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La Palma

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La Palma es la tercera isla más montañosa del mundo, tras las macaronésicas de Fogo (Cabo Verde) y Pico (Azores). Como todas las islas volcánicas, está destinada a desaparecer engullida por el mar. De hecho, se encuentra inmersa ya en este proceso pues el territorio se estructura en torno a una gigantesca caldera de 28 kim de diámetro, la Caldera de Taburiente, que no es sino lo que queda del desmoronamiento de un pitón que pudo rayar en su momento los 5 000 metros de altura. En cualquier caso, el Roque de los Muchachos, su cima, alcanza los nada despreciables 2 426 metros de altura, sobre todo si tenemos en cuenta que, como para el caso del Teide, se alza prácticamente desde el nivel del mar.

lapalma2Al Sur de la Caldera se ha ido constituyendo otro edificio volcánico más reciente constituido por una especie de espina dorsal de cráteres que van declinando hacia meridión y mantienen una importante actividad cuya última erupción, la del Teneguía, data de 1971.

El clima de la isla está muy mediatizado no sólo por la orografía y su latitud frente a las costas del Sáhara Occidental sino también por los vientos alisios, húmedos, que son generados por el potente anticiclón de las Azores. Así que, paradójicamente, el enemigo número uno de los agricultores y ganaderos de cuatro quintos de la Península Ibérica es el responsable de los períodos de lluvia o de frescor e, incluso, frío en nuestra isla canaria. Las nubes húmedas se constituyen en el mar, quedan atrapadas en las alturas isleñas, la vegetación las peina y la condensación resultante riega todo su manto. Son numerosos y fáciles de ver los árboles-que-fabrican-agua. En El Hierro, hay uno muy conocido al que los lugareños llaman El Árbol Garoé. A sus pies, un sistema de captación de la humedad de las nubes rasantes condensada por sus ramas produce un caudal nada desdeñable que es canalizado, pendiente abajo, hacia las huertas y los núcleos habitados.

lapalma3Según la cota altimétrica a la que nos encontremos, sobre todo en estaciones como la del verano, las condiciones meteorológicas varían. Por ejemplo, son datos de la primera quincena de agosto pasado, en el puerto de Tazacorte (Sotavento) había 32ºC, en El Paso (también a Sotavento pero unos 15 km cuesta arriba), 24ºC y en el refugio de El Pilar (Parque Natural de Cumbre Vieja, a unos 1 500m de altura y a menos distancia de El Paso que de esta localidad a Tazacorte), 14ºC y lluvia garoé. Se podrán Vds. imaginar lo que todo esto representa a nivel paisajístico: verano abajo, primavera a media altura y otoño en las laderas y cumbres montañosas. Cactáceas y euforbias, vegetación tropical, vegetación mediterránea, bosques de pino canario, vegetación atlántica (bosques de castaños a barlovento) y foresta terciaria de laurisilva. Tremendo.

El senderista puede elegir disfrutar de cada uno de los ecosistemas citados o, lo más normal, hacerlo de todos a la vez. La isla es un paraíso para el caminante. En lo que me concierne, no exagero si les digo que sólo en las Azores he podido acometer unas excursiones tan absolutamente espectaculares. Eso sí, salvando desniveles que pueden superar los tres mil metros totales en una sola jornada. Cresteando bajo el alisio, es fácil contemplar, en la lontananza, los perfiles de las islas de Santa Cruz de Tenerife, la Gomera y, un poco más al suroeste, El Hierro.

lapalma4Para el solaz y la restauración del apetito del viajero hay un buen número de establecimientos regentados en una proporción sorprendente por alemanes e italianos. Pero no se asusten, estos alemanes no perpetran su gastronomía tradicional sino que han aprendido a sublimar la del lugar. Y tampoco vayan a creer que, como plato cárnico, les vayan a ofrecer reptil (son incontables las lagartijas y lagartos que nos han salido al paso). La relación calidad-precio hará que se pregunten por qué en la Península todo está tan caro.

Por último, les recomiendo no dejar de pegar la hebra con el palmero: les contará sorprendentes historias de migración que ocurren no sólo en sentido este-oeste (España-América) sino también norte-sur (Azores-Cabo Verde). Hay más, aunque no siempre honorable para nuestro anfitrión. Síganlo, si les apetece, en la próxima entrega de ¡A mí, plin!

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Yu Long

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En la esquina de la calle Martín de los Heros con Ventura Rodríguez hay una antigua tienda de ultramarinos regentada ahora por chinos. La moza que despacha es una belleza angelical oriental de edad indefinida, un pedazo de hembra macizorra con pinta muñeca delicada de color terciopelo amarillo. Habla un más que correcto castellano y debe rondar los cuarenta tacos, porque nos comentó en una ocasión que tenía una hija que iba a la universidad. Es muy maja, o como se diga en chino. Sospecho que más de uno va a comprar chucherías o bebidas al local sólo por entablar conversación con esta mujer encantadora y atractiva que, como diría nuestro amigo Mercado Navas, está para entrar a vivir en ella. Está muy buena, es simpática, agradable y cálida, casi la antítesis del chino/a español/a al uso, al menos ése al que identificamos dentro del tópico de persona endogámica y distante. Pero no quería hablar de esta mujer, sino de los chinos afincados en Madrid en general, y de Yu Long en particular, el restaurante chino de Plaza de España, el único y genuino. Sí, el del subterráneo, ese que todo el mundo dice conocer y que todos comentan que despacha comida china “de la de verdad”. Pero en realidad la mayoría no lo han pisado en su puta vida o han entrado una vez con miedo y cara de asco. A lo largo de los años hemos llevado a mucha gente allí, y la mayoría no suelen yulong2mostrarse muy cómodos, para mi regocijo. No suelen volver o incluso algún gilipollas venido a más lo ha calificado abiertamente como tugurio. Bendito tugurio si esta clase de público no entra. Gilipollas.

Yu Long pronto pasará a mejor vida. Puede incluso que ahora mismo lo estén cerrando. Me dan ganas de llorar de pensarlo, y eso que casi nunca lloro, no me sale. El fin de una época que no ha sido feliz, como casi todas, pero que allí, a ratos, si lo fue un poco. Las obras progres para endulzar Plaza de España acabarán pronto con este lugar que es uno de los nuestros en sí mismo, tanto por su escenario como por sus personajes. Está situado en el pasillo de entrada a un aparcamiento. Mucho glamur rancio, demasiado para piojos puestos de limpio como vosotros. Da la impresión de que allí nos han dejado en paz por un rato, que como es un lugar en teoría poco atractivo la gente no va a venir a darnos la tabarra. Es, ha sido, un refugio. Lo conocimos tras leer un artículo de Fernando Point en “El Mundo”. Fernando Point es uno de los pseudónimos de Victor de la Serna, que también firma artículos sobre baloncesto como Vicente Salaner (la columna “Hasta la cocina”, curiosmente sobre baloncesto, no sobre cocina, era antológica). De la Serna destacaba lo genuíno de este restaurante de chinos para chinos, que aportaba platos más allá del rollito de primavera o el pollo con almendras a granel. Recuerdo que decía que lo único en lo que se parecía al resto era en la utilización a saco del glutamato. Ni cortos ni perezosos entramos al lugar.

Al principio esperábamos cola para comer en las mesas, casi siempre llenas y para las que hay que esperar un largo rato. El local es muy pequeño y está dotado con apenas diez o quince. Observamos que muchos chinos entraban directamente y se sentaban en la barra sin esperar turno. Allí comían cosas extrañas. Las cartas del restaurante estaban en su mayoría escritas en chino. Tenían alguna escrita en cristiano como Dios manda, pero no nos enterábamos de nada de lo que pedíamos. Nuestros platos oficiales fueron desde el principio vermicheli y empanadillas. Alguna vez pedimos pollo con verduras y las menos una cosa llamada “pastel de año nuevo” que no parece un pastel ni por el forro. No sabemos en la mayoría de los casos lo queyulong3 sirven. Creemos distinguir sangre frita, sopicaldos diversos y extrañas verduras verdes fosforito.

Transcurrió el tiempo. Hace más de quince años que vamos por el lugar. La zona está habitada cada vez por más chinos. Leganitos ahora es un pequeño Chainataun lleno de peluquerías, restaurantes y pequeños bazares. Antes íbamos a un pequeño bazar a comprar chucherías a la entrada de Leganitos. Despachaban allí una señora China algo borde y su hija de menos diez años, que dominaba el idioma ejpañol como si fuera del foro. Nos caía bien la niña, pero con la llegada de la adolescencia se ha hecho cada vez más borde, como la madre, y hemos cambiado de bazar de confianza por el de la chica guapa de Martín de los Heros. Por el restaurante Yu Long han pasado un montón de camareras. La chica gordita simpática. La del tatuaje en el culo. La delgadita de la piel blanca, que todavía está, y que siento que le caigo bien cuando me sonríe, en su caso creo que no mecánicamente como el resto. Una vez me encontré a la camarera gordita que nos trataba tan bien en la calle, en la calle Princesa, y miró para otro lado cuando la saludé. La jefa es otra cosa. La jefa. La llamamos así porque después de tantos años de hablar con ella, de preguntarnos qué tal nos va, de reírnos, de charlar sobre la obra de la plaza, sobre la comida... aún no sabemos cómo se llama en realidad. Da igual. Tenemos trato de favor, nos cuela cuando llegamos y está muy lleno, aparta a la gente en la barra con malos modos para hacernos huecos. Nos sentimos un poco de la familia allí. El marido de la jefa, deducimos que es el jefe y marido aunque jamás les hemos visto tocarse ni casi mirarse, siempre nos sonríe y nos trata de maravilla. No hemos charlado con él, parece más tímido que la jefa y no es cuestión, la distancia que guardamos con él creo que le resulta cómoda. Aunque últimamente les veo a los dos un poco más tristes, desde que se anunció la puta obra. Ya les hemos dicho que iremos a donde vayan, que no cambiaremos de chinos de confianza ni de coña. Creo que nuestras preguntas reiteradas sobre dónde van a trasladarse les provoca ternura y extrañeza, importarle a alguien de verdad lo que te pase debe ser agradable, sobretodo cuando a la cantidad de progres y gilipollas esnobs nacionales que entran al restaurante es evidente que les importa una mierda lo que les pase.

En mi barrio, en la calle Villaamil, había una tienda regentada por un chino con una mano deforme desde hacía casi dos décadas. El chino manco. Era simpático, aunque casi ni se le entendía. De un día para otro estos chinos fueron sustituídos por otros, que tuvieron que contratar a una dominicana porque les era imposible entenderse con los clientes. Del chino manco nadie sabe nada, dicen que volvió a China. Un día de repente se largó y punto. Y eso que tenía un hijo que hablaba como el mismo acento pasota que cualquier yulong6adolescente del barrio. También hay un Mega Hyper chino en Valdemoro, junto a la carretera de Andalucía, donde robamos de vez en cuando baratijas. Es como un Corte Inglés pero si cabe más cutre que el antro de Areces. Había hace unos años otro Hyper enorme en una nave industrial. Una noche se declaró un incendio dentro. De dentro salieron corriendo varias familias chinas, que dormían allí.

El otro día fui a comprar al DIA de mi barrio. Delante de mí, hacía cola para pagar una chica china de edad indefinida. Al llegar a la caja le pidió al dependiente que le sacara cinco botellas de whisky, cinco de ginebra, de las que guardan bajo llave para que no se las roben los dominicanos de las bandas, y también solicitó una gran cantidad de cajas de condones. Madrid está lleno de pisos de prostitutas chinas. No me gusta follar de pago, al menos de pago directo (folla pagando, al final acabas ahorrando), así que no conozco esos antros, de los que se hablan auténticas odiseas y barbaridades. Dicen que las chinas ejercen de putas en las peluquerías si les pagas un pequeño suplemento. El mundo del “final feliz”, un universo legendario. Cuentan que las chicas viven en semi o en total esclavitud vigiladas por garañones chinos mal encarados que son capaces de matarlas y enterrarlas en el Cobo-Calleja. Muchas de estas chicas están cañón, pero los nacionales no tenemos acceso a su amor, no os engañéis, prefieren a cualquier macho chino borde y feo que a vosotros, bordes y feos también.

Me da la impresión de que detrás de sus sonrisas los chinos nos desprecian, profundamente. Que nos hacen la rosa de caramelo para atraernos hacia sus baratijas. Aunque hay veces que me da la impresión de que la jefa de Yu Long o la chica guapa de Martín de los Heros se vendrían con nosotros al cine si nos diera por insistir un poco. Al menos en estos dos casos dan la impresión de sentir curiosidad por nosotros como nosotros la sentimos por ellas. La chica de Leganitos nos pregunta por los que faltan si vamos a comprar sin alguno de los integrantes de nuestra trup. Sobretodo nos pregunta por Rodrigo. Yo creo que le parece atractivo. Se lo decimos a Rodrigo y se ríe. Ella no sabe que él es gay. yulong4La vemos un par de minutos y dan ganas de decirla que se venga a tomar unas cañas. Se ve que hace esfuerzo por hablar. Dice nuestro amigo profesor de idiomas Mercado Navas que el chino es dificilísimo, y que no hay profesores titulados en España que lo impartan, ni metodología para darlo, y viceversa. Pero esta chica y la jefa de Yu long hablan de puta madre el cañí.

Últimamente también vamos a un japonés que han puesto bajo la Torre de Madrid. Sirven pescado frío crudo y platos fríos algo desagradables. Frío frío, puramente japonés. Pero a la gente le gusta, porque el esnobismo es así, comen panga de piscifactoría de aguas contaminadas y lo saborean diciendo que qué rico está el atún rojo. Los pringaos de siempre. Es posible que este viernes vayamos a Yu Long y esté cerrado. Y puede que nos enteremos preguntando a los chinos del lugar dónde se han trasladado, o que desaparezcan para siempre sin dejar rastro. Vermicheli y empanadillas, o como se llamen. Pollo con verduras. Pastel de año nuevo. Y también sirven churros en la barra. Preguntamos qué eran al verlos, por si sabían a pollo o a algas, o a detergente, y nos contestaron: “pues churros, ¿qué van a ser?”. Cuando pasamos por la acera de Plaza de España frente al edificio del mismo nombre ahora en obras y sale ese olor característico a comida de no se sabe qué rendija de ventilación del parking nos sentimos seguros porque sabemos que ellos siguen allí.

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Lucha a muerte entre maragatos y bercianos

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Mi padre iba a su pueblo en Vespa durante los años sesenta, antes de la aparición de los SEAT 600. Eran trescientos y pico kilómetros de una carretera que ni me imagino cómo sería. Recuerdo la ruta de los años setenta, cuando ya estaba inaugurado el túnel de Guadarrama. Aunque nosotros jamás cogíamos el túnel, para ahorrarnos el peaje, siempre subíamos el Puerto de Los Leones (El León dicen que se llama, los esnobs de mierda). A principios de los ochenta dejamos prácticamente de ir a León. La familia de mi padre no nos quería por allí y en verano comenzamos a ir primero a Galicia y después a Valencia, donde no teníamos raíz alguna.

maragatos2Pocas veces he vuelto a visitar el pueblo. He pensado muchas veces en ir con un bidón de gasolina a quemar la casa, lo digo muy en serio, pero la memoria de mi padre me lo ha impedido hasta ahora. Una espada de Damocles se cierne siempre sobre la cabeza de mis “familiares” sin saberlo, soy un hijoputa capaz de matar o achicharrar. Este año me entró el gusanillo de volver a la zona. Hace unas décadas la Maragatería y el Bierzo eran lugares semiabandonados y despoblados, pero ahora los piojos puestos de limpio, los progres, los peregrinos y los esnobs han revitalizado la región para peregrinar a Santiago o para descansar su gilipollez en medio de esos parajes frescos y todavía no demasiado desvirgados. Miramos en internet y, tras escandalizarnos de lo chorizos que pueden ser todos los tipos de hosteleros, reservamos una casa rural con piscina cerca de BemBibre. Lo de la piscina es un decir, porque sé de buena tinta que allí sólo puedes bañarte a la intemperie veinte días al año.

Tomamos la carretera de La Coruña hacia el Norte. Cogimos el túnel, la chorizada del túnel, porque nos hemos vuelto unos julays. Trece Euros creo que nos cobraron. El trayecto por la Submeseta Norte se hace hoy en día muy corto. Mi madre, que ahora tiene la memoria medio borrada, se acordaba de casi todos los nombres de los pueblos. Ataquines. Tordesillas. Benavente, La Bañeza... Pasamos cerca del lugar donde se ahogaron los niños del autocar en el río Órbigo. Enseguida apareció Astorga. Allí mi abuelo materno, antes de que mi madre conociese a mi padre, estuvo en la cárcel. Era una cárcel donde en invierno la gente se congelaba, literalmente en las celdas. Decidimos no parar y comernos el bocadillo en el pueblo de mi abuela mientras veíamos la casa. No  diré el nombre del pueblo, póngan que se llama “Hijosdeputa” en la actualidad.

Es un pueblo metido en un valle a aproximadamente mil cien metros de altitud junto al Puerto del Manzanal y desde el que se divisa el monte Teleno. Recuerdo una vez cuando era niño que en una semana santa viajamos hasta allí a pasar cuatro días y tras la primera noche nos volvimos a Madrid del frío que hacía. Dormimos con la ropa puesta bajo un montón de mantas en aquellos colchones de lana que parecían un sarcófago a no sé cuántos grados bajo cero. Recuerdo todo aquello, también el día en que en la puerta me hicieron una foto en la que yo era rubio del todo y que aquella foto me la robó una novia que luego debió quemarla cuando me mandó a tomar por culo.

maragatos3Nos sentamos en un banco y deglutimos las viandas observando la casa. Hicimos algunas fotos de ella, quizás para realizar algún vudú al respecto. Hablábamos bajo porque, aunque hace siglos que nadie me ve el pelo por allí y el pueblo está casi despoblado cuando no es julio o agosto, sé que estas gentes detectan a los suyos no por la vista, sino por el olor, el olor a rancio que yo también emano. Vi el río donde los mozos hacían una poza para bañarse en verano, un aprendiz de riachuelo, y paseamos un rato por los montes aledaños requemados mil veces y replantados. Le conté a mi acompañante cómo cuando asfaltaron la carretera en los ochentas salieron restos de cerámica romana. Restos de cuando los de la X Legio Gémina hacian racias por los alrededores para follarse aldeanas, aunque las maragatas, aparte del característico y ya citado hedor corporal, son feas como pegar a un padre con un braguero.

De alguna chimenea salía humo y vimos a un par de personas por la calle. Partimos hacia Bembibre. La casa rural se encontraba en un pueblo cercano, de esos que yo recordaba despoblados. Llegamos y todo tenía muy buena pinta. La industrialización del turismo en la zona gracias al camino de Santiago y a otros pazguatos viajantes ha tenido su efecto. Era la típica casa grande de pueblo, como la de mi abuela, con una cuadra habilitada como comedor y unas habitaciones de muros gruesos y suelo de madera. Después de instalarnos bajamos a Bembibre con la esperanza de encontrar algún supermercado donde comprar alcohol para poder pasar la noche. El alcohol es el mejor compañero del viajero. Mis recuerdos de lugar no distaban mucho de la realidad actual: un pueblo minero feo siempre invadido por una pátina de eterna crisis y abandono. Su topónimo al parecer significa “buen vivir”, sarcasmo quizá. A principio de los años ochenta del siglo pasado en los pueblos se tenía bastante tirria a los mineros, se insinuaba que simulaban la silicosis para cobrar pensiones. Es el típico carácter envidioso maragato.

En una máquina expendedora refrigerada abierta a la calle vendían carne y cecina. Manda cojones. Encontramos un supermercado y adquirimos una botella de Paternina, la marca de vino que siempre se ha bebido aquí, curiosamente, y diversos aperitivos basura. También encontramos un bar recomendado en internet donde nos frieron unas hamburguesas a precio económico y nos tomamos unas cervezas para conducir entonados hasta la casa rural.

maragatos4Tras bebernos la botella entera lamentamos no haber comprado otra más, pero su efecto y el de la televisión nos transportó rápidamente en brazos de Morfeo. Desperté sin resaca alguna y puede ver por la ventana el típico día maragato-berciano: fresco y con niebla a pesar de ser mitad de mayo. Bajamos a tomar el desayuno y nos atendió la dueña del establecimiento con un inconfundible acento del lugar. Era una mujer de mediana edad pero que, a pesar de ser inconfudiblemente autóctona, poseía cierto aire cosmopolita. Al escucharla hablarnos sobre la casa, su restauración y conversión en hotelito rústico, no pude evitar recordar a mi tía cuando me acusó ante mis padres de dispararla con mi escopeta de perdigones desde el huerto aledaño cuando ella descansaba en un corredor muy parecido al de esta casa rural. Lamento que aquella anécdota fuese mentira, nos odiábamos y lo seguimos haciendo, debería haberla pegado un tiro de verdad.

A pocos kilómetros de Bembibre está Ponferrada. En mi época infantil la ciudad y el castillo se encontraban bastante abandonados ambos. La fortaleza de los templarios es magnífica, recia, y ahora la han convertido en un museo bastante bonito donde sablear a los peregrinos del Camino de Santiago. Para justificar el pago de la entrada, han restaurado las murallas y han colocado algún que otro atrezzo típico estilo audiovisuales cutres al estilo español y reproducciones de armas de guerra. Al menos hay voluntad de divulgación y es grato trepar por las murallas y desde lo alto ver las vistas que los sodomitas del temple observaban parapetados. A mi acompañante le entra hambre al minuto de salir del castillo.

Y hay que comer algo típico. Mira el móvil y me enseña que hay una casa de comidas recomendada. Miedo me da la comida berciana. Miedo, tengo miedo. Vemos que los restaurantes son muy mierderos y a unos precios que intentan esquilmar los bolsillos de los peregrinos. El museo de Luis del Olmo luce en su máxima ranciedad con una foto tamaño gigante del personaje radiofónico megalómano sobre el dintel de su puerta. Del Olmo, Old rancio school. En la calle en que está el reloj hay dos jipis de mediana edad cantando para ganarse unas perras. Él toca bien la guitarra, pero se parece a George Harrison, así que mi mente se va hacia adquirir una maza medieval y darle con ella en la cima de su pelo-nido, y que se le salgan los sesos. Entramos al restaurante, que está en un primer piso. Es una casa convertida en comedero, con un baño con bañera y todo, un espacio anclado en los años setenta. El dueño es simpático. La comida es casi toda la misma: platos grasientos con pescado rancio no fresco traído de la vecina Galicia y repollo a discreción. Lo que me temía. Recuerdo los repugnantes guisos de mi abuela, sus arroces caldosos sobre los que se podía por una parte navegar y por otra era necesaria un hacha para partir el arroz emplastado. Degluto una especie de sopa con repollo, un mal menor, y de segundo algo grasiento. El dueño nos enseña un bonito patio donde pueden realizarse celebraciones entrañables, un patio anclado en los años cincuenta o sesenta.

maragatos5Discutimos un poco y bajamos la comida dando otro paseo. La ahora ciudad, con incluso un edificio alto a modo de torre moderna junto al Sil, está bonita, se ha hecho una buena labor sobre ella. Siempre han dicho que en el Bierzo hay dinero. Partimos carretera abajo hacia Las Médulas. Por el camino charlamos sobre lo divino y lo humano, me vienen mil recuerdos de cuando todo aquello era virgen. Las minas de oro romanas siempre estuvieron allí desde que yo tengo uso de razón, estaban allí abandonadas al tiempo. Llegamos al pueblo donde han edificado una especie de centro de interpretación. En la puerta intentan unos falsos aldeanos vendernos productos de la tierra elaborados en fábricas a cientos de kilómetros. Nos aconsejan ir a la parte alta y visitar las galerías, ahora previo pago. Siempre fueron gratis, podías entrar a oscuras con tu linterna, ahora te dan un casco con una sonrisa en la boca y te cobran unos Euros. El paseo está iluminado, lo que le quita encanto, y ya no hay barro en los pasillos. Aprovecho para intentar mear dentro, pero mi acompañante me gasta la típica bromita de que viene alguien y me corta el chorro. Ella confiesa que también se está meando y al salir nos desviamos por una ruta senderista para poder vaciar.

Caminamos como un kilómetro por la senda, que nos permite acceder a una zona desde la que se divisan los picos rojizos de la montaña devastada y demolida. Los romanos utilizaban sistemas de agua a presión para dinamitar a su manera el terreno, legaron un paisaje surrealista como de otro planeta. Decidimos desandar nuestros pasos hacia el coche. Chispea y hace un fresco que me hace rememorar los tiempos en que en verano paseábamos por estas tierras. El paraje está desierto, ni un alma en un kilómetro a la redonda. Nos circundan matorrales impenetrables crecidos sobre el terreno mil veces arrasado y calcinado. De repente, miro hacia el lateral de una profunda vaguada paralela que acompaña rectilínea al camino, y diviso a dos animales que caminan uno detrás de otro. Puedo ver sus cabezas, su cuerpo canoso. Van en fila india. Son unos segundos. Dos lobos, uno detrás de otro. Es muy difícil, casi imposible, verlos. Mi padre me contó que vio una vez uno en el pueblo, que se quedaron mirando el uno al otro y que desapareció en el bosque. La única vez que vio un lobo en su vida. Magia.

Alucino con haber conseguido ver un lobo. Dudo incluso de mi vista. Los había escuchado aullar en Soria, pero muy de lejos. Bajamos al pueblo de Las Médulas de nuevo y, aunque quedan menos de dos horas de sol, decidimos tomar una ruta por la parte baja de las minas. Como el día está plomizo, amenaza lluvia y hace fresco los visitantes han desaparecido. Atravesamos los senderos que conducen a grandes agujeros abiertos en la montaña entre un paisaje fantasmagórico de preciosos castaños centenarios muertos y semiasesinados por el tiempo, árboles que han adoptado las formas de monstruos y humanos, o de humanos monstruosos, que parecen sombras de los espíritus de los esclavos que excavaron la zona. Los romanos esclavizaron a autóctonos o los trajeron de lejos. Se follaron a sus mujeres y a las de los aldeanos de las tribus celtas e ibéricas y procrearon estas sucias razas mestizas de bercianos y maragatos.

Leemaragatos6mos los bonitos letreros en los que cuentan cómo trabajaban los esclavos. Y cómo morían. Bajamos el camino mientras cae la noche. Cogemos el coche y volvemos a Bembibre a toda prisa para intentar pillar el supermercado abierto para comprar más alcohol. Respiramos porque todavía no han cerrado. Un transexual simpático despacha en la caja con una sonrisa. En estos lugares pienso que lo ha debido pasar mal con su sexualidad, las gentes del lugar siempre han sido criticonas y retrógradas hasta la médula. Paramos en el bar del día anterior y nos tomamos unas cañas rápidas, para ir abriendo boca. La grasa consumida en la comida necesitará que ingiramos mayor cantidad para que haga efecto. Compramos vino a discreción, chocolate, aperitivos y algún embutido industrial. Llegamos al hotelito, lo consumimos todo y al rato caemos rendidos y algo, al menos, borrachos. La tele hace el resto. Echan el festival de Eurovisión. Nos reímos de los concursantes un rato. Luego pongo un canal temático mientras mi acompañante ronca. Al día siguiente iremos a Astorga. Allí siempre siento tensión, la vibración familiar siempre me resulta negativa.

Despertamos con cierta resaca. Una pena no haber podido fumar algún porro para descansar mejor, pero nos hemos hecho viejos y ya no viajamos con drogas encima, por si algún picoleto hijo de puta nos para. Desayunamos en la antigua cuadra de la casa. Hay una pareja con niños en otra mesa, de esos  que se hacen los guays llevando a sus hijos al campo a que se aburran. Gafapastas de extrarradio venidos a más. Tomamos la carretera general en vez de la autopista. Pasamos por la zona de la N-VI antigua junto al desvío del pueblo de mi padre. Recuerdo cuando el camino era de tierra. Hay una foto de mi padre montando en una bici BH de paseo de mi hermana justo antes de caerse, recuerdo que se dio tremendo hostión bajando la cuesta. Afortunadamente la grasa abdominal que adquiría en verano en el pueblo paró el fuerte golpe.

Llegamos a Astorga. Han puesto un disparatado precio por entrar en la Catedral. Los hijos de puta de los curas, como siempre, jodiendo la marrana. Vocifero en la puerta para que me oigan insultar la clero, como es menester. Hacemos fotos del palacio de Gaudí, ese señor tan meapilas pero tan gran artista. Es bonito, pero dentro recuerdo que no había nada o casi nada. Bajamos a la muralla. En Astorga el tiempo se ha detenido. Han arreglado los jardines tras el recinto amurallado y empedrado las calles, pero todo sigue casi igual, igual de rancio. Antes al menos vendían un pan de hogaza que duraba quince días. Ahora sólo encuentras cecina industrial a precio de casera. Recuerdo cómo sabía la mantequilla en el pueblo, y cómo olía el armario del queso de cabrales. Era repugnante, pero rico. Las mantecados sabían también muy bien, pero se secaban muy pronto. En Madrid había un bar de maragatos donde todos los días vendían hogazas de Astorga. que les traían los camiones que venían de Galicia. Era en la esquina de Juan de Olías con Bravo Murillo. Pero los dueños hace tiempo que murieron y traspasaron el negocio.

maragatos7A mi acompañante se le antoja un cocido maragato. Afortunadamente le describí cómo elaboraban el botillo y le dio suficiente asco como para que no se le antojara también comer unas patatas grasientas con ese conglomerado dentro. Discutimos dónde comer. Los restaurantes son caros para lo que dan: grasa con garbanzos. Discutimos. Discutimos. Me voy por una calle y dejo de divisar a mi antagonista. Me encamino hacia la casa de los Panero. Siempre escuché comentar en el pueblo cosas sobre ellos, siempre negativas. A mí me cayeron muy bien. Han muerto todos. Un fin de raza que defecó en la cabeza de toda esa gente tan repugnante de Astorga, esa chusma reaccionaria que los veía como perros verdes y degenerados. Hace años que los idolatramos tras ver “El desencanto”. Hace décadas que tanto Astorga como el mundo me desencantaron también. Como no llevo móvil, voy al coche y me reencuentro con la persona que tantos dolores de cabeza me da y que tanto alcohol consume conmigo. Lloriquea. Sí, soy un hijo de puta, y un rata. No quiero gastar dinero en comer y eso da motivo a conflictos variados. Entonces se me pone en los cojones y vamos al restaurante con mejor pinta donde ofrecen cocido. Al final accede. Se negaba ya a a comerlo, por despecho gastronómico, para joderme, la muy puta, pero yo sabía que era con la boca pequeña. Entramos y nos dan la última mesa. Varios platos de carne y embutido grasiento después casi no podemos levantarnos del sitio. Terminamos muy tarde de comer. La sopa se sirve lo último. El dueño, y su hija, que está de buen ver aunque tiene pinta de llevar bragas de cuello vuelto y un cepo en la puerta del chocho, nos saludan efusivos, porque somos los últimos en marcharnos. Se sienten atraídos por nuestro aspecto de especie de letrados indigentes que gastan dinero alegremente en comida grasienta. Son amables, algo falsos, pero amables. Al menos amables, en esta gente hay gente pero que muy borde, como mi padre o como yo, aunque mi eterna sonrisa falsa de maragato abre aquí todas las puertas.

Abandonamos el restaurante casi en estado de coma. Noto cómo la grasa se asienta en mis arterias. La hostalera nos ha dicho esta mañana que visitemos un pueblo llamado Colinas del Campo. Tomamos una carretera de montaña hasta que se acaba. En lo profundo de un valle se encuentra la aldea, con todas las casas reformadas para el turismo guay. Recuerdo aquellos poblachos cuyos habitantes se iban por las noches a defecar y  orinar (cagar y mear) a las eras y a los pajares derruídos. Se encontraban todos cuando caía el sol apretando y limpiándose el rasca con piedras, porque hasta bien entrados los años ochenta doy fe de que no había retretes dentro de las casas, con lo que aquello suponía para el aroma interior sobretodo en invierno tras el invento nefasto de los orinales. Todo el pueblo tiene los tejados de pizarra, muy bonito, y hay un puente sobre un riachuelo salvaje y una especie de campanario en la plaza. Está desierto, paseamos por sus calles. Simulo que voy a hacer una ruta de senderismo de diez kilómetros cuesta arriba aunque ya queda sólo hora y media de sol, todo para que mi acompañante, con la tripa hinchada como un balón por el kilo de garbanzos consumido, proteste iracunda. Notamos analmente que las legumbres van haciendo su efecto, así como el repollo a quintales que hemos devorado, aunque no me gusta el repollo. Los pueblos ya no huelen a mierda de vaca como antaño cuando nos llevaban a la era a trillar y del trillo tiraban dos vacas que cagaban a discreción mientras un aldeano les recogía la hez del culo con una pala. Ya no huele a mierda como antaño, y mira que ese olor no me resultaba, por familiar, nada desagradable.

Mi padre me contó que una vez escucho una especie de santa compaña cuando llevaba a pastar a las vacas con su primo. Estad tranquilos, porque tardó en morir casi sesenta años más tras la visión agorera. Son tierras mágicas, estos infectos territorios del bierzo y la maragatería. Tierras mágicas pobladas por personas oscuras y malencaradas con el extraño, el extraño de dentro o el de fuera. Los maragatos practicaban la covada y follaban todos contra todos en los pueblos, los primos fornicaban entre sí sin rubor porque no había otra gente en la que meter o ser metido en caliente. Así luego los descendientes hemos conseguido a pulso portar enfermedades hereditarias. Yo tengo piedras en el riñón dicen que por ello. Cuando era pequeño vi a un viejo del lugar morir por gangrena en un pie. Decían que trepaba a los árboles y que se le había clavado algo por andar descalzo. Una forma romántica de morir, pero puedo dar fe que el pie daba un poco de asco. “El tío Juan”, lo llamaban. Un recuerdo para el tío Juan, no sé si merecido o no. Ahora a estos pueblos van a follar con amor pijos de las ciudades. Algunos se follan a sus hijos o sobrinos, pero esa ya es otra historia, no berciana o maragata. Los gafapastas también pueden ser violadores pederastas.

Compramos de nuevo alcohol en el supermercado y prometemos no beberlo todo esa noche, dejar algo, porque al día siguiente tenemos que partir para Madrid y no resulta conveniente tener resaca. Pero no cumplimos la promesa. Paternina banda roja. El cocido maragato no nos permite apenas cenar nada, sólo bebemos. Caemos rendidos y en un flashforward como el de “2001 una odisea del espacio”, se me cae la botella de vino de la mano como a un mono borracho, nos despertamos, hacemos la maleta y bajamos a desayunar. Tenemos que despedirnos, hacer el check-out y volver a ir al pueblo de mi abuela a hacer una última intentona sentimental de quemar la choza de mi tía. La hostalera nos despide amable aunque no efusivamente, se nota que es del lugar, aunque nos cuenta que ha vivido muchos años en Barcelona, lo dice con la boca pequeña porque nunca se sabe si puede recibir gran rechazo haber vivido en la capital de esa república. Nos dice que está ampliando la casa con más habitaciones, y que en julio abrirá la piscina para aprovechar los diez días en que te puedes bañar al aire libre en estas tierras. Tomamos la antigua Nacional VI hasta el desvío del pueblo de mi abuela. Bajamos por el valle que habitaron iberos, celtas, romanos y maragatos, todos juntos y revueltos. Paramos en el mismo lugar que el día anterior y, tras vigilar que no hay nadie por los alrededores, damos un paseo. La casa está ahí, delante de mí. Mi padre me dice desde el purgatorio que no la prenda fuego, que lo haga por él, por su memoria. No he traído, una vez más, gasolina. Mi acompañante subraya lo hija de puta que le parece mi tía y su historia, pero que no se queda corta en hijoputismo mi abuela cambiando el testamento a favor de la susodicha sin razón ninguna. Sueño con que no apunto mi escopeta hacia su cabeza desde el huerto mientras duerme en su mecedora. En el último momento se despierta y me ve apuntar, aprieto el gatillo y le reviento la cabeza de un tiro. La vida es sueño. No sé si ella habrá muerto ya, espero por una parte que sí, pero por otra que se reconcoma la cabeza el mayor tiempo posible.

maragatos8Echamos gasolina en Astorga. Pedimos factura, pero increíblemente no sabían cómo hacerla. Mi tío una vez vio despachar en una ferretería de Astorga a una persona que lo hacía con diligencia y rapidez y no pudo evitar preguntar si no era de allí. No, era de Madrid la dependienta, lógico. Son lerdos los maragatos tanto como los bercianos, que en realidad son la misma cosa. Nunca supe diferenciar ambos territorios, no hay ni una linea pintada en el mapa, ni una comida grasienta, ni una costumbre sexual grotesca que los diferencie. Ni siquiera el repugnante botillo, que es oriundo de las dos comarcas en realidad. Esta vez no compramos ni mantecadas ni una hogaza de pan para llevárnosla a casa. El camino de vuelta es corto. La Bañeza, Benavente, Tordesillas, Ataquines, Adanero. Subimos el puerto de Los Leones para cumplir la tradición paterna y ahorrarnos el dinero chorizado en el túnel de peaje. Pienso en cuándo volveré a la tierra de mis antepasados, si tardaré mucho, y si compraré entonces un bidón de gasolina, o explosivos, y quién podría ayudarme a tomarme la justicia por mi mano. Puede que os lo pida a ti o a ti y no podréis negaros. O conseguir que hubiera una guerra a muerte, de exterminio, entre maragatos y bercianos, que se devoraran los unos a los otros, Caínes y Abeles, que en realidad son la misma cosa aunque presuman de no serlo. Es una bonita tierra a vista de pájaro, pero todo depende del color de cristal con el que la mires.

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