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Rosenkrantz y Guildenstern

cuba21
Sobre el agujereado asfalto de la autopista número 1 que une Santiago de Cuba con La Habana nuestro Hyundai Lantra negro corría como un cabrón, volaba bajo. No se divisaba ni un coche sobre el asfalto más que el nuestro en kilómetros a la redonda, sólo pululaban a cámara lenta por sus desiertas cunetas algún carro tirado por escuálidos jumentos o alguna bicicleta pilotada por el Indurain mulato de turno. Hacía muchos años que aquel país se había quedado tirado como una colilla en el arcén; a pesar de nuestras progres simpatías por el comunismo recalcitrante había que reconocer que el mamón de Fidel había dejado la isla hecha una puta mierda, aquello parecía más un solar abandonado a orillas del Caribe que una nación. Atrás quedaban los tiempos en que los chicos listos de la mafia americana y el surrealista dictador fascista Batista hacían florecer la economía cubana con mano de hierro enfundada en guante de idem. En el asiento de atrás dormían tres de mis secuaces como puercos en la cochiquera. Mientras tanto, mi copiloto, el puto murciano, hacía contorxionismo sobre su asiento para coger una postura cómoda que le permitiese planchar la oreja, roncando como una rata almizclera cuando está a punto de parir. A ciento noventa por hora pillé un bache y mi Luis Moya particular se despertó súbitamente con el zarandeo. “Hijo de puta, frena un poco, que nos vamos a matar y ni nos vamos a enterar, pedazo de cabrón…”, me dijo el archenero medio en duermevela; pero rápidamente volvió a lo suyo, a soñar con mulatas en pelotas. Yo no había conseguido hacerme con los mandos del coche hasta aquella mañana de resaca, ya que una de nuestras compañeras de viaje, presentadora del telediario del mediodía en una cadena de televisión nacional, se había hecho cargo del volante durante varios días sin dejar que el resto lo tocásemos ni a hostias. No entendíamos tanto afán de dominatrix por pilotar, y doy fe de que el asiento del conductor no llevaba un consolador incorporado que explicase tal afán de ella. La susodicha, una hembra de encefalograma plano pero con más picardía que un ave de corral (más zorra que las gallinas, hablando en plata) se había añadido a nuestra expedición para expresar desdén hacia el directivo televisivo casado a quien se la estaba chupando por aquel entonces en sus ratos libres; reclamaba con su escapada al Caribe un poco de caso de su adúltero mandamás. Ella ocupaba la plaza de asiento contigua a J. Él, a la chita callando, siempre había deseado penetrar su puntiagudo culo, pero nunca se había atrevido a intentar tal asalto al poder, ya que daba la casualidad de que aquel jerifalte televisivo que ella se tiraba los martes y los jueves por la tarde era el mejor amigo del hermano mayor de J, el alma fraternal caritativa que le había conseguido ese trabajo de más de dos mil pavos al mes en el que se tocaba los huevos, y no era plan de sacrificar su futuro laboral por una gachí, porque  si en algún momento se le ocurriese meter de facto su sucia polla en aquella infecta y estrecha vagina corría el riesgo de ser despedido fulminantemente del periódico. Ser un puto enchufado tiene sus pros y sus contras en esta sucia vida.

Seguimos camino cruzando extensas llanuras adornadas por cocoteros y aves carroñeras. En la intersección con Santa Clara paramos a abrevar. El paisaje desolador y el silencio reinaban sobre aquel parque temático de la pobreza y el Stalinismo. Nos equivocamos de camino al retomar la ruta, pero el coche aguantó bien cuando lo conduje acelerando a tope campo a través por la mediana para volver a la senda recta. J me gritó todo tipo de insultos acojonado por la posibilidad de que mi conducción temeraria desembocase con su culo reposando en algún lúgubre calabozo de la policía de tráfico cubana. Cuando se hizo de noche descubrimos que el vehículo carecía de luces de cruce, sólo unas débiles bombillas de posición alumbraban delante nuestra el asfalto. Descubrimos también que el Hyundai tampoco tenía depósito de agua para el limpiaparabrisas, y una nube de bichos tropicales espachurrados de todo tipo emborronaban nuestra débil visión al volante hasta casi cegarnos por completo. Nos apeamos en medio de la carretera y limpiamos el parabrisas con escupitajos y una camiseta sucia de MR, la redactora de Europa Press que ocupaba la segunda plaza femenina del grupo y que de paso daba calor a mi catre por las noches. cuba22M tuvo que volver de improviso al habitáculo del coche, le habían picado seis mosquitos king size, dos en la cara, dos en un brazo, otro par sobre el tobillo, se le hincharon las picaduras como pelotas de golf rápidamente y no paraba de rascárselos como si fuera sarna murciana.

Bien entrada la noche llegamos a Pinar del Río. La pequeña ciudad apenas se divisaba a lo lejos, ya que más de la mitad de sus farolas carecían de bombillas. No hay mucha contaminación lumínica en Cuba, gracias a lo cual se pueden ver cielos estrellados incluso en el interior de sus míseras ciudades. Tocaba buscar alojamiento. Muchos cubanos ofrecen sus casas a los visitantes por un muy módico precio, pero la presentadora se empeñó en que quería alojarse en un hotel. La redactora de Europa Press y yo nos opusimos a tal dispendio económico, pero la muy puta consiguió camelarse a los otros dos para llevárselos al huerto hostelero. Cogimos una suite doble y una triple, ambas sin cucarachas, un logro a tenor del aspecto del establecimiento. Las dos mujeres se quedaron duchándose en una de las habitaciones mientras que los machos salimos a buscar comida por los bares, que ya estaban todos cerrados. Preguntamos a los transeúntes, pero nadie sabía algún lugar donde nos vendiesen algo que llevarnos a la boca. Nos ofrecían de todo: alcohol, hachís, farlopa. anfetaminas, incluso sus propios cuerpos, pero ninguno a aquellas horas de la noche podía dispensarnos comida. Por fin. un chaval jovencito se ofreció a guiarnos a casa de una señora, una negra gorda más pobre literalmente que las ratas, que podía vendernos unos frijoles con arroz. “Me habían contado que hace un rato habéis llegado a la ciudad, os he reconocido por el coche negro, decían que había llegado un coche negro con españoles…”, nos relató sorprendiéndonos el imberbe Nelson, que así se llamaba el gachó; las noticias sobre los forasteros volaban en Pinar del Río. Después de conseguir nuestra preciada comida le regalamos una cantidad indeterminada de pesos, suficientes para cubrir su manutención durante un año. Él se marchó a casa feliz por no haber necesitado ejercer sus favores sexuales con tipos como nosotros para llenar el bolsillo. Pero, tras apearse, se dio la vuelta y agradecido insistió mirando fíjamente a J: “Señor, ¿de verdad no quieren que suba a su hotel? Soy gay, no me importa, no les cobraré nada, lo hago por placer…,y si ustedes dos quieren mujeres yo se las puedo traer también…”. J, que conducía, arrancó quemando rueda, todo el mundo que tomaba el fresco en la calle se nos quedó mirando. Me levanté a la mañana siguiente con la boca como una alpargata a causa de los excesos con el ron Guayabita. La redactora, que descansaba a mi lado desnuda con el culo en pompa, se despertó al poco rato musitando palabras inconexas y tirándose pedos. Cuando recuperó la consciencia se puso a despotricar todo tipo de improperios a cerca de la presentadora. Decía que era una zorra descerebrada y que le caía como una patada en el chocho. Yo pensaba lo mismo que ella a cerca de aquella ramera manipuladora sin moral ni escrúpulos. Aquel odio exacerbado, esa pasión, nos hizo echar un polvo mañanero que no estuvo mal. Cuando descansábamos tras el coito como fardos sobre la cama sonaron dos golpes en la puerta. Eran J y M, que nos llamaban para que saliésemos de una puta vez de aquel infecto hotel. Abrí y allí estaban los dos, con caras desencajadas, como si fueran unos cutres Rosenkrantz y Gildenstern cañís. Era casi mediodía y teníamos que partir hacia Cayo Jutía porque se le había antojado a su compañera de cuarto, la ínclita presentadora, que era una “hija de puta”, añadió M en tono bajo cuando J se alejó por el pasillo. Montamos en el Hyundai los cinco con una resaca del siete. Nadie decía ni palabra. Puse la cinta del “Californication” a todo volumen en el vetusto casete, cogí el volante y nos pusimos en marcha a velocidad propia del mundial de rallies por una carretera endiabladamente curvada. Después de hora y media llegamos a la estrecha franja de terreno que une el cayo con la isla. Un tipo desarrapado sentado en una silla plegable junto a una barrera oxidada nos cobró un dólar de peaje por entrar en la zona. Una playa de arena blanca se extendía a lo lejos rodeada de manglares y aguas azul claro. Dejamos el coche y caminamos un par de kilómetros por la orilla. Después nos despelotamos, todos menos la presentadora, que era muy casta, y nos bañamos mecidos por las cálidas olas. La presentadora enchufó la cámara de video y grabó risueña nuestros culos; luego sacó diversos planos artísticos del paisaje sin figurantes desnudos. Salí del agua y, mientras ella grababa, le voceé frases tan bonitas como: “hola, guapa, ¿eres jinetera o sólo puta a secas?..”. “Gracias por el detalle, ahora tendré que enseñar el video a mi familia sin sonido”, me contestó. La redactora salió del mar con cara de pocas amigas y le preguntó a la presentadora si le había grabado el “pompis” también a ella. M y J tardaron mucho en salir del agua. A lo lejos se les divisaba como si les estuviera dando un compulsivo ataque de risa. De repente, J apareció sobre la arena corriendo y descojonándose, mientras mar adentro se podía ver a M flotando relajado como haciendo el muerto. J contó entre sus carcajadas y nuestras miradas de incredulidad que habían estado intentando hacerse una paja dentro del mar, pero que sólo M había conseguido correrse. Le dije a la presentadora que hiciera el favor de no bañarse, no fuera a quedarse embarazada. Ella me sonrió con una mueca falsa, como la que acostumbra a esgrimir delante de la cámara mientras ejerce de busto parlante durante el telediario. Su cuerpo anoréxico se estaba poniendo por momentos de un tono rojizo-anaranjado a causa del quemazón del sol. Sobre su espalda y su escote podían observarse unas repugnantes pecas color calabaza. ella nunca se ponía protección alguna sobre la piel para conseguir estar más bronceada cuando salía en la caja tonta y, cuba23a causa de ello, su epidermis oculta bajo la ropa lucía agrietada como la de la momia de Tutankamon. Mis huevos se llenaron de arena al simular una pelea de wrestling contra M y J. Le hice un moratón a J en un costado como resultado de una poco certera patada destinada a sus testículos. Comimos los restos de arroz con frijoles que nos quedaban, nos vestimos y a media tarde partimos hacia la urbe habanera.

Nos alojábamos en un piso alquilado por un médico para sacarse un sobresueldo a espaldas del férreo control estatal que se encontraba situado delante del Hotel Nacional. El peculiar casero nos contó que ganaba más rentando el apartamento durante una semana de lo que recibía por un año de trabajo en el hospital. El aire de la ciudad olía pestilentemente a sucedáneos de la gasolina, inefables mejunjes que hacían funcionar los vetustos automóviles que petardeaban al circular por las calles de esta capital mundial de la decadencia. A nuestro amigo J se le había ocurrido cambiar casi todos nuestros dólares por pesos, y ahora nos encontrábamos sin apenas dinero gastable en medio de aquel maremagnum de lumpen depredador de dólares. Para sobrevivir allí, eran necesarios más que en ningún otro lugar del mundo los billetes verdes yankees. Nos quedaba un escaso puñado de estampitas con la cara impresa de Washington, y no los íbamos a malgastar en otra cosa que no fueran putas o alcohol, nuestra religión nos lo prohibía. La presentadora y la redactora sufrían un constante pero placentero acoso sexual por parte de los cubanos, no había hombre que no quisiera meterles la pinga. A nosotros tres, machos europeos de pelo en pecho, se nos ofrecían todo el tiempo prostitutas y chaperos de todas las edades por un módico precio. Nos dijeron que en el barrio chino se podía comprar comida con nuestros abundantes e inservibles pesos. Acudimos hambrientos a aquellos bares y adquirimos varios recipientes de cartón repletos de frijoles malolientes acompañados de una carne que muy bien podría haber sido de rata o humana. Devoramos aquello sin cubiertos,  con las manos, aunque la presentadora no quiso probar bocado porque ella era demasiado fina. La redactora, sin embargo, no tuvo reparos en deglutir aquellas delicias turcas; luego estuvo tirándose cuescos toda la tarde. M, muy delicadito él con las comidas, vomitó hasta la primera papilla aquella tarde; uno de los escasos perros vagabundos sin raza que campaban por la ciudad se acercó y chupó con gusto aquella pota murciana ante nuestro estupor. “Ese perro debe ser de Albacete…”, dijo jocoso el pimentonero.

El miércoles por la mañana habíamos quedado con una gente de la universidad para que los “periodistas” que viajaban conmigo diesen una charla ante la muchachada sobre cómo discurría su putativa profesión en España. El aula estaba llena hasta la bandera. El profesor, Ernesto, un efebo con perilla de pelo largo y rizado a lo hippie, no debía tener más de veinticinco años. El docto muchacho presentó al respetable a la presentadora, a la redactora, al documentalista y al redactor. Yo me excuse por no participar en la conferencia, me describí a mí mismo como persona de a pié sin oficio claro, lo que disipó al instante cualquier interés hacia mí. Los alumnos comenzaron a hacer preguntas disparatadas a los interfectos profesionales. En un momento dado, uno de ellos hizo una especie de pregunta retórica y soltó a continuación, sin venir a cuento, una perorata defensora del régimen castrista ante las miradas temerosas de sus compañeros, el estupor de los míos y mis finales sonoros aplausos ante su intervención. Transcurrido el animado coloquio, el docente nos animó a charlar con sus discípulos en un parque contiguo a la facultad. A la salida del edificio me arrimé por unos instantes al freak que había soltado la charleta pro régimen y le expresé mi agrado ante sus peregrinos argumentos. Me contó que él era hijo de campesinos nacido en un pueblecito cerca de Cienfuegos y que no aceptaba las mentiras que se contaban sobre la revolución; que a él y a su gente Castro le había dado todo. Cuando el chico se marchó nos sentamos en círculo junto al resto de la prole en una especie de plazoleta y los alumnos comenzaron a poner a parir a su compañero prorevolucionario, al que acusaban de comisario político y demagogo. Rápidamente hicimos migas con ellos. La presentadora se arrimó sibilinamente al profesor y comenzó a charlar con él sin parar. Varias de las chicas del alumnado, recientemente post púberes, se acercaron a M con intenciones de liberarse sexualmente con el visitante. Mientras tanto, J, la redactora y yo entablamos amistad con un par de simpáticos chicos de Pinar del Río que vivían en el décimo cuarto piso sin ascensor de una residencia de estudiantes cercana. Yoandi, el más atrevido, se dedicó aquella tarde a aproximarse con ojos de carnero degollado a la redactora introduciéndole notitas con poesías de su puño y letra en el bolsillo. En Cuba todos los chicos son poetas o aspiran a escribir la segunda parte de “Paradiso” de Lezama Lima, todos sin excepción. Les invitamos a unas cervezas, compramos todos los maníes que vendía una anciana (pagándole la cantidad equivalente a dos años de su pensión estatal en pesos) para alimentar a los muchachos y montamos un festejo grupal en nuestro apartamento con cantidades industriales de ron Guayabita cuba25compradas en el Habana Libre. La presentadora se llevó al profesor a charlar a la habitación contigua, para conseguir intimidad, pero Yoandi nos aseguró, entre carcajadas alcohólicas, que no tuviésemos cuidado, que el joven docente era, a lo sumo, un poquito bisexual, pero muy poquito. Y era cierto; Ernesto, el maestro liendres del grupo, sólo estaba interesado en el sexo femenino si podía proporcionarle un visado hacia Europa.

El sol entró por la ventana y me pegó en todo el careto con saña. A la altura de mi cabeza los pies de la redactora casi daban con mi rostro; ella dormitaba en sentido contrario, boca abajo, ataviada sólo con unas bragas negras que llevaban un letrerito que rezaba “eat me” sobre su triángulo trasero. Me levanté,  desayuné un Bemolan gel y un Gelocatil. En la habitación contigua descansaban entre bramidos guturales M y J. El murciano se despertó y preguntó dónde hostias estaba la puta de la presentadora. Por un momento nos preocupamos por su ausencia, aunque, para ser sinceros, si más tarde hubiese aparecido descuartizada dentro el armario no nos hubiese importando un comino; la incertidumbre duró poco porque J, tras desperezarse, nos contó que la zorra se había levantado pronto del catre y había salido a desayunar con el profesor bisexual. Qué desagradable era el melifluo tipo. Desde aquel día se pegó a nuestro culo sin rubor. La presentadora pagaba sus desayunos, comidas, cenas y borracheras, pero no follaban, él siempre ponía una excusa, se mostraba sensible y atento, pero no le pegó ni un muerdo. Ella andaba frustrada; decía, mentira podrida, que no quería tirárselo, que sólo ocurría que el chaval era muy majo y le gustaba su compañía, pero que no era su tipo. La redactora comentaba en privado que la presentadora se lo tenía merecido por calientapollas, por robamaridos y por puta asquerosa. Por las noches nos reíamos mucho viéndoles pelar su inexistente pava. Yoandi intentó pegársenos también, pero por mucho que animé a la redactora a que probara el sexo cubano no accedió a que hiciera un trueque con el chico, cambiándola a ella por una negra adolescente universitaria que él me ofrecía. Una noche Yoandi llamó al timbre buscando juerga pero no le abrimos la puerta. Cuando vimos que se había largado, acudimos a emborracharnos al “Gato tuerto”. En aquel bareto había todo tipo de fauna cazadora de los bienes del turista al uso: charlatanes cometarros buscadores de visado, supuestos descendientes de españoles en busca de ser invitados a copas o sucias jineteras abiertas a cualquier bestialismo que se las propusiese. Nos acoplamos en una mesita a observar el panorama y, al poco rato, M se levantó para conversar unos metros más al fondo con una fea mulata evidentemente dedicada al oficio más antiguo del mundo. Charlaron animadamente mientras J no perdía ripio desde lejos, se reía y comentaba lo patético que le parecía aquello. El murciano volvió a donde nos encontrábamos. “Dice que tiene un hijo subnormal, y que sólo trabaja en esto para sacarlo adelante, que cobra setenta dólares, pero yo la he ofrecido ochenta, pobrecilla…”, nos contó. “Tú sí que eres subnormal…”, añadió J riéndose mientras apuraba su tercer ron Havana Club de siete años. “No te reirías tanto si supieras lo que incluye en el precio. La he dicho que pago cien pavos si nos folla a los dos… y ha contestado que sí…”. J se quedó blanco ante lo expuesto por M. “¿Tienes huevos para hacerlo, gilipollas? Que conste que es una invitación porque no te regalé nada por tu cumpleaños…”. J seguía callado, nosotros ojipláticos. “Si tú pagas acepto, pero no me lo creo…”. M se levantó y se dirigió de nuevo hacia la jinetera. Tras cinco minutos de nueva charla ambos dejaron su asiento camino de la salida del garito. M le hizo una seña a J para que acudiese, éste apuró su quinto ron de la noche y se fue corriendo detrás de ellos, tropezándose con varios clientes del local que le miraron con cara de pocos amigos.

Anduvieron la corta distancia que separaba nuestro alojamiento de aquel antro a paso de fascista. M tonteaba con la prostituta, reían y reían, él le tocaba el culo mientras ella le daba dolorosos golpecitos sobre el paquete para que parase un poco con el magreo. J caminaba cabizbajo y silencioso a su lado, pero escondía una incipiente erección bajo la bragueta. Le daba mucho morbo aquello, imaginaba cómo él se la metería por detrás emulando a un can mientras ella, empalada por ambos extremos,  succionaría el instrumento del murciano hasta que los tres reventasen en un berrido feral de placer bizarro. Luego ellos dos cambiarían de lugar y comenzarían de nuevo el acto en un bucle rítmico sin fin. Llegaron a la puerta, a J se le cayeron dos veces las llaves antes de atinar en la cerradura. La chica entró directa hacia el baño y cerró la puerta con pestillo. Los dos maromos la esperaron en el dormitorio principal impacientes ; J se descalzó mientras M encendía nervioso un cigarro. Se escuchó cómo tiraba de la cadena, el water se abrió y la jinetera salió completamente en pelotas. Tenía buen cuerpo, pero una cicatriz de cesárea tan grande como una boca de metro adornaba repugnante su bajo vientre, formándola una colgante e informe lorza. Se acercó decidida a M, le metió de lleno un beso con lengua y de un tirón le aflojó el cinturón. Los pantalones del murciano cayeron al suelo junto con sus gayumbos  gracias a un certero giro de muñeca, y de debajo de la coraza brotó una imponente tranca pimentonera en estado de buena esperanza. Acto seguido, la diestra mulata se acercó a un titubeante J y procedió a desarrollar la misma operación extractora. J abrevió la maniobra desabrochándose él solito los vaqueros. La chica se agachó, se acercó con cada mano una polla a la cara  y pasó a intentar la postura del candelabro. J estaba que reventaba, pero debía contenerse para no correrse antes que M, apodado “mister eyaculación precoz” en el trabajo; era una cuestión de amor propio, una competición deportiva eyaculatoria en toda regla. M, que tenía la mirada perdida en el infinito de la pared de enfrente, giró la cabeza y sonrió a J con una expresión de gilipollas drogado. Por un momento J se sintió en la gloria divina abandonado al sexo oral, cerró los ojos e imaginó que aquello era el paraíso. De repente, notó cómo le plantaban un muerdo en todos los morros. La sorpresa fue que, al mirar, se dio cuenta de que no eran los labios de  la prostituta los que le lanzaban ardientes aquel fogoso ósculo, ya que ella tenía en ese instante la boca en overbooking, sino que el cabrón de M estaba intentando besarle torciendo el cuello hacia él como si fuera una lasciva escultura praxiteliana. cuba24Sus finos labios, hicieron diana, atinaron de lleno. El gatillazo hizo acto de presencia en J, quién sabe si por la sorpresa, quién sabe si por la repugnancia, o si porque la prostituta no tenía precisamente el físico de Maribel Verdú.

El taxi al aeropuerto de La Habana nos salió por un pico. En la terminal esperamos tres horas la partida de nuestro avión. Estábamos cansados, resacosos, aturdidos, cabreados los unos con los otros y sin un duro en el bolsillo, nos lo habíamos pulido todo. Robé unas chocolatinas en una tienda del aeoropuerto y J me echó la charla una vez más diciendo que cualquier día íbamos a acabar en la cárcel por mi culpa. J siempre ha sido y siempre será un cagón de mierda, aparte de otros muchos defectos que atesora como oro en paño. M no pudo resistir nueve horas sin fumar durante el vuelo. Se introdujo en uno de los lavabos, posó su culo sobre la taza del inodoro y relajó allí su ansiedad durante un cuarto de hora absorbiendo un pitillo a pulmón. Abrió la puerta y una espesa humareda invadió toda la parte trasera del avión. Las azafatas le miraban con cara de mala hostia y asco. Le propuse a la redactora intentar un casquete aéreo en uno de aquellos zulos de los servicios, pero ella me contestó que si estaba tan necesitado que me cascase una paja. La presentadora vive en la actualidad con el directivo. Hace tiempo que no veo a J, y tengo ganas, porque quiero meterle dos hostias sobre su cara de cerdo. Ernesto emigró a España y trabajó una temporada como chapero en los lavabos de la Estación Sur de autobuses de Madrid. M tuvo hace unos años un tumor cerebral, creo que aún no se ha muerto.

<<La noche no logra terminar,
malhumorada permanece,
adormeciendo a los gatos y a las hojas.
Estar aprisionada entre dos globos de luces
y mantener, como una cabellera
que se esparce infinitamente,
el oscuro capote de su misterio.
La noche nos agarra un pie,
nos clava en un árbol,
cuando abrimos los ojos
ya no podemos ver al gato dormido.
El gato está escarbando la tierra,
ha fabricado un agujero húmedo.
Lo acariciamos con rapidez,
pero ha tenido tiempo para tapar
el agujero. Hace trampa
y esconde de nuevo a la noche.>>

Lezama Lima, "Doble noche".


Mi pequeño amor

prozac1

- …. es lo de siempre: piensas en alto. No hay que pensar en alto. La gente de tu alrededor  no lo soporta, y es comprensible, Conchi. No puedes estar enmendando la plana a todo el que se te acerca. Tienes que pensar que tu existencia tampoco es que sea para el catálogo de vidas ejemplares. Es mejor mirarse al espejo, hay que aprender a no ver la paja en el ojo ajeno, hay que aprender a callar, a callar Conchi, a callar...
- y no la viga en el propio... lo sé, pero es tan difícil no decir lo que piensas...
- Correcto, lo captas. Tú no eres perfecta, tienes que aprender a aceptarlo. Lo tuyo no siempre es lo mejor, y la moral es siempre un sistema discutible, no basado en valores absolutos, ¿me entiendes? Cada uno tiene una.
- Lo capto...
- Perfecto entonces. Vamos a seguir por esa linea. Harás ese ejercicio de meditación diaria e intentarás callarte y pensar las cosas antes de decirlas. Te voy a recetar además un Prozac algo más fuerte, porque estos  vaivenes te afectan tanto a ti como a tu gente y las endorfinas hay que mantenerlas altas. Tienes que controlarte. Y, por favor, esa alimentación hay que vigilarla, puede provocarte de nuevo una fuerte pancreatitis.
- He oído hablar del crudiveganismo...Vale, lo he comprendido todo. Pero lo que a mi verdaderamente me importa es....
- Bufff. Te repito lo de siempre. Tu marido es homosexual. Lo mires por donde lo mires, Conchi, homosexual. Tienes que aceptarlo, y si no funciona tirar por otro camino. No te digo que no os haya ido bien hasta ahora, en pareja no estáis mal, os complementáis, pero hay más factores que contribuyen a tu confusión y frustración, no sólo la aceptación del entorno. Os casasteis por temas sociales y de negocio, y lo revestisteis de perfección, es duro admitirlo, pero para eso estoy yo, para repetírtelo. David es homosexual, no bisexual, homosexual. Puede que haya llegado el momento en que tú necesites que alguien sienta impulsos menos racionales hacia ti. La palabra “racional” es sólo eso, una palabra, no un principio absoluto. Aunque lo pintemos todo de color de rosa, el tiempo hace siempre que el decorado se caiga, y si no se acepta lo real se agravan los estados de ansiedad hasta el punto al que tú has llegado, Conchi.

Yo lo miraba todo el tiempo al tercer ojo de la frente, sobre el entrecejo, mientras asentía con la cabeza, hacia delante y atrás, delante y atrás, aparentando que escuchaba con atención. El sillón de escay estaba duro como una piedra, en vez de producir el efecto relajante que perseguía se me clavaba como una lanzada en el costado. La consulta era fría, como la de todos los psiquiatras que he visitado durante mi vida. Las paredes color madera oscuro. Cuadros impersonales representando flores minimalistas colgando de las paredes. Las sesiones de psiquiatría son como asistir a misa: alivian, pero al final estás igual de fastidiada, de anestesiada ante la vida, de herida. Esa es la palabra: “anestesiada”. Aunque quieras aparentar felicidad, lo oscuro va a volver a brotar, porque la carne sólo se arregla con hechos, nunca con teorías o con palabras, y lo que quieren que veas de color verde en realidad es negro como los agujeros del centro de las galaxias. Cuaresma y carnaval son, en realidad, la misma absurda y estúpida cosa con diferente nombre.

prozac2Me tomé una pastilla de Prozac de las nuevas en los servicios de la consulta. Salí ya algo atontada y conduje mi Cayenne hasta la Escuela Oficial de Idiomas, que está en el centro del pueblo. Aparqué en el párking de pago de al lado, no me gusta dejarlo en la calle. El aula está en el primer piso. Subí por las escaleras. Entré justo antes de comenzar la clase y el grupo, de unas quince personas, ya estaba sentado al completo, la mayoría veinteañeros e incluso algún crío algo menor. Yo era, como casi siempre, la persona de más edad con diferencia. Todos miraban como zombis hacia la pizarra, hacia sus cuadernos o el móvil. Me senté. Me puse en una posición rígida y ligeramente inclinada hacia delante para aguantar los gases que siempre martirizan mis intestinos. Tras esperar dos minutos, apareció José Pelayo, el maestro de ceremonias.

José Pelayo Huertas, nuestro profesor de italiano. Me lo había recomendado una amiga años atrás. Daba clase en aquel pueblo del extrarradio, a cuarenta kilómetros de mi urbanización, pero valía la pena desplazarse hasta allí. Era un profesor  entregado, profesional, competente, simpático. Idoia, mi amiga casada con el diputado autonómico Messeguer, destacaba de Huertas, además de su profesionalidad y eficacia como docente, su espigado y moreno porte, su siempre perfecto pelo corto lustroso, su perfecta sonrisa blanca como la nieve y su magnífico trasero, que se conservaba estupendo y bien musculado a pesar de las ya más de cincuenta primaveras que había vivido. Le gustaba que se dirigieran a él por su nombre completo, sin diminutivos, JOSÉ PELAYO. Una vez escuché a un chico de nuestra clase la ordinariez de que a este profesor se le ponía dura enseñando italiano. Una basteza propia de críos, pero bien cierta.

José Pelayo puso un audio grabado de RAI radio y todos escucharon con atención, menos yo, que permanecía aparentando interés pero abstraída de la clase y del mundo en general gracias a la mezcla de Prozac y Valium que había ingerido durante la mañana. Cuando llegó mi turno de hablar, hice gestos como de que estaba afónica, y él, como siempre caballeroso, pasó el turno a la persona siguiente. Después llegó el ejercicio escrito. Todos se callaron y comenzaron a mover los bolígrafos compulsivamente para profundizar en el tema del día antes debatido oralmente: la arrogancia del Norte de Italia contra la vida sosegada de los habitantes del Sur. José Pelayo amaba Italia, pero más que el territorio a sus gentes y su forma de ver la vida y de comportarse. Mientras todos redactaban obnubilados concentrados en el papel, él se acercó disimuladamente a mi y dejó caer una cuartilla doblada sobre mi mesa. La abrí:

>>>>Ven tal como eres
no tengo armas
tal como eres
sólo hay palabras.
Que tus manos canten canciones lejanas
que la risa salga
tal como eres
tímida y blanca
y tu mirada franca
no esconda cosas extrañas;
que al alba
tu aliento me llene las entrañas
de vino y sal,
de viento y mar,
de calma,
tal como eres.

Te invito a probar el vino que he elaborado artesanalmente en mi casa. Si aceptas mi propuesta simplemente sonríe, bella principessa...>>>>>>

Lo miré. Me miró. Sonreí. Él me sonrió. La clase continuó. No volvió a preguntarme, siguieron con lo suyo mientras yo aparentaba atención y el estómago me regurgitaba fluidos con un sabor mezcla de sangre y sushi. Sonó un timbre en el pasillo. La clase terminó. Los chicos y chicas fueron marchándose uno a uno del aula, se les escuchaba charlar y reírse hasta que el ruido terminó tornándose en vacío. Nos quedamos solos Jose Pelayo y yo. Recogí mis cosas en silencio mientras él ponía en orden el aula y hacía lo mismo con las suyas. Salimos y cerramos con llave.

- Vámonos a mi casa. Te invitaré allí a un piscolabis y así te enseño mi bodega, estoy elaborando un vino buenísimo, este año las parras han dado unas uvas cavernet excelentes, y los olivos han aportado una producción récord, he pensado en comprar una prensa para hacer aceite artesanal.

prozac3Hablaba y hablaba de su producción agrícola mientra yo lo miraba como embelesada, embelesada por el Prozac. Entré un momento a los servicios antes de subir al coche y me tomé una pequeña dosis de Litio para equilibrarme mezclada con ron de una petaca que siempre llevo en el bolso. Llamé por teléfono a casa. Se puso Ricarda, nuestra chica filipina. Le ordené que le dijera al chófer de los martes dónde recoger mi Cayenne, que yo volvería más tarde en taxi, que recogiera a los niños del colegio y esperara más nuevas órdenes,  que no les dejara comer carne ni chucherías bajo ningún pretexto. Contestó a todo que sí, “sí señola”, como siempre. José Pelayo tenía un coche muy raro, un Skoda Yeti, según me estuvo relatando un rato, un automóbil muy fiable, amplio y que consumía muy poco combustible gracias a su motor híbrido eléctrico, cada cien kilómetros mi Cayenne o mi Audi gastan lo mismo que el suyo en mil. Salimos del pueblo. Tomamos la circunvalación interior, luego una autopista, luego otra circunvalación y después otra autopista,  salimos de ella y al llegar a un pueblo con pinta de ruinoso, tomamos una estrecha comarcal, y luego una pista forestal, y luego un camino de tierra. Finalmente, llegamos a las lindes de su finca.

El sol ya descendía sobre el horizonte y los árboles parecían brillar fosforescentes, de anaranjado radiante. Sobre el terreno había plantadas miles flores y cientos de árboles y arbustos de muchas especies, todos en perfecto orden y armonía, como si la mano de un Dios hubiese actuado sobre ellos. Detrás de la casa podía verse un molino de viento de producción de energía eólica y, sobre  otra amplia extensión del terreno, placas solares a discreción ordeñando energía a chorros al astro rey. José Pelayo había logrado prácticamente la independencia energética de su parcela. En la parte derecha, en los antiguos huecos de las pistas de tenis, podía observarse un amplio huerto que producía tomates, lechugas, pepinos, lombardas... todo tipo de hortalizas y, un poco más al Este, ocupando más de dos hectáreas, frutales, olivos y unas preciosas verdes vides. La mezcla de olores de las plantas, sólo un poco ensuciada por un ligero aroma putrefacto procedente de una antigua piscina vacía utilizada como depósito de compostaje, te transportaba al paraíso terrenal cuando lo respirabas a pleno pulmón. Podía escucharse cantar a los pájaros y zumbar a las abejas de unas colmenas que producían miel de jazmín para José Pelayo junto a la tapia de la linde Oeste.

Salieron a recibirnos sus dos perros: un dóberman hembra que se llamaba Laura, que muy jovial saltó sobre él para lamer la cara a José Pelayo, y un caniche blanco, Óscar, que me ladró y gruñó hasta que su amo le afeó la conducta. Entramos en la enorme casa, que José Pelayo me contó que había sido construída con balas de paja prensadas, un material que conseguía mantener una temperatura interior constante en invierno y verano de veintiún grados sin necesidad de calefacción ni aire acondicionado. La decoración era minimalista, pero se notaba que todo los muebles habían sido fabricados con maderas nobles reutilizadas, según me explicó él. Todo allí estaba hecho de materiales reciclados. Sacó unos vasos de un vidrio fino precioso y sirvió dos copas de vino.

Me bebí la copa de un trago y le sonreí. Me supo un poco raro aquel vino, parecía de tetrabrick. Abrió la puerta del sótano y me invitó a bajar, “vamos a ver mi escondite, mi alambique”, me dijo. Descendismos por unas escaleras y él encendió una luz. Olía a humedad, las paredes desnudas eran del color gris del cemento sin pintar, sólo estaban decoradas en un lateral por un descolorido póster de John Illsley tocando el bajo melena al viento. Caminé hasta el fondo siguiéndole. Se dio la vuelta y el primer puñetazo me lo lanzó certeramente al estómago, milimétricamente justo debajo del esternón. Me quedé doblada sin respiración y entonces José Pelayo me dio un golpe con los dos puños entrecruzados sobre la espalda tan fuerte que caí casi desmallada al suelo. Me  sujetó con fuerza por los brazos produciéndome un dolor sólo soportable por el Prozac que yo llevaba en el cuerpo y me los ató con un rollo de cinta de embalar apretándola mucho hasta casi cortarme la circulación. Luego me metió una hoja de periódico arrugada en la boca y puso cinta también sobre ella para amordazarme, enroscada sobre mi cabeza hasta casi asfixiarme, podía sólo respirar a duras penas por la nariz.  Mientras me ataba, me golpeaba los costados y el vientre con saña. Sacó un cúter de un cajón y me cortó la ropa con él dejando que el suave filo me hiciera deliberados finos cortes en las piernas, la espalda y las nalgas, que escocían como si te sajaras la piel con folios de papel. Cuando estaba completamente desnuda, me tendió sobre una mesa de carpintero boca abajo con las piernas colgando y, con una rama de olivo que guardaba apoyada sobre la pared del fondo, me pegó latigazos sobre el trasero hasta que noté gotas de sangre corriendo sobre mis piernas hasta el suelo. Me pasó una especie de palo de escoba con la punta redondeada por delante de la cara, me abrió las nalgas y me lo introdujo por el ano sin miramientos. Me retorcí de dolor, aunque para no desgarrarme vi cómo, previamente, tuvo la deferencia de untar el utensilio con aceite de coche procedente de una lata que había por allí, recuerdo como si fuera ahora mismo aquella etiqueta: Carrefour Oil 15-40W, se me quedó grabado en la mente.

Sacó el palo de mi recto y me dio la vuelta. Volvió a abrirme de piernas. Entonces llamó a Laura, que apareció rauda corriendo por las escaleras. Abrió un tarro de miel artesana y me la esparció bastamente a manotazos por la vulva, golpeándome el clítoris con golpecitos precisos y contundentes e introduciéndome la sustancia bien dentro con sus fuertes dedos. Se hizo a un lado y Laura, animada por su amo, comenzó a lamerme con fruición la vagina, metiéndome la lengua hasta casi el útero, dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, rítmicamente, hasta deglutir la dulce sustancia floral. Entonces apareció Óscar el gruñón por las escaleras.

El perrito, viendo saciar el hambre a su compañera, sentía envidia. Comenzó a intentar llegar hasta mi sexo dando saltitos, pero estaba demasiado alto para él y Laura le sacaba los dientes. no lo dejaba acercarse. Óscar se enfadó y empezó a ladrar, a ladrar, a ladrar, como si tuviera un megáfono en la garganta, produciendo un ruido molesto y ensordecedor hasta que José Pelayo le regañó a voces. Paró de chillar, pero entonces comenzó a saltar y a morderme las piernas, a morderme, a morderme, cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte, hasta que me atizó un fuerte bocado en un muslo que me hizo gritar y tener un tremendo orgasmo al mismo tiempo. A mi izquierda, contemplando mi placer salvaje, José Pelayo, que se masturbaba al unísono, eyaculó como una manguera sobre mi cara, dejándome los ojos como lagunas de esperma desbordados al estilo cataratas del Niágara por los lacrimales.

Me quité aquel agrio sabor de las comisuras de los labios con la lengua. Laura había lamido hasta la última gota de miel de mi vagina. Los dos perros se dieron media vuelta y desaparecieron corriendo escaleras arriba. José Pelayo descansaba jadeante tumbado sobre el suelo. Pasaron dos minutos de silencio. Se levantó y subió las escaleras. Volvió al rato con un chándal viejo de mercadillo del Real Madrid en las manos. Cortó mis ligaduras de nuevo con el cúter, esta vez sin cortarme, y me limpió la sangre de las heridas con alcohol de 96 grados que me escoció horrores. A continuación, me vistió bruscamente con el chándal, que me estaba enorme. Me cogió al hombro como si fuera un saco de patatas y me llevó hasta el coche. Abrió el maletero y me lanzó. Noté cómo arrancaba y cómo rodamos por un abrupto camino unos minutos, después debimos salir a una carretera bacheada, y más tarde a alguna autopista que identifiqué por el ruido de los coches. Un cuarto de hora más tarde volví a notar cómo entrábamos por un camino de tierra y después enseguida nos detuvimos. Se abrió el maletero y José Pelayo me sacó de él a empujones. Ya era de noche cerrada. Me apuntó con una linterna a los ojos arrimando su boca a mi oído, me dijo en tono amenazador:

- Aquí te quedas. Toma tu cartera. Camina por este camino y a un kilómetro y medio  encontrarás una parada de autobús en el borde de la autovía. Pasará un búho de esa linea dentro de una hora. Lo coges y en el final de trayecto tomas un taxi. Ya sabes. ¿NO IRÁS A DECIR NADA, NO? ¿NO RECUERDAS NADA DE LO QUE HA PASADO, VERDAD, VERDAD, VERDAD?

Asentí con la cabeza tiritando de frío y nervios. Su cara desencajada daba miedo. No llevaba mi ropa, así que no pude tomarme ninguna pastilla de las que siempre guardo en los bolsillos para tranquilizarme. Arrancó el coche y se marchó entre la penumbra. Caminé durante media hora hasta encontrar la parada de autobús en una carretera cercana. Los pies se me pusieron en carne viva, porque me había dejado descalza. El autobús paró y abrió la puerta. Entré y pagué mi billete, el conductor me miró de pies a cabeza pero no dijo nada. Unos pasajeros me observaban con cara de asco, otros seguían con sus móviles sin hacerme caso mientras entré por el pasillo. Llegamos a la última parada. Junto a la acera había varios taxis, abrí la puerta de uno, pero el taxista me dijo que los yonkis en su coche no entraban. Saqué un billete de doscientos Euros de mi cartera y se lo dí por la ventanilla. Me preguntó dónde quería ir. Le dije la dirección. En la entrada de mi urbanización no querían abrir la barrera al taxi hasta que saqué la cabeza por la ventanilla y, al instante, el guarda me reconoció. Llamé a la puerta de mi casa y Ricarda abrió, me dijo un escueto “hola señola” y sin mirarme a los ojos volvió hacia la cocina. Cogí el ascensor y subí hasta mi habitación del cuarto piso. Me quité el chándal a tirones y me sumergí en el jacuzzi, lo puse en marcha y me lavé las heridas con mi esponja de crin. Relax, relax, relax....Me quedé dormida dentro.

prozac4Cuando desperté noté un olor raro, nauseabundo. Me había hecho caca dentro del agua sin darme cuenta, y aquello había salido de mi cuerpo de un color verdusco mezclado con un hilillo de sangre. Llamé a Ricarda para que limpiara el jacuzzi, cerré la puerta y me encerré en el dormitorio. Sobre la cama había un enorme ramo de flores con un sobre. Lo abrí, decía: “Conchi, cariño, no volveré hasta el lunes de la semana que viene, me ha surgido un imprevisto. Deja que diga, que no pediré, que me quieras mientras vivas, pero palabra de amor no daré. Besos, cielo. David”. Lloré desconsolada durante un rato sobre la almohada, y cuando no me quedaban ya más lágrimas, llamé a Ricarda para que me trajera un poco de sushi. Después de comérmelo, me tomé valium y medio y al poco rato caí rendida, como un tronco. Dejé encargado a Ricarda que llevara a los niños al colegio, los recogiera, los diera de cenar y los acostara, y que no quería ruidos de ningún tipo ni que me molestasen por nada que no fuera una muerte repentina en la familia más cercana o que se estrellara un meteorito de más de cien kilómetros de diámetro contra la Tierra. Dormí todo el miércoles sólo despertándome para tomar mis pastillas, para comer un poco de sushi o para vomitar, mi único contacto con el exterior era Netflix, que dejé puesto en la tele en un eterno mantra random. Desconecté mis tres móviles y, al fin, conseguí relajarme sin que nada ni nadie, ni ningún grupo de whatsap, me importunara.

A las once de la mañana del jueves sonó el despertador en mi Iphone. Era el aviso para ir a clase. Entré en el vestidor y me puse un sobrio conjunto informal de Armani negro y gris que David me había regalado la semana anterior. Bajé a la cocina y Ricarda me preparó unas tostadas y me calentó un poco de Sushi del día anterior. Me enfadé porque no estaba reciente, eran más de las once y el repartidor del restaurante japonés aún no había llegado. Me tomé un Prozac, media de Litio para captar endorfinas y bajé al garaje. Los miércoles prefería coger el Mini, no sé por qué, por variar, el Cayenne lo tengo muy visto y odio los Audis. Conduje por las serpenteantes colinas de la urbanización hasta la garita de salida, donde el guarda me sonrió al abrir la barrera. Tomé la autopista y después cogí una circunvalación exterior hasta la cuarta desviación. Entré en el pueblo y aparqué en el parking de pago, no me gusta dejarlo fuera y además es imposible encontrar sitio en la zona lumpen.

Entré en el aula. Nadie se fijó en mi, todo el mundo repasaba apuntes o washapeaba. Al minuto entró José Pelayo Huertas y comenzó su dinámica clase haciendo que escuchásemos, o intentásemos escuchar, un audio de la radio italiana que hablaba sobre el cambio climático. Después hubo aburrido debate sobre ese tema en el que todos estaban de acuerdo en que el ser humano es muy malo con el planeta y todos esos tópicos tan gastados. Yo no participé, fingiéndome afónica mediante un gesto señalándome la garganta cuando él me preguntó. Luego José Pelayo propuso escribir una redacción en diez minutos, y todos se pusieron a la tarea. Cuando pasó cerca de mi me dejó un folio doblado sobre la mesa. Lo abrí:

>>>>No tengas miedo
porque para morir
tienen que matarme
y de ese don estoy
mal servido.
No tengas miedo
aunque apriete el acelerador
por mi vida.
Te doy permiso
que temas que
me vaya lejos
y nunca vuelva,
y ten también miedo
de los cuchillos que escondo
detrás de la puerta
y de las bombas que guardo
dentro de mi cabeza,
a todo eso puedes tenerle miedo
mucho miedo.
No tengas miedo
del resto
pero no dejes que me marche
levantando polvo en las cunetas,
porque de un momento a otro
será demasiado tarde.
Te doy permiso para que vuelvas
y para que me pidas
que vuelva
o que nunca me marche.


Te invito a cenar en mi casa unas verduras a la plancha ecológicas que he recolectado hoy al amanecer. Si aceptas mi propuesta simplemente sonríe cuando te mire, bella principessa... Vamos a querernos, mi pequeño amor, como tú y yo sabemos.....>>>

Estaba allí, sentado tras su mesa, sobre el escalón del estrado que otorga poder. Nuestras miradas se cruzaron furtivas. Lo miré. Me miró. Sonreí. Él me sonrió. La clase continuó.


Cave canem

canem1

Ahora que veo la muerte tan de cerca, ahora que las escenas de mi vida pasan delante de mis ojos como un relámpago, ahora que voy a atravesar la laguna Estigia, ahora que el buen Dios viene a buscarme, ahora que voy a disolverme como una lágrima en la lluvia, ahora que sé que voy a fenecer sin dilación, ahora recuerdo lo que fui y lo que pude ser.

Desde mi primer minuto en el planeta me sentí como un bicho raro. Nací dentro de una familia acomodada, pero no lo tuve fácil. Recuerdo mi primer día de colegio. No hablé con nadie, no me arrimé a nadie, todos me miraban raro. Pasaron las semanas, los meses, y todo seguía igual, pero también comenzaron a reírse de mí, primero a escondidas y luego abiertamente a la cara. Esas risas falsas me han acompañado siempre, sólo por ser diferente. Fui un solitario desde el principio de mi existencia. 

No me gustaba lo que a los demás niños, yo era distinto a todos. Amaba correr por el campo sin rumbo, jugar yo solo con cualquier cosa. Mis padres y mis abuelos me regalaban los juguetes más caros, pero yo no los usaba, ni los conservaba, los destrozaba en pocos días. Prefería una rama de un árbol a un mecano, una piña de pino piñonero a un balón de reglamento, revolcarme por la hierba que ver una película de esas de dibujos animados. Y yo era mucho más fuerte que los demás niños, era el más veloz de todos, el que más saltaba, el más rápido y el más resistente. Me envidiaban con saña, algunos me escupían. Nadar, eso sí, no se me daba del todo bien, tenía mi propio estilo caótico, pataleando con brazos y pies al mismo tiempo sin orden ni concierto. Intentaron corregir mi peculiar brazada, pero no hubo manera, me echaron de natación con cajas muy destempladas, decían que salpicaba mucho. Cuando era un pequeño alevín, un entrenador de fútbol me vio correr y creyó observar talento en mi, pero no era tal cosa, era sólo fuerza bruta, corría por el campo como un pollo sin cabeza, y también terminó por decirme que parecía un idiota y que me dedicara a otra cosa o que me fuera a jugar con la selección de Camerún. Gente cruel hay por todas partes en este mundo, gente repugnante que no tiene piedad ni de un pobre niño asustado y perdido. 

canem8Mis cinco hermanos también me observaban como a alguien extraño. Me pegaban, me despreciaban en público, me escupían. Mi padre, general del Estado Mayor de la Defensa, creía que yo era homosexual, y muy pronto dejó de prestarme atención y comenzó a lanzarme miradas de asco y desprecio, aunque también notaba cierta especie de envidia por su parte, porque yo era un ser libre y él, aunque fuera rico de tanto robar dinero del cuartel con sus amigos oficiales, no era más que un cateto esbirro del poder. Para él yo siempre he sido la oveja negra. Yo prefería quedarme en casa cuando iban todos juntos a cazar jabalíes o a monterías de ciervos con la alta sociedad. Para mi esos largos días de invierno. los que pasaba yo solo con la única compañía de los criados filipinos de nuestra enorme casa, esas jornadas leyendo a los clásicos al calor de la chimenea, eran el paraíso. Adoraba el silencio y nuestros criados tenían terminantemente prohibido hablar con nosotros,resultaba ideal no tener que soportar su charla insulsa y su extraño acento barriobajero. Mi madre tampoco me tuvo nunca mucho cariño y, tras fallecer en un accidente doméstico mientras limpiaba un rifle, mi padre contrajo matrimonio con una mujer venezolana con la que hasta el día de su muerte apenas crucé cuatro o cinco palabras, de desprecio la mayoría de las veces o advirtiéndola en una ocasión que ni se la ocurriera tocar mi Porsche Cayenne para ir de compras al centro. Era una mujer despreciable que se alojaba en un cuartucho de la cuarta planta de nuestro chalet y a la que mi padre no tocaba ni con un palo, sólo la utilizaba para lucirla en los actos sociales. 

Yo era mucho más inteligente y culto que los que me rodeaban, y eso marcaba una linea de divisoria imposible de franquear entre ellos y yo. No soportaba a aquella panda de incultos pueblerinos venidos a más. Cuando llegó mi adolescencia prefería leer buenos libros, escuchar música clásica y ver películas de autor a jugar con los otros chicos. A los once años me había leído casi toda la colección Barco de Vapor, que me marcó profundamente e hizo evolucionar mi mente hacia una inteligencia superior. El cine me fascinaba, sobretodo las películas antiguas de Eddie Murphy y las de Patrick Swayze, que mi padre guardaba escondidas en la estantería de su despacho. Me enfrascaba en la lectura de los clásicos de la literatura, Ruiz-Zafón y Paulo Coelho eran mis preferidos, me sumergía en sus obras lo mismo que al en el tocadiscos los viejos vinilos clásicos de mi madre de Richard Clayderman, Alejandro Sanz y Kenny-G.

Los años pasaban sin demasiados sobresaltos, conmigo sumergido en aquel letargo social. Y llegó aquel profesor nuevo de francés al colegio y desde el primer día no apartó su mirada de mi. Le encantaba enseñar, yo admiraba su vocación y su constante obstinación en hacernos entrar la letra. Me vio allí en el patio solo, corriendo como un bobo o jugando con una piedra, y pareció enternecerse. Se me acercó, me ofreció un chicle de menta. Me fascinó que alguien me hiciera caso, la soledad absoluta es dura. Durante meses, en los recreos, me habló de la vida y de Dios, que para él era el universo entero y la razón. Me gustaba escucharle aún sin entender nada, yo necesitaba atención y una figura protectora a mi lado, me fascinaba. Él vio en mi un compañero de viaje en medio de aquel antro represor. Una tarde, a la salida de clase, fui a buscarle a su habitación. Le llevé los que para mi son los dos mejores discos de la historia de la música clásica: Silhouette y Brazilian nights, de ese genio del saxofón que es Kenny-G. Cuando llamé a la puerta y abrió, una sonrisa se dibujó en su cara y yo fui feliz por un momento viéndole a él radiante, me gusta hacer el bien a las personas. Primero me lamió el pene, pero no consiguió que yo tuviera una erección, y después me penetró analmente causándome un gran dolor pero sin provocarme excitación alguna ni placer, lo que al final lo frustró mucho y, tras eyacular dentro de mi, me echó de la habitación no sin antes amenazar con matarme si contaba algo a alguien. No volvió a hablarme nunca más y yo me sentí muy culpable. Yo no quería sexo, sólo un amigo.

Fui siempre un incomprendido. No sacaba buenas notas, los profesore me tenían manía, no soportan a la gente superdotada que sabe más que ellos. Suspendí selectividad en junio y en septiembre. Mi padre me echó una gran bronca y amenazó con meterme en el ejército si no aprobaba al año siguiente. A mí no me hubiese importado alistarme, pero él creía que yo sentía terror hacia ello a causa de mi supuesta homosexualidad. Durante aquel año me preparé de nuevo para aquel terrible examen estudiando seis horas diarias. El resto del tiempo corría y paseaba por el campo. Salía de la urbanización y me adentraba en los páramos deshabitados que hay entre las autopistas de circunvalación del extrarradio de la ciudad. Me sentía bien encontrándome sólo esporádicamente con caminantes solitarios o con gente que paseaba a sus perros. Los primeros solían tomarme por lo que no era y me ofrecían sexo furtivo, cosa que me repugnaba. Sin embargo, me encantaba cruzarme con la gente que paseaba a sus simpáticas mascotas. Pedí a mi padre que compráramos un perro, pero se negó en redondo, me dijo que le daban asco, que si no tenía bastante con el personal de servicio para entretenerme, insinuando entre lineas que yo tenía sexo con el jardinero encargado de podar los setos de la linde oeste de nuestro terreno.

En uno de mis largos paseos conocí a Laura. La vi correr por el arcén de la circunvalación Oeste mientras yo paseaba por los campos aledaños. Me dio un vuelco al corazón, ella corría peligro en medio de aquellos nudos de autopista. Le hice señas para que viniera hacia mí. Se acercó con precaución, se notaba que estaba perdida y asustada. Poco a poco la convencí de que yo no era una amenaza. Le ofrecí unos lacasitos que llevaba en el bolsillo que se comió con voracidad, estaba hambrienta. Sentí una tremenda ternura hacia ella cuando me robó un beso en la boca cuando me agachaba para sentarme a su lado. Fue un flechazo. Tuvimos sexo tras unas matas intentando ocultarnos de las miradas de los coches que pasaban a lo lejos, aunque escuché a alguno tocar el claxon y uno frenó y se puso a gritarnos obscenidades, pero no paramos, no podíamos contener la pasión. Por primera vez en mi vida me sentí pleno. Ella llevaba un collar rojo con su nombre grabado. Me enamoré. Nos tumbamos bajo un árbol y pasado un rato volvimos a hacer el amor, de forma salvaje y pasional. Al anochecer me marché a mi casa, nos despedimos junto a la valla de la urbanización. No pude pegar ojo. Volví a buscarla al día siguiente corriendo pero no la encontré. Recorrí durante varias semanas los descampados cercanos, pero ni rastro de ella, se la había tragado la tierra. Pasados dos meses perdí la esperanza de volverla a ver, estaba muy triste, mi amor era profundo. Me compré un Lamborghini Murciélago para intentar olvidarla, mi padre vio el extracto que llegó del banco y se organizó una gran bronca en casa porque él nos tenía dicho que sólo compráramos coches alemanes. Me volví loco. Me bebí tres botellas Campari, esnifé tres gramos y medio de coca y puse mi deportivo a doscientos veinte por hora en la circunvalación para hacer explotar el radar de la Guardia Civil aposta y, tras rebasarlo quemando rueda, noté un golpazo en la parte delantera. Paré en el arcén. Había arrollado a un animal que yacía destripado y con la cabeza casi separada del cuerpo. Pero su cara, a pesar del violento atropello, seguía siendo bella, intacta. Era mi amor, Laura. La cogí en brazos manchándome toda la ropa con su sangre y la llevé a toda velocidad al Club de Campo para que la atendiese el veterinario de guardia. Pero no había nada que hacer, estaba muerta, tenía los intestinos, los riñones y un pulmón fuera de la caja torácica y tuve que llevar a limpiar a mano la tapicería del coche al día siguiente. En vez de tirar su bello cuerpo a un contenedor la llevé al taxidermista que disecaba las cabezas de corzo a mi padre y a mis hermanos. Dos semanas más tarde fui a recogerla, pero más que un pastor alemán ahora parecía un setter irlandés, la había dejado fatal, no se parecía ya en nada a Laura, era un esperpento de imitación digno del museo de cera, parecía hasta sonriente. Le pagué los tres mil Euros en efectivo y le dije al disecador que se podía meter aquello por donde le cupiese. 

canem2Finalmente, tras mucho esfuerzo, saqué un cinco y medio en selectividad. La nota sólo me permitía ser admitido para estudiar en la Universidad Europea, previo pago de unos miles de Euros. Me armé de valor y propuse a mi progenitor matricularme en veterinaria. Me contestó que ni hablar, que no pensaba tirar quince mil Euros al año para que yo me dedicara a meter el brazo hasta el hombro en el ano de las vacas. Tenía su parte de razón. Me dio a elegir entre matricularme en derecho o marcharme de casa. El primer día de clase me encontré allí a Conchi, la hija de Ramírez-Abejón, el capitán de corbeta amigo de toda la vida de mi padre. Ella me sonrió y se acercó a mi. Era una rebelde con aspecto de ramera, por eso me cayó bien. Me contó su vida, cosa que no me interesaba lo más mínimo, pero para ella supuso un gran alivio. Me contó sus problemas con la anorexia, la bulimia, la cocaína y el Prozac. Me contó su estado de insatisfacción sexual y vital permanente. Me contó lo mal que le sentaba mezclar whisky con litio. Me contó que un día se había despertado en un descampado completamente desnuda y con semen brotándola de la entrepierna. Se sentaba al lado mío en las clases y se arrimaba a mí dándome calorcito hasta que los profesores nos llamaban la atención. Una vez intento masturbarme dentro del aula mientras el profesor hablaba, pero no conseguí ponerme en erección. Me avergonzaba constantemente con insinuaciones sexuales. Me invitó a su cumpleaños, le puse excusas variadas por teléfono para no ir, y me preguntó que si yo era homosexual, cosa que negué con firmeza y que ella puso en duda a gritos. Entonces accedí a ir a su fiesta y ella se las arregló para meterme en su cama tras obligarme a consumir cocaína mezclada con éxtasis. Me lamió el pene hasta irritármelo sin que yo tuviera una erección, pero entonces me hizo tragarme una Viagra y me cabalgó encima hasta tener un fuerte orgasmo. Nos casamos al terminar la carrera, fue una boda con cuatrocientos setenta y cuatro invitados, muchos de ellos militares como nuestros padres. Uno de ellos, un tenientucho de corbeta, completamente borracho se me insinuó en los servicios y al yo negarme me preguntó si yo era homosexual como mi padre y mi suegro. Nos fuimos de luna de miel a Cancún.

Nuestro matrimonio mejoró mi vida ostensiblemente, me apartó de las miradas inquisitivas de la gente gracias a nuestra supuesta normalidad. Pero mi falta de erecciones y su consumo desaforado de Prozac, alcohol y sushi (tuvo una fuerte pancreatitis a causa de que sólo comía pescado crudo, y poco, y la mayoría lo vomitaba) nos hacía tener fuertes discusiones de pareja. Pasábamos semanas sin hablarnos, cada uno en una planta del chalet. Los negocios, sin embargo, nos iban de maravilla. Habíamos montado una asesoría jurídica con treinta abogados a nuestro cargo y llevábamos casos famosos cobrando elevadísimas minutas, sin prácticamente tener ni que ir a la oficina si no nos apetecía. Conchi contrató a Pelayo como becario. Entonces nuestro diálogo casi terminó. Empezamos a vivir como simples compañeros de piso que ni se hablan ni se respetan lo más mínimo. Yo me compré una perra bóxer preciosa, Adeline, pero era muy arisca, no le gustaba el sexo, y tampoco es que fuera muy cariñosa conmigo, además de que babeaba mucho en cuanto olía cualquier comida y lo manchaba todo. La sacaba a pasear por los enormes descampados que circundaban a la urbanización apartadísima a la que nos habíamos trasladado a vivir. Entonces conocí a Juan Pedro.

Un día, perseguidos por dos pittbulls que guardaban un vertedero de unos gitanos, Adeline y yo atravesamos una zona desconocida y dimos con aquel pequeño bosquecillo que no estaba vacío como el resto de parajes de los alrededores. Aunque el lugar estaba apartado y era de difícil acceso, estaba lleno de perros y sus amos paseando entre los pinos. Cuando menos era chocante, extraño, un lugar irreal, pero excitante. Desde el primer minuto me sentí bien allí, como en casa, en mi salsa. En un pequeño claro protegido de las miradas estaba Juan Pedro haciendo el amor con su perra Lily, con otro perro podenco llamado Toby y cuatro o cinco hombres se masturbaban alrededor observando la escena. Juan Pedro terminó de eyacular dentro de ella y, tras limpiarse el pene con un pañuelo, se me acercó sin ruborizarse lo más mínimo. Yo lo conocía de vista de los juzgados, era un conocido fiscal antidroga. En la vida cotidiana era un hombre muy tímido, como yo, pero allí estaba como pez en el agua, y me hizo de cicerone por el lugar. Me contó todo sobre aquel mundillo. Yo no estaba solo, éramos muchos y con mucha variedad de gustos, gente de todos los estratos sociales amante de los animales. Me dio una tarjeta con la dirección de una discoteca del centro, me insistió en que podía ir con mi perra.

Volví a casa. Me puse mi traje de Armani y Adeline y yo nos encaminamos a “Cave canem”. Conduje a toda velocidad, saltándome todos los radares, impaciente. En la puerta, flanqueada por dos corpulentos búlgaros con dos feroces doberman, nos esperaban Juan Pedro y su perra. Entamos en el local. En la primera planta había un bar cuya barra estaba rodeada de platitos para que las mascotas bebiesen, enternecedor. No teníamos sed, así que bajamos unas escaleras hasta un piso inferior donde perros y dueños corrían y bailaban el fox-trot sobre una enorme pista de baile. Mi excitación iba en aumento. Por allí pude distinguir a muchos personajes conocidos: presentadores de televisión, futbolistas, periodistas del corazón (había muchos), políticos, cantantes y hasta un presentador del Telediario. Uno de cada cuatro hombres son en realidad como nosotros y no se atreven a contarlo por temor a la reacción de sus familias, muchos están casados y con hijos pero en realidad solamente se excitan cuando ven algún can guapo o al oler a lo lejos algún ano de esta maravillosa especie descendiente directa del noble lobo. Juan Pedro cree que incluso el presidente del gobierno, varios ministros y uno de los jefes de la oposición lo son, no estamos en absoluto solos. Pero lo mejor estaba por llegar.

Descendimos hasta un segundo sótano iluminado con fuertes luces de neón que se reflejaba en las superficies blancas y daba a todo un aspecto fantasmagórico. Allí la gente hacía el amor con sus mascotas en total libertad, sin miedo al qué dirán, en parejas, en tríos y en grandes grupos. Algunos se masturbaban mientras olían el ano a los perros. Había heces por el suelo y algunas pieles de animales recién muertos y perros y humanos se revolcaban sobre ellas, en perfecta armonía y sin timidez. Un camarero llegó con una jaula y de ella obligaron a salir a un gato, que todos persiguieron hasta capturarlo y despedazarlo a mordiscos, y el ganador fue agasajado con un hueso de plástico, el ganador fue un conocido presentador de televisión. Un pequinés vomitó y su dueño se lo comió lamiendo incluso el suelo. Juan Pedro me contó que había filias y fobias para todos los gustos, que a unos les gustaban los perros grandes, a otros los pequeños, y que lo que más estaba de moda eran los canes peludos y los bull-dog. También me relató que efectivamente éramos muchos, una comunidad enorme pero que tradicionalmente había sido reprimida porque la sociedad era hipócrita y falsa. Era cierto teníamos derecho de ser libres y hacer lo que nos diera la gana mientras no hiciéramos daño a nadie. Yo pensaba ésto mientras un tipo a mi lado, uno de los mejores futbolistas del mundo, masticaba el zurullo recién defecado por un perro y mientras lo saboreaba tuvo una tremenda erección y eyaculó en un kleenex que luego dio de comer a un pastor alemán que pasaba por allí. He de confesar que la caca de algunos perros que sólo comen pienso sabe bien, a perejil, yo también la he probado.

Éramos perros presos dentro del cuerpo de hombres. Desde que nacimos lo habíamos sido pero esta sociedad absurda, abyecta e ingrata no nos aceptaba. Esta cultura intolerante, fóbica e irracional, es sobretodo una enorme prisión. Eso de que el hombre nace polimorfamente sexual y forja su conducta sexual a lo largo de la vida eligiendo con libertad la opción que más le apetece es una mentira enorme, la sexualidad viene en el ADN de cada uno como un mensaje divino. En realidad todo es sota, caballo y rey, el libre albedrío sexual es un cuento, una mierda, vamos. Charlé un rato con el dueño de un precioso husky que me contó que iban a organizar una manifestación para reclamar la legalización del matrimonio entre perros y humanos. Había que dejar la clandestinidad y darnos a conocer, "salir de la caseta", como ellos decían.

También hablé con un conocido cirujano plástico que Juan Pedro me presentó. Él reposaba en un sillón después de hacer felaciones a tres mastines y me contó que ya era posible cambiar de raza tras una operación. Que te implantaban pelo por todo el cuerpo y que mediante un acortamiento de extremidades, un alargamiento de orejas y un retoque genital acababas convirtiéndote en lo que tu alma realmente te marcaba. Pero la operación era muy cara, no lo cubría la seguridad social, costaba cuatrocientos mil Euros. Se me encendió una luz de esperanza. Por cuatro duros podía hacer realidad mis deseos.

Regresamos a casa aquella noche, yo al fin con ganas de vivir. Por una vez en mi vida tenía ilusión por algo. Aceleré a tope mi Masseratti por la circunvalación eufórico mientras escuchaba a Richard Clayderman en la radio a todo volumen. Me bajé del coche de un salto y subí corriendo por las escaleras hasta el tercer piso y busqué a Conchi para contarle el suceso extraordinario que me había sucedido, abrí la puerta de su habitación y allí estaba en pleno coito con Pelayo, que asustado se la sacó del ano de golpe haciéndola daño. Pelayo, se asustó al ver mi rostro invadido por la loca felicidad, huyó escaleras abajo y Conchi se encerró llorando en el water. A través de la puerta la expliqué que no se preocupara, que no pasaba nada, que yo ya sabía que ella tenía que satisfacerse libremente. Salió del baño. Había vomitado sushi. Nos sentamos en la cama. Entonces le conté mi idea de cambiar de especie. Le dije todo lo que pensaba, lo preso que me había sentido hasta entonces dentro de un cuerpo que no era el mío. Nos abrazamos y lloramos juntos, hombro contra hombro. Viva la liberación.

canem3Ella fue generosa. Me prometió su apoyo. Tenía que poner todas nuestras sociedades a su nombre por si algo me sucedía durante la operación, que tenía sus peligros, además de que después yo dejaría de existir como humano para vivir bajo su potestad. Ella me acompañaría en todo momento durante aquel trance. Llamé a Juan Pedro y él me puso en contacto con la clínica. Viajamos a Marbella, allí se encontraba. Era un lugar de máximo lujo. Pagamos los cuatrocientos mil Euros y firmamos los papeles de consentimiento de la operación, con los que me ponía en manos del destino. Mi cuerpo, generoso y cautivo, lo dí a los cirujanos, para la libertad. Tras un proceso hormonal y un estudio corporal a fondo, tres semanas más tarde me operaron. Gracias a las hormonas la voz se me había tornado más grave, no podía vocalizar, sólo gruñir y balbucear, y me estaba saliendo un pelo fuerte por todo el cuerpo, estilo Yorkshire Terrier, precioso. Entré en quirófano tras despedirme de Conchi.

Cuando me desperté sufría tremendos dolores, y por mucho que ladraba nadie me administraba calmantes. Conchi no estaba junto a mi lecho para reconfortarme. En los dos meses en que estuve convaleciente en la clínica estuve totalmente solo metido en una jaula en la que casi no cabía, haciéndome mis necesidades encima. Mi cuerpo estaba completamente vendado, entumecido y no podía andar ni casi controlar los esfínteres. El hedor allí era insoportable. Pasé hambre, sed, calamidades, llegué a comeme mis propias heces, y he de confesar que no me supieron del todo mal. Me fueron despojando de las vendas. Entonces entró un veterinario. Habíamos pasado a la segunda fase, ya no me verían más médicos, sólo veterinarios. La diferencia con el personal sanitario fue grande al cambiar de especie, ya que mientras los médicos suelen ser gente formada y profesional, los veterinarios en su mayoría son unos tuercebotas descerebrados con menos ciencia que Rappel un día de borrachera. El veterinario me contó sin ambages que la operación no había salido del todo bien, y que habían tenido que cortarme el pene y los testículos por orden expresa de mi dueña, o sea, de Conchi. Que mi nombre ya no era David, sino Rintintín, como ella había pedido expresamente que se dirigieran a mi desde entonces. Aquello empezó a escamarme, monté en cólera. Por muchos ladridos y aullidos que pegué no me hicieron ni caso. De hecho el veterinario me golpeó con un periódico enrrollado y como no me callaba con violencia me drogaron salvajemente hasta dejarme atontado, con la lengua fuera, sin poder moverme en medio de un charco de pis, caca y vómitos, que afortunadamente tras mi cambio radical me olían a gloria bendita.

Esta mañana por fin me dieron de alta y, tras todo ese largo tiempo de sufrimiento y soledad, sorprendentemente Conchi apareció por la clínica con Pelayo. Me recogieron con cara de asco y alguna que tora risita sarcástica. Yo casi no podía caminar aún. Pelayo me agarró con brusquedad del pellejo del cogote, me metieron en una jaula y me introdujeron en el maletero. A mi lado, en otra, pude oler a Adeline. Estaba muerta de miedo la pobre, se había cagado y meado dentro, ese olor me excitó, pero ya no iba a poder masturbarme jamás en lo que me quedaba de vida, gracias a Conchi. Condujeron unos kilómetros. Entonces pararon en la puerta de otra clínica veterinaria más modesta, bastante más, cutre diría yo. Nos sacaron de las jaulas y pasamos adentro. Adeline y yo nos resistimos con uñas y dientes a entrar, pero a base de patadas de Pelayo nos metieron dentro. Escuché a Conchi decir que quería que nos administrasen la inyección letal, a los dos. La veterinaria, una joven con cara de pazguata drogada, dijo que era lógico conmigo, que parecía muy enfermo, pero que la perra era muy joven para sacrificarla. Conchi insistió y le dijeron que no había problema, que ella era la dueña de los perros. Pasaron a Adeline a una salita contigua. Se despidió de mi con una mirada insípida hacia el vacío, como casi todas las suyas. Era fea, pero recordé sus felaciones a regañadientes. Diez minutos más tarde se abrió la puerta y sacaron a Adeline inerte, y pude ver cómo la introducían en una bolsa de basura. Después me metieron a mi en el mismo cuarto.

Me pusieron una vía intravenosa en la pata. Preguntaron a Conchi si quería acompañarme en mi final, pero pagó y dijo que no. Se marchó con una sonrisa en la boca. Acabo de hacerme pis y caca a causa del miedo. Por lo menos así dejaré en este mundo algo que todos os merecéis. Acaban de poner una jeringuilla gorda en el agujero de la vía. Poco a poco voy sintiendo la droga. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Está llegando el fin. La vida pasa delante de mis ojos. En el paraíso oleré todos los culos, masticaré heces de caballo y de otros perros, me revolcaré sobre pieles de animales muertos, comeré vómitos y romperé periódicos y zapatos a mordiscos sin que nadie me castigue. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me voy durmiendo. Me duermo.... La vida es sueño. Adeline, Adeline, voy  contigo, Adeline....


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