Bonifacio Singh: Madrid Sumergida
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Comer mierda (R.D.A)

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Madrid. Pasear por las calles de Madrid cuando el sol se pone te viste con una capa de invisibilidad. Soy un fantasma por tus calles. Cuando muera me apareceré en tus sueños o escucharás el ruido de mis pasos caminando desde mi casa hasta Atocha, y luego tomaré el metro en la esquina de la glorieta para volver como el fantasma del vagón. Seré como una neblina que viaja en el metro, el fantasma del puto suburbano. La capa de invisibilidad me protege. Voy buscando a otros invisibles. No los encuentro. Busco a esos para los que los demás no son actores secundarios, esa raza para quien todos son protagonistas. Una pareja, amigos de amigos, se separa. Me lo cuentan bastante tiempo después cuando pregunto por ellos. Ellos no lo saben, pero para mí no son invisibles. La gente me dice que es algo natural, que las personas desaparecen así, que es ley de vida. Nacen y mueren. No puedo entender que para vosotros sean invisibles. Se rompe una pareja y uno de los dos deja de existir para el círculo de amistades. Uno de los dos deja de ir a las fiestas y nadie pregunta por qué. Lo dan por hecho, debe ser así. No puedo evitar sentir pena y asco. Busco por las calles a esas personas que desaparecieron en la oscuridad. Sé que están ahí pero aún no he aprendido a interpretar las señales. Vagar por las calles buscándolos es como andar por el desierto o caminar sobre las aguas. El asfalto se abre como el mar Rojo y te deja pasar. Sé que están ahí pero no sé hacia donde tirar. Pregunto por la segunda persona de esa pareja, me miran raro por hacerlo. Salgo a la ventana y grito silenciosamente hacia la oscuridad para que aparezca. Seguramente no volveremos a vernos, pero estás ahí, en mi memoria. Me da la impresión de que tú también tienes esa capa de invisiblidad. Vidas habitadas sólo por actores secundarios de los que no se saben ni el nombre ni el por qué caminan por ahí, El reino de los que dan igual. Todos dan igual en realidad. Todos sois actores secundarios para todos. Menos para mí y los míos. Durante toda la historia del mundo ha habido guerras. Ha habido genocidios. Ha habido asesinatosrda2. Ha habido crueldad. Ha habido maldad, a secas. Han habido hijos de puta y santos, y santos hijos de puta. Pero lo que menos soporto no es todo ello. Lo que no aguanto es a las personas que ríen cuando creen que deben reír y que no paran de decirme cuando yo debo hacerlo o cuando debo sentir algo. Personas que aman el carnaval, la máscara de a diario. Personas que dicen que se divierten, que tratan de aparentar disfrutar. Carnaval, carnaval, hijos de puta del carnaval. No me van los disfraces ni los disfrazados. Prefiero el genocidio al carnaval.

En el piso de arriba de mi casa, el tercero C, habita un hombre peculiar. Cuando sus padres retornaron tras jubilarse al pueblo él se quedó viviendo en la casa. De joven coincidió con mi hermana en COU e hicieron selectividad juntos. Mi madre y yo lo apodamos “el mula”. “El mula” contaba a mi hermana y a sus amigos que quería estudiar para ingeniero agrónomo. No sé si aprobó o no selectividad, pero ahora reparte frutas y verduras a los bares en un camión. Ingeniero agrónomo. “El mula” cuenta la leyenda que tiene un sueño muy profundo. Es un ser asexual de más de cincuenta tacos y tiene un sueño muy muy muy profundo. Cuentas las leyendas urbanas, su compañero de piso en concreto lo cuenta, no se sabe si son pareja o no, creemos que no, pues eso, el cabrón cuenta de “el mula” que una vez tuvieron que tirar la puerta de una habitación de hotel abajo porque llevaba tres días seguidos durmiendo. Entraron con la policía y él se despertó, pagó los tres días de alojamiento y se marchó asegurando que se había quedado dormido, tres días. Yo no creo que “el mula” sea homosexual, es simplemente asexual. Nunca sonríe. Su padre tampoco sonreía nunca, era un tipo desagradable, pero “el mula” me provoca cierta compasión y ternura. Vende patatas y verduras con su camión frigorífico por los bares. Metió un compañero de piso cuando se fueron sus padres, el compañero de piso se ríe de él. Ingeniero agrónomo. Y entonces el otro día escucho decir en una sesuda conversación de gente muy inteligente, a otra persona no a “el mula”, que nunca habla ni ríe, que los controles de los aeropuertos son muy sexistas. Y se me va la pinza pensando mientras se explica, esta otra persona, sobre el tema, y sueño con meterle una patada en la boca y pienso en que si para ésto han servido sus becas Erasmus y sus carreras universitarias sin duda alguna “el mula”, aunque nunca sonría, es una persona mucho más útil a la sociedad con su camión de fruta que semejante gilipollas. Patada en la boca. Y después escucho otra conversación que habla sobre lo malo que es el azucar blando y se me va la mente pensando en lo bueno que era Mohamed Atta y sueño con las atletas de la RDA, que se pasaban el sexismo por la entrepierna tomando hormonas masculinas a saco y que se dejaban crecer aquellos felpudos en las axilas y que, aún así, Heike Dreschler nos ponía bastante. Mercadona no existía todavía, así que comían patatas empanadas empapadas con testosterona. Erick Honecker debía ser un cabrón, pero al menos no permitía que cuatro gilipollas fueran a Alemania a cursar becas Erasmus con la pasta de sus padres para luego hacerse los listos en el cuñadeo cotidiano. Meterles una patada en la boca es un sueño. Patada en la boca. Patada en la boca. Zas, en toda la boca. Me encuentro a “el mula” en el portal y me pregunta por mi madre, que qué tal está, me dice. Se lo digo a mi madre y nos reímos, porque nos produce ternura su bestialismo. Patada en la boca. Qué patada en la puta boca tienes.Hace algunos años comenzó la mierda esta de Feisbuk. La puta mierda ésta. Me metí la primera vez y creé una identidad que era una réplica de la de un antiguo amigo que trabaja en un telediario, bueno, esa es otra historia, ese hijo de puta que trabaja en un telediario al que cuando vuelva a verle le voy a abrir la cabeza por deporte. Otra historia. Bueno, pues ese tío denunció la identidad y la cerraron. La creé tres o cuatro veces y la cerraban, puse una cara de cerdo en vez de su foto, con su nombre debajo, su nombre de cerdo real. Repetí eso algunas veces con los hijos de mis amigos. Creaba su identidad cuando nacían, con su nombre. Uno de mis amigos me llamó y me dijo que su mujer exigía que yo cerrase la identidad, que la foca de su mujer iba a llamarme por teléfono y a mandarme a tomar por culo. Me hizo gracia. La verdad es que cambié de nombre la identidad pero dejé el apellido de ella. Ella tiene cara de cerdo también, en la vida real digo, no en la foto. A otro de mis amigos le hizo gracia el perfil de su hijo, se rió, pero esa es otra historia porque ese tipo es la sal de la tierra. Pero bueno. Entonces comencé a abrir identidades de dos tipos: tías buenas y personajes conocidos. Las tías buenas tuvieron resultados, buenos resultados. En pocos días llegaban al tope de cinco mil amigos, salidos que les pedían amistad y les escribían para babear. Tías buenas, tías buenas, más tías buenas. Abría una y zas, cinco mil amigos salidos, en un santiamén. El segundo tipo de identidades eran personajes conocidos. Abrí el de una política socialista, el de un miembro de la familia real, el de un líder ultraderechista, el del yerno de un antiguo presidente de gobierno, el de la mujer de un antiguo persidente de gobierno y el de un gran empresario presidente del club de fútbol más grande del mundo. A la política socialista la pedían muchos amistad y la escribían. Yo les contestaba siempre con educación, pero cuando iba a terminar la perorata siempre añadía que me ponía cachonda uno de los ministros socialistas de entonces, que me ponía el clítoris como una chistorra al verlo y remataba dicienrda3do que era un hijo de puta, el ministro, porque no me hacía caso. Este final causaba sensación y cabreaba a la mayoría. Conseguí varios miles de amigos, pero finalmente denunciaron el perfil y lo eliminaron. Una amiga me dijo que el yerno del expresidente era un hijoputa y denunciaba a quien le suplantara. No me denunció, pero eliminaron el perfil, a la identidad de su suegra también, tenía ya varios miles de amigos, pero los eliminaron los esbirros de zuckerberg. Lo que más me dolió fue cuando, tras varios años, se cargaron el perfil del presidente del club de fútbol más grande del mundo, también empresario de éxito. Le tenía cariño. Rápidamente consiguió cinco mil amigos. Y la gente lo amaba. Puse su foto, su nombre y un rótulo de presentación que decía: “no se engañen por mi asepcto, soy asquerosamente rico”. En la foto señalaba al frente con los dos dedos mientras hablaba a un micrófono. La gente lo adoraba. La gente lo apreciaba. La gente le escribía, a mi identidad falsa, pidiendo trabajo. Le contaban su vida y acto seguido le pedían trabajo. Todos los días alguno le pedía una oportunidad en sus empresas. Le mandaban cartas haciéndose los buenos, las buenas personas, para pedirle trabajo, un puto trabajo. Yo no contestaba a ninguno. No contestaba a nadie. Veían la foto y le escribían cartas. Asquerosamente rico es el tío y presidente del mayor club de fútbol del mundo, que curiosamente es el equipo de mi barrio, joderos, porque en mi barrio está el mejor equipo de fútbol del mundo. Pero lo mataron, su identidad falsa, no al magnate, sino que un día de buenas a primeras enchufé la cosa y ya no estaba. Y también me ofrecieron administrar la cuenta de Feisbuk de un aspirante a alcalde. La administré. Ganó por mayoría absoluta. Meses más tarde le metieron en la cárcel. Tengo muchos más amigos en Facebook que tú y que tú. Tengo como unos cien mil. Cien mil gilipollas como tú que se hacen fotos de los pies, que cuelgan fotos de su comida, que cuelgan demagogia política de izquierda y derecha para sentirse mejor, que cuelgan solidaridad y buenos pensamientos, que cuelgan fotos de sus hijos, de su familia, que cuelgan fotos de sus vacaciones en Thailandia, que se quejan de la insolidaridad social, que dicen a quién van a votar porque es la opción más justa para todos, que cuentan lo buenos que son, que se apuntan a causas nobles y que cuando cambian de pareja se hacen fotos con ella alrededor de una mesa de un restaurante chino sonriendo mientras se envenenan con sushi con anisakis y glutamato a gogó para que la persona a la que han dejado se joda viéndolo. Cien mil gilipollas como tú.



Un día llamó mi tía por teléfono a casa. Yo tendría ocho o nueve años. Mi tía vivía sola, en todos los sentidos. Cogí el teléfono y le dije todos los insultos que me había aprendido en el colegio. Insultos muy infantiles. Imbécil, idiota, asquerosa, subnormal, cosas así, riéndome. Pensaba que iba a reírse, que íbamos arda4 reírnos de las gilipolleces que había aprendido a decir en el colegio. Cuando terminé de insultarla colgué el teléfono entre carcajadas. Al rato volvió a llamar. Se puso mi madre. Mi tía lloraba como una fuente. No decía que yo la había insultado, sólo lloraba y lloraba, como un río, porque creía que yo se lo decía todo en serio. Mi tía era analfabeta, intentaba aprender a leer de mis libros de preescolar. Desde que su hijo se marchó de casa vivió en la más absoluta soledad, pero la soledad no le gustaba en absoluto. No puedo olvidar que se la escuchaba llorar al otro lado del teléfono, a distancia. Mi tía tuvo tres hijos y dos murieron muy pequeños. Su marido la medía el lomo. Mi tío, el hijoputa de su marido, murió de tuberculosis con menos de cuarenta años. No llegué a conocerlo. Ella fue viuda joven, pero nunca volvió a casarse, aunque un frutero y un huesped que tuvo la pidieron matrimonio. Cuando durante la guerra la tortilla cambió de lado mi tía tuvo que escapar al campo para que no la cortaran el pelo, y le llevaban a mi primo a escondidas para que mamara. Mi tía sufrió mucha soledad durante su vida. Pensaba en alto, parecía que hablaba sola. No puedo olvidar sus lágrimas al otro lado del teléfono, llorando con mucho ruido y como un torrente porque creía que yo pensaba que era imbécil, idiota y asquerosa. Ese llanto que escucho dentro de mi cabeza hace que camine conmigo por las calles de Madrid, que me haga compañía y que en vez de volver a mi casa en linea recta dé siempre un rodeo y pase por su puerta, aunque ya hayan tirado su casa hace muchos años.


No puedes detener lo que vendrá,
las cosas no esperan a nadie,
eso es vanidad.
Debes entender
mi pereza
como gasolina.
Comer mierda
cagar gloria.
Repetir tu plato favorito
una y otra vez,
saborear
todos la misma hez
con diferente nombre.rda6
Muerte.
República Democrática Alemana.
Drechsler, Gohr, Koch.
Salto de Longitud
y velocidad
al follar.
Follar no como tú
que lo haces de
forma frutal,
de uvas a peras.
Echar de menos tu coño
que nunca he violado
echar de menos tus tetas
que jamás he magreado.
Echar de menos tu culo
porque nunca podré
hacerlo filetes
ni
congelarlo
ni
degustarlo en porciones
ni
masticarlo a bocados
pequeños
lentamente para
que siente bien la comida,
hacer bien la digestión de tu culo
y el resto
venderlo a Mercadona
para dar vida
a
hamburguesas mitad
ternera,
mitad
cerdo y mitad
cerda.
No comas tan rápido
que sienta mal
devorar
hijos e
hijas
de puta.

Comer gloria
cagar mierda.
No puedes detener lo que vendrá
las cosas no esperan a nadie,
eso es vanidad.
Irse por
la pata abajo.
Debes entender a
esa puta,
la pereza
como gasolina.
Disolverte en ácido.
Erick Honecker
Cocinando tu hígado.
Muerte.
Heike Dreschler no llevaba bragas.
Marlies Gohr con sus
bellas y peludas axilas,
y la hijaputa de
Marita Koch
corren y corren
pero de tí
echo de menos ver cómo te corres
porque nunca he visto ni veré
cómo lo haces.
Filetes de pollo
con sabor a plástico.
Pollos que nacen
desplumados
criados con
amor.
Violados y castrados
saben mejor. rda7
Tripas.
Carne congelada
y descongelada
cien veces
rompiendo la cadena del frío con
calor,
carne mezclada con
heces de rata, con
restos orgánicos y con
fécula.
Amor fecal y fecular
secular y secularizado.
Colorantes y conservantes
que aportan buen sabor
Vitaminas y proteínas
venenosas.

No puedes detener lo que vendrá
las cosas no esperan a nadie,
eso es vanidad.
El cabrón
de Superratón te lo decía
que no olvidases vitaminarte y supermineralizarte
comiendo mierda y
cagando gloria.
Marco
follando con
Heidi
filmados por el abuelito
pederasta y maricón
héroe de los Alpes.
Debes comprender que
la pereza es gasolina
de tres mil quinientos octanos.
Que es keroseno de
mi cohete
dentro de mis podridas
arterias.
Comer gloriarda5
cagar mierda.
Repetir tu plato favorito.
No puedes detener lo que vendrá
las cosas no esperan a nadie,
eso es vanidad.
Llevo una semana sin ducharme
y no huelo mal
del todo,
y por mucho que te bañes
que te duches
que te desinfectes
no te vas a escapar
de la muerte.

Cuando atraviese las aguas caudalosas alimentadas por la torrencial tormenta del tiempo, Madrid estará conmigo en la memoria, y no me ahogaré en los ríos si pienso en volver a caminar por tus calles, Madrid. Cuando pase por el fuego, las llamas no me abrasarán, porque ya me quemé en tu asfalto, que arde en invierno y hiela en verano. Madrid. Madrid cuna y Madrid tumba. Madrid a secas, Madrid inundada, Madrid reseca, Madrid polvorienta. Madrid.

<para Daniel Prieto, María y Martín>


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Vida hijaputa (Uzbekistán)

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Madrid. De noche y de día Madrid. Pasa el tiempo en espiral. Me duelen los oídos cuando hay silencio en Madrid. Silencio atronador. Madrid es un túnel de viento que arrastra el tiempo. Madrid hermanada con Uzbekistán Gente que salta en las fotos. Gente que se hace fotos de los pies. Gente a la que atropellan con el móvil en la mano, mientras hablan con su suegra o con su cuñado, que es la peor muerte que se puede tener, la más indigna, hablando por teléfono y que te atropelle un taxi, o aún peor, un hijoputa de un Uber. Vivimos aquellos tiempos en los que podíamos conducir borrachos. Y no nos pasó nada. Para probar que habíamos bebido nos bajaban del coche y nos hacían caminar por una ralla imaginaria, o guardar el equilibrio con un pie, o tocarte la nariz con los ojos cerrados. Pero podíamos apretar el acelerador borrachos sin la amenaza de arruinarnos. Conducíamos sobre dos ruedas si era preciso. No temíamos a la Guardia Civil y mucho menos a los cretinos enchufados de la policía municipal. Me hicieron soplar por el tubito antes de ayer. Dio cero punto cero. El policía municipal me lo uzbekistan2enseñó como con orgullo. Yo soñaba con sacar una pistola, ponérsela sobre la cabeza y apretar el gatillo. O acelerar a tope para arrasar el puesto de control. Mi barrio fue legendario en los setenta porque dos calles más abajo nació y vivió, poco, El Jaro. Aún quedan casitas bajas en Tetuán, sólo tienes que sumergirte un poco en su lumpen. A mí me envuelve, me protege. En la calle donde vivió El Jaro todavía quedan en pie las fachadas de algunas casitas, sobrevivieron al pelotazo inmobiliario a causa de la crisis. Bendita crisis. Una crisis de vez en cuando no hace mal a nadie.

Nací la semana que el hombre llegó a la luna. A mi madre le hicieron una cesarea, porque yo era un niño enorme. Dicen que pesé seis kilos. Mis padres tenían una tienda en el barrio heredada de mi abuelo. “La bomba” era un mercado al aire libre junto a la puerta de Madrid, donde se pagaban abastos por entrar las mercancías. Empecé a ir al colegio y cuando salía debía esperar en la calle a que mi madre terminase de trabajar para darme la comida en casa. Me sentaba un en escalón con una bolsa de Cheetos. Me compraba una bolsa en la tienda de ultramarinos de enfrente. Me daban una moneda y me compraba aquello que sabía a gloria bendita. Cheetos Matutano. Los degustaba con placer. A veces no me daban el dinero y el tendero, amigo de mi padre, me decía que entrara y me daba una bolsa. Una bolsa de ganchitos. A mí me daba vergüenza no pagar la bolsa. Prefiero los cheetos al caviar iraní o a la puta mierda del sushi.

Dices: “¿Por qué tengo las tetas frías y sudo al mismo tiempo por el cuello?”. Te respondo que es la respuesta de siempre: el tiempo que pasa, sobre tus tetas y tu cuello. El tiempo es un hijo de puta, pero da para componer frases muy bonitas y evocadoras.

Cuando éramos jóvenes teníamos simpatía por la Unión Soviética. Era aquel estado inefable con imagen de ser de acero donde gobernaban ancianos y que se oponía a Estados Unidos, un país que nos caía pero que muy mal. Mi padre leía periódicos viejos que le traían, los compraba para envolver el género. Llegaba incluso el “Mundo obrero” usado, el periódico comunista que era un coñazo de leer. Nos gustaban aquellos viejos que gobernaban con puño de hierro la Unión Soviética. Cada vez que nombraban uno era más viejo y decrépito que el anterior. Breznev, Andropovo, Chernyenko, cada vez eran más ancianos con pinta de borrachos. Hasta que llegó Gorbachov, con su mancha en la cabeza, y su mujer, Raysa, que era fea como pegar a un padre pero que decían que era muy maja. Gorbachov era un tío un poco inocente, que dejó que se la metieran por detrás. La señora Tatcher, esa hijaputa, decía que era un tío simpático, pero Ronald Reagan, el señor ese tan gracioso y tan gañán, no se fiaba del ruso. Se la metieron por detrás a Gorbachov. Luego nos enteramos que la Unión Soviética era una mentira enorme sobre la tierra, que estaban arruinados y que iban en casi todo de farol. Pero nosotros creíamos en la Unión Soviética, que uzbekistan3tenía un himno nacional muy bonito. Cuando vimos a Vladimir Salnikov, que nadaba como un salmón, o como un esturión, ganar los 1500 metros libres y pusieron aquel himno daban ganas de llorar de emoción, porque el himno de España es la puta mierda más grande de la historia de la música, en comparación con aquel himno comunista el de España es un truño te pongas como te pongas.

Las tías con maquillaje me dan dentera, como las macetas rotas. Es una manía. Macetas rotas arrastrando por el suelo como tizas chirriando sobre una pizarra. Me hacen rechinar los dientes. Dentera, dentera. Se pintan los ojos unas para parecer mayores y otras para que creamos que son más jóvenes. Los hombres son superiores a las mujeres en éso, cuanto más mugrientos y más arrugados parecen mejores. Pero las mujeres se ponen máscaras para pasear por las calles. Los ojos los llevan con grandes capas oscuras alrededor para resaltar una mirada interesante que no poseen. Se pintan las pestañas. Se pintan los mofletes. Se pintan los labios, eso es lo que más grima me da, que se pinten los labios. Luego las besas y saben a vaselina. La vaselina para metértela doblada. La vaselina para camuflar heridas en la boca. La pintura, la laca, las uñas postizas. Los tacones. Siempre los tacones. Los tacones me bajan la erección al instante. Los pelos bien cuidados y largos, lavados ocho veces al día, con extensiones. Cuatro capas de pintura para aparentar ser saludables y buenas personas.

Vida,
qué
hija de la gran puta eres.
Vida
hijaputa
hija de puta
de color de
rosa
con olor a mierda.
Mujeres abstemias
El sushi sabe a podrido como
tu coño.
Tu suegra era prostituta
muy barata
en la Casa de Campo.
Y tu mujer es una
gran
hija de puta
que folla con el vecino.
En el krusty krub se la chupa
fenomenal
a Bob Esponja.
No tememos a nada porque no tenemos nada
Espejos vendo, para mí no tengo.
El pasado siempre volverá
el hijoputa.
Vida
qué
hija de la gran puta eres.
Vida
hijaputa
hija de puta
de color
mierda
con olor a rosas.
Juré que sólo brotarían
muertos
de mis cojones
que me exinguiría
en silencio.
Siéntete como te sientas
no como te digan que debes
sentirte
cabrón.
Vida puta
Coprófaga insaciable
degustadora de mierda.
Vida saliendo
de tu culo
a presión,
diarrea de color,
vida para
disfrutarla
cuando me
corro sobre tu cara
mientras te estrangulo
con cartas de amor.
La única
solidaridad
es la puta lealtad
cerda
esa que no practicaste ni dentro del chocho
de tu madre.
Siéntete como te sientas
no como te digan que debes sentirte.
Vida
asfixiada de placer
en la horca,
vida de color de gris.
Vida con olor a pis
de gato
hedor a esquina meada.
Tu maravillosa
vida.
Vida
qué
hija de la gran puta eres.
Vida
hijaputa
hija de puta
de color de
rosa
con olor a mierda.
Uzbekistán.
Madrid.
Samarcanda
espera allí la muerte al
muerto viviente
pollo con almendras
sin pollo ni almendras,
caminando muerto
sin cabeza
como el hijo de la gallina.
Guoper a la parrilla.
Echan sal sobre las calles
anticongelante
antinatural
prefiero la noche
y salir de casa con amor
y un lanzallamas.
Vida
qué
hija de la gran puta eres.
Vida
hijaputa
hija de puta
de color
mierda
con olor a jazmín.
La guerra llegará hasta
Uzbekistán
hasta Samarcanda
y Madrid
ciudades y países patrimonio de los hijos de
puta de la humanidad.
Feminismo patrocinado
por Coca-Cola,
Patriarcado saliendo
de mis huevos
con sabor a Pepsi
hasta su cara
por un túnel de viento
que es un túnel de tiempo
que termina
siempre igual
contigo muerto
fiambre.
Vida, hija de puta.

En el primero A vivía una vieja hija de puta. La llamaban “la bordadora”. Tenía el pelo gris desde que cumplió los veinte años. Sus hijas eran más feas que pegar a un padre. Su marido era un sosías calvo con cara de imuzbekistan4potente al que nunca escuché hablar. Acusaba a la vecina de arriba, testiga de Jehová, de tirar basura a su patio interior, papeles, trapos, pinzas de la ropa y compresas usadas de sus hijas testigas de Jehová. Puede que las odiara por ser testigas de ese Dios, porque ella era atea, porque todas las brujas son ateas. Sus hijas eran unas putas muy feas. Comenzaron a insultar a otros vecinos. Algunos decían que eran gitanas, pero no bailaban flamenco, sólo sucedía que iban muy sucias, sucio el pelo, sucia la piel, sucias se adivinaban las bragas. Eran mujeres antilujuria, imposibles de follar para cualquier humano. Insultaban a los vecinos con cualquier excusa. Cotilleaban rumores sobre los vecinos. No debían follar mucho, quizás no follaban nunca, ni siquiera por el ano. Insultaban también a mi madre. Golpeaban las puertas al pasar, juraban y perjuraban. Un día bajaba mi madre conmigo a cuestas. Yo era un pequeño gran cabrón que nació con casi seis kilos de peso. No volví a crecer. Esperaban las tres a mi madre en el portal. Buscaban gresca, con quien fuera. Mi madre me dejó en el suelo. Las tres la encararon. Mi madre se arremangó. Entonces apareció mi tía por la puerta. Mi tía vivía sola y siempre debía dinero en la tienda de ultramarinos. Mi tía nació en 1916, ahora tendría más de cien años. Mi tía venía a visitarme. A mi tía se le murieron dos hijos de pequeños en la posguerra. Mi tía le atizó la primera hostia a la gitana mayor mientras mi madre dejó inconsciente a otra en el suelo con un pie sobre su cuello y la mano derecha estrujando el cuello de la tercera. Acudieron varios hombres, la policía y una ambulancia, que llevó a la casa de socorro a las tres heridas, magulladas, dos de ellas en estado de semiinconsciencia a causa de los golpes recibidos. Siempre me dijeron que pegara primero y después preguntara, que nunca pusiera la otra mejilla. La casa se pacificó y años más tarde mi madre firmó la pipa de la paz con “la bordadora”, que incluso me regalaba bolsas de gusanitos cuando me veía. Un día abrieron la puerta de su casa y la robaron el dinero que guardaba bajo el colchón, a la antigua usanza. En todo el barrio se dijo que había sido uno de sus yernos. Cuando se hizo muy vieja volvió a su pueblo natal a pasar los últimos años. Su sosías marido murió, y luego ella perdió la cabeza, o eso dicen.

Llaman al timbre del portal. Mi madre lo coge y grita que quién es tan fuerte que se debe escuchar por toda la calle. Contestan que son policías. ¿Policías? Nos preguntamos. uzbekistan5La policía no suele venir por aquí. Puede que sean falsos policías en todo caso. Pasa el rato y llaman a la puerta. Abro. Son cuatro tipos con pinta metrosexual, uno me pone la placa en la cara. Me explica que busca a un vecino, al tapicero del bajo. Sale mi madre y, ante mi asombro, les dice que ya no viene por aquí. Mi madre miente a un policía en su cara. Se nota que miente. Nos piden un teléfono del vecino. Mi madre dice que no sabe si dárselo, e insiste, mintiendo sin rubor, en que el vecino ya no viene por aquí. Que no viene, que no. Los policías se aburren y se marchan con cara de pazguatos. Se dan cuenta de que aquí no se debe preguntar por un vecino que podría tener a alguien descuartizado en un congelador, pero al que hay que proteger por ser vecino, porque el vecino es un cabrón pero es vecino, y tú eres policía. Aquí la policía nunca ha sido muy bienvenida. Es mi barrio. Es Madrid. Y en Madrid las noches oscuras son muy largas, hasta que te largas al cajón de madera que ahora vale casi tres mil Euros para enterrarte. Te venden caoba cuando es contrachapado. Madrid, capital de Uzbekistán. Ésto es Madrid, señor mío. Madrid.

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Antártida (El imperio de las ratas)

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Madrid. En Madrid cada año hace menos frío. Recuerdo aquel frío antártico. Madrid, océano de asfalto glaciar. Madrid Antártida. Creo que comencé a odiar las navidades, la navidad, la puta mierda de la navidad, muy pronto, a muy muy temprana edad, siendo un niño, un mierda de niño. Descubrí muy temprano también a los reyes magos, putos mentirosos, su verdaderas sucia cara. No me producía ninguna ilusión la mentira que son esos reyezuelos ni el gilipollas de papá Noel, ese invento de la Coca Cola, ese hijoputa de rojo. Que les den. Recuerdo que estaba pensando en clase en ellos y de repente vi la luz y me di cuenta de que no existían, todo era una patraña, y yo un gilipollas visionario prematuro, para mi desgracia. Soy así de imbécil, desde que nací. Durante unos años me estuve haciendo el tonto delante de mis padres para no quitarles la ilusión, los pobres. Mi padre se comía una cabeza de cordero en la cena de nochebuena, y una paletilla del mismo animal. Además, también devoraba dos cajas de langostinos, un filete de emperador del centro del pez, la zona más grande del puto animal marino con cuerno, salmón grasiento noruego, una caja de angulas entera, sesos de cordero, tres o cuatro centollos enormes y varios kilos de percebes y bígaros. Todas esas viandas a mi me repugnaban, me daban asco. Él repetía la operación en nochevieja antes de las uvas, como desafiante ante el hambre en el mundo. El día de reyes comíamos empanada y roscón, en cantidades industriales claro, en casa de mi abuela. La empanada gallega de carne me gustaba, y el roscón también, pero la compañía de la hija de puta de mi tía y de mi desagradable abuela amargaban a cualquiera esos manjares, sus caras de cerdas desagradables junto a la de mi prima, que era una gorda fea fan de Elvis Presley. Qué hijas de puta las tres. Nos odiaban. Las odiábamos. Yo sólo disfrutaba cuando bajábamos caminando por la calle Fuencarral hasta su casa y cuando íbamos en alguna nochevieja a casa de algún amigo de mi padre, aunque aquello fratas2ueron pocas veces, pero tengo esas escenas etílicas y dantescas idealizadas. En casa de sus amigos mis padres se emborrachaban y se convertían en las personas más dulces y graciosas del mundo. El hijo pequeño de ellos y yo aprovechábamos entonces que estaban pedo y apurábamos los culos de los vasos abandonados llenos de bebidas de garrafón. Al poco rato nos sentíamos embriagados e invencibles, y corríamos por los pasillos y gritábamos, golpeábamos las paredes, escupíamos por la ventana y no recuerdo que nadie tuviera resaca al día siguiente. Aquella fue la cara agradable de la navidad, cuando la gente se emborrachaba y tras la careta aparecía la verdadera humanidad, la que se choca con los muebles y las paredes, la que se cae al suelo y a la que le da por reír o llorona, o por mearse en el rellano de la escalera. A mi padre una vez le dio alguna bajona de las lloronas, pude verlo, y era su mejor cara, su cara de hombre borracho era la mejor, aunque esa cara sólo saliera una vez al año, por navidad. Borrachos que vuelven a casa como el puto turrón El Almendro, que es una mierda con sabor a plástico, pero caro. Al resto de la navidad la odiaba, a muerte. Comíamos mierda todo el año y esos días nos gastábamos lo que no teníamos para darnos atracones de mierda que ni siquiera me gustaba. Yo prefiero los chetos al caviar. Y había que visitar por cojones a familiares hijos de puta a los que deseaba la muerte el resto de 365 días. Desde muy pequeño aprendí a desear la muerte a la gente. Todo lo que siempre he odiado en la vida estaba presente durante la puta mierda de la navidad. Incluso el gilipollas de Cristo naciendo para luego dejarse matar, el imbécil. También toda esa gente simulando que sonríe y es feliz sobria, como Jesús siendo crucificado, qué subnormal debió ser Jesucristo. Debe ser horrible cuando la familia lejana que vuelve a casa para que los odies, esos que vuelven a la puta casa de sus padres o abuelos a la fuerza para cagarse dentro y hacerse los buenos. Qué hijos de puta. Luego está también que mi padre agonizó durante unas navidades, un bello recuerdo. Y palmó la semana después de reyes. Me desperté un domingo, nos llamaron por teléfono y dijeron que se había puesto mal, pero sabíamos que se había muerto. Fuimos corriendo en el coche. Me pusieron aquella multa de aparcamiento. No la guardé de recuerdo. Aquellas putas navidades las pasé entre los muertos vivientes del hospital, corriendo por los pasillos con la cena de nochebuena y con las uvas de nochevieja. Y los de seguridad haciendo la vista gorda con los familiares de los prefiambres para que entraran todos a compartir la muerte con los de la planta catorce. Maravillosa navidad de mierda. Mi padre no pudo comerse ni la paletilla cordero ni los langostinos entonces, había adelgazado 17 kilos y no tenía hambre. Mi hermana se echó un novio argentino después de su divorcio. Pasó con él la noche de nochebuena, la de nochevieja y la de reyes. Me preguntó que qué me parecía que no fuera al hospital, yo le dije que hiciera lo que quisiera, "haz lo que te salga del coño" pensaba mientras la miraba con una medio sonrisa complaciente y falsa, que disfrutara de tan entrañables fiestas con el puto argentino. Mi madre y yo las pasamos en compañía de los muertos vivientes, las noches de George A. Romero en un hospital madrileño. Mi padre murió el 11 de enero, nos dio un regalo de reyes estupendo, después de ni probar el roscón. Deberíamos haber guardado aquel roscón en una hurna de cristal.

El imperio de las ratas.
Cama ataúd.
Ataúd cama.
Me acuerdo de ti caminando por los montes
me acuerdo de ti comprando en Mercadona
me acuerdo de ti mientras como y mientras cago
me acuerdo de ti cuando ando por el filo
me acuerdo de ti bebiendo alquitrán
me acuerdo de ti en los mejores momentos y
en los putos peores.
Me acuerdo de ti cuando me asomo a mi jodido
precipicio
hay que resistir
me dices
aún sin esperanza ninguna.
Descansar en la cama ataúdratas3
en el ataúd cama.
Me acuerdo de ti en las encrucijadas
me acuerdo de ti comprando en el Alcampo
me acuerdo de ti robando en Carrefour
me acuerdo de ti caminando por Fuencarral
de la mano,
me acuerdo de ti cuando sueño con
violar
a la dependienta de la tienda
de patatas fritas
esas patatas de bolsa
fritas con freidora.
Disfrutar en la cama ataúd
correrse en el ataúd cama.
Me acuerdo de ti comiendo
esas pipas de Israel sin sal que ella
me vende,
y te recuerdo mientras pelo y corto
para freírlas
esas otras patatas fritas
fritas en sartén
benditas patatas fritas
caseras.
Mi corazón palpita por ti
como ellas
sobre la puta sartén
patatas medio cocidas y medio
quemadas,
churruscadas sólo por
un lado y
mezcladas con
salsa brava
Hacendado que
pica pero
no llega a matar.
Ciudad que sólo amaga
con matar.
Ciudad Alcampo
ciudad Carrefour
ciudad tu puta madre
ciudad de marca blanca.
Cama como un ataúd.
Mi padre amaba la cama.
Ataúd cama.
El imperio de
las ratas.

Hay hombres que no pronuncian la x en las palabras. Son hombres de verdad, hombres old scul. Hombres de otro tiempo que van al bar y se calientan las meninges con cañas de cerveza pis Cruzcampo y coñac sin marca, porque les da igual la marca, el caso es cocerse un poco para olvidar el paso del tiempo diario, ese tiempo que quieres que se acabe pero que no se acabe y que ratas4no hay forma de que se acabe pero que no se acabe. Cuando estos hombres dicen algo sexual lo pronuncian sesual, como debe ser. Hombres que sólo practican seso muy de vez en cuando y que el feminismo le suena a mierda cagada a pulso. Que regresan a casa medio cocidos a esperar el alzheimer o el cáncer con la dignidad que pueden o les dejan. Son hombres que te hacen sentir seguro. Hombres que en realidad están lejos aunque sólo me separa de ellos un metro en la barra. Hombres que me hacen caer sobre la lona cuando me entero que éste o aquel se murieron antes de ayer. Como Pepo, que se llamaba José, el amigo de mi padre. Mi madre vio un tumulto en la calle, en una esquina. Se acercó a cotillear y vio que un hombre yacía en el suelo con retorciéndose. Era él. En unos segundos dejó de moverse. Su hijo llegó, reconoció a mi madre, totalmente irreconocible por el paso del tiempo, y se abrazó a ella como si fuera su madre. Su padre había sido camionero, casquero y matarife en la plaza de las Ventas. Era un hombre fuerte, invencible. Nos contaba las peleas que tenía en los bares cuando era camionero. Una noche se peleó con un tipo de mi barrio al que llamaban el gitano. Cuando iba a pisarle el cuello la mujer del gitano lo agarró por el cuello y el susodicho gitano, que era panadero en realidad y de gitano no tenía nada, se levantó, le puso un ojo morado a traición y escapó corriendo dejándole en el suelo agilipollado. El gitano era buena gente, también, sí que lo era, bocazas, pero buena gente. Sus hijos eran buena gente y su mujer también. Y Pepo era muy muy buena gente. Le gustaba ir al campo con mi padre a sitios donde no había nadie, pescaban en ríos donde estaba prohibido, esquilmaban la fauna piscícola sin miramiento e incluso sobornaban a los guardas de ICONA. Se reían mucho puteándoles. Qué oficio más cabrón debía ser el de guarda de ICONA. Recuerdo un refugio de ICONA al que le habían pintado un palo sobre la letra ene para que fuera eñe. Los guardas de ICONA eran guardas de coña. Qué chiste más fácil. Mi padre y Pepo les regalaban botellas para que hicieran la vista gorda. Mi padre y su amigo provocaron la extinción de especies y de paso el cambio climático con el tubo de escape de sus coches. El cambio climático es maravilloso, se gasta menos en calefacción y dentro de poco la playa llegará hasta las afueras de Madrid. Barcelona quedará inundada y se ahogarán todos los catalanes, y cuando naden hasta la orilla les pisaremos la mano cantándoles "puta el Barça y puta Cataluña".

Ciudad silenciosa
con olor a desodorante
barato.
Ciudad de marca blanca.
Ciudad Hacendado.
Ciudad todo a cien.
Ciudad orgullosa
y arrogante.
Soy de Burger King
de Mercadona
de Samsung, de
Alcampo
y del Real Madrid.
Antártida
La Antartida
allí a lo lejos
puede que no existaratas5
la puta Antártida
que sea una gran
mentira
ecologista.
Esa gran masa de
mierda helada
tan helada como
tu coño.
Lo único que tengo claro en
este mundo es que
Isco Alarcón es un
hijo de puta
patizambo.
Antártida es
el nuevo helado de Hacendado.
En Mercadona venden
epidemias de
tristeza
a causa de
la Presión intestinal
colectiva.
Ciudad anciana,
de ancianos
preocupados
por la defecación.
Rugir de aceras
y de anos
ronquidos y rechineo
bruxista
nocturno
ciudad ensordecedora
y silenciosa.
Partido Bruxista
Fascista Leninista
ganará las elecciones.
Nos haremos camisas pardas
saldremos a romper
cuellos y cristales
a quemar sinagogas ecologistas
y de paso el parlamento.
Derritamosla
a la puta Antártida
y
que las playas
lleguen hasta
la puerta
de mi casa.

En la puerta de enfrente de mi piso, el 2ºA, vivía una familia que se habían convertido en testigos de Jehová. La gente los trataba con desprecio. Mi madre hacía comentarios despectivos sobre ellos. Sus correligionarios te paraban por la calle para preguntarte por tu vida espiritual e intentaban colocarte la “Revista atalalla”. A mí me caían simpáticos. Mi amigo Rafa tenía un antiguo compañero que era testigo, y se dedicaba a llamarle desde cabinas telefónicas de madrugada y a gritar cuando cogían el teléfono: “¿TESTÍCULOS DE JEHOVÁ?”. Rafa siempre fue bastante bocazas y cobarde. Mis vecinos de enfrente eran gallegos. Gallegos testigos de Jehová. Tuvieron cinco hijos. Eran pobres, pero amables, siempre muy amables. La vecina de abajo, una bruja hija de puta, los acusaba, sin fundamento, de tirarle cosas por la ventana al patio interior, incluso de lanzar compresas usadas. Una mentira, porque creo que nunca pudieron usar más que trapos para contener el periodo, eran pobres. Los hermanos ratas6hombres testigos de Jehová eran gente simpática. Un día uno de ellos intentó pegar a la vecina de abajo que había insultado a su pobre madre. Creo que ese hermano dejó de poner la otra mejilla y abjuró de su religión, apostató de la testiguez de Jehová. Mi madre seguía mirándoles con cierto desprecio. Cuando se jubilaron, los padres testigos se marcharon a vivir al Sur, a que les diera el sol de Jehová. Venían de vez en cuando. Él siempre me sonreía. Una vez me lo encontré en el portal y se despidió de mí, me dijo que no sabía cuando volvería. El hombre parecía un roble, un roble de Jehová, pero me enteré que unos meses después le pegó en toda la sesera un ictus, que le paralizó medio cuerpo. Sobrevivió unos años postrado, y no lo volví a ver. Sus hijos continuaban viniendo a la casa de Jehová. Gente buena y simpática. Siempre. El padre murió el año pasado. Mi madre les dio el pésame, pero al volver a casa recordó, una vez más, el temita de la conversión en testigos, con un aire de superioridad algo asqueroso, sólo porque ella es pagana cristiana, de esos sin fe que van a misa a cantar las alabanzas al Dios católico, ese hijo de puta. Los hermanos testigos no se pusieron de acuerdo en el reparto de la finca, y la pusieron en venta. Vinieron a despedirse de nosotros. Fue triste. Eran muy muy buena gente. Aún conservaban cierto acento gallego, pura herencia rancia. Le dijeron a mi madre que si le dejaban una llave para echarle un vistazo al piso cuando vinieran los hijoputas de Tecnocasa a enseñar el piso, pero mi madre se negó a ello con cierto aire de ancianita buena pero cabrona en el fondo. Luego cerró la puerta y siguió con los comentarios despectivos sobre el testiguismo blasfemo de Jehová. Los cabrones de Tecnocasa han comenzado a venir con compradores, al calor de la nueva burbuja inmobiliaria. Siempre dejan la puerta del portal abierta, y he tenido que decirle unas palabras a uno de sus agentes vendedores, un ruso, porque me estaba tocando los cojones con ello. Los testigos de Jehová se riendieron finalmente al tiempo, a la historia, al ateísmo inmobiliario y a los hijos de puta de Tecnocasa. Sí, sois unos hijos de puta los de Tecnocasa. Los testigos de Jehová no podían hacerse transfusiones de sangre. Eran como un poco marginados. ¿Quién coño es el cabrón de Jehová? Debe ser un primo hermano de Cristo, putativo, y de Alah el decapitador. Eran buena gente. Os echo de menos, testigos.

ratas7Salen cien mil millones de libros, de películas, de artículos de prensa, sobre el rechazo a la violencia, contra el calentamiento global, contra el racismo, el machismo y contra la xenofobia. Todo el mundo da a la tecla de “me gusta”. Pero como nadie lee ni nadie va al cine, pues eso. La gente sonríe, se ríe, y se afilia a todas estas causas solidarias. Y los artículos, en forma de papel o de coltán caducado, mueren sin uso, en las alcantarillas, comidos por las ratas. El imperio de las ratas, capital Madrid. Madrid capital del imperio de las ratas. Patear las calles de Madrid durante días, semanas, meses, años, lustros y décadas. Vivir como si tuvieras un cáncer terminal durante décadas, caminando como si no tuvieras nada que perder y el tiempo cabrón, el viento sucio y la lluvia casi siempre ácida te acompañaran desde el coño de tu madre hasta la tumba helada de Madrid Antártida.



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