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Vecinos nuevos

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Lo peor que tiene esta ciudad es la lluvia. ¡Creo que nunca llegaré a acostumbrame!

Por extraño que parezca, más de una vez me ha pasado que había un sol que calentaba sólo con quedarte un segundo mirando al cielo, he entrado en una tienda y al salir, el diluvio universal en la calle. Hoy es uno de esos días.

vecinos12He tardado un poco más de lo normal en llegar a casa. En parte por la congestión en el tráfico a la entrada de la ciudad, en parte porque me he tenido que quedar a cerrar un asunto que tenia pendiente en el trabajo. Tengo el paraguas atrás, pero hoy, como es tarde, he encontrado hueco en los aparcamientos que normalmente están completos. Creo que pasaré más tiempo bajo la lluvia intentando abrir el maletero que saliendo rápidamente al portal. ¡Adelante!

Se me ha olvidado sacar las llaves del bolso en el coche. Al final voy a entrar completamente mojada a casa. El llavero es más pequeño que el de las llaves del coche, con lo que siempre me cuesta más encontrarlo. Aquí está. Tengo 4 llaves. La del primer portal estaba la segunda a la derecha desde el muñeco colgado, o era a la izquierda...

- Hola, ¿Llevas mucho esperando? Yo tengo la llave aquí, dijo una voz a mi espalda. Sería una vecina con su hija. Creo que no las había visto nunca, pero es posible que sí. No soy muy buena recordando caras, pero lo cierto es que me viene de perlas haber coincidido.
- ¿A qué piso vas? me pregunta cuando entramos al ascensor.
- ¡Al segundo! Exclamo. En ese momento se quedó mirándome minuciosamente, hecho que en cualquier otro momento podría haber pasado desapercibido, pero en las distancias cortas del ascensor era muy evidente.

En cuanto llegamos, abro rápidamente la puerta para acabar con la intimidación visual en la que me encontraba. En cada planta hay seis viviendas, tres a cada lado del ascensor. Fui a la derecha para encender la luz y, al volver de nuevo hacia la izquierda para llegar a mi letra, no me fijé en que todavía estaban saliendo y me choqué con ellas, teniendo por seguro que no esperaban que fuera hacia ese lado.

vecinos13Entonces ocurrió algo insólito. La madre me miró de nuevo. Esta vez con un aire mucho más amenazador. Tapó los ojos de su hija con una mano y con la otra le indicó que fuera rápido hacia casa. Antes de que pudiera reaccionar, estaba sola en el portal.

- Hola cariño, ¿Qué tal el día? oigo desde el fondo del pasillo procedente de una de las habitaciones del otro lado de la casa. ¡Justo a tiempo! Me he puesto a cambiar de sitio el armario que dijimos y pesa más de lo que pensaba. Rápidamente deje mis cosas en la entrada para ayudarle y, aunque habia llegado a casa con mal sabor de boca, al poco de ponerme con el trajín de los muebles se me olvidó.

Llevábamos cerca de dos meses aquí y, aunque el barrio es muy tranquilo ya que siempre hay jubilados paseando por los alrededores, lo cierto es que a nosotros todavía no nos había llegado la monotonía de la rutina. Tenemos tiendas de barrio en la misma plaza y bares para tomar el vermut. Sin embargo, a partir de las once hasta entrada la mañana, la calle se queda vacía y en silencio, perfecto para aprovechar para dormir los fines de semana.

- ¡Sinvergüenza, no te vayas así, págame mi dinero! se oyó de repente, tan cerca que parecía que estaban en el otro lado de la puerta de la habitación.

Eran las siete de la mañana del sábado, hora en la que normalmente suena el despertador. Pero no estoy soñando, esto es real. Como estoy acostumbrada a levantarme a estas horas, estaba medio desvelada y acababa de acurrucarme en los brazos de mi pareja.

vecinos14Sin poderlo controlar, empiezo a palpitar a un ritmo desorbitado. Entro en un estado de histeria y ni siquiera me puedo mover. Ni respirar. No hago nada de ruido, pero el sonido se agudiza. Siento como cuando se destaponan los oídos y se percibe hasta el mínimo susurro, pero todo está en silencio. Él no se ha enterado.

Respirar, tengo que respirar. Despacio y en silencio, pero mi corazón necesita aire, si no, se me va a salir del pecho. Poco a poco, voy inspirando suave y profundamente. Antes de echar todo el aire contenido, escucho pasos en las escaleras camino a la calle, y una puerta se cierra de golpe.

Ésta vez él lo percibe porque se mueve para darse la vuelta, pero ya está. Sigue durmiendo. Yo me quedo sola en mi lado de la cama, intentado recomponerme del susto y llamando a mi corazón, que está dando botes por la habitación, para que vuelva a mi pecho.

Todavía no sé lo que ocurre, pero sin duda esto está relacionado con la reacción de mi vecina al notar que me acercaba a mi puerta hace unos días. Espero acordarme de su cara la próxima vez que la vea para asegurarme de sacar en la típica conversacion del tiempo que somos vecinos nuevos en el bloque.

¡Este ramen está saladísimo!

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Cuando llegas a una nueva ciudad, en ocasiones es difícil encontrar el lugar adecuado para hacer una pausa. Creo que, a medida que viajas, se desarrolla un instinto para encontrar estos tesoros.

Me bajé del autobús en la estación del mercado central con la extraña sensación de que estaba en una ciudad de otro país porque desde el aeropuerto estaba rodeada de extranjeros. Supongo que éste es el ritmo normal de una ciudad turística, aunque para mí, viniendo del interior, siempre me sorprende.

El primer paseo con las maletas hasta que encuentras el hotel es siempre uno de los momentos más incómodos y cansados del viaje. Por ello agudicé el ingenio para poder deshacerme cuanto antes de aquel equipaje y su peso extra.

Iba buscando un hotel pero las luces de una nueva ciudad siempre atraen y cautivan. Además, teniendo en cuenta la hora y el hecho de que empezaba a tener hambre, también puse atención en los locales de tapeo, raciones, restaurantes.

Las luces eran de colores. Se trataba de bares de copas. Parecía la zona de marcha nocturna. "¿Podré dormir esa noche?" me pregunté. Encontré un par de bares de toda la vida, una buena opción.

ramen2De repente me sorprendió un local haciendo esquina con unas luces cálidas acogedoras. No tenía carteles en la puerta, ni carta de menús, por lo que no sabía exactamente si sería un bar o se trataba de un restaurante. Como tenía que cruzar la calle y llevaba la maleta, me guardé el sitio y decidí investigar más tarde.

Una vez resuelto el tema logístico, volví a aquel rincón. Paseé despacio desde la acera de enfrente, crucé y miré por las ventanas. Tenía las mesas preparadas para grupos, era un restaurante. Tenía la idea de comer algo de picoteo y no estaba segura de querer cenar en el sentido formal de la palabra. A fin de cuentas, cenar sólo en un restaurante no deja de ser un tanto melancólico.

Sin embargo, algo me llamó la atención de aquel local. Al fondo se descubría la cocina, visible completamente, brillante y reluciente, y, enfrente, la barra con asientos colocada al más puro estilo japonés. Aparentemente no era un restaurante oriental. Los cocineros eran españoles y la decoración minimalista al estilo occidental, pero como la curiosidad mató al gato, decidí entrar.

El restaurante estaba completo. Miré de nuevo la barra y vi un hueco doble libre en la esquina, al lado de una pareja. "¡El sitio perfecto!"

El menú estaba minuciosamente cuidado para ofrecer una propuesta de comida fusión. Tras las recomendaciones del chef, que directamente atendía a los comensales en la barra, probé unos platos exquisitos. Sin embargo, lo que más destacaría es la delicadeza en la preparación de cada uno, como si de una obra de arte se tratase. Especialmente en el momento en el que llegué, que era el pico de salida de los platos, los cocineros estaban concentrados y enfocados en su ejecución. Realmente, cuando te presentan un plato en la mesa, es muy difícil valorar el esmero que lleva detrás.

La pareja que estaba a mi lado conocía a los camareros y se dirigía a los chefs por su nombre, hecho que se repitió con varios de los comensales cuando se despidieron a su salida, por lo que deduje que era un sitio que se había abierto recientemente.

De repente, ocurrió un hecho totalmente improbable para mí. La camarera trajo de vuelta un plato de ramen pues un cliente se había quejado porque estaba saladísimo.

El chef lo miró, lo probó y por su gesto no entendía por qué lo habían devuelvo. La verdad es que la preparación de este plato anteriormente no me había llamado especialmente la atención. De hecho, lo que más interés me suscitó fue lo que ocurrió después, ya que pude contemplar un milagro, la ejecución de una verdadera obra de arte.

ramen3El cocinero que había preparado el plato anteriormente pidió tranquilamente a sus compañeros que le dejaran un tiempo sin sacar ningún otro plato. A partir de ahí limpió su área de trabajo minuciosamente y comenzó a preparar el plato de nuevo, con un esmero, si cabe, mayor que el que había puesto en todos los platos anteriores. Probó el caldo base del que partía, y se aseguró con todo detalle de que la cocción de la pasta y las verduras estaba en el punto perfecto de sal, cerciorándose constantemente. Pidió una segunda valoración a su compañero a lo largo del proceso, y con una serenidad y cariño pasmosos, preparó de nuevo el plato.

Cuando me fui se interesaron por preguntarme qué me había parecido. Por lo que pude entender, se trataba de un restaurante que había abierto hacía 4 días y era su primer fin de semana en funcionamiento, por lo que para este tirón inicial tiraron de los conocidos para completar el aforo y mi llegada era imprevista.

Sinceramente, desconozco los antecedentes de este equipo, pero estoy segura de que se han adentrado en esta locura empresarial porque tienen la confianza de que saben lo que están haciendo y que haciendo las cosas con cuidado y dedicación tienen la capacidad para triunfar.

En esta sociedad de la robotización y la impersonalidad, cada día es más difícil entrar en contacto con personas que entregan y comparten su corazón en lo que hacen, sea cual sea su profesión.

¡Mucha suerte en vuestro proyecto y que aproveche!

Punto de partida (Reflejo en el tren II)

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No acostumbro a entrar en lugares vacíos, siempre permanezco rodeado de gente. Allí donde vaya, me siento atraído por la multitud. Disolverme en la masa como un azucarillo en el café ha sido hasta ahora una constante en mi vida. Hoy me subo al que espero sea mi último tren, el que me lleve de regreso al origen. Estoy cansado, me pesa hasta el alma. Hoy necesito paz, silencio, cosas hasta ahora desconocidas para mí.
                                                                                                           
El casi anciano revisor me guía hasta mi compartimento. Cuando abre la puerta, aparecen dos jóvenes en su interior a la vez que un fétido aroma toma por asalto mi desprevenida nariz. Uno de ellos, gordito y barbudo, con una gorra rapera, descalzo y absolutamente despreocupado, bucea absorto en su portátil. Podría parecer español pero no, es un producto occidentalizado del país. El otro simula ignorarlo mientras escribe algo nervioso en su ordenador. Bien afeitado, con traje, éste sí diría que es español y la intuición me dice que ambos practicamos el mismo oficio. Permanecen el uno frente al otro en un ambiente de disimulada desconfianza. Ni siquiera se han dado cuenta de nuestra presencia. Miro al revisor de soslayo por unos segundos y me entiende perfectamente. Cosas buenas de este país. Una buena propina hace el resto.
punto2El venerable funcionario ha tenido a bien acomodarme en un solitario compartimento sin posibilidad de invasión durante el trayecto; ¡Dios se lo pague!. Abandono mi vieja maleta de cuero sobre el asiento y sobre ella deposito con delicadeza mi sombrero panameño. Echo una mirada a través de la sucia ventana. Está anocheciendo y el tren comienza a rodar. La dorada luz del atardecer tiñe de ocre las lejanas cumbres del Atlas. Siento el impulso de deslizar la ventana y respirar una vez más los ricos aromas que inundan los campos de este país. Inspiro el aire cargado de jazmín, especias, cuero... me relajo; Tengo sed de silencio, de introspección, de reposo y de conocimiento del verdadero ser que subyace en mi persona.

Peino canas, mañana cumpliré 55 años. A lo largo de mi agitada vida, de aquí para allá, he sentido miedo muchas veces. No es algo malo ni bueno. Hay que aprender a entenderlo, saber llevarlo y no dejar que te condicione y paralice. Pero no puedes ser tan ingenuo como para no tenerlo en cuenta. En realidad está ahí para ayudarte, forma parte de tu naturaleza. Su exceso o su falta te matarán igualmente. Ese punto medio, tan deseable y no tan fácilmente alcanzable, es lo óptimo. El miedo vuelve a las personas peligrosas, nos hace peligrosos y nos mueve ver a los demás como tales.

Me encantaba mi profesión y la posibilidad que me ofrecía de llevar una vida nómada, de aquí para allá, en constante cambio; consumir lugares, nuevas experiencias y personas (nunca llegas a conocer a nadie en realidad; al fin y al cabo, hablar con extraños no te compromete). Puro coleccionismo. Sin saberlo, te buscas a ti mismo o simplemente no te aceptas. Caminar sin rumbo en un bucle fatal, la búsqueda constante como droga cuando dentro se tiene miedo de no encontrar nada, donde la incógnita real somos nosotros.
punto3Pero a veces llega a tu vida, por sorpresa, un punto de inflexión. No sé cómo llegué hasta allí, en medio del desierto, en la absoluta soledad de la nada, sentado en una alfombra en el interior de una jaima frente a aquel viejo beduino que sin inmutarse no dejaba de prestarme atención. Hablé durante horas mientras me sirvió té. Me ofreció dulces y fumó en su cachimba sin dejar de mirarme. Era inquietante y un tanto surrealista. Trataba de venderle una de nuestras modernas bombas potabilizadoras de energía solar a un hombre que llevaba 70 años viviendo felizmente sin ello. Terminé sin darme cuenta hablándole de mi vida, mis creencias, esperanzas y desvelos. Él no dejo de mirarme. En realidad no me escuchaba. Escudriñaba en el interior de mi ser a través de mis gestos, ojos, palabras, silencios... no le interesaba mi máquina sino yo.

Se nos hizo de noche. Viéndome agotado dijo: “no podemos acercarlo al poblado. Puede dormir aquí. Mañana le daré una respuesta”.

Me había quedado dormido sobre la alfombra. Con la espalda dolorida me incorporé y lo encontré sentado donde lo dejé, sobre su puf, mirándome de manera profunda e inquietante mientras me ofrecía té. Comenzó a hablar de manera lenta y penetrante, un tanto lapidaria:

“Todo el mundo que yo he conocido está en este desierto. Ni siquiera conozco el mar. No he visto con mis ojos todos esos lugares de los que me hablas ni he vivido esas experiencias tan cautivadoras. Mi vida han sido las cabras, la anciana mujer que ves, el sustento diario, mi tribu, mis hijos... aparentemente muy sencilla, a tus ojos, probablemente insulsa y anodina, poco gratificante. Sin embargo, mi jaima ha sido el lugar de todo aquél que ha querido conversar. Cientos de hombres han pasado por aquí a compartir su vida al igual que tú lo has hecho. No he dejado de escuchar con atención, meditar, leer y tratar de comprender a través de lo cotidiano y cercano, pero abierto al mundo que otros traían a mi casa. Yo veo en ti el mal de muchos hombres que cabalgan a lomos del viento. Es el miedo a asomarte a tu interior, al vacío, lo que te hace buscar fuera una y otra vez. Persigues, como los niños, globos de infinitos colores, cada cuál te parece más hermoso e interesante que el anterior, pero todos son globos. No hay ningún misterio. Es sencillo, el enigma está en ti. Tú eres tierra. Si permaneces en el aire, junto al vendaval, acabarás disipándote, esparciéndote y nunca hallarás descanso. Busca el agua que te riegue y haga germinar la semilla que llevas en tu interior. Piensa que nada florece en el huracán. Regresa al origen, indaga qué fue lo que te impulsó fuera, enfréntate a ello, obsérvate y toma conciencia de tu realidad... y, por cierto: no me interesa tu máquina.”

Khaled Al-Sirah, nómada del Sáhara, amigo y padre. Doce meses me quedé en su casa. Supongo que habré perdido mi trabajo y mi gente me dará por desaparecido. Recostado en el asiento, admirando el cielo limpio y plagado de estrellas, mecido por el lento traqueteo del tren y con una leve sonrisa de complicidad conmigo mismo pienso: “aún estoy a tiempo”.

Mike Von Ritter.
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