Mike Esbirro: En tierra de nadie

Jolene

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Aún aturdido, somnoliento y con mi capacidad de reacción anulada por las circunstancias del momento, observo a la joven criatura depositar la bolsa de naranjas sobre la vieja mesa de roble. Se mueve con absoluta soltura a lo largo y ancho de la estancia, sin parar de hablar, como si me conociera de siempre. Me cuenta cosas de su vida en el pueblo, de su abuelo, de gente que no conozco, de la casa. En otras circunstancias hubiese pensado que estaba loca, sin embargo, ha sido capaz de captar toda mi atención con sus maneras sencillas y familiares.

jolene2Sin dejar de hablar y mientras la miro de pie, inmóvil, como un espantapájaros, ella rebusca aquí y allá todo lo que ella entiende necesario para preparar un rico desayuno. Parece conocerse la casa a la perfección, se mueve con osadía por los armarios y cajones de la vetusta cabaña. En pocos minutos, la mesa esta a rebosar: cafetera italiana, exprimidor, pan de molde, mermelada....

-¡Pero vamos, no te quedes ahí, échame una mano! -me espetó con una sonrisa que terminó por sacarme de mi adormecimiento.

Con una visible desgana, pero atraído por su joven ímpetu, comienzo a preparar el café mientras ella se encarga de todo lo demás. Con la alegría propia de su lozana juventud, comienza a cantar canciones populares, festivas, que me trasportan a tiempos muy olvidados de mi pasado. Todo en ella me es familiar, cotidiano, cercano y entrañable. No la conozco de nada, pero es como si siempre hubiese estado conmigo.

Sentados a la mesa, frente a frente, trato de prestar la máxima atención. Me siento  un lienzo en blanco donde ella dibuja, a través de sus palabras, una nueva realidad.

Se hace el silencio. Aprovecho el momento en el cual sus dientes se afanan en dar buena cuenta de una suculenta tostada de mantequilla.

-¿Cómo te llamas?
-Jolene –afirma mientras no puede evitar que parte de la tostada caiga sobre el café salpicando su rostro. Ríe a carcajadas.

jolene3“Demasiado tiempo entre adultos” pensé. La escena me conmueve, no dudo en sonreír.

-No es un nombre muy común – observé .
-Me lo puso mi madre. Es de una canción americana que le encantaba. Me la solía tararear de pequeña, pero ya no la recuerdo bien.
Su rostro se ensombrece por un momento. Tengo la tentación de preguntar, pero  lee mi pensamiento y sigue hablando:

-Mamá ya no esta, murió cuando yo tenia ocho años. Papá nunca tuve, vivo con el abuelo, él me cuida.

Sosteniendo el recipiente con ambas manos y provocando un un ruido característico al tragar, termina con ansia el contenido de su taza. Se relame como un gato.

-¡Ummmm!, ¡Café rico!.
-¿No eres un poco joven para tomar café?- le señalo mientras se limpia los labios con la manga de su chaqueta.
-No sé desayunar otra cosa -asevera con rotundidad.

La observo fijamente unos segundos. Esa nariz, esos pequeños ojos almendrados, su forma de reír... ; me asalta un sombrío recuerdo. Ella también me mira, como si tratara de adivinar.

-Estoy muy contenta de tener un nuevo amigo. El abuelo me dijo que vendrías. Has tardado mucho, pero no importa. -asegura jovialmente.

jolene4Guardo silencio, sobran las palabras o, simplemente, no tengo nada mejor que decir. Su juvenil fuerza me abruma, al mismo tiempo me llena y me da pereza. No tuve hijos pero, de haberlos tenido, no me hubiese importado que se parecieran a ella.

-Venga, date prisa, tenemos que hacer una visita al viejo Zoilo – me apremia alzando ambas manos riéndose.

Apenas tengo tiempo de lavar mi cara. Ya en la calle, caigo en la cuenta de mi imagen deplorable. He perdido la cuenta de los días que llevo sin cambiarme de ropa. Me invade un atisbo de vergüenza.

-Venga, no te preocupes, aquí no te conoce nadie – asegura mientras monta en su bicicleta “machucha”.

Ajustándome mi querido sombrero panameño, la sigo a mi ritmo. Ella va y viene, jugando a mi alrededor, sin perderme de vista, como abeja entorno a su flor. La mañana es fresca y soleada, esplendida, luminosa, de esas en las cuales sientes unas ganas irresistibles de vivir. Disfruto de cada paso.

Transitamos por calles malamente empedradas, con casas semiderruidas a ambos lados salteadas de solares abandonados llenos de escombros de lo que en otro tiempo fue un hogar. En otras circunstancias seria un paisaje desalentador, pero hoy lo encuentro hermoso.

Llegamos a la única casa en pie de los alrededores. Toda de piedra del lugar y buena teja de arcilla, se la ve cuidada y tratada con mimo. Con detalles en forja y ventanas repletas de geranios florecidos, contrasta sobremanera dentro de su entorno.

jolene9Bajándose de la bici y dejándola tirada en el suelo, Jolene agarra una piedra y la lanza con fuerza contra la puerta provocando un ruido seco en la madera. Ríe como poseída. Un hombre de unos setenta años se asoma flemático por la puerta.

-Sabia que eras tú. Usted no se asuste, es su peculiar manera de llamar. La puerta es buena, lo aguanta todo. Durará más que yo. Pase, no se quede fuera.

Jolene ya bajaba cuesta abajo con su maltrecho velocípedo. Antes de entrar, la lanzo una última mirada. Se va cantando a pleno pulmón, abriendo las piernas a la par que aumenta su velocidad, temeraria y ajena a todo peligro.

La robusta puerta se cierra tras de mi. Descubro mi cabeza y cuelgo mi panameño en el cuerno de un venado que a modo de percha cuelga en la pared. Recorro la estancia con la mirada. Se trata de un amplio zaguán con el suelo adoquinado de cantos rodados, cubierto de alfombras persas de manera desordenada, con todos los muros libres ocupados por estanterías repletas de libros que se pierden en los altos techos de la estancia. Un gran cuadrado acristalado y cuartelado en su techo le aporta luz natural. Justo debajo, en el centro, un hermoso brasero repujado  le la el calor en invierno. Entorno a éste, como si fueran planetas girando entorno al sol, se alternan lamparas, candelabros,  butacas y sillas, de distintas formas, colores y épocas formando un conjunto aparentemente asimétrico, pero en el que subyace un orden no visible.

El anciano extiende su mano derecha para saludar y aprieta la mía con franqueza y seguridad. Con tono grave pero con un aire entrañable, nada distante, sino cercano y humano se presenta.

-Buenos días. Me llamo Zoilo, pero por aquí me llaman simplemente “el maestro”. Fuí de los primeros en llegar. Dediqué toda mi vida al mundo de la educación y aún hoy sigo ejerciéndola, aunque solo tengo un alumno. Ella (en clara alusión a Jolene), es mi mayor y única promesa en la actualidad. Es una chica muy inteligente, se que llegara lejos, confío mucho en Jolene.

jolene5Su forma de de hablar denota la pasión de las personas que han encontrado su razón de ser en esta vida, la seguridad y el convencimiento de haber encontrado el camino que estaba escrito para ellos.

-Pase, siéntese en el lugar que mas le atraiga, cada asiento tiene una historia jijiji -ríe pícaro.

Me llama poderosamente la atención un sillón orejero verde inglés junto a una estatua femenina de alabastro o similar, que sostiene entre sus níveas manos un grueso cirio carmesí.

-Buena elección caballero -me mira con complicidad, como si hubiese descubierto algo que en realidad ignoro.

Su rostro se vuelve mas serio por un momento. Un telón gris filtra ahora su añeja mirada.

-¿Tiene usted tiempo para escuchar?

Cruzo mis piernas, me relajo en el sofá y elevo mis ojos hacia la luz que penetra por el ventanuco volviéndolos lentamente sobre él.

- Hasta el fin de mis días.

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