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Morrison Hotel

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Con la mano derecha abierta, como el que se dispone a estampar una mosca desprevenida, hice sonar varias veces el timbre sobre el destartalado mostrador, hasta que apareció un individuo con cara de pocos amigos. Seguramente había interrumpido bruscamente su holganza en algún sucio jergón de la trastienda, oculta por aquellas desgastadas cortinas de incierto color marrón. En esos momentos, por la escalera lateral bajaba con gran parsimonia un hombre no muy mayor, aunque prematuramente envejecido, con pinta de vagabundo. Llegó hasta la puerta del establecimiento abstraído en su mundo, sin mirarnos ni pronunciar palabra, y salió a la calle con una bolsa de papel vacía. El recepcionista tampoco le hizo el menor caso.

- Qué hay –esputó con desgana.
- Hola, buenos días. Quería saber si le queda alguna habitación libre para tres noches.
- A 4 dólares, con baño compartido. Documentación…
- ¿No le queda ninguna de 2,5? El cartel de fuera dice que tienen ese precio.
- Lo que dice es “a partir de…” No sabe leer o qué.
- Está bien, está bien.

morrison2Mientras buscaba en la mochila el carné de conducir, la única acreditación que podía exhibir, a pesar de que llevaba más de tres años sin tocar un vehículo, empezó a sonar con fuerza el traqueteo metálico de una furgoneta que estaba aparcando en la acera de South Hope Street, enfrente del hostal. Por el reflejo de la vidriera que había detrás de la repisa comprobé que se trataba de una vieja Volkswagen de la que salieron cinco jóvenes acompañados de una chica muy atractiva. Cruzaron la calle armando cierto alboroto, a paso ligero, comportándose con desenfado hasta que entraron. Todo indicaba que iban guiados por una clara determinación.

- Te lo dije, Jim. Es perfecto –dijo uno de los chicos, con gafas redondas y melena rubia.
- Desde luego, un gran lugar para planear un crimen o empezar una religión –contestó su amigo, también con pelo largo, moreno, y una penetrante mirada cargada de insolencia.

En el hall preguntaron al empleado si podían tomar unas fotos. El tipo les miró de arriba abajo y de izquierda a derecha con indisimulada displicencia hasta que soltó una drástica negativa.

- Aquí no se pueden tirar fotos. Ya os estáis largando.
- Pero bueno, ¿y eso? Solo son unas fotos. Acabamos rápido –espetó el que llevaba la cámara colgando del cuello.
- Déjalo Henry, menudo antro de mala muerte –terció otro que lucía grandes bigotes unidos a las patillas.
- Verás, no vamos a romper nada, ni hacer nada malo. De verdad. Solo que a mi amigo le hizo gracia el albergue, porque se llama igual que él. Solo eso. Es un recuerdo sin importancia.
- Que os larguéis. Los dueños no están y yo no os voy a dar permiso sin su consentimiento –argumentó el encargado con un rictus que empezaba a resultar agresivo.
- Oye, a ver si aprendes algo de educación –respondió el de la melena rubia.
- Vale, Ray. Tiene razón. No está autorizado. A lo mejor podemos volver otro día –intervino la chica del grupo.

Observé la escena sin ser advertido, sentado en un decrépito sofá que estaba pegado al escaparate. De repente sonó como un chorro cayendo desde arriba. Entonces, alcé la vista al mismo tiempo que el recepcionista, que no daba crédito, como yo, a lo que estaba pasando. El origen era un tío con aspecto de lunático, cuya desnudez cubría únicamente un holgado gabán, que estaba meando por el hueco de la escalera, como si de su picha brotase algún tipo de maná redentor.

-Yo os bendigo en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Amén –imprecó el tarado.

morrison6Con un tremendo bufido el encargado salió del mostrador como una centella y corrió a su encuentro subiendo los escalones de tres en tres. Al comprender sus intenciones el loco giró sobre sí mismo y desapareció por el pasillo, repitiendo una y otra vez “yo os bendigo”, “yo os bendigo”…

- Chicos, esta es la nuestra –alertó el fotógrafo–. ¡Vamos, vamos! Antes de que baje. No tenemos mucho tiempo. Poneos en el sofá, mirando hacia la calle. Yo voy fuera.

Como un silencioso resorte, desalojé el lugar en que me encontraba con suma discreción y me situé cerca de la chica, que observaba divertida la escena. Como la persiana estaba medio echada, la iluminación era algo deficiente. Al de la cámara no le importó. Desde la calle empezó a hacer señas para el que chico moreno, el que llevaba una camisa blanca sin cuello, se situase en el medio, con las manos en los bolsillos. Los dos con barba se pusieron detrás, a derecha a izquierda, éste último con las manos apoyadas en un respaldo. El rubio de las gafas redondas con trazas de intelectual prefirió quedarse de medio lado, con el brazo extendido encima de la cabecera. A pesar de las circunstancias, un tanto cómicas, todos adoptaron una pose excesivamente seria al exhibir sus ensimismados semblantes, como si hubiesen sido transformados en inquietantes maniquíes.

La sesión duró poco. Enseguida rompieron la composición y abandonaron el local apresuradamente. En menos de un minuto, la furgoneta que les trajo zumbaba de nuevo por la avenida, a la que me asomé instintivamente. Tenía cierta curiosidad por adivinar a dónde podrían encaminarse con tan humilde botín. El vehículo se dirigía al oeste, rumbo a la autovía de Santa Mónica, quizás hacia la playa o al campus de la Universidad de California.

morrison4Regresé al hotel. Debido a las extrañas interrupciones de la mañana, aún no me habían asignado ningún aposento. Cuando al fin bajó el de la recepción, me pregunté de qué manera habría ajustado cuentas con el escatológico huésped. Sin hacer el más mínimo comentario sobre el incidente, rebuscó en el cajón y me entregó una llave con un cordón y una chapa en la que estaba grabado el número 112, apenas perceptible.

Estuve deambulando en busca de mi habitación por el angosto pasillo de la primera planta. Las descoloridas telas estampadas que forraban sus paredes iban conformando una suerte de túnel que incursionaba hacia una dimensión crecientemente irreal. Ninguna entrada estaba identificada. Ya me lo había advertido el chico de la recepción. Para orientarme hacia mi destino me explicó que tenía que contar 11 puertas a partir del rellano de la escalera y que la siguiente sería la que me correspondía. Para no equivocarme fui desplegando un dedo por cada una que iba dejando atrás. Cuando terminé con las dos manos me detuve. Más allá de la siguiente puerta un recodo cambiaba la dirección del pasillo. Me aproximé hasta él, pero a partir de esa posición había tal oscuridad que no se podía percibir nada. Tampoco encontré ningún interruptor para iluminar el tramo. Avancé a tientas, siguiendo el tabique con las palmas y dando pasos muy cortos. Al cabo de un rato no pude encontrar ninguna habitación más, por lo que volví a la zona con visibilidad, retrocediendo hasta la última puerta por la que había pasado antes.

morrison3Como me sentía fatigado, recosté mi espalda sobre ella. Sin querer, apoyé el codo en el picaporte hasta que éste cedió lentamente y dejó el paso libre. La repentina apertura me hizo perder el equilibrio y caer en el interior de la estancia. Desde suelo, a la altura de mis ojos, pude observar unos zapatos rojos muy lustrosos que giraban y giraban sin cesar, siguiendo de forma desacompasada una clásica pieza de rocanrol que una mujer de mediana edad y larga melena rubia tarareaba como perdida en un bucle. El brillo del calzado contrastaba con su pobre vestido de campesina. Al fondo, junto a una chimenea sin fuego y sin leña, un anciano de piel curtida, cubierto de algas y con una diminuta coleta para recoger sus exiguos pelos canos apuraba una botella de cerveza tras otra con la atención puesta en la ventana, desde donde se dominaba una suave colina.

-¿Quieres estarte quieta de una puta vez? Jodida Maggie, me tienes harto. Bájate a la ciudad y déjame en paz. ¿Es que no se puede emborrachar uno a gusto en esta casa? Mierda de tía. Te voy a desheredar. Así nadie querrá follar contigo. Ni siquiera esa escoria que tienes ahí tirada bajo tus pies.

Al reparar en mi presencia la mujer dejó de dar vueltas, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a restregar su sexo sobre el bulto que empezaba a crecer entre mis piernas. Cuando la tuvo a punto, bajó la cremallera del pantalón, metió la mano por la abertura y empezó a masturbarme toscamente hasta que me corrí en la ropa. Luego pegó un salto para incorporarse, me tendió su brazo con intención de levantarme y tiró de mí con ansias de salir de allí. Justo después de cerrar se escuchó el fuerte crujido de una botella estampándose contra la puerta.

Avanzamos por el corredor hasta la siguiente habitación. Íbamos cogidos de la mano, sudorosos y excitados. Por debajo de la puerta asomaba un intenso resplandor. Maggie se situó enfrente, la abrió de un puntapié, me empujó dentro, dio un sonoro portazo y no supe nada más de ella. Me encontraba ante un extenso y yermo paraje bañado por un sol cegador, pero hospitalario. Caminé en busca de una sombra y al cabo de un rato la encontré tras una gran roca cuya forma recordaba vagamente a una pipa. Fue cuando ocurrió algo inaudito. Aquella chica navaja con la que compartí una abrasadora semana cinco años atrás se encontraba ante mí, como una milagrosa aparición, tan sensual y deseable como siempre. Quise pronunciar la frase que tanto repetí teniéndola en mis brazos. Quise decirle “te amo más que a nada, mucho más que a cualquier otra que haya conocido en el verano indio”… No pude hacerlo, porque selló mis labios con su boca y me deslizó con su lengua un trozo de vegetal cubierto de una fina pelusilla cuyo amargo sabor al masticarlo supe identificar rápidamente.

La placidez de aquel viaje, dulce como una caricia, sinuoso como las marcas de un campo de cereal recién segado, no duró mucho. O tal vez sí. ¿Quién puede medir el tiempo? Todo terminó con unos brutales golpes en la pared del cuarto contiguo.

- Sé que estás ahí, James Douglas, lo sé bien. A mí no me engañas –los gritos retumbaron por todo el edificio.
- ¿Pamela? Esos chillidos son inconfundibles.
- Síííí, Pamela Susan Courson. ¿Qué pasa?
- ¿Cómo has llegado a este hotelucho? ¿Qué haces en la otra habitación?
- ¿Oír cómo te follas a esa puta india?
- No estábamos haciendo nada. Solo peinábamos nuestros cabellos con el susurro del viento.
- Métete tus versos mierderos por el puto culo, cabronazo.
- Amor, solo era eso, amor. Solo era eso, amor. Tú eres mi princesa, mi verdadera reina de la carretera. Te comportas como una tigresa, pero en realidad estás ciega.
- Ciego te voy a dejar yo a ti, monstruo de cuero negro. Te voy a sacar los ojos y se los voy a dar de comer a tus amigos los cuervos. Negros como tú, negros…

morrison5Las voces se replegaron hasta bien entrada la noche. El sofoco nos sumió en un agitado duermevela en el que no hubo más palabras ni reproches. El estruendo del camión de la basura batiendo la calle de madrugada dio inicio al segundo asalto, mucho más apacible, después de introducirme por el agujero de la pared y aparecer en su habitación como el genio de la lámpara maravillosa.

- ¿Por qué me vigilas, Pam?
- Porque me has contagiado tu mierda poética. Porque conozco aquel sueño que tuviste. Porque conozco la palabra que esperas oír. Porque conozco tu miedo más profundo y tu secreto.
- ¿De verdad?
- De verdad. Soy una espía en la casa del amor. Lo sé todo. Todo lo que haces. Los lugares a los que vas. Todos a quien conoces.
- Pam, quiero contarte algo. Mi abuela se enamoró de un marinero que navegó por el mar helado. El abuelo fue aquel ballenero que me puso sobre sus rodillas y me dijo: “Hijo, me estoy volviendo loco de vivir en tierra firme. Tengo que encontrar a mis compañeros y andar por tierras extranjeras”. Ese anciano era agraciado. Tenía una sonrisa de plata, fumaba en pipa de brezo y caminaba cuatro millas por el campo, cantando canciones de hermanas sombrías y de la libertad de antaño, canciones de amor y canciones de muerte. Canciones que liberan a los hombres. Tenía tres barcos, sesenta hombres y muchos puertos aún por arribar. Decía: “Estaré en el mástil, dejando soplar los vientos del norte hasta que la mitad de nosotros muera”. También solía recitar esto: “Cuando tenga en mis manos un billete de un dólar, compraré una botella y beberé hasta saciarme. Si tengo en mis manos uno de cinco, irá para la viva piel de esa chica. Cuando tenga en mis manos uno de dos, volveré a casa para casarme contigo. Casarme contigo, casarme contigo”.

Pam se quedó callada durante un largo espacio de tiempo. Me levanté de la cama y fui al lavabo. Me había entrado una náusea repentina. Refresqué mi nuca con agua y crucé la estancia hasta la ventana. Al separar la cortina, me percaté de un luminoso de neón, al final de la manzana, que anunciaba “Cocktails” junto a la entraba de un garito de fachada roja que se hacía llamar Hard Rock Cafe.

CONTINUARÁ…

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