche. Tormenta.

(PG a PC) Otra luz de vehículo que se cruza.

SECUENCIA 10.

Plano 14.- Interior. Día. Salón
(PG) X se levanta de su sitio con el puro en la mano. Coge el periódico y se lo coloca bajo la axila. Con la misma mano coge la botella de champán que se encuentra sobre la mesa. Se dirige al balcón. Allí, deja la botella de champán sobre una repisa.

Plano 15.- Exterior. Día. Balcón.

(PM lateral) X apura pausadamente las caladas de su puro.

Plano 16.- Exterior. Día. Balcón.

(PP) Los labios de X echando el humo del tabaco.

SECUENCIA 11.

Plano 9.- Exterior. Noche. Tormenta.
(PC) Una luz cegadora entre la lluvia acompañada de un fuerte sonido de claxon. Acto seguido se oye una larga y chirriante frenada.

SECUENCIA 10.

Plano 17.- Exterior. Día. Balcón

(PC) Cuello de la botella de champán. Se sigue escuchando el agudo sonido de la frenada mientras el tapón de corcho va saliendo hasta que estalla en un sonido seco y contundente.

Plano 18.- Exterior. Día Balcón.

(PC) El dorado líquido corre por el cuello de la botella.

SECUENCIA 11.

Plano 10.- Exterior. Noche. Tormenta.
(PP) Un hilo de sangre corre por el rostro de la mujer, atrapada entre los hierros del vehículo.

bye4SECUENCIA 12.

Plano 1.- Exterior. Día. En la acera. Bajo el balcón.
(PP) Un hilo de sangre corriendo por el rostro de X, destrozado contra el suelo.

Plano 2.- Exterior. Día. En la acera.

(PG) X muerto contra el suelo boca abajo con los brazos extendidos en una extraña posición. En su mano sujeta el periódico enrollado.

Plano 3.- Exterior. Día En la acera.

(PC) Una mano suelta el periódico de la mano.

Plano 4.- Exterior. Día. En la acera.

(PM) El individuo de espaldas. Desenrolla el periódico, lo abre, mira hacia arriba, hacia el balcón abierto y vuelve la vista sobre el periódico.

Plano 5.- Exterior. Día. En la acera.

(PC) Periódico abierto. Unas manos lo sujetan. Aparece el siguiente titular:
“Una pareja muere en un accidente de tráfico durante la tormenta de anoche”.


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Mecachis en la porra

mecachis1

La vida en prisión transcurre sin pena ni gloria. Parece mentira que esa yuxtaposición de tantas y tan truculentas historias personales en un espacio tan escaso y acotado queden absolutamente difuminadas por la rutina de los horarios, las conversaciones, las caras y las actitudes, por la reiterada sucesión de acontecimientos nimios, casi insustanciales.
No es que lleve mucho tiempo aquí y tampoco soy de los que tienen tanto mundo. Apenas un raterillo sin gloria, acuciado por la necesidad y las malas influencias. Aún no soy de los que acumulan experiencias, gentes y lugares donde crecen esas ramas poderosas que se abrazan a los placeres de la vida. Pero pesan las horas y los días, pesa el puré de patata que indefectiblemente acompaña al bistec en salsa, a la merluza a la romana, al pollo en pepitoria… Sí, es verdad. Cualquier novedad cae aquí como si fuera un globo aerostático de llamativos colores impulsado por el viento en medio de una noche invernal. Cualquier novedad corre veloz, como una niña pequeña que vuela a ponerse otra vez en la cola de la escalera tras deslizarse por el tobogán con las corvas aún calientes.

Cuando le vi entrar por la galería y avanzar hacia su celda en compañía de dos funcionarios me pareció poca cosa. La estampa televisiva que había proyectado distaba bastante de esa tez pálida, ese cabello descuidado, esa tripa prominente y esa indecisa forma de caminar que, sin embargo, contrastaba con un ademán tan impostado como altivo. Me asaltó un fugaz sentimiento de lástima. mecachis2A fin de cuentas, no era más que un perro sin amo, recién expulsado de su confortable cielo protector. Cruzamos una mirada fría, inexpresiva y no volvimos a coincidir hasta la mañana siguiente.

Los reclusos más veteranos le tenían ganas. Una injustificada sed de venganza rebotaba por las paredes grises y los barrotes manoseados desde que los noticieros adelantaron la inminencia de su llegada, tras un proceso judicial largo y tedioso, salpicado de indignantes revelaciones sobre su voraz codicia. Pronto cristalizó la necesidad colectiva de perpetrar un ajuste de cuentas ejemplarizante en nombre de la sociedad civil, de los eternos desfavorecidos o de dios sabe qué para calmar el malestar generado por esa especie de frustración de clase que tenía ofuscado a casi toda la población del recinto.

Como en tantas películas de género, el castigo se fraguó en las duchas. Ya se sabe, no hay tanto espacio para la originalidad en la cárcel. Yo no estuve presente. Tengo la buena costumbre de madrugar, dentro del limitado margen que dejan los horarios, para evitar ingratas concentraciones de cuerpos y comentarios soeces. No hizo falta, durante del desayuno no se hablaba de otro tema. Fingiendo un interés socarrón para no levantar sospechas, recibí más detalles de los que se pueden apreciar en un vídeo de sexo explícito. Como era de prever, la competición de vergas fue inclemente, ordenada y metódica. La víctima aceptó su fatalidad con magnánima resignación.

Esa misma tarde, después de una larga siesta arrullada por el movimiento de los sauces que se mecían al otro lado de la ventana, tuve un impulso súbito, turbio e irracional. Sin ningún control sobre mis actos, desmonté una de las perchas metálicas del armario y me la clavé repetidamente en el abdomen. mecachis4Mi compañero avisó a los guardianes con rapidez y en cuestión de minutos estaba postrado en una de las camas de la enfermería, ensangrentado y medio delirando, entre gestos de indiferencia del médico que practicaba los primeros auxilios.

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Seguramente un día o dos. Me habían administrado un poderoso sedante con el que tuve la percepción de ser absorbido por un agujero negro, por algún tipo de gusano espacio-temporal o por un intestino retorcido e inacabable. Me desperté con una extraña sensación de serenidad. Tenía la mirada perdida en algún punto insignificante del techo amarillento, incapaz de mover las articulaciones, hasta que en algún momento empecé a percibir una intensa respiración no lejos de mí, en realidad un resuello lastimero, como bloqueado por algún obstáculo. Cuando pude girar la cabeza hacia la derecha, advertí la presencia de un cuerpo recio y voluminoso reposando boca abajo. Entonces, él levanto levemente su cara y nuestras miradas se colocaron en línea por segunda vez en nuestras vidas.

A pesar de la gran conflictividad del centro y de los frecuentes altercados, durante dos semanas no hubo más ingresos. Las dos únicas plazas ocupadas de las diez disponibles daban a la estancia una inusual atmósfera de intimidad. Las visitas de los sanitarios eran cada vez menos frecuentes, a medida que nuestros estados de salud iban mejorando en paralelo, con una progresión muy similar, sorprendentemente acompasada. Un reconfortante silencio se había instalado en cada esquina, como un ángel guardián celoso de su cometido. Era como si el mundo se hubiese detenido en un instante infinito, como si hubiese replegado sus alas al borde de un acantilado tras una extenuante migración.

mecachis3En aquellas plácidas tardes, iluminadas por los tenues rayos del sol anuncinado su retirada, en los despertares perezosos, teñidos de nuevas expectativas, a lo largo de las lentas sesiones de ejercicios para recomponer nuestros cuerpos apelmazados, durante esos almuerzos y cenas estirados por la seducción de la charla y las confidencias, él me enseñó las claves del poder y yo le descubrí nuevos horizontes para el amor sin entrar en la zona tan brutalmente desvirgada.

Cuando volvimos a nuestros puestos, el resto de la condena se sucedió de forma mecánica e indigesta. Me acostumbré a ignorar su presencia, aunque apenas coincidíamos. Nuestros círculos de relación no podían estar más alejados. Por suerte, su estancia fue breve. Aprovechando un permiso, logró salir del país, posiblemente hacia uno de esos destinos que garantizan abundancia de entretenimiento envuelto en una exquisita discreción, con manifiesta indiferencia por los tratados internacionales. Yo aún tuve que penar dos años y medio más.

Un día me llamó su hija. No sabía de su existencia. Tenía una voz áspera que me dejó desconcertado, pero tampoco le costó mucho arrancar una cita después de presentarse y lanzar la invitación. Fuimos a comer a un restaurante asiático de grandes dimensiones, decorado con exuberantes plantas naturales que desprendían un aroma cautivador. El pelo a lo garçon, unos intensos ojos verdes y su indumentaria de corte masculino excitaron mis sentidos. Sin embargo, me abstuve de intentar cualquier flirteo, atrapado como estaba en las redes de la curiosidad.
No se anduvo con rodeos. Nada más sentarnos deslizó un sobre marrón sobre la mesa y me insistió en que lo pusiese a buen recaudo. A continuación resumió su contenido. Nombres, fechas, contratos, grabaciones, comisiones, prebendas, favores… Todo un catálogo de corruptelas urdidas por su padre que involucraban a un buen número de personajes de la mayor relevancia pública.

Mientras tomaba mi postre, ella pidió la cuenta y pagó con su tarjeta de crédito. Sin más dilación, se puso en pie y tras pronunciar un sencillo ‘adiós’ salió con paso decidido hacia la puerta. Aún me quedé un buen rato con la mirada perdida, preguntándome en forma de bucle qué es lo que iba a hacer con el sobre. Pedí un licor para demorar cualquier decisión, pero sin darme cuenta lo apuré en un par de tragos. Aunque tenía ganas de ir al baño, no consideré prudente dejar mis cosas en la mesa. Dejé la evacuación para el momento de la retirada, ya con la chaqueta puesta y los valiosos documentos disimulados bajo el brazo.

mecachis5Ya en la calle, subí caminado por la acera con intención de parar a un taxi. Pronto me avistó uno y dio las luces para acercarse hacia a mí. Cuando se encontraba a pocos metros, aceleró bruscamente hasta embestirme con un golpe seco, seguido de un frenazo. Salí disparado, aunque por fortuna no me arrolló con las ruedas. Alguien bajó del asiento del copiloto y el vehículo reanudó su marcha avenida arriba. Antes de perder el conocimiento, con la vista nublada por el reguero de sangre que brotaba desde la frente, pude notar un fuerte pisotón en la mano, aún aferrada al más que probable objetivo del ataque.

Acabo de volver de la agencia. Me acerqué después de terminar mi turno en la empresa municipal de autobuses. Han quedado en mandarme por correo electrónico el billete al destino que garantiza abundancia de entretenimiento envuelto en una exquisita discreción, con manifiesta indiferencia por los tratados internacionales.

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Explota, explótame, explof....

explota1

-Puaaajjj…

-Por dios…

-Santo cielo…

El inspector Segura echó mano del pañuelo para mitigar el penetrante efluvio de las vísceras aún frescas esparcidas por toda la oficina y, de paso, contener el amago de náusea que se descolgaba por un hilillo de saliva pastosa entre la comisura de sus labios. explota2Sus dos ayudantes, que apenas podían articular un comentario mínimamente inteligible, prefirieron parapetarse tras las anchas espaldas del superior, en busca de un encuadre algo más alejado del horror desaforado que campaba ante sus ojos. En el pasillo aún resonaba el llanto estremecido de la operaria de la limpieza, intercalado con una extraña cantinela que murmuraba entre dientes con desesperante insistencia. La mujer había acudido a la sede central de la compañía como cada tarde, al finalizar la jornada, con la confianza de encontrar el campo despejado para regocijo de su fregona.

El dantesco mejunje de tendones partidos, músculos desgarrados, huesos hechos añicos y fluidos corporales revueltos de forma macabra había convertido las paredes y las superficies del mobiliario en una suerte de lienzos involuntarios de semejante abstracción de formas, texturas y colores, como paridos por el pincel atroz de un sádico en estado puro.

Incomprensiblemente entera y sin daños aparentes, la ropa de Adriana Álvarez aparecía dispuesta de manera que alguien o algo la hubiesen colocado en su puesto de trabajo con absurda meticulosidad: los pantalones, con las perneras colgando de la base de la silla; la blusa, de un blanco inmaculado, extendida por el respaldo; los zapatos, explota4con sus altos tacones bien alineados bajo la mesa; un reloj con pulsera dorada, una esclava de cuero y un anillo de casada, en posiciones coherentes, como si la sombra de su propietaria se encontrase aún en postura de rutina cotidiana ante el destello azulado de la pantalla del ordenador.

No lejos de allí, ante la puerta del supermercado, una súbita estampida de personas prorrumpió en la calle entre atropellos y gestos desencajados. En un intervalo de 30 segundos, dos clientes se habían volatilizado en una masa de un repulsivo color granate, dejando en el pavimento una pulpa informe y pegajosa que recordaba a los restos de un lagar de uvas recién pisadas. Las primeras pesquisas de la patrulla policial que se desplazó al lugar de los hechos pudieron constatar, tras identificar a las víctimas por su documentación —sorprendentemente intacta, al igual que otras pertenencias y la indumentaria tendida sobre el mostrador de comida preparada—, que Ángel Alarcón y Armando Antúnez trabajaban en la misma empresa como informáticos. Según algunos compañeros, posiblemente ni se conocían. Su coincidencia en el establecimiento podría atribuirse a la cercanía al centro laboral y al escaso margen de tiempo para el almuerzo establecido por la dirección.

Aquella misma mañana, en el parque que se extiende a lo largo del río, las pocas personas que pasaban por allí a esas horas tan tempranas habían formado, atraídas por el espanto de la escena —verdaderamente excepcional—, un corrillo al que también se sumaron un par de perros tras esquivar la vigilancia de sus dueños. El nervioso olisqueo de sus hocicos descubrió lo que parecían restos humanos en pequeños trozos en medio de un caldo sanguinolento, como una siniestra caldereta de carne y entrañas preparada por el mismo Saturno. Una especie de parálisis colectiva había detenido a los espectadores en sus posiciones, incapaces de realizar movimiento alguno o de intercambiar palabra, aturdidos quizá por el propio desconcierto de los demás.

Asomado desde la terraza del tercer piso del bloque más próximo, un vecino en pijama de rayas apuraba su cigarro con expresión de extrañeza. Esa cómoda desafección por los y las oficinistas que madrugaban para hacer ejercicio antes de entregarse al sedentarismo laboral aumentaba el placer de cada bocanada. explota3Desde la altura, la perspectiva mostraba con más exactitud la inquietante disposición de unos pantalones cortos de deporte dispuestos cuidadosamente bajo una camiseta de tonos grises y naranjas, estampada con el nombre de Angustias, y sobre unas zapatillas de deporte misteriosamente situadas en trance para correr.

Bajo el verde espacio del episodio anterior, el sonido de una emisora de radio reverberaba con fuerza en el túnel. Un vehículo blanco se encontraba cruzado y con la puerta del piloto abierta sobre el asfalto de la vía de circunvalación, sepultada durante decenas de kilómetros. A pesar de los cinco carriles por sentido, el incidente estaba causando un embotellamiento gigantesco, con ramificaciones por todas las entradas. Los pitidos desquiciantes ahogaban la voz del locutor que, ajeno al caos, disparaba una noticia tras otra, aunque la atención mediática se encontrase encallada en el parqué de la Bolsa, donde la compañía tecnológica Austeria Awesome estaba rompiendo sus techos de cotización. Analistas y tertulianos no dejaban de cruzar sesudas teorías para explicar el éxito tan fulgurante de una aventura empresarial relativamente reciente, nacida y criada en el caldo de la crisis económica y el cambio generacional, con el acento puesto, además de sus innovadores servicios, en una extraordinaria optimización de los recursos humanos.

La grúa, la policía y los servicios de limpieza tardaron más de una hora en llegar. Para entonces los individuos reventados ya no eran exclusividad del primer coche que provocó la vorágine de un hermoso día de primavera, preludio de un fin de semana ciertamente tentador. De hecho, se pudieron constatar tres casos más en diferentes puntos del atasco. Junto a Adela Aparicio, la detonación biológica también había alcanzado a Arturo Astiarán, Alberto Azcona y Amelia Alberdi. Todos ellos, o la masa informe y diseminada que quedaba de su identidad humana, conservaban la pulcritud de su vestimenta, aferrada a los volantes.

El ascensor subía vertiginoso rumbo a la planta 59, donde el consejo de administración, convocado a las 13h, estaría enmarcado una vez más por la luminosa panorámica de la gran ciudad en movimiento. explota6En el hall, la asistente presidencia, Aurora Aguirre, había coincidido con tres de los directivos. En el breve trayecto hubo tiempo para algún que otro comentario de cortesía sobre su excelente aspecto. Después de una larga noche en vela, Aurora constató, como en otras muchas ocasiones, que el maquillaje seguía haciendo milagros. A la altura del piso 30, su presión arterial sufrió una repentina subida, acompañada de unos latidos en creciente aceleración. En el 42, los compañeros advirtieron un semblante enrojecido que se hinchaba por momentos. Diez más arriba, los ojos pugnaban con enorme tensión por saltar de sus cuencas.

El estallido fue casi inaudible. Cuando consiguieron reponerse de su turbación inicial, en medio de una cabina estrambóticamente decorada con despojos y plasma viscoso, los ejecutivos llamaron a recepción para dar aviso al departamento de Seguridad e Higiene. A continuación, tras ajustar sus corbatas, se dirigieron resueltamente hacia la sala de reuniones, donde el consejero delegado y los demás ocupaban ya sus puestos.

- Buenos días, señores. Adelante, ya estamos todos. Bonito traje, Christian. ¿Empezamos?

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