Diario de una funcionaria primeriza

Primeros encuentros

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Después de un primer día poco fructífero, llega mi segundo día. Por fin iba a conocer mi Lugar de Trabajo y había quedado con Funcionario Predecesor en la puerta del edificio donde estaba ubicado.

Mi principal temor en esos momentos era no reconocer a Funcionario Predecesor, porque la verdad es que no recordaba su cara y allí había muchísima gente. Afortunadamente, él me reconoció a mí.

Sin más dilación, me dirigió a través de una serie de pasillos que me iban alejando cada vez más de la puerta principal. Yo me asusté, pensando que al día siguiente no iba a saber llegar sola, pero resulta que había otra puerta a diez pasos en línea recta del Lugar de Trabajo, así que mi pésimo sentido de la orientación no iba a ser un problema.

Y allí estábamos, delante de una puerta de madera oscura con un cristal translúcido. Al lado había un pequeño cartelito rojo en el que se podía leer “Lugar de Trabajo”, en letras blancas.

Tras unos microsegundos de intensa expectación cruzamos la puerta.

Ante mi mirada se abrió un gran despacho…Sombrío, lleno de papeles por todas partes, con muebles viejos y con cuatro sexagenarios (todos hombres) dentro. No es que tenga nada en contra de los sexagenarios, pero en esa época yo tenía veinte añitos y venía de una empresa donde la mitad de la gente tenía mi edad y la otra mitad no iba más allá de los cuarenta y pocos, por lo que pensar que a partir de entonces iba a compartir mi vida laboral con señores que eran más mayores que mis padres no era la ilusión de mi vida.

Pero no pasaba nada, yo iba con la mente abierta.

Uno de los sexagenarios era el Jefe Ausente que, como había prometido el día anterior, se había pasado por allí para darme la bienvenida al Lugar de Trabajo.

Otros dos eran jefes del lugar. Pronto me di cuenta de que allí había más jefes que empleados rasos puesto que, además de esos dos jefes (trabajadores de la Administración X), había otros dos jefes ajenos a la Administración, pero que también mandaban si hacía falta.

El cuarto sexagenario era él. El único, inigualable e irrepetible Funcionario Tópico. En un primer momento no sabía que tenía ante mí al prototipo de funcionario odiado por la sociedad, a ese funcionario que es el que da la mala fama al resto, al funcionario que hace avergonzarse al resto que se define como tal.

Era él. Estaba delante de mí. Iba a ser mi compañero los próximos años.

Pero, como digo, ese día no supe lo que se me venía encima. Todos fueron muy amables y me recibieron con mucha alegría, con comentarios que a grandes rasgos se basaron en mi género y edad.

-¡Qué bien, una chica!
-¡Qué jovencita eres!
comenzamos2Pienso que alguno no estaba muy acostumbrado a tener chicas (jóvenes) trabajando con él, y eso que en las Administraciones, en general, hay muchas más mujeres que hombres. Por el contrario, yo siempre he estado rodeada mayormente de mujeres (en el colegio, en la universidad, en mis primeros trabajos) y me imponía un poco tanta testosterona revenida a mi alrededor.

Los jefes tardaron poco en marcharse, otra vez con muestras de alegría por tenerme allí (¿demasiada alegría, quizás?), y solo se quedaron Jefe Ausente, Funcionario Antecesor y Funcionario Tópico.

Fue entonces cuando Jefe Ausente preguntó a Funcionario Tópico qué horario laboral hacía normalmente.

Tal y como lo cuento, Jefe Ausente no sabía qué horario se hacía en Lugar de Trabajo.  En la Administración X, como en la mayoría, hay que fichar al entrar y al salir, pero como Lugar de Trabajo era algo especial, excepcional o raro, no se fichaba.

-Estoy viniendo de 10.00 a 14.00-confesó Funcionario Tópico.

Exactamente, 4 horas al día, cobrando como jornada completa, lo que, obviamente, pareció mal a Jefe Ausente, que le dijo que, aunque no hiciéramos la jornada entera (porque no había trabajo para estar ahí todas las horas requeridas y, total, nadie se iba a enterar), teníamos que estar en Lugar de Trabajo mínimo de 9.00 a 14.30.

A mí me pareció estupendo. A Funcionario Tópico no tanto.

-Vale-se limitó a decir con la boca pequeña.-Lo que me digas.

Entonces Jefe Ausente también se fue, no sin antes haber dado una orden firme a Funcionario Tópico.

-Enséñale la cafetería antes que nada.

Y allí me quedé con Funcionario Tópico y Funcionario Antecesor, en aquel bonito lugar en el que pasaría largas (muy largas) horas los siguientes cinco años (que se dice pronto).

Se trataba de un despacho dividido en dos mitades por un muro, que tenía una puerta a cada lado. En cada mitad había dos mesas, con un ordenador (antiguo) cada una, y una ventana gigante por la que nunca pasaba el sol. Todo (y cuando digo todo quiero decir absolutamente todo: mesas, sillas, estanterías, armarios, suelo…) estaba lleno de papeles, aparentemente sin ningún orden.

La mesa que me correspondía a mí, y que por las tardes utilizaba Funcionario Antecesor, estaba de cara a la puerta y tenía un fax (no diré que era antiguo porque ese adjetivo ya va implícito en la palabra fax). La de Funcionario Tópico estaba de cara a la ventana. Es decir, sentados en nuestras respectivas mesas, nos dábamos la espalda.

Eran ya cerca de las 15.00, por lo que me invitaron a irme a casa. Ellos se iban a quedar un poco más, supongo que cotilleando sobre mí. No por nada, sino porque es lo que yo hubiera hecho en su lugar.

Así que me despedí con un “Hasta mañana a las 9.00”. Ilusa de mí…

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