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Noruega: bienvenidos al fin del mundo

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Cuando Miguel y yo llegamos al mirador de Dalsnibba, un pico de montaña con vistas privilegiadas del pueblo y del fiordo noruego de Geiranger, tuve el enorme privilegio de… no ver ab-so-lu-ta-men-te NADA. Os preguntaréis qué tiene de estupendo noruega2recorrer 21 kilómetros de carreteras sinuosas y pagar un peaje de 11 euros para ver un lienzo en blanco. Sin embargo, coincidiendo aquel día con el aniversario de mi nacimiento, fue uno de los regalos de cumpleaños más impresionantes que he recibido jamás.

Pero comencemos nuestra historia por el inicio. El recorrido partía del pueblecito a pie del fiordo de Geiranger, una de las localidades más destacadas para el turismo en Noruega occidental. La primera parada obligada tuvo lugar en Flydalsjuvet, mirador clásico desde donde se retrata estupendamente la lengua de agua que llega a Geiranger. Por supuesto, recorrí mi caminito de dudoso acceso para hacerme la foto de rigor. Tranquilos, es totalmente seguro si tienes un mínimo de cabeza (y os habla una cabra loca).

Tras unas cuantas poses y deleites del paisaje, el chiste del día lo encontramos fijado con spray amarillo en la carretera que subía hacia Dalsnibba. Ya tenía el Ohrwurm de los Bee Gees para el resto del trayecto.

Todo esto era muy bonito y estaba muy bien, pero se quedó en nada tras lo que vino a continuación. Sin tenerlo previsto, nos topamos con el Lago Djupvatnet. Por supuesto, el lago llevaba la retorta de años allí, yo fui la ignorante por no conocerlo (qué suerte a la sazón). No fui capaz de procesar la belleza lacustre. Di gracias a Thor, Odín y demás dioses nórdicos, que nos regalaron aquellas nubes plomizas convirtiendo la masa de agua en mi bautizado “lago negro”. Las montañas que lo bordeaban, negro grafito, aquellas motas de nieve blanca en connivencia y una casa grisnoruega4 solitaria, hacían del paisaje un lugar a la par mágico e inhóspito. Di también gracias por haber subido a la montaña en el penúltimo día del verano, sin ningún turista. Una visita privada y muy VIP. Todo mío. Todo para mí en su inmensidad y su silencio. Entenderéis que morí, que parte de mi espíritu se desgajó y se quedó allí para siempre.  Aún hoy me falta el aire rememorando mi lago negro.

Pero teníamos que continuar la ruta hacia el mirador. Así que Miguel me arrancó de aquel lugar al que me había pegado como una lapa y pagamos religiosamente el peaje de la carretera Nibbevegen. El ascenso por aquella carretera lunar ya merecía el precio y aún nos quedaba coronar el recorrido con unas espectaculares vistas del fiordo. Sin embargo, cuando alcanzamos la cima nos encontramos con un concilio de nubes blancas que rellenaban por completo el valle y que no dejaban vislumbrar apenas un milímetro de lo que había 1476 metros más abajo. Había llegado al fin del mundo. Unirse al espectáculo de aquellas nubes majestuosas volvió a robarme otro pedacito de alma.

noruega5Estoy plenamente convencida de que de haber gozado de buen tiempo, tras la borrachera de otras vistas espectaculares durante ese mismo día, la panorámica también me habría gustado; habría proferido unos cuantos “¡oh!, ¡ah!, ¡precioso!”; habría retratado la estampa unas cuantas veces y mi cabeza lo habría archivado en la sección “visto”. Afortunadamente, gracias al tiempo nuboso de aquel día, la experiencia quedó registrada en la sección “Stendhal”, un apartado mucho más exclusivo y permanente.

¡Ah, así que era esto? Bonito, ¿verdad?

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En su lugar yo vi esto otro. ¡Aaaaaaleluya!

No podía pedir más a ese ascenso tan especial.  Sin embargo, no sólo las vistas sino también el paseo en coche fue una verdadera atracción, un verdadero privilegio realizarlo con el otoño prematuro del condado. Recorrer sus carreteras mientras el negro cobalto de las alturas de Dalsnibba daba paso a los colores rojizos, pardos y verduzcos que avisaban de la vuelta a la vida del valle. Viajar en soledad en el otoño noruego es una experiencia única y vivamente recomendable.

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Lugares de LNMO para perderse en verano

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Los integrantes de la familia de LA NOCHE MÁS OSCURA os muestran algunos lugares en el mundo en los que perderos este verano. Quién sabe si acudiréis a alguno de ellos y, por suerte o por desgracia, encontraréis la huella de alguno de ellos. Alguna de las sugerencias podrían acarrear consecuencias nocivas para vuestra salud, física o mental:

viajefresno9La palma (de mi mano). El lugar de Mercado Navas

El otro día cayó entre mis manos uno de los suplementos de El País: El Viajero. Fotografías con una definición y un contraste increíbles (superiores a los que percibo con mis propios ojos) y una apabullante y exhaustiva propuesta de actividades. Experiencias para todos los gustos y de todos los formatos imaginables.

Tuve la agobiante sensación de que no queda nada por inventar, por descubrir ni por hacer en el ámbito de una de las más pujantes industrias de nuestro tiempo: el turismo. No nos engañemos: por muy exclusivo y original que pueda parecer un plan, considero que, desde el preciso momento en que se trata de algo confeccionado por otro para que lo disfrute (y lo pague) un tercero, éste último se convierte en un consumidor más, perdiendo su posible condición de viajero por la más venial de turista.

De modo que la única forma que he encontrado de poder leer un poquito durante cada desayuno dicho suplemento ha debido pasar por la íntima convicción de que no compraría ninguna de las ofertas ni me propondría conocer buena parte de los destinos sugeridos, que imagino ya irreversiblemente masificados.

De hecho, es probable que frecuente cada vez menos mis paraísos lejanos particulares pues, víctimas de sus encantos, están siendo cada vez más elegidos por turistas y viajeros. Me tendré que orientar hacia lugares con atractivos más discretos pero igualmente sugerentes. Algo así como los protagonistas de las fotografías de Bleda y Rosa.

Pero como esta colaboración no deja de ser un encargo y como uno tiene a bien cumplir con lo que de aceptable le mandan, les voy a hablar de un sitio al que viajo a pie frecuentemente en compañía de mi perro. Y digo bien viajo porque este esparcimiento cotidiano me ayuda a abstraerme en la contemplación minuciosa de la naturaleza en su tránsito por las distintas estaciones del año.

Así que, si Vds. se avienen a utilizar Google Maps, la finca La Zarzuela del Monte, situada en el término municipal de Alalpardo-Valdeolmos, constituye en buena medida el primer retazo de soto mediterráneo-continental que interrumpe el predominio de la estepa cerealística al Este-Nordeste de la Comunidad de Madrid. Está recorrido por el arroyo Calderón, que suele llevar agua de octubre a mayo. Esta circunstancia posibilita la existencia de un bosquecillo de ribera poblado por fresnos, chopos, sauces, madreselvas y zarzales. Aquí y allá, en el curso medio del arroyo, hay pozas que se me antojan artesianas pues llevan agua todo el año. El pequeño valle por el que discurre el Calderón se va ensanchando a medida que apunta hacia la confluencia con el Jarama. Agüitas arriba, el soto se espesa y se convierte en prieto bosque de encinas.

El ecosistema es refugio de toda suerte de rapaces, alimañas y sus presas. En época de caza, más vale no merodear la zona los martes, jueves y fines de semana. Durante la veda, podremos cruzarnos, muy de vez en cuando y al albur de las temporadas, con algún que otro recolector de setas y espárragos. Gente poco habladora y celosa de los lugares donde creen haber encontrado una exclusividad que sólo yo les permito imaginar.

Les ruego me permitan esta inmodestia pero es que son ya 35 años de viaje, siete de ellos con mi can, algo que me ha permitido considerar el entorno desde otra perspectiva, más animal.

Si algún día se les ocurre dar una vuelta por ahí, sean respetuosos y vayan con cuidado. Al fin y al cabo, estarán Vds. caminando por la palma de mi mano.

viajetombuctu5Tombuctú, Mali. El lugar de Benny del Paso.

Los cruces de caminos alojan nuestras ánimas y nos guardan de nuestros demonios. En una de las puertas del desierto al Sahara, junto al río Niger, en las profundidades de un país, Mali, se erigió la ciudad de Tombuctú. En ella reina el círculo del conocimiento, guardianes del saber e historia escrita de los pueblos africanos y árabes que confluyeron, en algún momento de su historia, en este cruce de caminos. Arte y saber, transmitido y cedido durante siglos por los viajeros y mercaderes que llegaron a la ciudad de la luz divina.

viajeraina6La calle Raiña. El lugar de Daniel Prieto.

La calle Raíña, en donde tuve el privilegio de vivir unos años, es una vetusta arteria de la zona vieja de Santiago de Compostela, esa ciudad universitaria concebida para disfrute de los funcionarios. Innumerables bohemios vivieron allí antes y otros vivirán después. Desde mi ventana veía la catedral, esa maravilla pétrea románica y ominosa. Prisciliano de Ávila nos contemplaba cada noche desde su sepulcro. Una ciudad levítica erigida gracias a una mentira que los trovadores de la lírica galego-portuguesa ya denunciaron con encono en su momento. Los suevos, el Batallón literario, el Pórtico de la Gloria, los muertos de la Quintana... todo quedaba a un paso de nuesto hogar. Le habíamos alquilado aquel infecto piso a un mantrimonio de ancianos que estaban forrados pero que vivían como en la posguerra. Él era mutilado de guerra y cantaba en el coro de la Catedral. Lo oíamos ensayar a veces, descojonándonos de aquella voz beata que nos reclamaba hatsa el último céntimo de las facturas. Su hijo era médico y había sido alcalde de un pueblo cercano. Cagaban dinero, aquellos viejos. Tenían cuatrocientos pisos en Santiago. Pero comían leche mezclada con maíz, las papas de la guerra. Era asqueroso aquel olor, inundando las escaleras. Era un edificio de tres pisos. En el primero nuestros entrañables caseros, en el segundo dos chavalitas a las que espiábamos a ver si las veíamos en bragas y en el tercero mi compañero Samuel y yo. Era un lugar deprimente y maravilloso a la vez en el que llegamos a acoger al propio Andrés Calamaro en una noche memorable de la que él probablemente no se acuerde ni de coña, tras su apoteósico concierto en sui época de Honestidad brutal, probablemente su mejor disco. Manoliño y su coma etílico, bolsas llenas de cazadoras vomitadas del Hospital Xeral, lavados de estómago, coitos fugaces con preciosas caribeñas... muchas historias guardan aquellas cuatro paredes desvencijadas. Teníamos un brasero y una vez nos bebimos una botella de Larios a pelo porque no habíamos compradro refrescos. Juventud, divino tesoro. Esa misma noche descubrí que Samuel era alérgico a los porros; estuvo varias horas temblando sobre un barreño que iba acogiendo sus vómitos... pensé en llamar en serio a un médico pero él me lo impidió en el último momento. Inyecciones de vitamina B12 en el hospital. Muchas viviencias... como aquel día que hicimos lentejas, les escupimos, e invitamos a comer a Moncho, que dijo que estaban riquísimas... Si os pasáis por la Raíña recordad que somos inmortales. Que Samuel y yo estaremos con vosotros mientras bebéis los vinos del bar Coruña, del Central, del Trébol o del Orense... y cuidado con los tigres.

viajetunez7Túnez. El lugar de Lorens Gil.


Muchas son las familias europeas que han optado por este destino de vacaciones durante los últimos años. Descubrir este lugar es conocer un enclave estratégico en la cuenca mediterránea para civilizaciones romanas e islámicas a lo largo de la historia.

Esta afluencia de turismo ha quedado sin embargo paralizada desde los atentados de 2015, suceso a partir del cual los tour operadores dejaron de ofertar este destino.

El panorama a día de hoy es ‘desalentador’. Y lo digo entre comillas porque hoy es el día en el que cuando aterrizas, los taxistas no están en la puerta del aeropuerto a la caza, ni se percibe el ‘acoso al turista’.

Este es el mejor momento para visitarlo en su estado más intenso y real, conociendo la sencillez y el calor de sus gentes, los aromas de sus mercados, el calor de sus playas.  

El argumento terrorista no es sino una excusa socialmente aceptada y extendida por los medios de prensa para cortar una tendencia turística con un incremento progresivo de los precios en el país que si comienza de nuevo se reajustará a la baja. A fín de cuentas, a día de hoy no estamos más a salvo de un ataque terrorista en los países europeos de origen.

viajemalo2Saint-Maló. El lugar de María G. Antúnez.

Ciudad que vio nacer a los corsarios franceses más ilustres, como Jacques Cartier o Robert Surcouf, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida fielmente después, Saint-Malo es mi lugar favorito de todos los que he visitado. Daría lo que fuera por pasear ahora mismo por su muralla mientras veo una de las mareas más altas de Europa y, por supuesto, me como una galette bretonne.

Desde este año, gracias al tren de alta velocidad, Saint-Malo se encuentra a solo dos horas y cuarto de París. Un aliciente más para visitar una de las mayores joyas de la costa Esmeralda. Recomendación: disfrutar desde sus playas de los fuegos artificiales del 14 de julio es una experiencia que hay que vivir una vez en la vida. No imagino una postal mejor.

viajeromaEl cielo romano. El lugar de García Cardiel.

Si tuviera que escoger un lugar en el mundo para pasar un solo día, ese sería, sin lugar a dudas, Roma. Qué original, dirán ustedes. Pues no, no mucho, pero qué le vamos a hacer, tampoco es mi intención aparentar. Quizá más de uno se haya dado cuenta del énfasis en ese “un solo día”. Estoy seguro de que quienes lean esto y hayan estado en Roma, en la maravillosa y caótica ciudad eterna, lo comprenderán.

Pero si hay un sitio de Roma en el que me quedaría toda la vida, con una compañía apropiada, se entiende, ese es el Gianicolo. El Gianicolo, o Janículo como lo llamaban los antiguos romanos y continuamos denominándolo los de mi ralea, es un monte que separa el Vaticano y el Trastévere, y que por tanto queda frente al Campo de Marte, al otro lado del Tíber. ¿El Campo de Marte, dije? Me refiero a la zona del Campo de’ Fiori y la Piazza Navona, para entendernos. Lo recorre un agradable paseo ajardinado, bastante empinado bien es cierto en sus dos extremos, pero que merece la pena recorrerse sin prisas. Entre las esculturas y monumentos dedicados a los partisanos y a los luchadores por la independencia hispanoamericana puede uno contemplar las mejores vistas de Roma. Puede uno recrearse en la romántica decadencia de sus ruinas y edificios sin verse subsumido en las riadas de turistas y en el tráfico enloquecido de la ciudad. Puede uno respirar Roma, y acaso alguno de los que me lean me entienda, sin tener que enfrentarse a la otra Roma. No me extraña que César hospedara a Cleopatra precisamente aquí.

Quizá alguno de ustedes conozca el Gianicolo. Para los que no, se lo recomiendo. No dirán que no les doy una excusa para volver a Roma. Regresar a Roma una y otra vez me parece un objetivo vital tan bueno como cualquier otro.

viajejapon4Japón... El lugar de Estela de Mingo.

Lo primero que me encuentro cuando llego a Japón después de 18 horas de viaje es lo que menos me hubiera esperado encontrar: avería en la línea de tren Yamamote, la principal de la ciudad, la que me tiene que llevar a mi hotel.

En Japón no se estropea jamás el transporte público y tiene que hacerlo justo el día en el que necesito usarlo yo.

Inmediatamente nos dimos cuenta de que no había el mayor problema. Hordas de japoneses bien educados estaban dispuestos a ayudarnos. Una chica busca el hotel en su ordenador, nos imprime un mapa, nos señala una parada de metro y nos dice que cojamos el metro que va a llegar en 2 minutos a la estación del aeropuerto y nos bajemos en la séptima parada.

Dicho y hecho, llegamos al hotel sin la menor complicación.

Fue nuestro primer contacto con el país y con la extraordinaria cultura japonesa, donde la buena educación está a la orden del día, traduciéndose, entre otras cosas, en ayuda a los turistas que miran el plano del metro de Tokyo con cara de póker.

Teníamos 13 días por delante para empaparnos de esa cultura que, en ningún momento, dejó de sorprendernos.

La total despreocupación por dejar (valiosos) objetos personales sin vigilancia y a la vista de todo el mundo, sabiendo que cuando vuelvas a por ellos van a seguir allí.

La meticulosidad con la que hacen fila esperando el tren, para luego entrar tranquilamente en orden de llegada al andén.

La facilidad para esquivar cualquier contacto físico, incluso en el paso de cebra más transitado del mundo.

La absoluta puntualidad del transporte público, que hace que moverse por todo el país sea un juego de niños.

La mezcla de la modernidad que se respira en Tokyo, con sus rascacielos, su zona financiera, sus centros comerciales, sus tiendas caras, el manga, el anime, los videojuegos, los Cosplay, los Rockabillies...Con la tradición que irradia Kyoto, con sus miles de templos que bien merecen una visita, sus calles antiguas, el barrio de las gheisas, sus habitantes luciendo kimono...Sin olvidarnos de la increible naturaleza que envuelve todos estos lugares, que alcanza su máximo esplendor en los alrededores del Monte Fuji.

Solo llevas unas horas cuando ya te han atrapado con su cultura. De repente te encuentras despreocupada por llevar la mochila abierta a la espalda, preguntando si a alguien se le ha caído el dinero que te acabas de encontrar en el suelo, haciendo una pequeña reverencia al conductor del autobús que te agradece tu viaje cuando te bajas...

Todo lo que te envuelve te hace sentir como si hubieras viajado a otra dimensión, que esta sociedad de la que te encuentras rodeada es ficticia. Hasta ver la tele es una experiencia increíble en ese país.

Japón no defrauda. Japón te deja con ganas de más. Aún no te has ido cuando ya estás deseando volver.

viajeauvers8Auvers-sur-Oise. El lugar de Bonifacio Singh.

Voy a hablaros de un lugar al que todavía no he ido, pero por el que apareceré este verano. El que quiera podrá encontrarme por allí durante la segunda semana de agosto de este año. Iré hasta allí buscando el trigal con cuervos y las tumbas, una al lado de la otra, de Vincent y Theo. Subiré hacia el norte en mi Delorean hasta alcanzar el norte de París, recorriendo una vez más ese país en el que me encuentro como en casa. Una vez visité Amsterdam y en el Museo Van Gogh pude ver una foto estampada en la pared que retrataba los dos lechos eternos de los hermanos Van Gogh. Leí después su historia, de cómo Theo, el personaje oscuro y no famoso de la familia, había muerto poco después que su hermano, quizás a causa de la tristeza. Allí cerca, Vincent desarrolló sus últimos meses de frenética vida, de locura o de cordura máxima, quién sabe, pintando entre otros ese cuadro que siempre he sentido muy cerca. Vincent vivió como un indigente con el casi único apoyo de su hermano, de cerca y en la distancia. Nunca, ni después de muertos se separaron. Viajaré armado con las cartas que se enviaban y con las películas sobre su vida de Tavernier y Pialat. Acamparemos cerca de sus huesos, y Francia me hará respirar como cada verano, me dará un empujón para intentar mantener el tipo, de pié. Un consejo para todos: coged un coche y cruzad los Pirineos sin rumbo ni alojamiento fijo. Yo llevo realizándolo, casi religiosamente, las dos últimas décadas. Y creo que ya no podré dejar de hacerlo.

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De París a jamais (para siempre)

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Tuve la suerte de conocerla en una clase de la escuela L’étoile, una de las academias más vetustas y baratas de todo París. Los grifos nunca cerraban del todo, la sala multimedia sólo comprendía una máquina de café y un ordenador Windows XP, y las fotocopias de la profesora estaban hechas con Wordart. Sí, se podría decir que estudié francés en uno de los establecimientos más crípticos del barrio de Saint-Germain-des-Prés.

Ya ha pasado algo más de un año, pero aún recuerdo como si fuera ayer mis trayectos diarios hasta Sèvres Babylone, las largas esperas para coger el RER en un momento de alerta terrorista y jamais2las evacuaciones debidas a los paquetes sospechosos. Para más inri, el primer día de clase me perdí. Nada nuevo bajo el cielo de París.

Podía haberme sentado en cualquier sitio, pero me puse a su lado. Me dijo que era italiana, el resto eran alemanas y estadounidenses. Se trataba de una clase especial para chicas au pair, una “profesión” en la que me vi envuelta por aquello de vivir la experiencia y limpiar culos de hijos ajenos. Y, aunque suene contradictorio, fue una gran decisión.

Se llamaba Laura y venía de la costa este de Italia, de una ciudad llamada Pesaro que, he de reconocer, no había oído en mi vida. Al acabar la clase, intercambiamos nuestros teléfonos para quedar y conocer juntas la ciudad de las luces. Pasaron los días y nuestra lista de sitios visitados empezó a aumentar. La casa de Nissim de Camondo, Notre-Dame, la rue Mouffetard, la place des Vosges, el Panteón, el Louvre, Orsay, l’Orangerie… En definitiva, lugares que sabían a crêpes, galettes, pains au chocolat y risas, muchas risas.

Cuando mi camino a Sèvres Babylone se convirtió en rutina y ya me había habituado a las clases de Florence, la profesora más dicharachera que he tenido, se acabó mi sueño francés. Recuerdo perfectamente el día en el que me despedí entre lágrimas de Laura en la estación de la Garenne-Colombes, con un abrazo y la promesa de vernos pronto.

Lo que cuento podría parecer ficción, pero en la ciudad de los enamorados no puse candados ni corazones, sino que encontré a una de las mejores amigas que se puede tener, uno de los lugares más especiales de este mundo. Vivimos en una época en la que las relaciones son superfluas, líquidas que diría Bauman, la amistad poco importa y se supedita al amor romántico, y las personas viven sumergidas en sus smartphones. Así es difícil, por no decir imposible, encontrar a alguien con quien poder contar más allá de una red social. El Whatsapp ayuda, y los audios interminables son cada vez más frecuentes, pero en nuestro caso son tan sólo una herramienta para paliar los casi 2.000 kilómetros que nos separan.

Nueve meses después de nuestra despedida, un tiempo eterno -y, si no, que se lo pregunten a una embarazada-, Laura me estaba esperando en el aeropuerto de Bolonia para irnos hacia Pesaro, la que es, según reza un cartel a su entrada, la ciudad jamais3de la música y de la bicicleta. Volvieron las risas, aunque esta vez acompañadas de gelati, pizze y piadine.

Nunca había estado en una ciudad costera italiana. Me sorprendieron las personas que cruzaban descalzas la carretera para ir a comprar un helado, las bolas de diferentes sabores sobre un brioche y lo poco fría que estaba el agua del mar Adriático. Pero en Pesaro, además de lucir cuerpazo en la playa, descubrí una preciosa sinagoga escondida en la zona judía del centro de la ciudad y conocí la casa en la que nació Rossini, ambientada por supuesto con El barbero de Sevilla en bucle. De músico a pintor, fuimos a Urbino y visitamos la casa de Rafael, el palacio ducal del famoso señor a una nariz pegado y subimos las interminables cuestas de la ciudad hasta llegar a un mirador desde el que pudimos contemplar la majestuosidad que rezuma Italia por cada rincón.

Para maravilla, Gradara, una ciudad dantesca. No quiero decir espantosa, sino que en su castillo-fortaleza medieval tuvieron lugar las aventuras narradas en el Canto V de la Divina Comedia. Sus paredes, y sobre todo su famosa trampilla, fueron testigos de la historia de amor y desdicha de Paolo y Francesca. Allí, recorrí la “passeggiata degli innamorati”, uno de los lugares más bellos a los que llevar a un hombre. jamais4De vuelta a Pesaro, pasamos por Fiorenzuela di Focara, un pequeño pueblo pintoresco cercano al mar.

Mi estancia llegó a su fin y visitamos Bolonia antes de volver a España. Me quedé con las ganas de ver a Neptuno, que estaba de reformas, pero disfruté durante unas horas del centro y, sobre todo, de la basílica de San Stefano, conocida por tener cuatro iglesias en una. Si algo me decepcionó fue el Duomo, feo si se compara con cualquier catedral italiana.

En el aeropuerto, acabé de nuevo abrazada a Laura, pero con la sensación de que nos volveríamos a ver pronto. ¿Próxima parada? Los escenarios de los libros de Zafón, su escritor favorito. Ella nunca ha visitado España y yo aún no he ido a Barcelona. Además, quiero llevarla a conocer el Prado, la Plaza Mayor y el barrio de las letras. Esta vez tocarán los bocadillos de calamares, de tortilla de patatas o de jamón.

Ninguno de los sitios que visitemos será tan importante como nuestra amistad, el mejor lugar al que volver. Pero de algo estoy segura: siempre nos quedará París.

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