Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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María de los dolores

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Madrid. Pasan los días, el año cae hacia la primavera resucitadora y el sol comienza a picar en los brazos logrando que dejen de dolerme los huesos, aunque con cada estación los cojones me pesan un poco más. Mis manos, de un blanco cadavérico, comienzan a contrastar con los negruzcos brazos. Los guantes con dedos cortados de la bici hacen que en verano mis antebrazos parezcan de ecuatoriano y mis manos de islandés tísico. Llegará el estío anticipado gracias al santo cambio climático, ese calor que yo amo y que odian los ecologistas de salón que promulgan el apocalipsis bizarro. Los súbditos emigrados hacia Madrid desde la República de Ecuador y de la República Dominicana ya ponen sus inaguantables musiquitas a todo trapo con las ventanas abiertas de par en par y bailan el “Chiki Chiki” en las azoteas para azote de sus vecinos. Las descendientes de las indias taínas y quechuas de culo gordo pronto lucirán sus lorzas sin rubor por las calles grises del otro lado del océano, y sus machos sud y centroamericanos se emborracharán hasta caer de bruces vomitando sobre el asfalto. Así festejan el retorno del calor añorado. Son el fruto de una bastarda mezcolanza de culturas, herederos de todo el ruido y la suciedad exportada por los salvajes conquistadores. Los panchitos son un híbrido bastardo de nosotros mismos, sus costumbres nos hacen añorar los métodos de exterminio del doctor Göebels, de Pizarro y sus sicarios, o del violador juez Holden de “Meridiano de sangre”.

maria2Madrid. El sol camina hacia su arco máximo de luminosidad en el hemisferio Norte. Casi todos nuestros veranos comenzaron con una primavera exagerada. Cuando era niño solía ser siempre el más pequeño y el más delgado en los equipos de balompié en que militaba. Mis piernas eran como palillos y mi cuerpo lo más parecido a un cristo de El Greco. En la calle jugaba con mis gafas puestas, unos pesados anteojos con carcasa de metal que un día sí y otro también aparecían rotos sobre mi cara, ya fuera a causa de certeros balonazos, caídas o de algún puñetazo. Tuve cuatro ojos hasta los trece años, el oftalmólogo me castigaba todos los otoños con una lente nueva y un “vuelva el año que viene”. A pesar de tanta dedicación mi ojo vago no aprendió a dar un palo al agua, pero mi vista, gracias a los años de infantil tortura, es cuando miro de lejos aún fina como la de un sucio depredador de la llanura. A pesar de ser un gafitas tapón de alberca, cuando yo saltaba a un campo de fútbol los que me conocían, aunque fuera de vista u oídas, me tenían miedo. No atesoraba gran habilidad con el balón en los pies. No era muy rápido corriendo. Los pantalones cortos de deporte siempre me estaban muy anchos, parecía que vestía provocativas faldas pantalón con los huevos colganderos, lo que producía que fuera poseedor de una facha ridícula. Pero había descubierto precozmente que caerme al suelo no era tan doloroso como lo pintaban, que llorar cuando te despellejabas las rodillas era pura pose de crío, que la sangre era sólo un líquido rojo e infecto que todos llevamos dentro en mayor o menor cantidad y que puedes perder una poca sin morir. No sabíamos lo que era el tackling en mi barrio, lo tuve que inventar yo mediante entradas asesinas a ras de suelo sobre cualquier tobillo o rodilla que se pusiera por medio. Los menos bravos me decían que estaba loco, que imaginara que alguien había dejado caer por casualidad algún cristal por el suelo, que me iba a desollar vivo cualquier tarde. Yo me reía, en mi inconsciencia, de su cobardía. Descubrí que poseía una capacidad, adquirida o innata, vaya usted a saber por qué, para aguantar los golpes y el frío. Tengo la piel bastante dura y es difícil hacerme cardenales. Puedo andar en mangas de camisa en diciembre sin tener que aguantar el tipo de macho de forma artificial. La inconsciencia duró, por suerte o por desgracia, pocos años. Empezó a darme miedo hacer daño a los de al lado y dejé, paulatinamente, de calentarles las piernas a golpes.

maria3Madrid está ahí fuera, imperturbable. “Jane says, Jane says, Jane says”, grita Perry Farrell en mi gramófono. La guitarra de Dave Navarro no me disgusta, aunque siempre he preferido el toque loco de John Frusciante. Perry hace suya la simpatía que muchos sentimos por el diablo. Es un chico muy particular, que sus arterias resistan tantos excesos es ya un milagro. Los Janes Adiction siguen arrastrándose por festivales de verano para ganarse un jornal con el que pagarse pollos para hacerse lonchas de harina. Si todos los asistentes a esos festivales murieran de repente nos reuniríamos y brindaríamos por ello. Dios amado del Tytadine y el amonal. Soy muy susceptible, y dicen que rencoroso. Tengo la suerte de haberme dado cuenta de que las palabras no significan casi nada, o nada, aunque tener constancia de ello también es una desgracia. A todo se le puede dar la vuelta. Hegel era especialista en llamarte hijo de puta mientras hacía parecer que eras una persona excelente. Cuando alguien dice que no sabe quién es Billie Holliday me está insultando. Disculpo que no sepan quién es Ronnie O´sullivan, pero que les suene a chino cuando les nombro a Raymond Carver es como afirmar, sin anestesiar y en crudo, que son gilipollas profundos. Y cuando salgo a la calle y veo a todo ese gentío alrededor del estanque del Retiro continúan dándome nauseas y siento que deseo que caiga una enorme bomba de neutrones sobre ellos, entonces noto que estoy vivo y que llega la primavera, esa estación de mierda que viene inmediatamente antes de ese achicharrante verano que tanto me gusta y me da la vida. Apoyo mi guitarra sobre su culo y todavía, a pesar del desgaste, se sostiene de pié. El fenómeno climatológico de “el niño” afectará al clima planetario hasta mediados de año, luego dicen que se disipará, la temperatura del océano Pacífico volverá a bajar y todo quedará en lo de siempre y el mar seguirá fluyendo pero al mismo tiempo permaneciendo, quizás buscando contradecir al pobre de Heráclito que se quedará con la misma cara de gilipollas de siempre al observar la gran mentira que es todo. Heráclito hubiese querido asesinar a Parménides. Aristóteles deseaba pisarle la cabeza a Platón, Schelling a Hegel, y así hasta el infinito, una cadena de asesinatos, liendres matando a piojos venidos a más, porque las personas nos aborrecemos las unas a las otras. Yo les pongo a todos buena cara, puro cartón, pero deseo su muerte. Aprenderé a rezar para lograrla, como Fonollosa.

maria4Madrid. Aquel verano, a los dieciséis, me vino a visitar por primera vez. Yo no la conocía. Bajamos a patear el balón hasta la Ciudad Universitaria. Cómo siempre, caí al suelo varias veces para amedrentar a mis contrarios. No le di mayor importancia a los cotidianos costalazos. Pero, al regresar a casa, se presentó de repente. Me dijo que estuviera tranquilo, que iba a pasarse unos días por mi vida, aunque siempre que la necesitase me acompañaría en este solitario viaje, que volvería de vez en cuando para joderme un poco. María de los Dolores se metió en mi existencia de sopetón, y me tuvo vagando por mi casa durante días como alma en pena, con la espalda torcida a lo Quasimodo, jurando y perjurando en varios idiomas que no conocía, con los pantalones caídos, y lloriqueando como una Magdalena que se despierta y no encuentra a Jesucristo a su vera en el catre. Mi amiga se había dado a conocer en forma de piedra en el riñón, con unos dolores que dicen son más agudos que los de un parto, constantes y sordos, como penas que dan frío y no te dejan parar quieto ni un minuto. El pedrusco debió haberse movido con alguna de mis sucias arremetidas sobre los ocasionales rivales. Tarde o temprano hubiera tenido que pasar, el destino es inexorable, está escrito con líneas indelebles e inamovibles. Tras un par de meses mi cruel visitante ser marchó con un portazo, sin casi despedirse, pero dejó una tarjeta de visita con un “hasta pronto…” grabado a mano sobre el reverso. Era una forma de expresar que siempre me querría.

Pasó el tiempo como pedo en el viento. Los veranos, los finales de agosto, daban la bienvenida a nuevos años, lustros y décadas. Mi mente siempre retenía el frío recuerdo de aquella visitante, que colgaba del gotelé de mi cuarto como una espada de Damocles mal pegada al techo con pegamento Supergén o Imedio cuando debería estarlo con Loctite de ferretería. Mi madre me había enseñado a pegar los cromos de fútbol en los álbumes con engrudo fabricado a base de agua y harina de almortas, pero aquella solución era tan barata como ineficaz para sostener los trozos de sueños sobre el papel. María de los Dolores volvía a habitar en mi puerca vida de vez en cuando, cuando menos lo esperaba, mediante pedradas renales sorprendentes o por golpes atizados a contrapelo. Como aquel día que aquel tipo me hinchó la espinilla, o cuando aquel otro torció para siempre mi nariz con su codo. Una noche, corriendo tras un balón dividido, mi extremidad derecha se retorció por la rodilla como el cuello de la niña de “El exorcista”. Pude observar varias constelaciones, galaxias, quasares, mientras regresaba a casa conduciendo, pisando el acelerador del coche con un pié mirando hacia Burgos y el otro hacia La Palma del Condado. Tras aquella fiesta con mi amiga nunca volví a ser el mismo, la cuesta ya ha sido siempre hacia abajo. Tomaba baños de agua casi hirviente para calmar el dolor, en una bañera que soñaba que era para tres personas como la de Errol Flynn, pero en la que apenas me cabían mis piernas dobladas.

Sabes que no hay palabras
para describir lo que se piensa,
los ladridos de Wittgenstein
analgésicos
aporéticos
luces ahí al fondo
que hacen ver las
sucias
estrellas.
Son bromas ligeras
y jeringuillas
de las que brota la verdad
de la verdad
agujas mal encaradas
embravecidas por la
prostituta
realidad desnuda de tu día
a día.
Tu estúpida espalda
oxidada por el viento,
tus rodillas desgastadas
por el agua y los años
perdidos y dados por
perdidos
rebuscados en la
memoria
que siempre se declara
en huelga
a la japonesa.

maria5La última visita de María, la de los Dolores no por esperada dejó de ser a traición, puñalada que jode. Me hizo recordar la poca habilidad que yo poseía para subirme a los árboles aunque sintiera en aquel entonces que poseía muelles en los pies. Aquel salto con el que me quebré de repente fue el fruto recogido de los excesos, de aquellos vuelos cuando era capaz de saltar sin carrerilla casi ochenta centímetros en vertical. ¿Quién no ha soñado alguna vez con volar? Yo casi nunca recuerdo mis dulces momentos oníricos bajo las mantas. Aquel chasquido seco de mi tendón de Aquiles me hizo pensar en las llanuras bélicas de Waterloo y de Flandes, en el K.O sufrido por Jack Jonhson a manos de Jess Willard aquella fatídica tarde en la que el rey invencible se apagó, en los tópicos típicos mentirosos de aves Fénix volviendo a levantarse desde sus podridas cenizas, y en que Piper Laurie, con su rostro ajado ante la derrota inapelable en “El buscavidas”, sigue viviendo aunque sólo en la base de datos del IMDB. La noche es muy oscura en Madrid, y muy lejana cuando te hace una visita la pedazo de puta de María de los Dolores. Me rompí, me rompieron ella y el tiempo. Ella no es buena compañera de fatigas, es una zorra sin miramientos que no duda pedirte que te vayas a pasear en su loco autobús bajo la lluvia para recordar con nostalgia ese lugar del añorado pasado donde corrías sobre la hierba amarilla que te crecía hasta la altura de tus rodillas. Madrid. Madrid. Madrid. Madrid sigue rugiendo ahí fuera.

<<Muhamad Alí nació para boxear, para el ring, le encantaba y, como sucede con la gente que ama demasiado las cosas, éstas les destruyen. Creo que fue Oscar Wilde el que dijo: “destruyes aquello que amas y, viceversa, lo que amas te destruye a tí”. Volvió. Luchó en 22 combates; algunos fueron muy honrosos, otros fueron muy difíciles, otros comedias y farsas. Se castigó mucho en aquellos combates que siguieron al de África…>> “Cuando éramos reyes”.

Muñecas orientales

orientales1Muñecas orientales
tragicómicas
llegadas no se sabe desde dónde,
quizás de las
profundidades del infierno
maoísta
sin tetas y
con
vistosos
culos de cristal
color limón.
Muñecas orientales
que te venden clavos, cinta aislante que no pega
y llaves inglesas
fabricadas en Sinchuan del norte con pan mascado
a un módico mierdero precio.
Muñecas orientales
que despachan destornilladores
de esos que se rompen en cuanto aprietas
un poco el tornillo
o lo clavas en el ojo.
Muñecas orientales
que te hacen pajas en
peluquerías destartaladas de la calle Leganitosorientales2
y de paso te ofrecen
en sus ratos libres
chicles, litros de Mahou a un Euro ochenta,
Jagermeister destilado en Nanchín del sur y patatas fritas casi
caducadas.
Muñecas orientales
que aparentan quince años
pero tienen cuarenta y siete
o incluso sesenta
pero en su pasaporte ya alcanzan los noventa y seis.
Muñecas orientales
muñecas orientales
y más muñecas orientales
que te hacen la manicura y
te follan si
insistes un poco
por diez Euros extras.
Muñecas
orientales
Muñecas orientales
que por mucho que preguntes
nunca te dicen su nombre
porque sólo te quieren
por tu dinero,
que te desprecian y les gustaría
que te murieras
como si fueran tu mujer.
Muñecas orientales
de las que siempre te preguntas
por qué coño están casadas con esos
garañones chinos mal encarados
que en realidad son sus amos
con derecho de pernada
a lo Kunta Kinte.
Sí, se las follan
pero no las pagan
nada o
casi nada
como tú.  
Muñecas orientales
que se marchan
de vacaciones y
ya no vuelven
porque no se fueron a China
sino a una fosa común
orientales3en el Cobo Calleja
por no pagar sus deudas
al amo
y tú las echas de menos
pero se te olvidan rápido
en cuanto las cambian por otra
más nueva.
Muñecas orientales
que si insistes
se dilatan el ano
con bálsamo de tigre
por cinco euros más.
Muñecas orientales
que llegan encerradas en contenedores
para servirte pollo con almendras
en cutres restaurantes
y luego se marchan de este mundo
a través de tu estómago
en raciones de ternera, bizarramente picada, con pimientos.
Muñecas orientales
muñecas
orien-
tales,
muñecas orientales
que a veces guardan
un tiburón
entre las piernas,
un pequeño tiburón,
y crees que no va a gustarte pero al final
te gusta
el pez espada por la espalda;
esas muñecas que
te acarician la cabeza cuando te cortan el pelo
y te dan masajes thailandeses
por unos Euros más
aunque nunca hayan pisado Thailandia
ni por el forro, ni en sueños.
Muñecas orientales
sin final feliz.
Muñecas orientales
que aunque te emborraches
no se parecen a Karen O;
muñecas
no de trapo
sino de carne
de cañón.


Metro Prozac

metroprozac1

¿Recuerdas cuando te decía que nosotros no pertenecíamos a la cultura del Prozac? Sí, te lo digo a ti. No, no somos de esos tipos que van al psicólogo a contarle sus miserias, para bien o para mal. Crecimos en las barriadas aun rodeadas por campos yermos y ajados, descampados fronterizos con la inmensa arena seca de la meseta. Yo no odiaba a mi padre, era un poco cabrón, pero no lo odiaba. Él pasaba olímpicamente de jugar conmigo, y pocas veces me limpió las rodillas desolladas. No nos daban puntos de sutura cuando nos caíamos; el momento en que parábamos de sangrar era señal de que nos habíamos curado. Sangrar. Jugar con piedras y palos, abrirnos la cabeza. Volver a sangrar. Cicatrizar. Mi progenitor contaba que el día de la final de la Eurocopa entre España y Rusia en el Bernabéu hacia un calor asfixiante; el estadio se pasaba con creces del aforo permitido y una humanidad descontrolada intentaba dar crédito a aquello que observaba, como en un extraño rito. El fútbol era la cienciología de la época, aunque los forofos no se comían la placenta de sus hijos, y si les contaran que ahora la gente se pirra por devorar pescado crudo de baja calidad se revolverían de asco en sus tumbas. Yashin era un cuervo negro soviético, metroprozac2el hijoputa al que había que ganar a toda costa. Y yo ví a Arconada otra tarde en que el puto Atleti le metió cinco goles, el año en que los del colchón a rayas ganaron la liga, los cabrones. Yo quería que me compraran una bandera de la Real Sociedad para apoyarles en medio de aquella concentración de indios, pero nos había invitado al estadio enemigo J.R, el que luego se presentó a la presidencia contra el doctor Cabeza, y no era cuestión de hacerle tal feo al feo (en el barrio lo apodaban “el feo”, con justicia, a pesar de ser sin duda guapo de corazón). Él trabajó hasta superar los setenta tacos en una panadería del barrio, dos calles más abajo de mi cueva. Su imperio panadero lo arruinó jugando a las cartas. Era, es, un hombre simpático, lo mejor que se puede ser en este mundo, bastante mejor que tener dinero es ir con una sonrisa en la cara.

El domingo pasado subí mi cuesta, como tantas otras veces. Las siete en punto, tiempo suficiente para llegar hasta la Puerta del Sol a la hora señalada. Las mismas siluetas de todos los días, el cartel rojo de “La Pampa” y la cúpula de castillo kafkiano amenazante de la iglesia del colegio de curas. En Alvarado subió a mi vagón de metro una ecuatoriana de caderas tan anchas como la ensenada de Guayaquil. Dudé de que pueda incrustarse sin calzador en el asiento. En Cuatro Caminos se incorporó una extraña pareja, él un chico aseadito patrio, ella una moza oriental de rompe y rasga. Hablaron de ésa su primera cita sin aparente tensión sexual, pero era evidente que él deseaba taladrarla. Ella dijo que estaba muy cansada, que le dolía la espalda. El zagal quitó tensión al asunto, mintió hábilmente insinuando que no deberían haber quedado ese día si ella estaba tan agotada. Su compañera de domingo replicó que no, que tenía ganas de ir al cine, pero que preferiría ir a ver otra película, y añadió que la semana siguiente elegiría ella. Triunfo. Él tragó saliva gracias a la esperanzadora promesa de su Gong Li, e imaginó cómo serían esos sabrosos polvos que posiblemente traerían lodos, aunque el fango de extremo oriente debe ser un fango diferente para meterla en caliente. Dos asientos se quedaron vacíos. Entra una tía y reposa sus finas posaderas junto a mí, mientras él se incrusta jmetroprozac4usto enfrente. Yo miro mi reflejo en el cristal, con mi mirada clavada en el vacío de la pared del túnel. En Madrid es costumbre tratar de hacer pensar a tu vecino que lo ignoras mirando al tendido, es una táctica agradable para con el prójimo, que evita sobresaltos.

El metro tarda veinte minutos en llegar a Sol. Luego, camino por un pequeño tramo trufado de fauna variopinta y paso por delante del cajero automático que nunca funciona de la calle Carretas. Tengo unos vales para los cines Ideal que caducan en ese preciso día. La jefa, como siempre, llega tarde a la cita, la hijaputa. La espero en la puerta del teatro de la acera contigua, con mi habitual cara de mala hostia de interpretación macerada con el tiempo, resultado de años de práctica ciudadana destinada a conseguir que nadie se acerque a molestarme. Dentro del cine huele a repugnantes palomitas, a Coca-Cola de polvos y se escuchan comentarios absurdos de gente demasiado trascendente. Han cerrado muchos cines y ahora la borregada metroprozac6no tiene más remedio que ir a los de versión original, a molestarnos. El noventa y cinco por ciento de la población de Madrid es sin duda prescindible y gaseable con Zyklón-B.

Salimos del cine. Hablamos de que mi medio hermano vendrá a Madrid este fin de semana. Mi hermano no de sangre, putativo. Fui con él a un odioso colegio donde se protegía a los asotanados pedófilos practicantes sin ningún pudor. Ninguno me metió mano. Quizás tuve suerte de llegar muy crecidito al lugar, con unos puños más o menos ya rápidos y unos pies que podían patear sus huevos hasta colgarlos de la veleta del campanario. Si a los curas se les permitiese hacerse pajas sin remordimiento esos problemas de incontinencia sexual no se producirían tan a menudo, aunque que sean todos sin excepción unos hijos de la gran puta es un mal que no hay quien lo sane. Ellos me enseñaron el noble arte del odio visceral. Vivir bajo cualquier yugo te afianza en oscuros caminos vitales. Ellos decían que yo era un tipo raro. Nunca fui a confesarme a sus cuchitriles. No me dan ninguna lástima cuando mueren de viejos, lo celebro, si es con dolor mejor. Me enteré espiando por Facebook que había muerto don Aniceto, uno de esos pedazos de mierda con alzacuellos. Algunos lamentaban su pérdida y destacaban su afable carácter. Yo pensé para mis adentros: “qué bien muerto está el hijo de puta”. No había tías buenas en el colegio, no había tías, ninguna, nunca las había en esas cochiqueras. De ese modo evitaban erecciones heterosexuales infantiles. Entro en el metro.

En la estación de Tirso de Molina solía haber siempre algún yonki en el andén. La gentrificación los va echando. Gentrificación es una palabra que suena a esnob gilipollas desde el primer minuto que la escuchas. De chicos nos daban miedo los yonkis, ahora son muertos vivientes. En esta ciudad hay que mantenerse siempre con un ojo abierto en la nuca. El convoy que tomo avanza lento hasta Sol. Se para. Se abren las puertas. Por un vericueto del destino entra la misma pareja que me acompañó en el viaje de ida. Se sientan exactamente en la misma posición, uno enfrente del otro. La tierna lemmonhead lleva entre las manos un cartón con gominolas que le ofrece a su chaval occidental, pero al lampiño mozo no le gusta el dulce, debe ser un chico sano. metroprozac8Está delgado y lleva un corte de pelo milimetradamente cortado, y las cejas depiladas. Charlan sobre lo cansado que será el lunes en el trabajo, qué puta mierda de trabajo. A este paso no habrá sexo, pienso. Veo por la ventanilla ese cartel que me hace tanta gracia que han colgado en el túnel de la estación de Gran Vía: “Sauna Tirso de Molina: no vas porque igual te gusta”. El chaval se va a bajar en Cuatro Caminos, y relata a su objeto de deseo de ojos rasgados que tendrá que caminar diez minutos hasta llegar al portal de su casa. Ni se besan ni se tocan antes de que él salga por la puerta, un escueto “hablamos” remata la faena. Ella sigue sentada a mi lado. Mi reflejo, allí clavado mirando a la nada, se parece a Altobelli en su etapa final en el Inter, cuando era suplente y calentaba banquillo con cara de mala hostia en el Bernabéu, cuando el Madrid los vapuleaba y él no podía hacer nada, la cámara de televisión se recreaba en su efigie de corsario pendenciero derrotado. Me levanto haciendo el típico equilibrio de surfista del metro. Abro la puerta. Me bajo. Recuerde no introducir el pie entre coche y andén. Peligro, estación en curva. ¿Dónde está la curva? No veo la curva, ni a la niña de la curva. A las doce pondrán el programa de Iker Jiménez. La calle está casi desierta. Da gusto caminar a la fresca nocturna. Nunca tengo frío, es una ventaja. Subo, bajo, subo, vuelvo a entrar en mi cueva, me tumbo en mi cama de faquir. Tardaré en dormirme. Mañana será otro día. Creo que me afeitaré. Amanecerá, habrá un cielo verde peppermint bajo un sol azul eléctrico, y seguirán pasando las horas como segundos, como si nada ocurriese, cada año más rápido. Y tú nunca tomarás Prozac y continuarás huyendo de las locas que se cruzan por tu vida. Un vinito en vez de Tranquimazín quizás. O diez cervezas que cada vez dan más resaca y que colocan menos. Madrid, eres mi medicina, mi tumba y mi cama, mi sol y mi noche, sin tu hollín no soy nada.

lanochemasoscura