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Bajo un sombrero

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Los recogidos son mi especialidad. Creo que es la expresión más intensa a través de la que comparto mi creatividad. En las bodas, cuando hay varias personas a las que peinar, la originalidad es la clave.

Desafortunadamente, estas clientas son las menos frecuentes. Mi cartera está basada en corte de pelo a clientes de todas las edades y vecinas del barrio que vienen a darse tinte para tapar las raíces de las canas, permanentes para dar volumen al pelo que poco a poco va perdiendo densidad.

sombrero2Abrí el local en el barrio hace ya más de doce años y, pese a no ser natural de aquí, podemos decir que en estos momentos sí que siento que he echado raíces en este lugar que desde el primer momento me ha hecho sentirme en casa.

Consuelo tiene tres hijos, más su marido, cuatro hombres en la casa, y siempre cuenta sus quehaceres en el hogar. Beatriz vive sola, sus hijos ya se han independizado. Vive en la planta baja de su bloque. De hecho, pasa la mayor parte del tiempo en el balcón y conoce perfectamente los hábitos de sus vecinos.

Hubo un momento en el que las cosas me empezaron a ir un poco mal en el plan financiero, hasta el punto de llegar a replantearme un cambio de profesión, pese a ser un trabajo con el que me siento plenamente realizada. Entonces, pensé que quizás podría diversificar mis servicios ampliando la oferta con un salón de depilación.

A día de hoy, gracias al cielo, las cosas han ido poco a poco mejorando, debido a que cuento con compañeras muy profesionales que me ayudan en el negocio y me han permitido especializarme para ocuparme básicamente de los trabajos más exigentes y me deja tiempo para pensar en cómo mejorar cada día mi negocio.

Cada vez que conozco a una persona me quedo por unos segundos mirando fijamente su pelo. Espero que no se me note en exceso, pero es una reacción impulsiva, incontrolable. Pienso en las características intrínsecas y después valoro si en el presente está en las condiciones óptimas, si hay algo que pueda aprender o cómo mejoraría el resultado final.

Hsombrero3ace unos meses empecé a ver a una mujer de unos 30-35 años transitando de forma regular por la calle en la que se encuentra mi local. Tenía una melena especialmente atractiva, larga y muy bien cuidada. Sería invierno todavía, porque todos los días que la vi llevaba sombrero. No era especialmente llamativo, de ala corta, pero sí elegante. A veces llevaba boinas perfectamente conjuntadas con el resto de la vestimenta. No se trataba, desde luego, del típico gorro de invierno.

Siempre me preguntaba cómo podía tener un pelo destacadamente brillante y bien cuidado, especialmente llevando una prenda que, en concepto, ensombrece el papel del peinado. Siempre iba y venía en dirección hacia el bloque de Beatriz. No sabía si efectivamente esta mujer viviría aquí, pero era algo que probablemente un día de estos le preguntaré para ver si ella tiene alguna información.

En esas estaba, cuando un día, de repente, un par de minutos antes de cerrar el local, entró por la puerta. La verdad es que tenía interés por esa melena, y en este caso, en cuanto la ví acercarse al mostrador, había decidido ser yo quien la peinara.

Sin embargo, para mi desilusión, no tenía interés en hacerse nada en el pelo, sino que preguntaba por diferentes servicios de depilación láser. En concreto, en su caso no preguntó por los servicios estándares de depilación, sino sobre repoblación de vello en las cejas, algo muy poco habitual.

- Tendrá algún conocido que pueda estar interesado- pensé. En cualquier caso, le informé de que ese servicio es muy especializado y que yo no disponía del conocimiento suficiente, pero que conocía a grandes profesionales expertos.

sombrero4Según iba contándole la primera parte de mi discurso pude ver como su rostro se iba poco a poco entristeciendo. Sólo entonces me paré a analizar sus cejas, momento en el que me dí cuenta de que en realidad no existían, sino que se las había pintado con sumo cuidado.

Poco después, cuando le hablé de los especialistas a los que le remití, su actitud de incertidumbre cesó y por fin pude ver una mirada de descanso. En ese preciso instante se quitó el sombrero.

No me lo podía creer. Efectivamente, aquella preciosa melena se trataba en realidad de una peluca. En ese instante, comprendí que sin duda se trataba de un tratamiento para ella. Sus ojos radiaban vitalidad y liberación.

Estuvimos hablando poco tiempo más. Le pasé el contacto de mi amiga Carlota, le di también mi tarjeta de visita y salimos juntas a la puerta. Nos despedimos mientras yo me quedaba cerrando la persiana de la entrada. Hoy había conseguido ayudar a alguien de verdad.

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Prohibido el baño a niños mayores de 10 años

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0,8 m es la cifra que se puede leer en la marca del borde de la piscina. Sinceramente, nunca hubiera pensado que fuera tan poco profunda. Ésta era mi zona preferida. Nada más llegar me gustaba nadar de un ancho a otro, justo después de comer. No solía coincidir con nadie conocido. Después, los demás niños comenzaban a venir. Había días que jugaba con ellos. La mayoría de las veces jugaba solo.

La parte más pequeña era la del fondo, donde el agua me llegaba un poco más arriba de la rodilla. Si quería quedarme allí mucho tiempo, al final siempre acababa sentado. Era verano, pero, aun así, el viento que soplaba en lo alto del castillo llegaba a piscina5la piscina y me hacía tiritar, sobre todo si ya había pasado a la fase ‘yemas de los dedos arrugadas’.

Normalmente las madres solían quedarse en la zona más retirada de la puerta, en la zona en la que tardaba más en llegar la sombra del atardecer. Sin embargo, a mí me gustaba estar en la otra parte. En los restos de la muralla del castillo que rodean la piscina hay dos ventanas. La pequeña dejaba un espacio demasiado pequeño de sol dentro de la sombra del conjunto de la muralla. La más grande, por el contrario, permitía que varios de nosotros pudiésemos jugar a la vez.

El agujero de sol se movía muy rápido. En cuanto veía que llegaba al borde lateral de la piscina, me preparaba para ir detrás de él. Con movimiento torpe, chapoteando dentro del agua, salpicando por todas partes, me acercaba al punto por el que había entrado y me quedaba allí hasta que me cubriera por completo, sintiendo el calorcito en la piel. El sol se marchaba rápidamente pero yo no me descompasaba. Me desplazaba con él hasta llegar al otro borde de la piscina.

En ese momento ya habías llegado de tu paseo en el que quizás te habías encontrado con algún compañero, vecino o conocido con quien discutir sobre la nueva fuente que ha puesto el alcalde, las obras en la plaza mayor o lo vieja que está la iglesia. Algunos días, según se terciarapiscina4 el asunto, echabas una partida de petanca en el fondo del paseo. En cualquier caso, todos los días llegabas antes de que el agujero del sol saliera de la piscina y, cuando me quería dar cuenta, me estabas esperando para salir.

Rápidamente, para no coger frío, iba en busca de la toalla para quitarme el bañador cuanto antes. Sabía que estaba esperándome la señora del quiosco para darme un polo de chocolate, mi helado favorito.

Los vestuarios se encuentran a la izquierda de la entrada principal del parque, aunque, bien pensado, creo que la entrada principal es la que da a la carretera… Los vestuarios están a la izquierda de la puerta por la que siempre entraba a la piscina.

La primera puerta es la entrada de chicas y la segunda, la de chicos. No obstante, no sé muy bien cómo describirlos, ya que la última vez que entré ocupaban un espacio de porches y ahora ocupan dos. No me pasa desapercibido porque yo siempre dejaba la toalla precisamente aquí, a la sombra, lo más cerca posible del vestuario. El porche tiene al fondo unos bancos de madera y un muro cubierto de hiedra hasta llegar a la muralla original, pero, anteriormente, en la esquina del espacio del porche que ahora ha desaparecido el muro era más bajo, lo que permitía el acceso fácilmente desde el exterior sin pasar por la puerta principal.

Tenía intención, precisamente, de entrar por aquí. Por el contrario, esta tarea me ha resultado más complicada de lo que yo esperaba, aunque no imposible, pues no desisto tras este pequeño desencuentro. Reviso más en detalle el muro de hiedra por el que tantas veces había pasado. Esta vez me tengo que agachar más para evitar darme con la cabeza en el techo piscina6del porche, pero finalmente consigo acceder al recinto por la parte trasera, sin miedo a que alguien pueda ver como me cuelo por este espacio. Hoy es día de todos los santos. Nadie viene a pasear por aquí.

“Prohibido el baño a niños mayores de 10 años”. Este cartel también ha cambiado. En mi época se podía bañar hasta los 12 años. -Eso que me gané.- , pensé. A partir de ahí comienza una nueva época, hay que mudar a un cascarón más grande, a la vida real.

Los restos del castillo siguen en pie durante siglos frente al paso del tiempo. En esencia, el lugar está prácticamente igual que hace 20 años. Son las personas y las situaciones, sin embargo, las que cambian o se desvanencen.

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Debajo de la palmera

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Creo que los auriculares todavía siguen en la mochila. Hace dos días que llegué, pero ayer, si no recuerdo mal, no los usé para nada. Allí estarán. Me tomé el último sorbo de café y llevé la taza a la cocina.

Había llegado la hora. Aproveché para coger el portátil y accesorios varios para preparar el chiringuito. La videoconferencia estaba convocada para las 9.30 y esta vez no íbamos a tener retrasos por problemas con la red hasta que nos pudiéramos conectar todos.

palmera3Hay días en los que los escasos segundos que tarda en reiniciarse el ordenador se perciben como años. Escribo la clave de acceso y a funcionar...

Cuando me conecto, ya están en línea los compañeros de la fábrica. Almudena, tal y como esperaba, todavía no ha llegado. A esta hora todavía está en el camino de la guardería a la oficina. Voy a llamar a Ismael. Sabiendo cómo es, seguro que se ha puesto a hacer algo y se ha olvidado de esta reunión extraordinaria. Mientras tanto, se conectan Sacha, Freddy y Jennifer desde las filiales del grupo.

-Hola a todos. Lo primero, quiero pediros disculpas por convocaros con tan poca antelación a esta reunión, y también comentaros que no va a durar más de un cuarto de hora. El motivo de la misma es para comunicaros que ayer recibí un Whatsapp del gerente informándome que ya habían encontrado a la persona que va a sustituirme en mi puesto y, como miembros de mi equipo, quería ser yo el que os diera esta noticia.

No hubo preguntas. Sinceramente, yo tampoco las esperaba. Se trataba tan solo de comunicar una decisión ya tomada. Tan sólo eso.

El cambio, cuando es una elección, supone una liberación frente a una rutina monótona y asfixiante en una realidad externa volátil. Ayuda a crecer y a enfrentarse a nuevos retos. Sin embargo, el cambio, cuando es una obligación, plantea un reto para pretender aparentar que se generan nuevas estructuras, procesos, objetivos, que en realidad suponen un cambio de nomenclatura, un laberinto léxico en el que aferrarse desde los altos estamentos para mantener la esencia inamovible como objetivo. Es un arma utilizada para seguir ostentando las mismas butacas. Enfrentarse a los cambios reales vendrá después, o lo hará otro.

palmera4Todo proceso de cambio que provoque tanto nuevas metodologías como cambios en la terminología entra en lucha voraz con las dinámicas históricamente aceptadas y asimiladas, siempre remanentes. El cambio despoja al cerebro de su continuidad y la convierte en recuerdos. Interrumpe la regularidad y promueve la reflexión sobre comportamientos inconscientemente asumidos hasta el momento. Aunque a veces no, tan sólo se aferra en la frase victimista y lapidante. Esto se hace así porque siempre lo hemos hecho así.

A esa hora estaba solo en casa. Lucía salía poco antes de las ocho para ir a trabajar. Apenas hace unos meses que habíamos empezado a vivir juntos, hecho que condicionó mi cambio de residencia al sur. A fin de cuentas, mi trabajo consistía en viajar y coordinar equipos localizados en diferentes áreas, con lo que, en principio, no debería de suponer apenas diferencia en mi desempeño.

Se acabó la conversación. Poco más tenía que decir. No sé si realmente estaría quince minutos hablando como les dije, pero si la espera relativa mientras encendía el ordenador era larga, aquella conversación breve permanecería en mi recuerdo por mucho más tiempo.

El cambio lo justifica todo. Elimina los baches del camino atravesándolos, eligiendo otro sendero o dándole vueltas hasta marear y hacer que desaparezcan. Ayuda a justificar la salida de agentes de cambio reales si no cumplen con la premisa inamovible. Para no escuchar lo que no se quiere, es más fácil cambiar el canal de comunicación, que adaptarse al mercado exterior.

palmera5En realidad no estoy fuera del juego, sino reubicado en un proyecto que nunca se había llevado a cabo en toda su extensión, entre otras cosas, por desconocimiento general. Me encanta mi trabajo y todavía tengo muchas cosas que aportar. A veces pienso que me han apartado, a veces que me van a ayudar a brillar en algo en lo que jamás me hubiera planteado.

En cualquier caso, me embarco en una nueva aventura, una vez más. Nunca pierdo mi vocación de marinero sin puerto. Zarparé de nuevo, porque esa es mi misión: no encallar jamás, crear una estela que sirva de guía para todo aquel que me quiera seguir.

Hoy no me apetece trabajar. Cualquier cosa adicional que haga no va a salir bien. Apago el ordenador, me quito los auriculares y me dirijo de nuevo a la cocina. Esta vez no quiero café. Me preparo un whisky on the rocks y vuelvo al jardín. Ahora no me siento junto a la mesa, sino que voy directamente a la hamaca, debajo de la palmera.

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