Mike Esbirro: En tierra de nadie
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Génesis

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Me había quedado profundamente dormido hasta que aquel tremendo bache en la carretera me sacó de mi letargo. En el autobús reinaba un hedor aberrante a humanidad transpirando. El aire acondicionado no parecía funcionar y el vehículo carecía de ventanillas abatibles.

Las caras de la gente eran todo un poema épico, un canto al estoicismo castellano. Cerré de nuevo los ojos mientras intentaba recordar qué era aquello que me traía desde tan lejos hasta estos páramos.

Llevaba varios días sin cambiarme de ropa. Desde que abandoné Marruecos no había podido desprenderme de mi traje blanco. Salí de allí con lo puesto y, ese día,  lucía una imagen un tanto deplorable. Podía notar las miradas reprobatorias y los murmullos insinuantes pero, a decir verdad,me causaba una profunda indiferencia.

genesis2Me fue imposible volver a conciliar el sueño. Rebusqué en el bolsillo interior de mi chaqueta hasta dar con un pequeño papel muy arrugado que desplegué con sumo cuidado. El número de una parada de autobús y un nombre masculino era todo lo que en él figuraba. Giré mi cabeza hacia la ventana y entrecerré los ojos al otear el horizonte amarillento e infinito mientras recordaba las últimas palabras de Khaled: “Cesa tu lucha, vuelve al origen”.

El autobús se paró en medio de la nada. Los pasajeros se miraban los unos a los otros atónitos cuestionándose quién podría ser el necio que se apeara en aquel lugar inhóspito.

Muy serenamente, me calé mi sombrero y me incorporé, disponiéndome a salir de aquel tostador sobre ruedas. Recogí mi vieja maleta de cuero de la bodega y caminé lentamente hasta la parada mientras una polvareda amarillenta y grosera, levantada por la huída apresurada del vehículo, se adueñó de mi persona.

Esperé bajo aquel pequeño techo de cemento más de una hora. Aburrido, decidí comenzar a andar por el único camino que de allí salia: una pista de tierra que parecía terminar a lo lejos en un pinar. Caminé presa del hastío, imbuído de una sensación de surrealismo delirante. Por un momento, salvando las distancias, me sentí protagonista del "Lobo estepario" de Hesse.

Yo nací en estos páramos sin apenas sombra. Sí, sé que resulta increíble, pero tal era el ansia que tenía por escapar de aquí, que llegué a borrarlo de mi memoria.

Vuelvo a mi origen pero, lejos de sentirme reconfortado, me invade el vértigo y la duda.

Llegando a la arboleda, la dificultad para caminar aumenta. Me hundo con facilidad en la fina arena que cubre los pinares. Cansado, apoyo mi maleta y me acuclillo mientras extiendo la mano tratando de atrapar un puñado de aquella tierra. La arena caliente se escurre entre mis dedos sin remedio alguno. Cuanto más aprieto, más rápido se va. Metáfora de la vida misma y de tantas cosas que trascurren en ella.

genesis3Cogido por sorpresa, un rebaño de ovejas ha tomado mi posición al asalto. Rodeado, me siento preso de una graciosa emboscada. Abriéndose paso entre aquella marea, cual Moisés entre las aguas del mar Rojo, surge un anciano que, con paso firme y decidido, llega hasta mí. El uno frente al otro, nos observamos durante unos segundos, no hay prisa. Escasa estatura, barba canosa y larga, camisa de cuadros un tanto raída, largo y grueso cayado y unos ojos azules intensos, lacerantes, con la mirada astuta de las rapaces.

- ¿Es usted el “nómada”? Advierto el tono sarcástico de su pregunta, pero todo lo más que hago, es sonreir levemente. Miro una vez más el papel arrugado que traigo conmigo y alzo los ojos.
- ¿Diógenes?

Asiente despacio. Sin decir más y con un leve gesto de su mano, me invita a caminar a su lado. Durante varios minutos que me parecen horas, no suelta palabra alguna. Seguidos por el rebaño y a veces rodeados por él, tengo la sensación de asistir a una manifestación silenciosa sólo perturbada por el balido de algún que otro desaprensivo carnero. Una vez más, la vida del hombre y su reflejo en el mundo animal.

- ¿Qué le trae a este lugar? Su pregunta sonó inquisitiva.
- Aún no lo sé. Estoy muy cansado, eso es todo. Quizás una decepción...

Sin dejar de caminar, entorna los ojos al hablar.

- Entiendo. El desengaño, amigo mío, es un lugar al que se llega para no volver, un sitio al que inexorablemente uno termina por llegar. Yo soy el único que transita por estos caminos, las gentes de los alrededores huyen de aquí como de la peste; a mí me tienen por viejo loco. Nadie recuerda cuándo se abandonó aquella población, ni tampoco su nombre. Unos dicen que durante la guerra, otros que antes, pero el caso es que lo tienen por lugar maldito.

Se para durante unos pocos segundos y toma aire.

- Hace unos años comenzó a llegar gente de fuera, bohemios, soñadores, seres repletos de inquietudes, de dudas y preguntas, de angustias y, en su mayor parte, de frustraciones. Individuos difícilmente clasificables en los estándares sociales de nuestro tiempo, gentes que, ni si ni no, ni todo lo contrario. Fueron llegando a cuentagotas. Todos vinieron primero a mí y yo los conduje allí, al igual que hago ahora contigo.

genesis4Mientras el viejo habla, recuerdo pasajes de lo que ha sido mi vida hasta ahora, de todo lo que fue y no debería haber sido... Observo despacio al abuelo y pienso que era lo que podría unir a este hombre y a Khaled a miles de kilómetros de distancia. No deja de ser curioso que, esencialmente, ambos sean pastores.

- Siempre llegan con lo puesto, ocupan una casa semiderruida, la arreglan, se ayudan, algo así como una terapia de grupo mientras expiran sus desvelos...

Ríe entre dientes de manera un tanto malévola.

- Es una especie de cementerio de elefantes donde reposar la vida hasta que llega el final.

No se confunda, no hay sólo viejos... su único pecado es ser conscientes, eso es todo. No me entienda mal, a mí me agrada. Voy y vengo y siempre ando alrededor; digamos que soy el enlace con el exterior.

Caen sus palabras como losas en la tierra. Yo no tengo ganas de decir nada, me siento una oveja más del rebaño, sólo quiero llegar. Estoy agotado.

Tras varios minutos de silencioso caminar surge, rodeando una árida colina, lo que parece una población en semiruinas que se mimetiza a la perfección con el entorno. A Diógenes parece entrarle la prisa y aprieta el paso. Yo apenas puedo seguirlo. “Maldito viejo”, me digo a mí mismo mientras trataba trato de no ahogarme entre el esfuerzo y el polvo del camino que levantan las ovejas a su paso. Dejamos al rebaño y ascendemos por una callejuela estrecha y torpemente empedrada. El perro pastor me sigue veloz encarándose conmigo, ladrándome como si hubiera visto al diablo. Yo trato de ignorarlo sin éxito.

Diógenes se ríe con sorna:

- ¡Te confunde con una oveja! ¡Pinta tienes! Cree que te has salido del redil y trata de hacerte volver. Quizás no ande desencaminado, jijiji.

Lo miro poseído por el odio durante un segundo. Percatándose de mis pocas ganas de bromas, rebusca en su zurrón las llaves de la puerta de lo que a todas luces va a ser mi morada. Al no encontrarlas, decide vaciarlo sobre el suelo de la calle. Un trozo de pan, una navaja, algo de lo que parecía lomo, una petaca, las Meditaciones de Marco Aurelio, una gorra de campo inglesa, unos preservativos y... un tanga femenino.

No puedo evitar que se dibuje en mi cara una estúpida y sarcástica sonrisa llena de picardía. No me lo puedo creer, es la gota que colma el surrealismo del momento. Sin duda, un ser peculiar en un lugar hecho a su medida.

- ¡Aquí están! Sin inmutarse lo mas mínimo, lo recoge todo y abre la vieja puerta de madera.

genesis6Se trata de una vieja casa de piedra,de una sola planta, adaptada al terreno de la colina. Parece más bien una borda de pastores. Sólo posee una estancia extensa y un tanto lúgubre cuya única luz proviene de tres ventanales que horadan los anchos muros. En ella, desperdigado aquí y allá, se encuentra todo: una chimenea, una vieja cama con dosel, una gruesa y agrietada mesa de roble con sus sillas, viejos calderos de cobre... todo muy rural salvo... un sofá de cuero Chesterfield. Tentado de preguntar, termino por callar para no romper el hermoso silencio que adorna el momento. Además, comienza a comprender que estos pequeños destellos fuera de lugar forman parte no sólo de este curioso pastor, sino (como descubriría mas adelante) de este singular enclave.

- Éste será tu nuevo hogar, quizá incluso pueda que sea el único que verdaderamente hayas tenido -insinúa como si me conociera de toda la vida.
- Tienes todo lo necesario para pasar una semana. Luego tendrás que buscarte la vida. Es tu casa; puedes usarlo todo. Tras la casa hay un pequeño terreno y aperos de labranza... por si te apetece meditar... jijiji.
- Por cierto, ayer llegó esa caja para tí -dice mientras me señala una caja de cartón bastante voluminosa que ocupa buena parte del sofá.
-Muchas gracias por ...

Un fuerte portazo interrumpe mi frase. Cuando quiero darme cuenta, ya no está allí. Me apresuro para abrir las ventanas y ventilar aquel intenso olor a cerrado. Deambulo por toda la casa husmeando en cada rincón, cada armario, bajo la cama, todo. Al margen de que siempre fui muy curioso, siento la necesidad de reconocer el terreno donde al parecer voy a pasar tanto tiempo. Tras las puertas de madera,un tanto alabeadas, de lo que parece una alacena empotrada, aparecen unos estantes curvados por el peso de un buen numero de añejos libros. Sin poder remediarlo, me entretengo buena parte de la tarde ojeando aquellas antiguas y (en algunos casos incunables) ediciones del Amadís de Gaula, El Quijote, El Infierno de Dante, Los papeles póstumos del club Pickwick de Dickens, obras de Baltasar Gracián, de Miguel Delibes... un sinfín de grandes clásicos de la literatura universal. Todo un verdadero tesoro de los de verdad, pues en dicha despensa mora una gran parte de la sabiduría, de todo aquello que acontece en la vida del hombre. Fisgón como como un gato, encuentro una voluminosa edición francesa de 1935 de los ensayos de Michel de Montaigne. Alguien había dejado una página marcada con una fotografía en blanco y negro. Era Diógenes, muy joven, elegantemente vestido de esmoquin, junto a una hermosa señorita tocada con un sombrero tipo Chanel años '30.

Posaban sonrientes, llenos de vigorosa juventud y muy acaramelados junto a la puerta de un viejo café. Tras la foto, una frase en francés. Alzo la mirada y cierro los ojos. Respiro profundamente mientras pienso que todos tenemos un pasado. Sí, es evidente, pero no siempre nos queremos acordar.

genesis5Aporrean la puerta como si les viniera siguiendo el príncipe de las tinieblas. Creo que se trata de un mal sueño, hasta que me doy cuenta de que me he quedado dormido toda la noche en aquel incomodo sofá de cuero. Aparto de un tirón la polvorienta manta de lana que me cubre y me incorporo aturdido tratando de llegar tambaleante hasta la entrada.

Recuerdo que sigo sin asearme ni cambiarme de ropa y tengo la tentación de no abrir, pero tal es la insistencia que termino por hacerlo violentamente y con cara de pocos amigos.

- ¡Cú cú, buenos díaaaaas, vengo a desayunar! ¡Traigo naranjas!

No tendrá más de 12 años esta mujercita. Chubasquero morado, el pelo castaño recogido en una coleta, gafas estrechas de pasta y una mirada chispeante, vivaz. Sostiene en su mano izquierda una bolsa repleta de naranjas que mantiene en alto a la espera de una reacción por mi parte. Cansada y llevada por su juvenil ímpetu, me hace a un lado para poder entrar.

Estupefacto y sin saber aún que añadir, señalo una bicicleta tumbada en el suelo de la calle.

- ¡Te dejas la bici fuera!
- ¡Bah, es una bici machucha, no se la va a llevar nadie!

Adela

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Como cada tarde de domingo, Adela acude a su cita en el museo. Hace ya más de dos o tres meses que lo hace. Ya no le queda nada, sólo se tiene a sí misma y, pese a las circunstancias, ha aprendido a apreciar la soledad. Traje negro, tacones, abrigo de paño y ese gorro de fieltro que tanto le gusta. El mismo paseo, la misma cadencia al caminar, la mirada perdida en el horizonte, totalmente ajena a la vida gris que surge a cada paso a su alrededor.

Siempre llega a la misma hora: treinta minutos antes del cierre. Se precipita por los pasillos siguiendo una misma ruta, sin que nada llame su atención hasta llegar a él, a ese cuadro que absorbe su mirada y su pensamiento. En silencio, lo recorre una y otra vez con sus verdes ojos, como si quisiera encontrar algo que hubiera perdido.

adela3Román hace tiempo que la observa. La sigue por los pasillos intrigado. No logra comprender un comportamiento que se le hace tan extraño. Le puede su curiosidad innata. Treinta años de conserje del museo agudizan la intuición cuando se trata de examinar al género humano. Cada tarde de domingo, él la sigue con sigilo y la vigila entre las sombras o escondido tras las columnas como si fuera un niño chico jugando al escondite.

Las preguntas se solapan las unas con las otras en su cabeza: ¿quién será esta mujer? ¿Por qué todas las tardes de domingo? ¿Por qué ese cuadro? ¿Por qué...?

Adela también se hace preguntas e intenta, sin conseguirlo, hallar respuestas en aquel lienzo. Fue un pintor costumbrista vasco desconocido para ella quien pintó La familia Bengoechea. Un matrimonio burgués, el hombre y la mujer en el centro, elegantemente vestidos y con el semblante serio, porfiando por transmitir una elevada dignidad que, a buen seguro, no poseían. Sus tres hijos los rodean, uniformados con la indumentaria del mejor de los colegios extranjeros y, como telón de fondo, el hermoso jardín victoriano de la casa familiar. Todo perfecto, sin aparente mácula, como a Jesús le gustaba.

*

Por Jesús lo abandonó todo: su prometedora carrera en aquel despacho de arquitectos, la ciudad que la vio nacer, el mozo que le mandaba poemas de amor en aviones de papel que colaba por su ventana, sus ideas, su forma de ser, en definitiva, todo aquello que la definía. En ese momento vio en él la estabilidad, la seguridad que le ofrecía un hombre de negocios de buena familia. El amor... El amor ya llegaría. Además, ¿qué es el amor?, se decía a sí misma.

Pronto llegaron los mellizos y la alegría inundó el hogar. Pero la dicha no duró mucho más. También llegaron la soledad, el silencio, la incomprensión, la intromisión familiar, los múltiples acontecimientos sociales, las aparencias, las tradiciones sagradas, el sentimiento de ser un hermoso mueble en un gran salón en el que se representa una obra de teatro que otros han escrito para ella.

Así que no tardó en aparecer la depresión y, tra ella, la enfermedad. Desde hacía nueve meses, luchaba sola contra un cáncer en su seno izquierdo. Pronto la apartaron de sus hijos para que no pudieran asistir al deterioro de su madre. Lo hicieron con escusas, mandándolos a un colegio británico en aras de una superior educación. Jesús comenzó, entonces, a frecuentar otras mujeres, algo que, en realidad, llevaba haciendo desde mucho tiempo atrás hasta que, sin avisar, se marchó de casa. Toda su vida se había vuelto un pozo negro de soledad, resentimiento y amargura.

*

adela2Frente al lienzo, Adela se pregunta qué es lo que hizo mal, qué salió mal si ella lo dio todo, por qué tanto castigo. Pero la respuesta nunca llega.

Sabe que Román la observa. Le hace gracia y la divierten las maneras casi infantiles que usa para conseguirlo. No se le escapa que, pese a su edad, es un hombre que conserva buena parte de su atractivo. Se sorprende a sí misma pensando que en su situación sea aún capaz de apreciar ese tipo de cosas. Pero sólo él puede hacerla esbozar una secreta sonrisa.

*

Ha pasado más de un mes desde la última vez que Román vio a Adela. Ya no acude las tardes de domingo ni de cualquier otro día. Está intranquilo; echa de menos el juego que mantenía con ella. Lo atormenta el hecho de no haber descubierto el secreto de esa misteriosa mujer. Pregunta a sus compañeras, al mozo del jardín y al vigilante de seguridad pero nadie la ha vuelto a ver. Tal como vino se fue. Hubiera deseado acercarse a ella, intentar entablar alguna conversación, saber, al menos, su nombre. Pero el pudor y el miedo a parecer un viejo entrometido lo superaron. Ahora pasea con desasosiego por los pasillos, mira cada poco a través de las ventanas y se altera íntimamente si, al acercarse una silueta, cree reconocerla.

Y esa tarde, por fin, la vio. Caminaba a duras penas luchando contra un viento y una lluvia atroces. En la desigual refriega, la mujer perdió su pequeño paraguas y su querido sombrero de fieltro. Como buenamente pudo, sujetó, entonces, con su mano derecha el florido pañuelo que cubría su cabeza mientras con la otra trataba de aferrar el cuello del abrigo. Avanzaba notablemente cansada y carente de aquella cadencia firme y decidida que recordaba Román.

Al verla llegar, quiso salir a ayudarla pero prefirió esperar en última instancia. La observó detenidamente y tuvo una mala corazonada. Conforme la mujer se acercaba, sus peores sospechas se confirmaban haciendo saltar en su mente resortes del pasado mal apuntalados. Por unos segundos que le parecieron eternos, todo se detuvo mientras una catarata de recuerdos se precipitaba sobre su maltrecho corazón.

Raquel, Raquel, su pequeña Raquel... Tenía apenas cuarenta años. Acababan de tener un hermoso retoño, una pequeña princesa. Eran felices. Todo fue muy rápido. La mala noticia, el avance de la enfermedad y el fatal desenlace. Entre medias, las noches sin dormir, ese sentimiento de impotencia, el dolor extremo que se enquista y desgarra lentamente las entrañas, las lágrimas a escondidas, la lucha incansable y llena de esperanza por sacar adelante a las dos mujers que daban sentido a su vida.

*

Adela camina notablemente fatigada. Empapada de agua, va dejando su rastro por los pasillos. Román la ve pasar frente a él. Esta vez, la mira atentamente, con el semblante serio y el estómago encogido. No respira. Es como si tratase de ocultar su evidente presencia. Sin embargo, ella apenas si repara en él y prosigue hasta la sala donde volver a encontrarse con su extraña obsesión. Al levantar la mirada, descubre horrorizada que el cuadro ya no está. Tan sólo queda en su sitio un cerco oscuro y rectangular como testimonio de su antigua presencia. Sin apartar la mirada de la pared vacía, se la oye sollozar.

Román aprieta los puños y se le aproxima despacio. Al llegar a su lado, le ofrece un café casi susurrando. No se le ha ocurrido nada mejor que decir. Ella lo mira fijamente con los ojos ahogados de lágrimas amargas, retira con su mano izquierda el pañuelo empapado que cubre su cabeza y, sin apartar la mirada, asiente. Él extiende, entonces, su temblorosa mano derecha en busca de la izquierda de ella y la aprieta con firmeza. La siente fría y plomiza. Haciendo por contener una mal disimulada emoción le dice: "confíe en mí."

*

adela4Adela ya no está sola. Toma café de puchero cada día en el ático secreto que posee Román en la planta superior del museo. Mantienen largas conversaciones sobre lo divino y lo humano, sus vidas y el tiempo que les ha tocado vivir, el enigma del amor y la soledad. Se abrazan, se miran, se acarician en silencio y contemplan juntos las estrellas en las noches despejadas a través de la maltrecha ventana abuhardillada, arropados con una vieja y raída manta zamorana. Viven cada día y sin pensar en el mañana una historia muy humana de ternura y naciente amor.

Hace días que Román trata de inmoralizar el usto de Adela sobre un lienzo. Ayer les comunicaron que sufría una recaída. Nervioso y con mal pulso, intenta dominar el pincel. Ella le dedica su mejor sonrisa. No desea pensar en nada más. Le hacen gracia su tembleque y sus sudores y se mordisquea picarona el labio inferior. Él la mira y dibuja una fina sonrisa en sus estrechos labios. La entiende, le sigue y acrecienta el juego pero sabe que, quizás, no les quede mucho tiempo.

*

Quedan treinta minutos para que la pinacoteca abra sus puertas. Hay gran revuelo y nerviosismo en su interior. La familia Bengoechea ha sido ya restaurado y se ha de proceder a su colocación. Todo el mundo busca a Román para que eche una mano aunque hace días que nadie sabe de él. El director, enfurecido, jura sin descanso. Una mujer grita "¡Dios mío!" en la sala contigua. Todos se apresuran hacia allá.

Boquiabiertos y mudos contemplan cómo alguien ha colgado otro cuadro en el lugar donde La familia Bengoechea presidía la sala. El nuevo lienzo representa el busto desnudo de una mujer de mediana edad, calva, de hechizantes y enigmáticos ojos verdes y mirada penetrante. Le falta un pecho. En lugar del ausente, una diagonal cicatriz sonrosada. Con los dedos índice y pulgar de ambas manos, la mujer forma un corazón y lo apoya en su vientre. Sus labios carnosos se estiran para dibujar la sonrisa más sincera y estremecedora que se pueda encontrar.

Nadie se aventura a decir nada. Todos callan como si descubrieran en ese momento una especie de omertà autoimpuesta. El silencio es opresivo. Todos la conocen y conocen a su autor pero el director es el único que se atreve a mascullar un "¡Dejadlo ahí! Bien merecido se tiene el lugar. Yo me hago responsable."

*

adela5Llueve con intensidad sobre la Estación del Norte. La tarde despide con tristeza las últimas horas de luz. Un hombre sexagenario y una mujer de mediana edad afectada por alguna dolencia se acurrucan bajo una manta oscura en un banco de andén. Con una maleta de envejecido cuero a cada lado y unos rollos portalienzos, ven pasar los trenes. Se abrazan sin descanso. Se miran. Sonríen. Apenas si se hablan. Llevan todo el día así. El revisor, sumamente extrañado y sin poder aguantar un segundo más su curiosidad, se les acerca y les pregunta con mucha educación:

- Perdonen Vds. No quisiera ser indiscreto. Es que los vengo observando durante toda la jornada. Ven pasar decenas de trenes pero no se deciden a subirse a ninguno. ¿Se encuentran Vds. bien?

Román y Adela se miran. La luz que, en ese momento, brota de los ojos de ambos bien pudiera bastarse para iluminar ese gris apeadero.

Clavándole una mirada que traduce el sentimiento de aquéllos que tienen el corazón en paz, Román le contesta:

- Se equivoca: hemos cogido el único tren que verdaderamente importa.

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