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La añorada hacienda

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Como bien sabe mucha gente, lamentablemente más gente cada día, es duro vivir lejos del hogar. Uno echa de menos sus cosas, esas cosas valiosas y esas otras que no lo son tanto, pero que dan sentido a nuestro pasado, a nuestro presente. Esas cosas que nos definen, a las que les tenemos cierto afecto, aunque no valgan nada.

hacienda2Esta noche les quiero hablar del viajero por antonomasia, Ulises. Señor de Ítaca cuando salió de su tierra, heroico caudillo durante la larga guerra contra Troya, paupérrimo refugiado tras años enteros navegando a la deriva, a su regreso. Dos décadas pasó Ulises lejos de su casa, de sus cosas. Y ni un solo día dejó de añorarlas. Y, durante esas dos décadas, Penélope, su esposa, tejía y destejía su telar, esperando contra toda esperanza que el marido ausente regresara a casa. Resistiendo como podía las acechanzas del enjambre de pretendientes que había acudido a palacio a pedir su mano y a aprovecharse de las riquezas desprotegidas del rey. Penélope les prometió que elegiría esposo entre ellos en cuanto terminara el manto que se encontraba tejiendo, pero no antes. Y por eso destejía cada noche su labor de la víspera, tratando así de ganar tiempo al tiempo.

Porque aquello era lo peor, aquella manada de parásitos aposentados en su palacio, y de la que Ulises tenía puntual noticia. A la caída de Troya, cuando los conquistadores se repartieron el botín capturado en la ciudad y a Ulises le tocó en suerte gozar de los maduros encantos de Hécuba, la segunda esposa del recientemente difunto rey Príamo, el señor de Ítaca no hacía otra cosa que pensar en los pretendientes que asediaban su casa. Tampoco pudo quitárselos de la cabeza cuando, tras partir de Troya, recaló en la isla de la hechicera Circe y esta se enamoró perdidamente de él y le retuvo en su lecho durante meses. Después atravesó el país de las sirenas, que embelesaban a los hombres con su canto, y más tarde desembarcó en la isla de la ninfa Calipso, hacienda3donde hubo de pasar varios años trastornado por los encantos de tan singular fémina, pero ni aun así Ulises pudo olvidarse de lo que entretanto estaba sucediendo en su casa. Cuando, ayudado en el mar por la enamoradiza nereida Leucotea, el viajero alcanzó la isla de los feacios, seguía teniéndolos en mente, y también cuando hubo de seducir a la princesa Nausicaa para que los habitantes de Esqueria le socorrieran en su viaje. Y, mientras tanto, Penélope tejía y destejía su telar, guardando fielmente la hacienda del marido.

Pero por fin, tras veinte años de ausencia, Ulises logró regresar a su patria. Disfrazado de pordiosero, se presentó en el palacio y comprobó de primera mano lo que ya sabía: que todos aquellos malandrines llevaban años comiéndose sus terneros, trasegando sus vinos, despilfarrando sus monedas, haciendo añicos sus cosas, sus preciadas cosas. Disimulando, ocultándose tras un cúmulo de harapos, perdido entre la multitud de pretendientes, les retó a todos ellos a un certamen de tiro con arco, con la mano de Penélope como tentador premio. Y les venció a todos. Y acto seguido volvió a tensar el arco y les fue dando muerte a uno tras otro, sistemática y descarnadamente, pues se lo merecían. No en vano habían pasado años profanando y destruyendo su patrimonio.

hacienda4Solo entonces Ulises se despojó de sus andrajos y reveló su verdadera identidad. Él era el largamente añorado rey de Ítaca, señor de aquella casa. Mandó a sus sirvientes adecentar la casa, ordenó a sus pastores que recompusieran lo antes posible sus rebaños, premió al porquero que durante todos aquellos años le había sido siempre leal, y mandó a buscar a Penélope, eximiéndole de su obligación de continuar tejiendo y destejiendo aquel maldito telar. El señor de la casa, dueño de todos sus habitantes, había regresado, y estaba dispuesto a disfrutar de todas aquellas cosas que le pertenecían y que tanto había añorado.

Porque, como bien sabe mucha gente, es duro vivir lejos del hogar. Uno echa de menos sus cosas, esas cosas valiosas y esas otras que no lo son tanto, pero que dan sentido a nuestro pasado, a nuestro presente. Esas cosas que nos definen, a las que les tenemos cierto afecto, aunque no valgan nada. Como le sucedía a Ulises con Penélope.

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Los cuatro emperadores

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El reinado de Nerón había sido largo en Roma. No inusitadamente largo, pero sí mucho más de lo que nadie hubiera podido pensar cuando aquel joven indolente, del que en el fondo nadie creía que tuviera la inteligencia suficiente para gobernar, había ascendido al poder. Durante sus años al frente del Imperio emperadores2se cometieron todo tipo de fechorías, iniquidades y desatinos: las grandes obras públicas proyectadas en la Urbe resultaron ser un desvarío inservible que enriquecieron a unos pocos pero que la economía del Imperio no pudo permitirse, la gente se quedó sin trabajo, cundió el hambre. Y al final Nerón fue depuesto por la fuerza. Fue el primer emperador en tener que huir de la capital desde que en Roma se había instaurado el régimen imperial casi un siglo antes. Tácito dice al respecto que en aquel momento se desveló uno de los arcanos del Imperio: por primera vez los opositores al régimen repararon en que alguien que no perteneciera a la casta imperial podía alzar su voz y, si tenía los apoyos suficientes, podía poner fin al gobierno del emperador vigente sin tener que aguardar hasta su muerte. Así hicieron con Nerón en el año 68 d.C.

emperadores3Le sucedió Galba, gobernador hasta entonces de la Hispania Tarraconense y uno de los principales artífices de la caída de Nerón, al que había tildado recurrentemente de administrador corrupto, cuyos vicios y delitos, decía Galba, le incapacitaban para seguir gobernando. No bien hubo acudido a Roma, no obstante, el nuevo emperador se olvidó de buena parte de sus antiguas promesas y dio rienda suelta a su avaricia y a su gusto desmedido por la buena vida. No hubo beneficio, sostienen los historiadores, que no vendiera a cambio de riquezas, vejación a la que no sometiera a su supuestamente tan venerado pueblo de Roma, ni desaire contra el ejército que el nuevo emperador titubeara en cometer. Muy pronto se vio privado de todos y cada uno de los apoyos que lo habían aupado al poder. Y el principal de entre todos ellos, otro antiguo gobernador hispano, Otón, le traicionó y lo mandó asesinar. Sietes meses habían mediado entre su coronación y su muerte.

Otón, por conveniencia, había renegado en su momento del pérfido Nerón, pero en cuanto se vio en el trono recuperó la política fiscal predatoria de aquel, su megalomanía urbanística y su beligerancia contra el más mínimo atisbo de oposición. Es más, aunque la opinión mayoritaria en Roma era la de que había que negociar una salida pactada frente a los generales que se habían puesto en pie de guerra en el norte, Otón emperadores4no dudó un momento en lanzar contra ellos a todas sus tropas, con temeridad y un inextinguible ardor por combatir. Mas, falto del apoyo popular, aquella ferocidad no bastó y sus unidades fueron cayendo y dispersándose una por una, hasta que al propio Otón no le quedó otro remedio que suicidarse con su daga. Había gobernado apenas tres meses.

Le sucedió Vitelio, uno de los mencionados generales sublevados en el norte, dispuestos a no seguir permitiendo que los gobernantes de la capital, con todas sus corruptelas e iniquidades, continuaran esquilmando el Imperio. Mas Vitelio era glotón y cruel. Se cuenta de él que comía innumerables veces al día, pues acostumbraba a provocarse el vómito no bien había terminado para poder recomenzar, y también que nunca banqueteaba por cuenta propia, sino que se hacía convidar por todo aquel que esperara ser alguien en la sociedad romana. Se cuenta de él que entregó al suplicio a no pocos de sus conciudadanos, incluyendo a todo aquel usurero que hubiera osado recordarle los préstamos otrora contraídos. Se cuenta de él, en fin, que cuando tres cuartas partes del Imperio se habían levantado ya en su contra, él seguía festejando en sus aposentos, pringoso de grasa y alcohol, sobre un charco interminable de orines, corrupción y vómitos. Su maloliente cadáver fue arrojado a las aguas del Tíber a los ocho meses de haberse encumbrado en el poder.

emperadores5Restaba Vespasiano, el hombre fuerte del ejército, el cuarto de los cuatro emperadores que gobernaron en apenas dos años. El hombre con puño de hierro llamado a cancelar el antiguo régimen augusteo y crear otro nuevo. Severo y adusto, de pensamiento conservador y, al menos en el pasado, buen lugarteniente de Nerón, anunció públicamente que no ansiaba el poder. Mas sus hombres, legiones y aliados actuaron como si aquel sí fuera su deseo, y cayeron sobre Italia desde todos los flancos posibles, como aves carroñeras sobre un cadáver en descomposición. Vespasiano se trasladó entonces a Alejandría, refugiándose en el exótico país del Nilo para aislarse de un conflicto en el que pretendía no tener nada que ver. Aprovechó ese tiempo para dar lecciones de virtud, devolver la vista a los ciegos y levantar sobre sus pies a los paralíticos, pues contaba con el apoyo de los dioses. Y, de paso, cortó el suministro de cereal hacia el hambriento Mediterráneo.

Y mientras tanto, una Roma que llevaba ya dos largos años desangrándose bajo una sucesión interminable de emperadores efímeros, unos emperadores ineptos, ávidos de poder y riquezas y de todo punto incapaces de resolver los problemas del Imperio, sucumbía, pasto de las llamas.

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La dama contestataria

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A las primeras luces del alba, entre la escarcha de los caminos y el ulular lúgubre del viento, un nutrido grupo fue congregándose en el cementerio. Mediaba ya el siglo IV a.C., y en el Cerro del Santuario, sito en pleno corazón de las altiplanicies granadinas, la estación invernal se alargaba más de lo previsto, royendo tenazmente, con una desalmada crudeza, los artríticos huesos de los habitantes de la zona. Los de los vivos y los de los muertos. Unos y otros se habían congregado aquella mañana para asistir al sepelio. La pira no tardó en prender y, entre el chisporroteo y el humo nauseabundo (el invierno había acabado con todas las hierbas aromáticas de los contornos, y no se pudo enmascarar la fetidez del cadáver ni siquiera con un mal puñado de lavanda), la comunidad se despidió de uno de sus miembros más preciados.

dama2Aquella tumba no volvió a abrirse hasta el 23 de julio de 1971. El día anterior, John Lennon acababa de invitar al mundo a que imaginara una era de paz; apenas una semana antes las Torres Gemelas terminaban su escalada hacia el firmamento neoyorquino, que tan solo unos días después recorrería la Apolo XV, rumbo, una vez más, a la Luna. En Chile, Allende nacionalizaba la industria del cobre, y en España el Caudillo rubricaba la ley que sancionaba definitivamente el nombramiento del Príncipe de Asturias y regulaba su escudo de armas.

Aquella tumba se reabrió, decíamos, el 23 de julio de 1971. En su interior apareció un buen número de vasos cerámicos, cuatro ánforas, un gigantesco lote de armas, y una escultura. La dama de mejillas rechonchas y gesto adusto que pronto todo el mundo conocería como la Dama de Baza. Una dama, créanme, contestataria.

La Dama de Baza fue, en efecto, una dama contestataria en muchos sentidos. Para los arqueólogos lo fue, sin duda. Se trató de la primera escultura ibérica que emergió de la tierra recubierta de color: frente al gris y al ocre que hasta ese momento habían caracterizado la estatuaria ibérica, muy del refinado gusto clasicista, los rojos, azules, verdes y encarnados que recubrían la Dama de Baza preconizaban una nueva época. Una época en la que las esculturas ya no eran simples piezas artísticas que exponer en un museo, sino ventanas a unadama4 sociedad, a unas gentes del pasado, a sus problemas y conflictos. Pero quizás esto sea lo menos importante si ustedes no son historiadores, no me hagan caso.

Fue una dama contestataria, también, por las peculiaridades de su hallazgo. Cuentan las crónicas que, apenas unas horas después del descubrimiento, las gentes del lugar acudieron en romería para rendir culto a la Virgen recién aparecida. Se había extendido el rumor de que aquellos arqueólogos de Madrid tenían un primo enfermo y se querían llevar la talla a la capital para curarle. Era, recordemos, la España de 1971. Pero la España de 1971 estaba a punto de cambiar, y la propia Dama se encargaría de demostrarlo. Y es que esta tuvo la deferencia de aparecer justo al otro lado de la linde invisible (trazada sobre un viejo catastro, pero no sobre el terreno) que separaba las tierras del latifundista local, en las que los arqueólogos tenían permiso para excavar, y las de otro vecino del pueblo, en las que los investigadores se habían entrometido sin encomendarse a Dios ni al Diablo. Pero el propietario, asesorado por el médico de Baza y por algunos otros amigos, interpuso un pleito contra el Estado. Un pleito, pásmense, contra la dictadura, contra el latifundista local y contra aquellos universitarios llegados de Madrid que habían agujereado sus tierras. Un pleito que, tras 17 años de sentencias y recursos y en virtud de las leyes aprobadas en tiempos de la República y que nadie se había molestado en derogar, terminó concediendo la debida indemnización al lugareño desposeído.

dama3Mas las reivindicaciones de la Dama no acabaron allí. En un pequeño recoveco horadado en el interior de la estatua, aparecieron unos restos óseos, las cenizas del personaje enterrado a mediados del siglo IV a.C. en el viejo cementerio del Cerro del Santuario. La escultura de la Dama de Baza era, pues, un relicario, una especie de urna cineraria a gran escala, lo que a su vez permitió entender qué función había tenido en su momento la misteriosa Dama de Elche, y para qué servía el recoveco que, ella también, escondía en su espalda. Pero esa es otra historia. El caso es que se estudiaron esos huesos sepultados junto a la Dama de Baza, y el análisis arrojó un resultado inusitado: el personaje enterrado en aquella suntuosa sepultura, una de las más ricas jamás encontradas por la arqueología ibérica, era una mujer.

Para los arqueólogos de la época, por no hablar de la opinión pública, pareció inconcebible que una mujer hubiera alcanzado tanto poder en la sociedad ibérica de mediados del siglo IV a.C. Nadie entendía por qué sus deudos se habrían molestado en brindarle semejante enterramiento, semejante escultura, semejante sepelio. A sus pies, recordemos, se había amontonado un sinnúmero de armas, tan poca apropiadas, se dijo, para el bello sexo. Nada de ruecas y husos, nada de joyas, nada de delicados abalorios: nada más y nada menos que ánforas de vino y armas. Los signos de los que una respetada aristócrata, pieza clave sin duda en el juego de alianzas que había encumbrado en el poder a su linaje, había decidido hacerse acompañar cuando le llegara la hora. La Dama de Baza irrumpía con fuerza en la España de los años ochenta.

La semana pasada, lo confieso, tuve el infortunio de leer en alguna parte que determinado círculo empresarial apostaba por orientar las universidades españolas hacia las disciplinas útiles, entiéndase las ciencias y las ingenierías, para dinamizar el progreso del país.

Por momentos, solo por momentos, pensé en la conveniencia de darle al infeliz portavoz con la Dama de Baza en la cabeza.

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