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El caravasar

caravasar1Anochecía ya. La batalla había sido cruenta. Desorganizada, que es lo peor que se puede decir de una batalla, pues la confusión lo suele bañar todo en sangre. Fueron dos escuadrones enzarzados el uno contra el otro sin que ninguno formara como era debido, sin siquiera distinguir quién luchaba contra quién, sin instrucciones ni consignas claras; sencillamente dos columnas avanzando a marchas forzadas por el desierto que de improviso se habían encontrado, y exterminado. Las moscas zumbaban por doquier, una legión de moscas que nadie sabía de dónde provenía, ni mucho menos cómo había podido llegar tan rápido a aquel rincón perdido en medio de la nada. Pero allí estaban. Y se estaban alimentando a placer. El aire era denso, caliente. La brisa del atardecer traía muchas cosas consigo, y ninguna agradable. Desde luego que no.

caravasar2Aquel era un caravasar cualquiera. Ni tenía nombre. O, si alguna vez lo había tenido, ya nadie lo sabía, pues los pocos residentes de aquel puñado de casas medio derruidas arracimadas en torno al pozo habían huido en cuanto se acercaron los dos ejércitos. Tan solo quedaban atrás un par de perros famélicos, una huerta desnuda y medio cadáver de asno.

Uno de los perros comenzó a ladrar en cuanto la partida de jinetes se aproximó a las casas. Eran oficiales, se veía desde lejos, iban ricamente ataviados y montaban sobre portentosos corceles de guerra. Las insignias entrechocaban al paso de los caballos. Y es que unos soldados, destacados allí tras la inhumana y disparatada batalla, habían informado de que en una de las casas de aquel minúsculo oasis se encontraba el catafalco de oro de Alejandro Magno.

Allí estaba Pérdicas, en cabeza del grupo de jinetes. Con el anillo de Alejandro centelleando en su mano derecha, bien visible. Como Quiliarca del Reino (se cuenta que el rey le había concedido aquel honor en sus últimos momentos, cuando ya agonizaba), él había sido quien había organizado el traslado del cadáver de Alejandro hacia su Macedonia natal. Y es que se sabía por un oráculo que la tierra en la que descansara aquel cuerpo prosperaría para siempre. Pérdicas ansiaba mantener la unidad del Imperio de Alejandro, al precio que fuere. Contaba para ello con la colaboración involuntaria de Filipo Arrideo, el hermanastro enfermo de Alejandro, hijo de su padre Filipo y de una mujer pública, y al que la madre de Alejandro, Olimpia, había licuado el seso pacientemente, metódicamente, envenenándole desde su infancia con arsénico. Contaba también con el “apoyo” del niño Alejandro, el bebé que el conquistador macedonio había engendrado con la exótica Roxana, y que había nacido huérfano apenas unos días después de la muerte de su padre. Un bebé que en aquel momento era el coheredero legal, junto con el pobre Arrideo, del Imperio. Y, contaba también, desde luego, con la colaboración entusiasta de Cleopatra,caravasar3 la ambiciosa hermana del difunto Alejandro, con la que pensaba contraer matrimonio en cuanto recuperara aquel escurridizo cadáver. Al llegar a la casa hacia la que se dirigían, Pérdicas descendió del caballo, pero, receloso, aguardó a sus compañeros.

Allí estaba también Crátero, el fiel Crátero, comandante de la infantería de Alejandro. El mejor amigo del rey finado, a quien había acompañado en tantas cacerías de leones, los dos solos, únicamente para divertirse. A la muerte del monarca se extendió el rumor de que este, con su último estertor, lo había designado a él, Crátero, heredero del Imperio. Pero en ese momento Crátero no se hallaba presente, estaba tratando de calmar a los soldados amotinados a la entrada de palacio, y quienes sí presenciaron el fallecimiento negaban toda aquella historia. En lugar de nuevo soberano del imperio, había sido nombrado por sus compañeros tutor del niño Alejandro y del pobre Filipo Arrideo. Crátero sabía que, gracias a ese cargo, tenía los días contados. Pero pensaba vender caro su pellejo. Saltó sin esfuerzo de su montura al lado de Pérdicas, le pegó una patada al perro que todavía continuaba ladrándoles, y de un empellón abrió la puerta de aquella polvorienta casa. Pero no entró.

Allí estaba Antípatro. Compañero de niñez de Alejandro, mejor gestor que jinete, el monarca lo había dejado como regente en Macedonia durante su larga y legendaria campaña. Es más, durante todos aquellos años en Siria, en Persia, en la India y en Babilonia, Alejandro había hecho oídos sordos a quienes se empeñaron en advertirle que Antípatro estaba trabajando duro para apropiarse de su trono. Pero en cuanto se tuvo noticia de la muerte del conquistador, Antípatro expulsó de sus fronteras a la reina madre, Olimpia, pasó revista a sus tropas más adictas, masacró a las de lealtad dudosa, y se embarcó hacia Oriente, deseoso de tomar parte en lo que allí se pergeñara. Y allí estaba. Miró con desdén a Pérdicas y a Crátero mientras bajaba del caballo y aferraba las riendas metódicamente a un pilar. No intercambiaron palabra, pero la desconfianza entre todos aquellos hombres era patente.

caravasar6Allí estaba Antígono el Tuerto, con su feroz mueca de siempre. Se decía que había sido él quien había hecho desaparecer el tesoro de Alejandro cuando el monarca todavía agonizaba. Nadie lo sabía con certeza, pero el rumor bastaba para que nadie le plantara cara. Con semejante volumen de riquezas aquel mastodonte de bronce lleno de cicatrices podría comprar medio imperio, si se lo propusiera. O levantar el mayor ejército nunca antes visto. Había quien sostenía incluso que ya lo estaba haciendo en alguna parte del que había sido el vasto imperio de Alejandro.

Allí estaba Eumenes, señor de media Anatolia. Cuando abría la boca, se decía que hablaba en nombre de la reina madre Olimpia. Cuando no estaba presente, se le creía en su lecho. En el de ella. Había quien decía que había llegado a Babilonia con órdenes de acabar con el pobre Arrideo. Aunque, de momento, había preferido acompañar a los otros generales en aquella expedición.

Allí estaba Leonato, sátrapa de Frigia y casi un hermano de Alejandro, pues ambos lo habían compartido todo desde niños. Cleopatra, la hermana del difunto rey, ya le había mostrado los secretos más íntimos, y había muchos, de su alcoba, y le había prometido casarse con él si conseguía hacerse con las riendas del Imperio. Como a Pérdicas. Y Pérdicas lo sabía.

En definitiva, el único ausente en aquel caravasar aquella tarde, el único de cuantos habían compartido tantos banquetes, borracheras y cabalgadas con el añorado Alejandro, era, por supuesto, Ptolomeo. Fue Ptolomeo quien desapareció de Babilonia cuando aún todos lloraban la muerte de Alejandro, durante aquellas interminables sesiones de reproches y disputas, dirimiendo quién había sido el culpable de qué, quién merecía qué honor, o quién se haría cargo de aquel inmenso imperio. Fue Ptolomeo quien pocos días después se presentó en Egipto y asesinó a Cleómenes, el gobernador designado para aquellas tierras. Y fue Ptolomeo quien, nadie sabía cómo, sobornó al oficial al mando del cortejo fúnebre de Alejandro para que modificara su luctuosa ruta hacia Macedonia y se encaminara a través de Siria, rumbo a Egipto. Aquel cambio de rumbo había sido lo que había terminado de alarmar a todos aquellos antiguos compañeros de Alejandro. caravasar4Recelando los unos de los otros pero ninguno dispuesto a que Ptolomeo se riera de ellos y se hiciera con aquel cadáver, habían partido en su persecución con lo más granado de su caballería, en pos de la comitiva fúnebre. Y le habían dado alcance en Siria, pero para entonces a la caravana se habían sumado las tropas que Ptolomeo había enviado desde Egipto. La batalla había estallado de improviso, sin que nadie diera la orden, y había sido una masacre. Pero había resultado victoriosa para Pérdicas y los suyos. Tras varias horas inspeccionando las inmediaciones, por fin había aparecido el codiciado catafalco. Estaba allí, en el corral trasero de aquella casa del caravasar abandonado. O eso les habían dicho sus hombres.

Entraron todos a una en la cochambrosa vivienda. Dentro todo era mugre y oscuridad, mezcladas quizá con ese toque de silenciosa opresión típico de las casas abandonadas. Los paladines no prestaron atención a las sombras que les rodeaban y se dirigieron directamente hacia la otra puerta de la humilde construcción, la del patio. Antígono la hizo saltar por los aires de un puntapié. Y allí estaba. Un féretro de plata, oro y marfil maravillosamente repujado en piedras preciosas, descansando pesadamente sobre un soberbio carro persa. Parecía curiosamente fuera de lugar entre tanta desolación. Tras un segundo de indecisión, Crátero se adelantó a sus compañeros, se encaramó al carro y abrió la tapa, ante la muda expectación del resto. Desde dentro del féretro, los ojos plácidos e impasibles de una estatua, engalanada con las ropas del finado Alejandro y usurpando su sarcófago, le devolvieron la mirada.

A cientos de kilómetros de allí, el propio Ptolomeo avanzaba trabajosamente por un camino desierto, montado sobre su caballo y tirando de una humilde borrica. Terciado sobre esta última y amortajado de cualquier manera con un paño raído, el cadáver de Alejandro apestaba ya a mil demonios. En cierta ocasión el cuerpo se había soltado de parte de sus ligaduras y había caído al suelo, y la borrica lo había arrastrado por los baches hasta que su dueño había detenido la marcha. Esto es lo que queda de nuestro imperio, pensaba Ptolomeo mientras lo volvía a fijar a lomos de la bestia y reparaba en que Alejandría aparecía ya en lontananza. Pero será mío.

Las risas del tirano

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Las carcajadas atronaron, graves y metálicas, como enloquecidas, por toda la isla de Samos. Se escucharon en el puerto, donde pese a lo avanzado de la noche una bandada de gaviotas levantó el vuelo, alarmada, convirtiéndose de inmediato en un puñado de silenciosas sombras blancas recortadas contra el firmamento. Un centenar de enormes barcos de guerra, los invencibles pentecónteros de Samos, famosos en todo el Egeo, se mecían apenas con lúgubre mansedumbre, ajenos a todo. Las oscuras moles de piedra de los dos muelles recién construidos abrazaban la dársena, protegiendo a los navíos, la mayor flota de Grecia, frente a los vientos Etesios, rabiosos en aquella época del año. Unas cuantas casetas distribuidas tras el malecón albergaban a la mayor parte de sus tripulaciones. Nadie en su sano juicio hubiera permitido que aquel millar de desarrapados mercenarios cretenses pernoctara en el interior de la ciudad.

tirano2Las carcajadas se sintieron desde lo alto del templo de Hera, emplazado a una hora de camino de la ciudad. La tradición decía que la diosa había nacido en aquel paraje, a la sombra de unos mimbres, y que tiempo después los compañeros de Jasón habían recalado en la isla y habían colocado las primeras piedras del santuario antes de proseguir su viaje hacia la Cólquide, en busca del dorado vellocino. Es posible que hubiera sido así, pero aquel viejo templo había sido devorado por un incendio unas décadas atrás, y el nuevo edificio aún no estaba terminado. Era, de todas formas, imponente. A buen seguro, uno de los mayores templos de toda Grecia. Un edículo apropiado para la orgullosa esposa de Zeus, que de otra manera nunca hubiera aceptado habitar una isla desde la que se contemplaba, en tierra firme, al otro lado del estrecho, el santuario de su hijastra Artemisa, la diosa de las bestias, hija bastarda de su esposo con la malhadada Leto. Aquella noche la costa estaba llena de fogatas en torno a las que se deslizaban una miríada de sombras. Quizá se trataba de un ejército acampado, o acaso es que habían regresado las míticas amazonas, que según la leyenda en tiempos pretéritos acudían a Éfeso para celebrar sus extraños festivales.

Las carcajadas se escucharon, por supuesto, en las obras del acueducto. Centenares de esclavos permanecían tumbados en torno a la profunda zanja que llevaban abriendo durante meses a través de la montaña. Al caer el sol se les requisaban las herramientas y eran encadenados unos a otros para que pasaran la noche junto a su lugar de trabajo, al raso. Pero en aquella ocasión nadie dormía. Al percibir las risas, varias miradas se cruzaron, graves, en silencio.

tirano3Las carcajadas provenían del salón de palacio. Polícrates, el tirano de Samos, no podía contener las risotadas, apenas punteadas por esporádicos ataques de tos. El banquete se había detenido ante la hilaridad del monarca, los músicos habían callado y todos los asistentes permanecían expectantes. Las sonrisas forzadas, la respiración contenida, los dedos crispados en torno a la copa o el plato, en torno a la cítara o en torno al puñal rápidamente disimulado bajo los pliegues de la manga. Nadie sabía qué le sucedía al tirano, pero todos eran conscientes de lo temibles que podían llegar a ser sus cambios de humor. Un par de prostitutas a las que de repente nadie hacía caso se escabulleron en un rincón, anhelantes de que llegara el día.

Polícrates no podía parar de reírse mientras contemplaba su plato y se observaba los dedos, grasientos y pringosos. Apenas había comenzado a dar cuenta de una gigantesca dorada que aquella tarde un pescador había traído a palacio como presente para el tirano. Sin duda el pobre hombre buscaba congraciarse con el gobernante ofreciéndole la que había sido la mejor captura de su vida. Ignorante, acaso, de que el pez sí que acabaría en el plato de Polícrates, pero de que este nunca llegaría a interesarse por el nombre de su benefactor.

En cuanto había partido el pescado con las manos, Polícrates había notado algo duro en su interior. Nada menos que un anillo con una esmeralda engastada. Un anillo que el tirano inmediatamente se colocó en la mano izquierda. No en vano era su anillo, herencia de su difunto padre. Había sido al verlo cuando al tirano le asaltaron aquellas interminables carcajadas.

tirano4Él mismo había arrojado al mar aquella sortija cinco días atrás. Había embarcado en su mejor galera de guerra, se había internado unos cuantos estadios en mar abierto y, ante la asombrada mirada de sus cortesanos y remeros, se había arrancado el anillo de la mano y lo había arrojado con toda parsimonia a lo más profundo del Egeo.

Lo que no sabía toda aquella caterva de cortesanos, apenas unos aduladores que nada sabían de política ni les interesaba otra cosa que llevarse cada noche el pan a la boca, era que Polícrates acababa de recibir carta de Amasis, el anciano monarca egipcio. El faraón le hacía constar su malestar por el progresivo deterioro de las relaciones entre Egipto y Samos, y no le auguraba nada bueno si continuaba por ese camino. Pero, en un gesto de paternalismo muy propio del viejo Amasis, le había lanzado también otra advertencia de muy diversa índole. Los dioses son envidiosos, le dijo. Hasta ahora la suerte te ha acompañado siempre, tirano de Samos, pero no puedes pretender que sea siempre así. Ofréceles a los dioses una expiación, sacrifica aquello a lo que más aprecio tengas para que tu aflicción pasajera apacigüe a Fortuna y no sea ella la que tarde o temprano compense tu singular hado con un castigo ejemplar.

Y eso había hecho Polícrates. Tras reflexionar largo y tendido, había decidido que aquello en el mundo a lo que más aprecio tenía era su anillo de esmeralda. Y, tomándose muy en serio la advertencia de Amasis, acaso por un impulso pasajero del que apenas unas horas después se había arrepentido, se había desecho de su pequeño tesoro, arrojándolo a las aguas.

Y ahora la diosa Fortuna se lo devolvía, intacto. La suerte siempre sonríe a los tiranos, pensó. Algo que aquellos codiciosos cortesanos suyos que lo observaban ahora entre las sombras del salón del trono, que los insomnes esclavos que aguardaban afuera, que aquel ejército que acampaba en las costas de Éfeso, que el propio Amasis, habrían de aprender.

Devastación

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El extraño incidente nos lo narra Cicerón. También Tito Livio y Silio Itálico dieron cuenta de la escena, pero en este caso, como en casi todos, Cicerón parece una fuente de más crédito. Quizá porque, en la Antigüedad, la reputación de las gentes de leyes era mejor que la de los historiadores o los poetas. Vaya usted a saber por qué. Acaso también porque Cicerón fue el único que se molestó en indicar a sus lectores de dónde había sacado la noticia. En concreto, la leyó en las crónicas de Sósilo, un viejo erudito macedonio de finales del siglo III antes de nuestra Era. Un anciano que formó parte del consejo militar de Aníbal. Nada más, y nada menos.

Cuenta Cicerón, en fin, que relataba Sósilo, que en cierta ocasión Aníbal tuvo un sueño inquieto. A pesar de su habitual frugalidad, aquella noche había cenado copiosamente. Y había bebido mucho. En el más absoluto de los silencios, rodeado de sus más leales, se había llevado una y otra vez la copa a los labios de manera mecánica, concienzuda, inmerso en pensamientos que solo él conocía. Enseguida se había retirado a un rincón, bajo copiosas, pesadas y malolientes mantas. Los soldados que velaban el descanso de su general no tardaron en escuchar su respiración entrecortada.

devastacion2El sueño había comenzado bien. Baal Hammón, a quien los romanos ofendían con el nombre de Júpiter, le había mandado llamar y, ante la asamblea de los dioses, en lo alto del monte Safón, le había ordenado llevar la guerra a Italia. Roma debía purgar sus pecados, y él se encargaría de hacérselos pagar muy caros. En sangre. El padre de los dioses incluso le ofreció un guía para indicarle el intrincado camino. Al instante siguiente, la asamblea de los dioses se había desvanecido. Solo quedaban él y su misterioso cicerone, y la negrura fría que envolvía a ambos. Las palabras del otro resonaron nítidas en el fondo de su cabeza mientras avanzaban a tientas. Sígueme sin titubear. Yo te llevaré ante tus enemigos. No mires atrás, no desvíes la mirada o lo pagarás caro.

Nunca nadie fue capaz de seguir semejante consejo. Ni siquiera el mismísimo Aníbal. Unos pasos más allá, volvió la cabeza. Una feroz tormenta resonaba tras él, en la distancia. De cuando en cuando, un rayo rasgaba la temible negrura, revelando un cielo encapotado que amenazaba con precipitarse sobre el mundo. Y algo más. Vislumbró también a una bestia enorme y salvaje. Se trataba de una gigantesca serpiente, cuya sola visión arrastraba a la locura. De algún modo Aníbal supo en el fondo de su corazón que aquella piel brillante rezumaba ponzoña, que aquellos colmillos temibles traían la muerte. El monstruo reptaba lentamente tras ellos, y a su paso los seres humanos y los animales eran aniquilados, las plantas se agostaban, los ríos se secaban e incluso los montes quedaban aplastados.

- Te dije que no miraras atrás.

El guía se había detenido. Las sombras ocultaban sus emociones.

- Lo hice. Miré atrás. ¿Qué sucederá ahora?

- Lo que tenga que suceder. Así debe ser, y así será.

- ¿Quién es ese monstruo?

- Se llama Devastación. Tú lo despertaste. Continúa tu marcha hacia Italia, y te seguirá. Continúa tu marcha, no te detengas, o te destruirá. Continúa tu marcha. Pero ten por seguro que algún día te dará alcance. Y será tu fin.

devastacion3Aníbal se despertó entre sudores fríos. La sensación era todavía más desagradable allá arriba, en los Alpes, donde la gélida noche mordía incluso a través de las mantas. Estaba rodeado de su ejército, sí, pero eso no le tranquilizó. También sus hombres estaban nerviosos. Sus hombres.

Decenas de miles de númidas, de iberos, de celtas, la mayoría de los cuales un par de años antes ni siquiera había oído hablar de Cartago. Una hueste variopinta, mal uniformada, sedienta de botín, de odio contra Roma y de sangre. El día anterior, la mitad de sus mulas de carga se había precipitado por un acantilado, junto con sus escasos víveres. No pasaba ni una sola jornada sin que alguno de sus preciados elefantes se echara entre la nieve para dejarse morir. La sangre de Sagunto aún goteaba de las manos de sus soldados.

Ante ellos, en algún lugar, aún invisible, aguardaba Italia. Desconocedora de lo que se le venía encima. Los dioses tenían razón, ya no había vuelta atrás. Ya no había manera de parar aquello.

La campaña de Aníbal en Italia duró quince largos años. La guerra, diecisiete. Las cicatrices que rasgaron el Mediterráneo tardarían siglos en borrarse.

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