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La niebla

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-No tiene bastante con nada, con nada. Éramos la pareja perfecta. Mi familia aportaba el rancio abolengo: militares de carrera. La suya el dinero: nuevos ricos resultado de un pelotazo inmobiliario. Nos casamos. Cuatrocientos invitados. Estábamos guapísimos. Viaje de novios por todo lo alto a las Seychelles. Nos compraron un dúplex en el centro, enorme, a todo lujo. Luego a ella se le antojó el chalet. Pero enseguida se le quedó pequeño y echó el ojo a la urbanización de lujo con barrera en la entrada vigilada por un guarda jurado, jardinero particular, limpiapiscinas, mayordomo y dos criadas filipinas. Una casa enorme. Convenció a su padre para comprarla, él nos decía a todo que sí. No tardó mucho en idear reformas variadas para su castillo. Aunque en realidad es su tela de araña, una araña fea y peluda. Quinientos ochenta metros construidos sobre veintitrés mil de parcela. Hizo construir una piscina cubierta en la planta baja con una máquina para nadar a contracorriente. Tiró todos los tabiques de la segunda para dejarla diáfana e instaló un ascensor para seis personas.  Después de decorar durante cinco años la casa con todo lujo de detalles, un día le dio porque todo estaba anticuado y la reformó de nuevo, de arriba a abajo, todo nuevo.  Organizábamos fiestas o comidas familiares en la que ella mostraba orgullosa su palacio. Poco a poco la gente dejó de venir aduciendo mil excusas absurdas. Nadie la aguanta, ni sus charlas ni su verborrea, ni sus delirios de diva, todos disimulan y huyen de ella a la primera oportunidad. Maldita ególatra. Yo he empezado a odiarla. Nunca me ha gustado lo más mínimo, pero ahora es que la tengo asco. Asco, mucho asco.
-Tienes que ignorarla, David, que no te afecte. Al fin y al cabo las mismas cosas que os unieron ahora os mantienen juntos. Y además están vuestros hijos.
-Nuestros hijos dices, madre mía nuestros hijos. Al mayor hace año y medio que no lo vemos, y es el que vive más cerca, en Estrasburgo, es asesor de un diputado europeo de ultraderecha. El mediano en Singapur tiene la excusa perfecta con la distancia y los agobios de trabajo frenético en la bolsa. Y no digamos la vaga de mi hija que vive en Fidji, que no sabemos ni su número de móvil, que no hace nada con su vida, un calco de la hija de Satanás de su progenitora. Se han largado los tres bien lejos para no soportar a su madre. No nos tienen ningún cariño. Sabemos que llaman por teléfono a Angelines, su nani filipina, Conchi la echó a la calle por sucia y ladrona.
-¿Qué tal la cicatriz, te escuece todavía?
-No, tú eres el remedio a todos mis males, mi analgésico. Anal-gésico.

niebla2David agarró a su acompañante por la cintura y lo colocó sobre la cama a cuatro patas. Comenzó pasándole la lengua por el cuello. Luego le lamió la axila derecha. Le lamió la espalda. Le lamió las piernas de arriba abajo. Le lamió la planta de los pies y los dedos. Le lamió de nuevo las piernas, ahora en sentido contrario. Le lamió el periné adornándolo con un pequeño mordisco. Le lamió el ano hasta llegar al colon ascendente. Repitió la operación de lamidos de nuevo dos veces más y, al terminar, se puso un preservativo rosa sabor fresa e introdujo su pene por aquel ano que tenía enfrente que se podía observar tan dilatado por el uso como si fuera la bandera de Japón.

Tras una serie de fuertes empellones, David sacó su miembro del orificio. Cogió una papelina que descansaba sobre la mesilla y esparció un poco del polvo blanco que contenía sobre el esfínter de su amante. Otra pequeña cantidad se la puso sobre el glande. Volvió a penetrarlo, esta vez con mayor fuerza, casi con saña. Los caderazos eran salvajes. Comenzó a darle cachetes sobre las nalgas, que se pusieron rojizas. Golpes cada vez más fuertes, hasta percutir con el puño cerrado. La violencia le llevó, como siempre, al clímax. Eyaculó. Cayeron rendidos cada uno a un lado de la cama. Herminio se quedó dormido unos minutos más tarde, pero David había esnifado demasiada cocaína y tenía los ojos como platos y sin somníferos jamás era capaz de conciliar ni un minuto el sueño.

Se levantó y abrió la puerta del camarote. Subió por la estrecha escalera hasta el salón principal. La imagen de la fiesta era ya decadente, próxima a su fin. La mayoría de la gente se había marchado a descansar y los pocos que quedaban dormían la mona en los sillones o sobre el mismo suelo, los cuerpos desnudos se apilaban sobre botellas de Möet vacías, cócteles derramados y restos de cocaína. Un negro con un tremendo pene fláccido colgaba inconsciente atado a una columna cual Jesucristo. El presidente del tribunal supremo dormía boca arriba sobre una improvisada barra de bar con una eyaculación aún visible sobre su cara. Y el almirante Melgar Bastarreche yacía bajo una mesa con el trasero en pompa sobresaliendo de él una especie de palo.

Le entraron ganas de vomitar a causa del balanceo y de los excesos. Salió a cubierta a intentar vaciar su estómago por la borda. Estaba amaneciendo. El mar lucía como una balsa de aceite mientras el enorme yate surcaba el Caribe con el piloto automático puesto. El Sol brotaba poco a poco frente a él reflejándose esplendoroso sobre el azul del mar. Apoyado sobre la barandilla de la proa, descansó observando la bellísima estampa. De repente surgió una pequeña neblina, una nube baja. El barco la atravesó. David comenzó a sentirse muy mal cuando respiró aquel aire húmedo. Olía extraño, le dejaba un sabor rancio en la boca. Comenzó a ahogarse, a no poder respirar. Le picaba todo el cuerpo, que parecía impregnado por una sustancia repugnante y pegajosa. Cayó al suelo. A duras penas se arrastró sin respiración hasta la puerta de la cubierta, entró y la cerró. Poco a poco recuperó el resuello. Pudo ver por las ventanas cómo dejaban la extraña nube atrás. Encontró un calzoncillo abandonado en el suelo con el que pudo secarse el cuerpo de aquella humedad viscosa. Fue recuperándose aturdido. El susto había pasado, algo extraño notaba dentro de su cuerpo, pero la normalidad retornó a su organismo. Bajó al camarote donde Herminio seguía en brazos de Morfeo. Se acostó junto a él. Cogió dos tranquilizantes del pastillero que tenía sobre la mesilla y los engulló a palo seco. A los pocos minutos se durmió. Tuvo un sueño erótico en el que aparecía una mujer con cabeza de cerdo e increíblemente aquello le excitó. Eyaculó sin darse cuenta entre sueños sobre las sábanas y sobre las nalgas de Herminio.

El yate atracó en La Habana. La fiesta había terminado con un agrio balance: se comentaba que un chapero había caído por la borda y nadie se había dado ni cuenta. Y a otro esclavo sexual se le tuvo que llevar una ambulancia directamente al hospital inconsciente, no se sabía si a causa de una sobredosis o si por las heridas de los latigazos. Varias decenas de coches de lujo recogieron a los participantes para transportarlos hasta el aeropuerto. Herminio y David durmieron durante el trayecto. El chófer les condujo hasta la puerta de autoridades, desde donde embarcaron en el avión con gran rapidez sin esperar cola alguna. Se repantingaron sobre los asientos. Despegaron. Cuando llevaban un rato volando, Herminio echó amorosamente una manta por encima de David. Luego introdujo su brazo por debajo y le bajó la bragueta echándole mano al pene, que batió con suaves movimientos bajo la improvisada tienda de campaña. Pero, tras dos minutos de zambomba, aquello no se levantaba ni a la de tres. En un alarde de valentía miró a ambos lados y, cuando nadie lo observaba, metió la cabeza bajo la manta e intentó felar el miembro de su compañero, pero no consiguió dureza alguna. Además, el pene tenía un sabor raro, un dulzor algo repugnante.  Desistió. David tenía cara de preocupación y casi jimoteaba.

-No me encuentro bien, ya ves, no me apetece.
-Vete al baño y ponte unas lonchitas de coca sobre el glande.
-No, de verdad que no, lo tengo ya en carne viva de tanto untarlo.
-¿Te duelen las cicatrices? Igual no has hecho bien la digestión, el médico te dijo que no te pasases con las ingestas, y nos hemos atiborrado de marisco y caviar.
-No, no es eso. Es como si estuviera incubando un virus tropical maligno.
-Exageras un poquitín, Deivid, sólo es cocaína y poppers mezclado todo con alcohol, esa es la explicación. Anda, duérmete otra vez.

niebla3Algo extraño había invadido su cuerpo. Continuaba sintiéndose pegajoso, como si no hubiera podido limpiarse la humedad que aquella niebla extraña que habían atravesado le había impregnado hasta los tuétanos. Desde ese momento una nebulosa le nublaba la cabeza, un run-run constante. Él, siempre tan despierto sexualmente, ni había tenido pensamientos libidinosos cuando el azafato, un joven plumífero gay delgadito y finamente musculado de barba bien recortada, le había servido la bazofia del almuerzo. Raro todo, muy raro. Siempre que veía a un jovencito así, y mucho más a un azafato de uniforme, se le producía una involuntaria erección. Sin embargo, y eso le asustó, cuando la típica azafata rubia, una potranca rubia alemana de metro setenta y cinco con un trasero sugerente y unos pechos abundantes, le sirvió su gin-tonic de pepino, David se la imaginó completamente desnuda mientras él la penetraba vaginalmente. Y nunca le habían gustado nada de nada las vaginas. Para el sexo con su esposa David recurría siempre a la cocaína, a la Viagra o a la imaginación de largos y gruesos penes.

Nueve horas interminables de vuelo pero, al fin, vislumbraron la madre patria por la ventanilla. Aterrizaron. Desembarcaron por la puerta VIP, donde les esperaban sus chóferes. Herminio se despidió con un beso con lengua hasta la campanilla. David sintió asco. Aquello no era ni medio normal. El Mercedes tomó la primera circunvalación, luego una autopista, luego a otra y por fin , tras la segunda rotonda a la derecha, llegaron a la puerta de la urbanización. El guarda jurado les abrió la barrera y saludó con la mano al chófer. En el interior el poblado no se divisaba, como siempre, ni un alma. Atravesaron los dos kilómetros y medio de empinadas cuestas y bajadas sin ver más que un criado filipino vestido de librea que sacaba de defecar a un pastor alemán. Todo parecía como bombardeado por una bomba de neutrones. La puerta del chalet se abrió automáticamente y entraron al garaje. David se apeó y subió en ella ascensor hasta el primer piso. En la cocina Ricarda se cuadró al verle llegar.

-¿Desea algo el señor? ¿Le caliento una lata? La señora me ha indicado que no se coma el sushi de la nevera.
-No, Ricarda, gracias.
-La señora ha insistido que cuando usted llegara no la molestara, me ha dicho que le dijera que tiene jaqueca.
-No te preocupes, no está el horno para bollos, me encuentro enfermo.
-¿Quiere que llame al médico?
-No no te preocupes. Puedes retirarte, voy a subir a mis aposentos a descansar. Puedes limpiar los azulejos, veo que están un poco sucios.

David abrió la nevera. Había treinta latas de Coca-Cola Zero y sushi del restaurante que le gustaba a Conchi. Bebió un trago de agua y se dirigió al ascensor. Apretó el botón del cuarto piso. Pero en el tercero un impulso le hizo dar al stop y bajarse en el tercero, en la puerta de las habitaciones de Conchi. Salió al descansillo. Llamó a la puerta. Tras unos instantes notó pasos al otro lado y Conchi abrió. Sólo llevaba puestas unas bragas culotte y una camiseta ajustada de Mango que le marcaba los pezones como escarpias.

-¿Qué quieres, David? Le he dicho a Ricarda que nos veríamos mañana, que no me llamases ahora, pero ni caso. Creo que voy a despedirla.
-Es que no me encuentro bien, Conchi. No sé qué me pasa.
-Ya me lo contarás con más tiempo, esta semana nos vemos un rato si quieres.

niebla4David notó que el cuerpo de Conchi le estaba excitando. Hasta ese momento la había visto como una morsa abyecta con boca de cloaca, pero de repente la cosa había cambiado. Tomó una bocanada de aire y se decidió. Pegó un fuerte empujón a su mujer que retrocedió a trompicones. Entonces él entró en los aposentos de Conchi, que no había pisado desde que hicieron el amor para concebir a su hija. La agarró de un brazo retorciéndoselo y la condujo por los pasillos hacia el dormitorio. Llegaron hasta la enorme cama con dosel. La lanzó  sobre el cochón con fuerza. Ella le miraba alucinada, aquello era inaudito. David se desnudó rompiéndo su propia ropa y se lanzó en plancha sobre su esposa. Tenía el pene como una estaca y, cuando se lo introdujo con fuerza dentro de la vagina, a ella se la notaba muy lubricada, empapada. Comenzó a dar caderazos y ella a gemir. Le pegó dos fuertes bofetadas que ella acogió con placer.

-Oh, síiiiiii, David, pero qué buenooooo. ¿Qué está pasando aquíiiiii? Pero qué buenooooo. Úntame un poco, hay en la mesillaaaaaaaaaaa, síiiiiiii.

Se la sacó de un golpe. Abrió la mesilla y estrajo una bolsita en la que había unos cuantos gramo de cocaína. Con un dedo le puso a Conchi una buenta cantidad sobre el clítroris y a sí mismo sobre el glande. Volvió a penetrarla sin miramientos. La abofeteó de derecha y de revés, de derecha y de revés. Ella se retorcía de placer. Le pegó un fuerte estirón de pelo y entonces Conchi tuvo un tremendo orgasmo. David se la sacó de nuevo de la vagina y eyaculó sobre la cara de Conchi un tremendo chorro de semen muy grumoso que al caerle sobre los ojos la cegó por unos instantes. Exhaustos, se acurrucaron cada uno sobre un lado de la cama. Poco a poco recuperaron el resuello. Mirando al techo Conchi le habló.

-No sé qué está pasando, David, pero por favor vete de mi habitación. Ha sido maravilloso, pero tengo que pensar seriamente en esto que ha sucedido, porque no lo entiendo. Pelayo está al llegar y si te ve aquí se va a enfadar. Por favor, no quiero repetirlo, vete a tus habitaciones.
-Ya me voy, no te preocupes, no he podido contenerme. Algo dentro de mí me está volviendo loco. No soy yo mismo.
-Eso cuéntaselo a tu psiquiatra, yo no estoy para esas cosas de hablar.
-Vale cariño.

David saltó de la cama, se puso los calzoncillos Calvin Klein y se dirigió hacia el ascensor. Subió a sus aposentos. Se miró en el espejo del vestidor. No se excitó mirando su propio cuerpo, como solía suceder. Se puso a llorar como un niño tumbado sobre su blanquísima cama.

Pasó tres días encerrado en su habitación, sin contestar ni al washap. Viendo en la tele Netflix como un mantra interminable. Ricarda le subía hamburguesas y patatas fritas del Burguer King que encargaba por teléfono, lo único que le apetecía comer. Algo había mutado dentro de él. Se masturbó varias veces viendo anuncios de prostitutas de una tele local. Puso varias veces películas de porno sado gay que antes le gustaban pero nada, ni una erección. Recibió un washap de Herminio.

“Hola, Estoy en el hospital. Me dolía mucho el estómago después de llegar de Cuba y me vine a urgencias. Me hicieron una radiografía y resulta que me pasa lo mismo que a tí, que tengo la vesícula biliar llenita de piedras, y me van a operar por laparoscopia. Mañana por la mañana estaré en casa, no te preocupes. Los dos vamos a tener unas bonitas cicatrices, pero creo que sobre la de la derecha me haré un tatuaje. He encargado que me atienda un enfermero guapísimo. Mañana hablamos”.

niebla5No sentía nada por Herminio, como por prácticamente ningún ser humano, pero habían tenido durante una temporada una sana relación sexual muy excitante. Sin embargo, ahora sentía asco al pensarlo, se imaginaba con el pene de él en la boca y le daban ganas de vomitar, a él, que felar era su deporte favorito, de toda la vida. ¿Qué estaba sucediendo? Se vistió y decidió ir a su psiquiatra. Bajó en el ascensor hasta el garaje. Cogió el Cayenne que estaba aparcado junto al Jaguar de Conchi, le apetecía conducir para despejarse. Condujo a través de las deshabitadas calles de las colinas de la urbanización hasta llegar a la entrada. Atravesó la barrera y llegó en pocos minutos a la autopista, en el séptimo desvío cogió la circunvalación y después se desvió hacia el centro ciudad. Llegó a su destino. Era una finca lujosa del centro. Entró al garaje abriendo con el mando a distancia que tenían los clientes. Descendió del coche y tomó el ascensor hasta el decimoctavo piso. Salió y atravesó el largo pasillo mirando por las ventanas que dejaban ver unas preciosas vistas de la ciudad. Llamó a la puerta G. Le abrió la enfermera con cara de idiota de siempre, aquella gorda desagradable de mediana edad que le echaba miradas de desprecio al entrar a la consulta. Le habló con su tono de autómata habitual, inexpresiva y seca.

-Hola, buenos días. ¿Tenía usted cita?
-No, pero quiero ver al doctor Candelas González, tengo derecho a ello si no le importa. ¿Está ocupado ahora?
-No, pero en una hora tiene otro paciente. Puede pasar, pero trate de abreviar, por favor. Espere que le anuncio.

Mientras ella avisaba por el interfono él atravesó el pasillo con paso firme y abrió la puerta de la consulta. Allí estaba Gabriel, con su pelo canoso, su coronilla calva y su cara de judío escapado de Treblinka. Llevaban seis meses sin verse desde que David le había dicho al psiquiatra que era un embaucador y un ladrón y que no pensaba dejar ni la cocaína ni el alcohol porque no le daba la real gana, y después había intentado agredirle antes de desmayarse a causa del acelerón que llevaba en el cuerpo tras consumir ocho gramos de polvo blanco cortado con polvos de talco para bebés en la fiesta de presentación de la exposición de los cuadros de la mujer del asesor de presidencia al que había conocido en una orgía.

-Hola, David. ¿Cómo estás? Siéntate en el diván y me cuentas.
-Ha sucedido algo, Gabriel, y tengo miedo, mucho miedo.
-Habla sin rubor. ¿Sigues enganchado, verdad? Tienes marcas en las aletas de la nariz.
-No, no es eso, Gabriel. Es algo mucho más simple, pero aterrador. He empezado a excitarme con las mujeres, con mi mujer, con ese ser infame. Pero no es sólo eso. No sé si es algo transitorio, pero ya no me atraen los hombres. Hace unos días estuve en una orgía en un yate en el Caribe. Creo que atravesamos una nube tóxica y desde entonces...
-No, no David, ahora sí que me estás alarmando de verdad. Por favor, quítate la camisa, quiero comprobar una cosa.
-Pero no quiero hacer el amor hoy, Gabriel, ¿es que no me entiendes? HE DEJADO DE SER HOMOSEXUAL. Y NO QUIERO.
-Por favor David, te repito que no es eso. Sólo quería comprobar una cosa. ¿Te han operado últimamente de algo el abdomen?
-Sí, me han quitado la vesícula hace mes y medio. Me dolía el estómago y el chófer me llevó a urgencias de un hospital público. Fue horrible. Ocho horas metido en un box hediondo rodeado de enfermeras horribles y lumpen hasta que me hicieron una ecografía y me dijeron que tenía la vesícula biliar llena de piedras, que tenían que operarme por el riesgo de pancreatitis aguda. Me metieron al quirófano, me quitaron esa bolsa verde asquerosa de dentro y en unas horas volví a casa. Tuve que compartir habitación durante doce interminables horas con un viejo agonizando y, lo peor de todo, con su familia que eran insoportables y olían a sudor.
-Ajá. Dios mío, todo se confirma. No vas a creer lo que voy a contarte, David, pero es absolutamente cierto. No eres el primero al que le sucede. Atiende a ésto. Las operaciones de vesícula se están multiplicando por cien en los últimos dos años. Antes ponían a la gente en tratamiento paliativo y sólo en casos graves operaban. Pero de Estados Unidos ha llegado un estudio que ha provocado una auténtica conmoción y a la par una conspiración sin precedentes. Descubrieron por casualidad experimentando con inmigrantes que a los pocos días de extirpar la vesícula biliar se produce una disminución en la segregación de ciertas hormonas y encimas que modifican ciertos comportamientos del cerebro en ausencia. Y en casi el cien por cien de los casos la orientación sexual de los pacientes cambia. Se comenzó a practicar sistemáticamente en la ciudad Baltimore seccionando el órgano a todos los homosexuales que acudían a consulta gástrica mediante la excusa de los susodichos cálculos biliares. Poco a poco la campaña se fue extendiendo a todo el país. Un alto cargo de sanidad de nuestro gobierno numerario del Opus Dei se enteró y, tras probar los efectos consigo mismo, ha implantado con la ayuda del CESID un protocolo aterrador para acabar con el lobby homosexual del país. Se rumorea que ya han operado a ciento cuarenta mil hombres, con éxito total en sus fines y que pretenden llegar a hacerlo con los nueve millones doscientos mil homosexuales que se calcula pueblan nuestro país. Esos fascistas dicen que quieren curar la homosexualidad, curar.... Se comenta también que el presidente del gobierno se ha operado de la vesícula hace tres semanas.
-Pero no puede ser. ¿Y es reversible? ¿Qué puedo hacer?
-Nada, lo siento. Recientemente he tenido que tratar un caso tremendo, el de un conocido banquero que, tras la operación, agredió a su mujer porque no quería hacer el amor con él y le pusieron una orden de alejamiento y sus hijos dejaron de hablarle. Se suicidó porque no aguantaba ser heterosexual. Te recomiendo que te adaptes. Si tu mujer no quiere relaciones contigo te recomiendo que contrates escorts para adaptarte a la nueva necesidad. No te preocupes, poco a poco tus amigos pasarán por tu mismo trance, en el ministerio tienen un gran presupuesto para este innoble fin. Uy, se está haciendo la hora, tenemos que terminar, tengo otro paciente.

David se puso a llorar como un niño. Gabriel le ofreció un manojo de kleenex de un paquete y a él lo empaquetó hacia fuera de la consulta con palmaditas en el hombro. Cogió el ascensor desconsolado y aturdido. Se subió a su coche y abrió la guantera. Afortunadamente allí había siempre una bolsita con cocaína. Se puso unas rallas con forma de pimiento sobre el salpicadero tiró de cuello sorbiendo a fondo. Pero ya casi ni le hacía efecto. Nada le hacía efecto. Vivía en aquel castillo de Kafka, en aquella prisión social, y ahora para colmo iba a tener que copular con mujeres y, lo peor de todo, posiblemente con Conchi. Un pensamiento le vino de repente. Se quitaría la vida en aquella playa cercana donde tanto había disfrutado, se adentraría en el mar y se ahogaría en aquel lugar en el que había hecho el amor por primera vez cuando era adolescente con su profesor de francés.

niebla6Tecleó en el GPS el nombre del sitio y, cuando la máquina localizó la ruta más corta, inició el camino hacia su lugar de descanso eterno. “Primera a la derecha. A continuación, a trescientos metros, tome el carril derecho y gire por la tercera en la rotonda. Manténgase a la derecha cien metros...”. Escuchó durante diez minutos las órdenes descritas por la aterciopelada voz femenina del aparato hasta que empezó a sentir que se estaba excitando. Comenzó a imaginar a la chica de la grabación desnudándose, abriéndose de piernas, recibiendo bofetadas con placer, dejándose penetrar con fuerza, sugiriéndole que le apagara un cigarrillo en las nalgas, suplicándole que le eyaculara en la cara hasta cegarla y después lamiéndole los restos de semen del glande.

Se desvió por una calle poco concurrida. Se desabrochó la bragueta. Adiós noches locas; hola, niebla heterosexual. Mientras escuchaba al dulce GPS comenzó a masturbarse. En pocos segundos eyaculó sobre el volante, el cuentakilómetros y el salpicadero. Paró en una gasolinera. Se bajó, compró un paquete de toallitas húmedas para bebé y limpió un poco las manchas grumosas con ellas. Se sentó de nuevo frente al volante. A lo lejos, a través de una niebla brumosa, podía verse la playa. Tomó el sentido contrario de la carretera. Sigiuó hasta la autopista, luego cogió la circunvalación y después se desvió por la zona de rotondas hasta la puerta de la urbanización. El guarda de la garita levantó la barrera sin saludarle ni hacer gesto alguno. David atravesó las despobladas calles subiendo y bajando las lomas hasta llegar ante la silueta de su enorme chalet. Se abrió la puerta del garaje automáticamente. Paró el coche. Salió del aparcamiento. Cogió el ascensor hasta el primer piso y entró la cocina. Ricarda se cuadró con un gesto casi militar ante él al verlo aparecer. David se excitó al instante.

Rosenkrantz y Guildenstern

cuba21
Sobre el agujereado asfalto de la autopista número 1 que une Santiago de Cuba con La Habana nuestro Hyundai Lantra negro corría como un cabrón, volaba bajo. No se divisaba ni un coche sobre el asfalto más que el nuestro en kilómetros a la redonda, sólo pululaban a cámara lenta por sus desiertas cunetas algún carro tirado por escuálidos jumentos o alguna bicicleta pilotada por el Indurain mulato de turno. Hacía muchos años que aquel país se había quedado tirado como una colilla en el arcén; a pesar de nuestras progres simpatías por el comunismo recalcitrante había que reconocer que el mamón de Fidel había dejado la isla hecha una puta mierda, aquello parecía más un solar abandonado a orillas del Caribe que una nación. Atrás quedaban los tiempos en que los chicos listos de la mafia americana y el surrealista dictador fascista Batista hacían florecer la economía cubana con mano de hierro enfundada en guante de idem. En el asiento de atrás dormían tres de mis secuaces como puercos en la cochiquera. Mientras tanto, mi copiloto, el puto murciano, hacía contorxionismo sobre su asiento para coger una postura cómoda que le permitiese planchar la oreja, roncando como una rata almizclera cuando está a punto de parir. A ciento noventa por hora pillé un bache y mi Luis Moya particular se despertó súbitamente con el zarandeo. “Hijo de puta, frena un poco, que nos vamos a matar y ni nos vamos a enterar, pedazo de cabrón…”, me dijo el archenero medio en duermevela; pero rápidamente volvió a lo suyo, a soñar con mulatas en pelotas. Yo no había conseguido hacerme con los mandos del coche hasta aquella mañana de resaca, ya que una de nuestras compañeras de viaje, presentadora del telediario del mediodía en una cadena de televisión nacional, se había hecho cargo del volante durante varios días sin dejar que el resto lo tocásemos ni a hostias. No entendíamos tanto afán de dominatrix por pilotar, y doy fe de que el asiento del conductor no llevaba un consolador incorporado que explicase tal afán de ella. La susodicha, una hembra de encefalograma plano pero con más picardía que un ave de corral (más zorra que las gallinas, hablando en plata) se había añadido a nuestra expedición para expresar desdén hacia el directivo televisivo casado a quien se la estaba chupando por aquel entonces en sus ratos libres; reclamaba con su escapada al Caribe un poco de caso de su adúltero mandamás. Ella ocupaba la plaza de asiento contigua a J. Él, a la chita callando, siempre había deseado penetrar su puntiagudo culo, pero nunca se había atrevido a intentar tal asalto al poder, ya que daba la casualidad de que aquel jerifalte televisivo que ella se tiraba los martes y los jueves por la tarde era el mejor amigo del hermano mayor de J, el alma fraternal caritativa que le había conseguido ese trabajo de más de dos mil pavos al mes en el que se tocaba los huevos, y no era plan de sacrificar su futuro laboral por una gachí, porque  si en algún momento se le ocurriese meter de facto su sucia polla en aquella infecta y estrecha vagina corría el riesgo de ser despedido fulminantemente del periódico. Ser un puto enchufado tiene sus pros y sus contras en esta sucia vida.

Seguimos camino cruzando extensas llanuras adornadas por cocoteros y aves carroñeras. En la intersección con Santa Clara paramos a abrevar. El paisaje desolador y el silencio reinaban sobre aquel parque temático de la pobreza y el Stalinismo. Nos equivocamos de camino al retomar la ruta, pero el coche aguantó bien cuando lo conduje acelerando a tope campo a través por la mediana para volver a la senda recta. J me gritó todo tipo de insultos acojonado por la posibilidad de que mi conducción temeraria desembocase con su culo reposando en algún lúgubre calabozo de la policía de tráfico cubana. Cuando se hizo de noche descubrimos que el vehículo carecía de luces de cruce, sólo unas débiles bombillas de posición alumbraban delante nuestra el asfalto. Descubrimos también que el Hyundai tampoco tenía depósito de agua para el limpiaparabrisas, y una nube de bichos tropicales espachurrados de todo tipo emborronaban nuestra débil visión al volante hasta casi cegarnos por completo. Nos apeamos en medio de la carretera y limpiamos el parabrisas con escupitajos y una camiseta sucia de MR, la redactora de Europa Press que ocupaba la segunda plaza femenina del grupo y que de paso daba calor a mi catre por las noches. cuba22M tuvo que volver de improviso al habitáculo del coche, le habían picado seis mosquitos king size, dos en la cara, dos en un brazo, otro par sobre el tobillo, se le hincharon las picaduras como pelotas de golf rápidamente y no paraba de rascárselos como si fuera sarna murciana.

Bien entrada la noche llegamos a Pinar del Río. La pequeña ciudad apenas se divisaba a lo lejos, ya que más de la mitad de sus farolas carecían de bombillas. No hay mucha contaminación lumínica en Cuba, gracias a lo cual se pueden ver cielos estrellados incluso en el interior de sus míseras ciudades. Tocaba buscar alojamiento. Muchos cubanos ofrecen sus casas a los visitantes por un muy módico precio, pero la presentadora se empeñó en que quería alojarse en un hotel. La redactora de Europa Press y yo nos opusimos a tal dispendio económico, pero la muy puta consiguió camelarse a los otros dos para llevárselos al huerto hostelero. Cogimos una suite doble y una triple, ambas sin cucarachas, un logro a tenor del aspecto del establecimiento. Las dos mujeres se quedaron duchándose en una de las habitaciones mientras que los machos salimos a buscar comida por los bares, que ya estaban todos cerrados. Preguntamos a los transeúntes, pero nadie sabía algún lugar donde nos vendiesen algo que llevarnos a la boca. Nos ofrecían de todo: alcohol, hachís, farlopa. anfetaminas, incluso sus propios cuerpos, pero ninguno a aquellas horas de la noche podía dispensarnos comida. Por fin. un chaval jovencito se ofreció a guiarnos a casa de una señora, una negra gorda más pobre literalmente que las ratas, que podía vendernos unos frijoles con arroz. “Me habían contado que hace un rato habéis llegado a la ciudad, os he reconocido por el coche negro, decían que había llegado un coche negro con españoles…”, nos relató sorprendiéndonos el imberbe Nelson, que así se llamaba el gachó; las noticias sobre los forasteros volaban en Pinar del Río. Después de conseguir nuestra preciada comida le regalamos una cantidad indeterminada de pesos, suficientes para cubrir su manutención durante un año. Él se marchó a casa feliz por no haber necesitado ejercer sus favores sexuales con tipos como nosotros para llenar el bolsillo. Pero, tras apearse, se dio la vuelta y agradecido insistió mirando fíjamente a J: “Señor, ¿de verdad no quieren que suba a su hotel? Soy gay, no me importa, no les cobraré nada, lo hago por placer…,y si ustedes dos quieren mujeres yo se las puedo traer también…”. J, que conducía, arrancó quemando rueda, todo el mundo que tomaba el fresco en la calle se nos quedó mirando. Me levanté a la mañana siguiente con la boca como una alpargata a causa de los excesos con el ron Guayabita. La redactora, que descansaba a mi lado desnuda con el culo en pompa, se despertó al poco rato musitando palabras inconexas y tirándose pedos. Cuando recuperó la consciencia se puso a despotricar todo tipo de improperios a cerca de la presentadora. Decía que era una zorra descerebrada y que le caía como una patada en el chocho. Yo pensaba lo mismo que ella a cerca de aquella ramera manipuladora sin moral ni escrúpulos. Aquel odio exacerbado, esa pasión, nos hizo echar un polvo mañanero que no estuvo mal. Cuando descansábamos tras el coito como fardos sobre la cama sonaron dos golpes en la puerta. Eran J y M, que nos llamaban para que saliésemos de una puta vez de aquel infecto hotel. Abrí y allí estaban los dos, con caras desencajadas, como si fueran unos cutres Rosenkrantz y Gildenstern cañís. Era casi mediodía y teníamos que partir hacia Cayo Jutía porque se le había antojado a su compañera de cuarto, la ínclita presentadora, que era una “hija de puta”, añadió M en tono bajo cuando J se alejó por el pasillo. Montamos en el Hyundai los cinco con una resaca del siete. Nadie decía ni palabra. Puse la cinta del “Californication” a todo volumen en el vetusto casete, cogí el volante y nos pusimos en marcha a velocidad propia del mundial de rallies por una carretera endiabladamente curvada. Después de hora y media llegamos a la estrecha franja de terreno que une el cayo con la isla. Un tipo desarrapado sentado en una silla plegable junto a una barrera oxidada nos cobró un dólar de peaje por entrar en la zona. Una playa de arena blanca se extendía a lo lejos rodeada de manglares y aguas azul claro. Dejamos el coche y caminamos un par de kilómetros por la orilla. Después nos despelotamos, todos menos la presentadora, que era muy casta, y nos bañamos mecidos por las cálidas olas. La presentadora enchufó la cámara de video y grabó risueña nuestros culos; luego sacó diversos planos artísticos del paisaje sin figurantes desnudos. Salí del agua y, mientras ella grababa, le voceé frases tan bonitas como: “hola, guapa, ¿eres jinetera o sólo puta a secas?..”. “Gracias por el detalle, ahora tendré que enseñar el video a mi familia sin sonido”, me contestó. La redactora salió del mar con cara de pocas amigas y le preguntó a la presentadora si le había grabado el “pompis” también a ella. M y J tardaron mucho en salir del agua. A lo lejos se les divisaba como si les estuviera dando un compulsivo ataque de risa. De repente, J apareció sobre la arena corriendo y descojonándose, mientras mar adentro se podía ver a M flotando relajado como haciendo el muerto. J contó entre sus carcajadas y nuestras miradas de incredulidad que habían estado intentando hacerse una paja dentro del mar, pero que sólo M había conseguido correrse. Le dije a la presentadora que hiciera el favor de no bañarse, no fuera a quedarse embarazada. Ella me sonrió con una mueca falsa, como la que acostumbra a esgrimir delante de la cámara mientras ejerce de busto parlante durante el telediario. Su cuerpo anoréxico se estaba poniendo por momentos de un tono rojizo-anaranjado a causa del quemazón del sol. Sobre su espalda y su escote podían observarse unas repugnantes pecas color calabaza. ella nunca se ponía protección alguna sobre la piel para conseguir estar más bronceada cuando salía en la caja tonta y, cuba23a causa de ello, su epidermis oculta bajo la ropa lucía agrietada como la de la momia de Tutankamon. Mis huevos se llenaron de arena al simular una pelea de wrestling contra M y J. Le hice un moratón a J en un costado como resultado de una poco certera patada destinada a sus testículos. Comimos los restos de arroz con frijoles que nos quedaban, nos vestimos y a media tarde partimos hacia la urbe habanera.

Nos alojábamos en un piso alquilado por un médico para sacarse un sobresueldo a espaldas del férreo control estatal que se encontraba situado delante del Hotel Nacional. El peculiar casero nos contó que ganaba más rentando el apartamento durante una semana de lo que recibía por un año de trabajo en el hospital. El aire de la ciudad olía pestilentemente a sucedáneos de la gasolina, inefables mejunjes que hacían funcionar los vetustos automóviles que petardeaban al circular por las calles de esta capital mundial de la decadencia. A nuestro amigo J se le había ocurrido cambiar casi todos nuestros dólares por pesos, y ahora nos encontrábamos sin apenas dinero gastable en medio de aquel maremagnum de lumpen depredador de dólares. Para sobrevivir allí, eran necesarios más que en ningún otro lugar del mundo los billetes verdes yankees. Nos quedaba un escaso puñado de estampitas con la cara impresa de Washington, y no los íbamos a malgastar en otra cosa que no fueran putas o alcohol, nuestra religión nos lo prohibía. La presentadora y la redactora sufrían un constante pero placentero acoso sexual por parte de los cubanos, no había hombre que no quisiera meterles la pinga. A nosotros tres, machos europeos de pelo en pecho, se nos ofrecían todo el tiempo prostitutas y chaperos de todas las edades por un módico precio. Nos dijeron que en el barrio chino se podía comprar comida con nuestros abundantes e inservibles pesos. Acudimos hambrientos a aquellos bares y adquirimos varios recipientes de cartón repletos de frijoles malolientes acompañados de una carne que muy bien podría haber sido de rata o humana. Devoramos aquello sin cubiertos,  con las manos, aunque la presentadora no quiso probar bocado porque ella era demasiado fina. La redactora, sin embargo, no tuvo reparos en deglutir aquellas delicias turcas; luego estuvo tirándose cuescos toda la tarde. M, muy delicadito él con las comidas, vomitó hasta la primera papilla aquella tarde; uno de los escasos perros vagabundos sin raza que campaban por la ciudad se acercó y chupó con gusto aquella pota murciana ante nuestro estupor. “Ese perro debe ser de Albacete…”, dijo jocoso el pimentonero.

El miércoles por la mañana habíamos quedado con una gente de la universidad para que los “periodistas” que viajaban conmigo diesen una charla ante la muchachada sobre cómo discurría su putativa profesión en España. El aula estaba llena hasta la bandera. El profesor, Ernesto, un efebo con perilla de pelo largo y rizado a lo hippie, no debía tener más de veinticinco años. El docto muchacho presentó al respetable a la presentadora, a la redactora, al documentalista y al redactor. Yo me excuse por no participar en la conferencia, me describí a mí mismo como persona de a pié sin oficio claro, lo que disipó al instante cualquier interés hacia mí. Los alumnos comenzaron a hacer preguntas disparatadas a los interfectos profesionales. En un momento dado, uno de ellos hizo una especie de pregunta retórica y soltó a continuación, sin venir a cuento, una perorata defensora del régimen castrista ante las miradas temerosas de sus compañeros, el estupor de los míos y mis finales sonoros aplausos ante su intervención. Transcurrido el animado coloquio, el docente nos animó a charlar con sus discípulos en un parque contiguo a la facultad. A la salida del edificio me arrimé por unos instantes al freak que había soltado la charleta pro régimen y le expresé mi agrado ante sus peregrinos argumentos. Me contó que él era hijo de campesinos nacido en un pueblecito cerca de Cienfuegos y que no aceptaba las mentiras que se contaban sobre la revolución; que a él y a su gente Castro le había dado todo. Cuando el chico se marchó nos sentamos en círculo junto al resto de la prole en una especie de plazoleta y los alumnos comenzaron a poner a parir a su compañero prorevolucionario, al que acusaban de comisario político y demagogo. Rápidamente hicimos migas con ellos. La presentadora se arrimó sibilinamente al profesor y comenzó a charlar con él sin parar. Varias de las chicas del alumnado, recientemente post púberes, se acercaron a M con intenciones de liberarse sexualmente con el visitante. Mientras tanto, J, la redactora y yo entablamos amistad con un par de simpáticos chicos de Pinar del Río que vivían en el décimo cuarto piso sin ascensor de una residencia de estudiantes cercana. Yoandi, el más atrevido, se dedicó aquella tarde a aproximarse con ojos de carnero degollado a la redactora introduciéndole notitas con poesías de su puño y letra en el bolsillo. En Cuba todos los chicos son poetas o aspiran a escribir la segunda parte de “Paradiso” de Lezama Lima, todos sin excepción. Les invitamos a unas cervezas, compramos todos los maníes que vendía una anciana (pagándole la cantidad equivalente a dos años de su pensión estatal en pesos) para alimentar a los muchachos y montamos un festejo grupal en nuestro apartamento con cantidades industriales de ron Guayabita cuba25compradas en el Habana Libre. La presentadora se llevó al profesor a charlar a la habitación contigua, para conseguir intimidad, pero Yoandi nos aseguró, entre carcajadas alcohólicas, que no tuviésemos cuidado, que el joven docente era, a lo sumo, un poquito bisexual, pero muy poquito. Y era cierto; Ernesto, el maestro liendres del grupo, sólo estaba interesado en el sexo femenino si podía proporcionarle un visado hacia Europa.

El sol entró por la ventana y me pegó en todo el careto con saña. A la altura de mi cabeza los pies de la redactora casi daban con mi rostro; ella dormitaba en sentido contrario, boca abajo, ataviada sólo con unas bragas negras que llevaban un letrerito que rezaba “eat me” sobre su triángulo trasero. Me levanté,  desayuné un Bemolan gel y un Gelocatil. En la habitación contigua descansaban entre bramidos guturales M y J. El murciano se despertó y preguntó dónde hostias estaba la puta de la presentadora. Por un momento nos preocupamos por su ausencia, aunque, para ser sinceros, si más tarde hubiese aparecido descuartizada dentro el armario no nos hubiese importando un comino; la incertidumbre duró poco porque J, tras desperezarse, nos contó que la zorra se había levantado pronto del catre y había salido a desayunar con el profesor bisexual. Qué desagradable era el melifluo tipo. Desde aquel día se pegó a nuestro culo sin rubor. La presentadora pagaba sus desayunos, comidas, cenas y borracheras, pero no follaban, él siempre ponía una excusa, se mostraba sensible y atento, pero no le pegó ni un muerdo. Ella andaba frustrada; decía, mentira podrida, que no quería tirárselo, que sólo ocurría que el chaval era muy majo y le gustaba su compañía, pero que no era su tipo. La redactora comentaba en privado que la presentadora se lo tenía merecido por calientapollas, por robamaridos y por puta asquerosa. Por las noches nos reíamos mucho viéndoles pelar su inexistente pava. Yoandi intentó pegársenos también, pero por mucho que animé a la redactora a que probara el sexo cubano no accedió a que hiciera un trueque con el chico, cambiándola a ella por una negra adolescente universitaria que él me ofrecía. Una noche Yoandi llamó al timbre buscando juerga pero no le abrimos la puerta. Cuando vimos que se había largado, acudimos a emborracharnos al “Gato tuerto”. En aquel bareto había todo tipo de fauna cazadora de los bienes del turista al uso: charlatanes cometarros buscadores de visado, supuestos descendientes de españoles en busca de ser invitados a copas o sucias jineteras abiertas a cualquier bestialismo que se las propusiese. Nos acoplamos en una mesita a observar el panorama y, al poco rato, M se levantó para conversar unos metros más al fondo con una fea mulata evidentemente dedicada al oficio más antiguo del mundo. Charlaron animadamente mientras J no perdía ripio desde lejos, se reía y comentaba lo patético que le parecía aquello. El murciano volvió a donde nos encontrábamos. “Dice que tiene un hijo subnormal, y que sólo trabaja en esto para sacarlo adelante, que cobra setenta dólares, pero yo la he ofrecido ochenta, pobrecilla…”, nos contó. “Tú sí que eres subnormal…”, añadió J riéndose mientras apuraba su tercer ron Havana Club de siete años. “No te reirías tanto si supieras lo que incluye en el precio. La he dicho que pago cien pavos si nos folla a los dos… y ha contestado que sí…”. J se quedó blanco ante lo expuesto por M. “¿Tienes huevos para hacerlo, gilipollas? Que conste que es una invitación porque no te regalé nada por tu cumpleaños…”. J seguía callado, nosotros ojipláticos. “Si tú pagas acepto, pero no me lo creo…”. M se levantó y se dirigió de nuevo hacia la jinetera. Tras cinco minutos de nueva charla ambos dejaron su asiento camino de la salida del garito. M le hizo una seña a J para que acudiese, éste apuró su quinto ron de la noche y se fue corriendo detrás de ellos, tropezándose con varios clientes del local que le miraron con cara de pocos amigos.

Anduvieron la corta distancia que separaba nuestro alojamiento de aquel antro a paso de fascista. M tonteaba con la prostituta, reían y reían, él le tocaba el culo mientras ella le daba dolorosos golpecitos sobre el paquete para que parase un poco con el magreo. J caminaba cabizbajo y silencioso a su lado, pero escondía una incipiente erección bajo la bragueta. Le daba mucho morbo aquello, imaginaba cómo él se la metería por detrás emulando a un can mientras ella, empalada por ambos extremos,  succionaría el instrumento del murciano hasta que los tres reventasen en un berrido feral de placer bizarro. Luego ellos dos cambiarían de lugar y comenzarían de nuevo el acto en un bucle rítmico sin fin. Llegaron a la puerta, a J se le cayeron dos veces las llaves antes de atinar en la cerradura. La chica entró directa hacia el baño y cerró la puerta con pestillo. Los dos maromos la esperaron en el dormitorio principal impacientes ; J se descalzó mientras M encendía nervioso un cigarro. Se escuchó cómo tiraba de la cadena, el water se abrió y la jinetera salió completamente en pelotas. Tenía buen cuerpo, pero una cicatriz de cesárea tan grande como una boca de metro adornaba repugnante su bajo vientre, formándola una colgante e informe lorza. Se acercó decidida a M, le metió de lleno un beso con lengua y de un tirón le aflojó el cinturón. Los pantalones del murciano cayeron al suelo junto con sus gayumbos  gracias a un certero giro de muñeca, y de debajo de la coraza brotó una imponente tranca pimentonera en estado de buena esperanza. Acto seguido, la diestra mulata se acercó a un titubeante J y procedió a desarrollar la misma operación extractora. J abrevió la maniobra desabrochándose él solito los vaqueros. La chica se agachó, se acercó con cada mano una polla a la cara  y pasó a intentar la postura del candelabro. J estaba que reventaba, pero debía contenerse para no correrse antes que M, apodado “mister eyaculación precoz” en el trabajo; era una cuestión de amor propio, una competición deportiva eyaculatoria en toda regla. M, que tenía la mirada perdida en el infinito de la pared de enfrente, giró la cabeza y sonrió a J con una expresión de gilipollas drogado. Por un momento J se sintió en la gloria divina abandonado al sexo oral, cerró los ojos e imaginó que aquello era el paraíso. De repente, notó cómo le plantaban un muerdo en todos los morros. La sorpresa fue que, al mirar, se dio cuenta de que no eran los labios de  la prostituta los que le lanzaban ardientes aquel fogoso ósculo, ya que ella tenía en ese instante la boca en overbooking, sino que el cabrón de M estaba intentando besarle torciendo el cuello hacia él como si fuera una lasciva escultura praxiteliana. cuba24Sus finos labios, hicieron diana, atinaron de lleno. El gatillazo hizo acto de presencia en J, quién sabe si por la sorpresa, quién sabe si por la repugnancia, o si porque la prostituta no tenía precisamente el físico de Maribel Verdú.

El taxi al aeropuerto de La Habana nos salió por un pico. En la terminal esperamos tres horas la partida de nuestro avión. Estábamos cansados, resacosos, aturdidos, cabreados los unos con los otros y sin un duro en el bolsillo, nos lo habíamos pulido todo. Robé unas chocolatinas en una tienda del aeoropuerto y J me echó la charla una vez más diciendo que cualquier día íbamos a acabar en la cárcel por mi culpa. J siempre ha sido y siempre será un cagón de mierda, aparte de otros muchos defectos que atesora como oro en paño. M no pudo resistir nueve horas sin fumar durante el vuelo. Se introdujo en uno de los lavabos, posó su culo sobre la taza del inodoro y relajó allí su ansiedad durante un cuarto de hora absorbiendo un pitillo a pulmón. Abrió la puerta y una espesa humareda invadió toda la parte trasera del avión. Las azafatas le miraban con cara de mala hostia y asco. Le propuse a la redactora intentar un casquete aéreo en uno de aquellos zulos de los servicios, pero ella me contestó que si estaba tan necesitado que me cascase una paja. La presentadora vive en la actualidad con el directivo. Hace tiempo que no veo a J, y tengo ganas, porque quiero meterle dos hostias sobre su cara de cerdo. Ernesto emigró a España y trabajó una temporada como chapero en los lavabos de la Estación Sur de autobuses de Madrid. M tuvo hace unos años un tumor cerebral, creo que aún no se ha muerto.

<<La noche no logra terminar,
malhumorada permanece,
adormeciendo a los gatos y a las hojas.
Estar aprisionada entre dos globos de luces
y mantener, como una cabellera
que se esparce infinitamente,
el oscuro capote de su misterio.
La noche nos agarra un pie,
nos clava en un árbol,
cuando abrimos los ojos
ya no podemos ver al gato dormido.
El gato está escarbando la tierra,
ha fabricado un agujero húmedo.
Lo acariciamos con rapidez,
pero ha tenido tiempo para tapar
el agujero. Hace trampa
y esconde de nuevo a la noche.>>

Lezama Lima, "Doble noche".


Mi pequeño amor

prozac1

- …. es lo de siempre: piensas en alto. No hay que pensar en alto. La gente de tu alrededor  no lo soporta, y es comprensible, Conchi. No puedes estar enmendando la plana a todo el que se te acerca. Tienes que pensar que tu existencia tampoco es que sea para el catálogo de vidas ejemplares. Es mejor mirarse al espejo, hay que aprender a no ver la paja en el ojo ajeno, hay que aprender a callar, a callar Conchi, a callar...
- y no la viga en el propio... lo sé, pero es tan difícil no decir lo que piensas...
- Correcto, lo captas. Tú no eres perfecta, tienes que aprender a aceptarlo. Lo tuyo no siempre es lo mejor, y la moral es siempre un sistema discutible, no basado en valores absolutos, ¿me entiendes? Cada uno tiene una.
- Lo capto...
- Perfecto entonces. Vamos a seguir por esa linea. Harás ese ejercicio de meditación diaria e intentarás callarte y pensar las cosas antes de decirlas. Te voy a recetar además un Prozac algo más fuerte, porque estos  vaivenes te afectan tanto a ti como a tu gente y las endorfinas hay que mantenerlas altas. Tienes que controlarte. Y, por favor, esa alimentación hay que vigilarla, puede provocarte de nuevo una fuerte pancreatitis.
- He oído hablar del crudiveganismo...Vale, lo he comprendido todo. Pero lo que a mi verdaderamente me importa es....
- Bufff. Te repito lo de siempre. Tu marido es homosexual. Lo mires por donde lo mires, Conchi, homosexual. Tienes que aceptarlo, y si no funciona tirar por otro camino. No te digo que no os haya ido bien hasta ahora, en pareja no estáis mal, os complementáis, pero hay más factores que contribuyen a tu confusión y frustración, no sólo la aceptación del entorno. Os casasteis por temas sociales y de negocio, y lo revestisteis de perfección, es duro admitirlo, pero para eso estoy yo, para repetírtelo. David es homosexual, no bisexual, homosexual. Puede que haya llegado el momento en que tú necesites que alguien sienta impulsos menos racionales hacia ti. La palabra “racional” es sólo eso, una palabra, no un principio absoluto. Aunque lo pintemos todo de color de rosa, el tiempo hace siempre que el decorado se caiga, y si no se acepta lo real se agravan los estados de ansiedad hasta el punto al que tú has llegado, Conchi.

Yo lo miraba todo el tiempo al tercer ojo de la frente, sobre el entrecejo, mientras asentía con la cabeza, hacia delante y atrás, delante y atrás, aparentando que escuchaba con atención. El sillón de escay estaba duro como una piedra, en vez de producir el efecto relajante que perseguía se me clavaba como una lanzada en el costado. La consulta era fría, como la de todos los psiquiatras que he visitado durante mi vida. Las paredes color madera oscuro. Cuadros impersonales representando flores minimalistas colgando de las paredes. Las sesiones de psiquiatría son como asistir a misa: alivian, pero al final estás igual de fastidiada, de anestesiada ante la vida, de herida. Esa es la palabra: “anestesiada”. Aunque quieras aparentar felicidad, lo oscuro va a volver a brotar, porque la carne sólo se arregla con hechos, nunca con teorías o con palabras, y lo que quieren que veas de color verde en realidad es negro como los agujeros del centro de las galaxias. Cuaresma y carnaval son, en realidad, la misma absurda y estúpida cosa con diferente nombre.

prozac2Me tomé una pastilla de Prozac de las nuevas en los servicios de la consulta. Salí ya algo atontada y conduje mi Cayenne hasta la Escuela Oficial de Idiomas, que está en el centro del pueblo. Aparqué en el párking de pago de al lado, no me gusta dejarlo en la calle. El aula está en el primer piso. Subí por las escaleras. Entré justo antes de comenzar la clase y el grupo, de unas quince personas, ya estaba sentado al completo, la mayoría veinteañeros e incluso algún crío algo menor. Yo era, como casi siempre, la persona de más edad con diferencia. Todos miraban como zombis hacia la pizarra, hacia sus cuadernos o el móvil. Me senté. Me puse en una posición rígida y ligeramente inclinada hacia delante para aguantar los gases que siempre martirizan mis intestinos. Tras esperar dos minutos, apareció José Pelayo, el maestro de ceremonias.

José Pelayo Huertas, nuestro profesor de italiano. Me lo había recomendado una amiga años atrás. Daba clase en aquel pueblo del extrarradio, a cuarenta kilómetros de mi urbanización, pero valía la pena desplazarse hasta allí. Era un profesor  entregado, profesional, competente, simpático. Idoia, mi amiga casada con el diputado autonómico Messeguer, destacaba de Huertas, además de su profesionalidad y eficacia como docente, su espigado y moreno porte, su siempre perfecto pelo corto lustroso, su perfecta sonrisa blanca como la nieve y su magnífico trasero, que se conservaba estupendo y bien musculado a pesar de las ya más de cincuenta primaveras que había vivido. Le gustaba que se dirigieran a él por su nombre completo, sin diminutivos, JOSÉ PELAYO. Una vez escuché a un chico de nuestra clase la ordinariez de que a este profesor se le ponía dura enseñando italiano. Una basteza propia de críos, pero bien cierta.

José Pelayo puso un audio grabado de RAI radio y todos escucharon con atención, menos yo, que permanecía aparentando interés pero abstraída de la clase y del mundo en general gracias a la mezcla de Prozac y Valium que había ingerido durante la mañana. Cuando llegó mi turno de hablar, hice gestos como de que estaba afónica, y él, como siempre caballeroso, pasó el turno a la persona siguiente. Después llegó el ejercicio escrito. Todos se callaron y comenzaron a mover los bolígrafos compulsivamente para profundizar en el tema del día antes debatido oralmente: la arrogancia del Norte de Italia contra la vida sosegada de los habitantes del Sur. José Pelayo amaba Italia, pero más que el territorio a sus gentes y su forma de ver la vida y de comportarse. Mientras todos redactaban obnubilados concentrados en el papel, él se acercó disimuladamente a mi y dejó caer una cuartilla doblada sobre mi mesa. La abrí:

>>>>Ven tal como eres
no tengo armas
tal como eres
sólo hay palabras.
Que tus manos canten canciones lejanas
que la risa salga
tal como eres
tímida y blanca
y tu mirada franca
no esconda cosas extrañas;
que al alba
tu aliento me llene las entrañas
de vino y sal,
de viento y mar,
de calma,
tal como eres.

Te invito a probar el vino que he elaborado artesanalmente en mi casa. Si aceptas mi propuesta simplemente sonríe, bella principessa...>>>>>>

Lo miré. Me miró. Sonreí. Él me sonrió. La clase continuó. No volvió a preguntarme, siguieron con lo suyo mientras yo aparentaba atención y el estómago me regurgitaba fluidos con un sabor mezcla de sangre y sushi. Sonó un timbre en el pasillo. La clase terminó. Los chicos y chicas fueron marchándose uno a uno del aula, se les escuchaba charlar y reírse hasta que el ruido terminó tornándose en vacío. Nos quedamos solos Jose Pelayo y yo. Recogí mis cosas en silencio mientras él ponía en orden el aula y hacía lo mismo con las suyas. Salimos y cerramos con llave.

- Vámonos a mi casa. Te invitaré allí a un piscolabis y así te enseño mi bodega, estoy elaborando un vino buenísimo, este año las parras han dado unas uvas cavernet excelentes, y los olivos han aportado una producción récord, he pensado en comprar una prensa para hacer aceite artesanal.

prozac3Hablaba y hablaba de su producción agrícola mientra yo lo miraba como embelesada, embelesada por el Prozac. Entré un momento a los servicios antes de subir al coche y me tomé una pequeña dosis de Litio para equilibrarme mezclada con ron de una petaca que siempre llevo en el bolso. Llamé por teléfono a casa. Se puso Ricarda, nuestra chica filipina. Le ordené que le dijera al chófer de los martes dónde recoger mi Cayenne, que yo volvería más tarde en taxi, que recogiera a los niños del colegio y esperara más nuevas órdenes,  que no les dejara comer carne ni chucherías bajo ningún pretexto. Contestó a todo que sí, “sí señola”, como siempre. José Pelayo tenía un coche muy raro, un Skoda Yeti, según me estuvo relatando un rato, un automóbil muy fiable, amplio y que consumía muy poco combustible gracias a su motor híbrido eléctrico, cada cien kilómetros mi Cayenne o mi Audi gastan lo mismo que el suyo en mil. Salimos del pueblo. Tomamos la circunvalación interior, luego una autopista, luego otra circunvalación y después otra autopista,  salimos de ella y al llegar a un pueblo con pinta de ruinoso, tomamos una estrecha comarcal, y luego una pista forestal, y luego un camino de tierra. Finalmente, llegamos a las lindes de su finca.

El sol ya descendía sobre el horizonte y los árboles parecían brillar fosforescentes, de anaranjado radiante. Sobre el terreno había plantadas miles flores y cientos de árboles y arbustos de muchas especies, todos en perfecto orden y armonía, como si la mano de un Dios hubiese actuado sobre ellos. Detrás de la casa podía verse un molino de viento de producción de energía eólica y, sobre  otra amplia extensión del terreno, placas solares a discreción ordeñando energía a chorros al astro rey. José Pelayo había logrado prácticamente la independencia energética de su parcela. En la parte derecha, en los antiguos huecos de las pistas de tenis, podía observarse un amplio huerto que producía tomates, lechugas, pepinos, lombardas... todo tipo de hortalizas y, un poco más al Este, ocupando más de dos hectáreas, frutales, olivos y unas preciosas verdes vides. La mezcla de olores de las plantas, sólo un poco ensuciada por un ligero aroma putrefacto procedente de una antigua piscina vacía utilizada como depósito de compostaje, te transportaba al paraíso terrenal cuando lo respirabas a pleno pulmón. Podía escucharse cantar a los pájaros y zumbar a las abejas de unas colmenas que producían miel de jazmín para José Pelayo junto a la tapia de la linde Oeste.

Salieron a recibirnos sus dos perros: un dóberman hembra que se llamaba Laura, que muy jovial saltó sobre él para lamer la cara a José Pelayo, y un caniche blanco, Óscar, que me ladró y gruñó hasta que su amo le afeó la conducta. Entramos en la enorme casa, que José Pelayo me contó que había sido construída con balas de paja prensadas, un material que conseguía mantener una temperatura interior constante en invierno y verano de veintiún grados sin necesidad de calefacción ni aire acondicionado. La decoración era minimalista, pero se notaba que todo los muebles habían sido fabricados con maderas nobles reutilizadas, según me explicó él. Todo allí estaba hecho de materiales reciclados. Sacó unos vasos de un vidrio fino precioso y sirvió dos copas de vino.

Me bebí la copa de un trago y le sonreí. Me supo un poco raro aquel vino, parecía de tetrabrick. Abrió la puerta del sótano y me invitó a bajar, “vamos a ver mi escondite, mi alambique”, me dijo. Descendismos por unas escaleras y él encendió una luz. Olía a humedad, las paredes desnudas eran del color gris del cemento sin pintar, sólo estaban decoradas en un lateral por un descolorido póster de John Illsley tocando el bajo melena al viento. Caminé hasta el fondo siguiéndole. Se dio la vuelta y el primer puñetazo me lo lanzó certeramente al estómago, milimétricamente justo debajo del esternón. Me quedé doblada sin respiración y entonces José Pelayo me dio un golpe con los dos puños entrecruzados sobre la espalda tan fuerte que caí casi desmallada al suelo. Me  sujetó con fuerza por los brazos produciéndome un dolor sólo soportable por el Prozac que yo llevaba en el cuerpo y me los ató con un rollo de cinta de embalar apretándola mucho hasta casi cortarme la circulación. Luego me metió una hoja de periódico arrugada en la boca y puso cinta también sobre ella para amordazarme, enroscada sobre mi cabeza hasta casi asfixiarme, podía sólo respirar a duras penas por la nariz.  Mientras me ataba, me golpeaba los costados y el vientre con saña. Sacó un cúter de un cajón y me cortó la ropa con él dejando que el suave filo me hiciera deliberados finos cortes en las piernas, la espalda y las nalgas, que escocían como si te sajaras la piel con folios de papel. Cuando estaba completamente desnuda, me tendió sobre una mesa de carpintero boca abajo con las piernas colgando y, con una rama de olivo que guardaba apoyada sobre la pared del fondo, me pegó latigazos sobre el trasero hasta que noté gotas de sangre corriendo sobre mis piernas hasta el suelo. Me pasó una especie de palo de escoba con la punta redondeada por delante de la cara, me abrió las nalgas y me lo introdujo por el ano sin miramientos. Me retorcí de dolor, aunque para no desgarrarme vi cómo, previamente, tuvo la deferencia de untar el utensilio con aceite de coche procedente de una lata que había por allí, recuerdo como si fuera ahora mismo aquella etiqueta: Carrefour Oil 15-40W, se me quedó grabado en la mente.

Sacó el palo de mi recto y me dio la vuelta. Volvió a abrirme de piernas. Entonces llamó a Laura, que apareció rauda corriendo por las escaleras. Abrió un tarro de miel artesana y me la esparció bastamente a manotazos por la vulva, golpeándome el clítoris con golpecitos precisos y contundentes e introduciéndome la sustancia bien dentro con sus fuertes dedos. Se hizo a un lado y Laura, animada por su amo, comenzó a lamerme con fruición la vagina, metiéndome la lengua hasta casi el útero, dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, rítmicamente, hasta deglutir la dulce sustancia floral. Entonces apareció Óscar el gruñón por las escaleras.

El perrito, viendo saciar el hambre a su compañera, sentía envidia. Comenzó a intentar llegar hasta mi sexo dando saltitos, pero estaba demasiado alto para él y Laura le sacaba los dientes. no lo dejaba acercarse. Óscar se enfadó y empezó a ladrar, a ladrar, a ladrar, como si tuviera un megáfono en la garganta, produciendo un ruido molesto y ensordecedor hasta que José Pelayo le regañó a voces. Paró de chillar, pero entonces comenzó a saltar y a morderme las piernas, a morderme, a morderme, cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte, hasta que me atizó un fuerte bocado en un muslo que me hizo gritar y tener un tremendo orgasmo al mismo tiempo. A mi izquierda, contemplando mi placer salvaje, José Pelayo, que se masturbaba al unísono, eyaculó como una manguera sobre mi cara, dejándome los ojos como lagunas de esperma desbordados al estilo cataratas del Niágara por los lacrimales.

Me quité aquel agrio sabor de las comisuras de los labios con la lengua. Laura había lamido hasta la última gota de miel de mi vagina. Los dos perros se dieron media vuelta y desaparecieron corriendo escaleras arriba. José Pelayo descansaba jadeante tumbado sobre el suelo. Pasaron dos minutos de silencio. Se levantó y subió las escaleras. Volvió al rato con un chándal viejo de mercadillo del Real Madrid en las manos. Cortó mis ligaduras de nuevo con el cúter, esta vez sin cortarme, y me limpió la sangre de las heridas con alcohol de 96 grados que me escoció horrores. A continuación, me vistió bruscamente con el chándal, que me estaba enorme. Me cogió al hombro como si fuera un saco de patatas y me llevó hasta el coche. Abrió el maletero y me lanzó. Noté cómo arrancaba y cómo rodamos por un abrupto camino unos minutos, después debimos salir a una carretera bacheada, y más tarde a alguna autopista que identifiqué por el ruido de los coches. Un cuarto de hora más tarde volví a notar cómo entrábamos por un camino de tierra y después enseguida nos detuvimos. Se abrió el maletero y José Pelayo me sacó de él a empujones. Ya era de noche cerrada. Me apuntó con una linterna a los ojos arrimando su boca a mi oído, me dijo en tono amenazador:

- Aquí te quedas. Toma tu cartera. Camina por este camino y a un kilómetro y medio  encontrarás una parada de autobús en el borde de la autovía. Pasará un búho de esa linea dentro de una hora. Lo coges y en el final de trayecto tomas un taxi. Ya sabes. ¿NO IRÁS A DECIR NADA, NO? ¿NO RECUERDAS NADA DE LO QUE HA PASADO, VERDAD, VERDAD, VERDAD?

Asentí con la cabeza tiritando de frío y nervios. Su cara desencajada daba miedo. No llevaba mi ropa, así que no pude tomarme ninguna pastilla de las que siempre guardo en los bolsillos para tranquilizarme. Arrancó el coche y se marchó entre la penumbra. Caminé durante media hora hasta encontrar la parada de autobús en una carretera cercana. Los pies se me pusieron en carne viva, porque me había dejado descalza. El autobús paró y abrió la puerta. Entré y pagué mi billete, el conductor me miró de pies a cabeza pero no dijo nada. Unos pasajeros me observaban con cara de asco, otros seguían con sus móviles sin hacerme caso mientras entré por el pasillo. Llegamos a la última parada. Junto a la acera había varios taxis, abrí la puerta de uno, pero el taxista me dijo que los yonkis en su coche no entraban. Saqué un billete de doscientos Euros de mi cartera y se lo dí por la ventanilla. Me preguntó dónde quería ir. Le dije la dirección. En la entrada de mi urbanización no querían abrir la barrera al taxi hasta que saqué la cabeza por la ventanilla y, al instante, el guarda me reconoció. Llamé a la puerta de mi casa y Ricarda abrió, me dijo un escueto “hola señola” y sin mirarme a los ojos volvió hacia la cocina. Cogí el ascensor y subí hasta mi habitación del cuarto piso. Me quité el chándal a tirones y me sumergí en el jacuzzi, lo puse en marcha y me lavé las heridas con mi esponja de crin. Relax, relax, relax....Me quedé dormida dentro.

prozac4Cuando desperté noté un olor raro, nauseabundo. Me había hecho caca dentro del agua sin darme cuenta, y aquello había salido de mi cuerpo de un color verdusco mezclado con un hilillo de sangre. Llamé a Ricarda para que limpiara el jacuzzi, cerré la puerta y me encerré en el dormitorio. Sobre la cama había un enorme ramo de flores con un sobre. Lo abrí, decía: “Conchi, cariño, no volveré hasta el lunes de la semana que viene, me ha surgido un imprevisto. Deja que diga, que no pediré, que me quieras mientras vivas, pero palabra de amor no daré. Besos, cielo. David”. Lloré desconsolada durante un rato sobre la almohada, y cuando no me quedaban ya más lágrimas, llamé a Ricarda para que me trajera un poco de sushi. Después de comérmelo, me tomé valium y medio y al poco rato caí rendida, como un tronco. Dejé encargado a Ricarda que llevara a los niños al colegio, los recogiera, los diera de cenar y los acostara, y que no quería ruidos de ningún tipo ni que me molestasen por nada que no fuera una muerte repentina en la familia más cercana o que se estrellara un meteorito de más de cien kilómetros de diámetro contra la Tierra. Dormí todo el miércoles sólo despertándome para tomar mis pastillas, para comer un poco de sushi o para vomitar, mi único contacto con el exterior era Netflix, que dejé puesto en la tele en un eterno mantra random. Desconecté mis tres móviles y, al fin, conseguí relajarme sin que nada ni nadie, ni ningún grupo de whatsap, me importunara.

A las once de la mañana del jueves sonó el despertador en mi Iphone. Era el aviso para ir a clase. Entré en el vestidor y me puse un sobrio conjunto informal de Armani negro y gris que David me había regalado la semana anterior. Bajé a la cocina y Ricarda me preparó unas tostadas y me calentó un poco de Sushi del día anterior. Me enfadé porque no estaba reciente, eran más de las once y el repartidor del restaurante japonés aún no había llegado. Me tomé un Prozac, media de Litio para captar endorfinas y bajé al garaje. Los miércoles prefería coger el Mini, no sé por qué, por variar, el Cayenne lo tengo muy visto y odio los Audis. Conduje por las serpenteantes colinas de la urbanización hasta la garita de salida, donde el guarda me sonrió al abrir la barrera. Tomé la autopista y después cogí una circunvalación exterior hasta la cuarta desviación. Entré en el pueblo y aparqué en el parking de pago, no me gusta dejarlo fuera y además es imposible encontrar sitio en la zona lumpen.

Entré en el aula. Nadie se fijó en mi, todo el mundo repasaba apuntes o washapeaba. Al minuto entró José Pelayo Huertas y comenzó su dinámica clase haciendo que escuchásemos, o intentásemos escuchar, un audio de la radio italiana que hablaba sobre el cambio climático. Después hubo aburrido debate sobre ese tema en el que todos estaban de acuerdo en que el ser humano es muy malo con el planeta y todos esos tópicos tan gastados. Yo no participé, fingiéndome afónica mediante un gesto señalándome la garganta cuando él me preguntó. Luego José Pelayo propuso escribir una redacción en diez minutos, y todos se pusieron a la tarea. Cuando pasó cerca de mi me dejó un folio doblado sobre la mesa. Lo abrí:

>>>>No tengas miedo
porque para morir
tienen que matarme
y de ese don estoy
mal servido.
No tengas miedo
aunque apriete el acelerador
por mi vida.
Te doy permiso
que temas que
me vaya lejos
y nunca vuelva,
y ten también miedo
de los cuchillos que escondo
detrás de la puerta
y de las bombas que guardo
dentro de mi cabeza,
a todo eso puedes tenerle miedo
mucho miedo.
No tengas miedo
del resto
pero no dejes que me marche
levantando polvo en las cunetas,
porque de un momento a otro
será demasiado tarde.
Te doy permiso para que vuelvas
y para que me pidas
que vuelva
o que nunca me marche.


Te invito a cenar en mi casa unas verduras a la plancha ecológicas que he recolectado hoy al amanecer. Si aceptas mi propuesta simplemente sonríe cuando te mire, bella principessa... Vamos a querernos, mi pequeño amor, como tú y yo sabemos.....>>>

Estaba allí, sentado tras su mesa, sobre el escalón del estrado que otorga poder. Nuestras miradas se cruzaron furtivas. Lo miré. Me miró. Sonreí. Él me sonrió. La clase continuó.


lanochemasoscura