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Grabiel

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Llamadme Gabriel. Aquí fuera en los campos de asfalto rompo mi espalda para ganarme la vida. Vivir, morir, entre medias dormir y defecar un poco. En mi sueño yo penetraba a una mujer china de enormes tetas, curiosa contradicción entre tamaño y raza, y mi pene era un destornillador afilado como un punzón que la hacía sangrar. Le pegaba caderazos y caderazos mientras ella me miraba fijamente, inmóvil, hierática, con sus ojos de limón. De su vagina brotaba un sonido metálico, un chirrido como de óxido saliendo de huesos de hierro machacados. Entonces me desperté. Estiré una pierna y el pié se salió fuera de las mantas. La cama estaba toda deshecha, manga por hombro, yo tenía la ropa puesta. En un pié llevaba un calcetín, mojado, en el otro nada, descalzo. Una de las lámparas estaba caída sobre el rallado suelo de parquet, mezclado todo con ropa arrugada de todo tipo a modo de paisaje de dunas textiles. Mi cuerpo y mi pelo apestaban a humo de cigarro y a porro. Lo primero que noté dentro de mí fue la boca pastosa, la típica lengua de trapo tras una resaca. Lo que seguía sonando era mi móvil que vibraba loco sobre la mesilla. Traté de incorporarme, pero un fuerte mareo me hizo caer de nuevo y golpearme en la cabeza con el pico de la mesilla. La sacudida me hizo resucitar. Sacando fuerzas de flaqueza agarré el teléfono y pulsé el botón para descolgarlo. De él salió la misma voz lacerante de casi siempre.

-Gabi, soy yo. Ya es la una y cuarto. ¿Qué estás haciendo? ¿Recuerdas que hoy empiezas a currar con los chinos?
-Joder, Davinia, qué susto, copón, estaba remoloneando en la cama. Buff...
-Haz el favor de levantarte, a las dos y media tienes que estar allí, te están esperando. Métete la cabeza en agua fría dentro del lavabo y vete para allá corriendo.
-Me duele la almendra, la tengo como un biombo.
-Ayer llegaste en estado de coma del ensayo. ¿No te acuerdas de nada, no, cerdo?
-Pues no.
-Abriste la puerta dándote golpes con todo y te tumbaste como un fardo en la cama a mi lado balbuceando frases inconexas sin sentido. Te dormiste al segundo roncando como un puerco y tirándote pedos, pero a los cinco minutos te despertaste con ganas de mear. Vuelta a darte golpes contras las paredes y los muebles, saliste por el pasillo y escuché cómo entrabas en la cocina en vez de en el baño. Me levanté y estabas meando dentro de la nevera. Cabrón.
-VALE, VALE, VALE, VALE. Vale. Ya voy. Joder. No te preocupes que esta vez voy a cumplir.
-¿Cumplir tú? Ja. Abrígate bien, dicen que se aproxima una ciclogéneis explosiva o no sé qué coños.
-No grites por favor, Davi, me duele la cabeza.
-No estoy gritando, Gabi. No me falles, es tu última oportunidad de tener un trabajo decente, no hagas lo de siempre...
-Sabes una cosa, que te den por el culo.
-Pero tú que...

grabiel2Colgué el teléfono bruscamente. Llené el lavabo con agua fría e introduje mi rostro. Un alivio, momentaneo. Me metí dos ibuprofenos en la boca y los tragué acompañados con un buen trago de un litro de Alhambra que quedaba a medias en la nevera. Intenté masturbarme para calmar el nerviosismo, pero no conseguí empalmarme, hacía meses que no lo lograba. Me vestí a toda prisa. Me fumé un porro. Mi ropa arrugada apestaba a sudor y a marihuana, pero no había tiempo para lavadoras. Me lancé a la calle como un poseso.

Hacía un frío del carajo y soplaba un viento fortísimo, además chispeaba un incesante calabobos. Bajé corriendo tres manzanas de calles hacia el sur, boqueando asfixiado. Antes de doblar la esquina del restaurante me paré y vomité hasta la primera papilla. Entras las hieles había sangre, mi propia sangre. Me limpié como pude con la manga del anorak y me dispuse a entrar al local. Abrí la puerta y allí estaba el puto chino con su cara de perro. ¿Por qué los chinos machos siempre tienen cara de mala hostia? Le sonreí, pero él me miró con su cara de chop suei pasado de fecha.

-Grabiel. Te espelaba, e talde. Coge la moto y a repaltil. TALDE.
-Vale, vale, calma, Chu, vayamos por partes. Dame las órdenes. ¿Cuántas horas hoy?
-No calma. Talde. Tú cogel la moto y repartir el pescado. Repartil. Hasta las doce.
-¿Hasta las doce de la noche? Todavía ni he comido.
-Tu lepaltil. Repalte. Cogel pedidos pescado de cocina y repaltil. Fácil. Luego a la noche te pasas pol la nave almacén y pago. Sincuenta eulo.
-¿Cincuenta por diez horas?
-Buen sueldo. Hoy plueba. Te necesitamos. Repaltil.

Me hacía falta la pasta. Cinco Euros la hora, no está mal. Me pagaban cuatro la hora por limpiar habitaciones y wáteres hostales. Y tres por repartir publicidad de puticlubs por los parabrisas de los coches. Salí al callejón trasero, donde guardaban las motos. Vi un par de Vespinos destartalados de hacía veinte años con los neumáticos totalmente lisos a causa de correr tantos grandes premios por la ciudad. Pasé a la cocina por una portezuela. Olía peor que mi culo. Cinco chicas chinas de edad indefinida cortaban panga mezclado con arroz enrrollados con algas medio podridas, al estilo japonés. Luego lo venderían todo por teléfono a precio de atún rojo pescado con anzuelo, y tú te lo comerías como si fuera una joya culinaria. Cada vez que abrían la nevera salía de ella una peste abominable. Pero luego le añadían unas salsas corrosivas al producto Dios sabe de qué procedencia y la cosa hasta parecía procedente de Osaka o Nagasaki. Las chicas amarillas, que parecían drogadas o hipnotizadas, con la mirada distante, me hicieron un paquete y otra de ellas, que hacía las veces de telefonista pero que apenas hablaba español, me dio en un papel apuntada una dirección.

grabiel3Arranqué la moto y salí a toda prisa. Me puse los auriculares bajo el casco con el gps del móvil encendido para indicarme la dirección. “Primera a la derecha. Permanezca en el carril izquierdo”, cantaba la vocecilla las calles casi siempre a toro pasado cuando ya me había equivocado. Hacía un frío del carajo, cada vez más, y el viento arreciaba como una galerna. Los coches me adelantaban casi rozando y otros repartidores me rebasaban veloces como si fueran Valentino Rossi. Los autobuses me salpicaban agua de los charcos como si lo hicieran aposta. Llegué al fin al portal. Entregué el paquete a una rubia que me sonrió mientras rebuscaba en el monedero. Me imaginé que entraba, la desnudaba y la hacía sexo anal hasta que ella sangraba. Me dio quince céntimos de propina. Volví a coger la moto hasta el restaurante. Cada vez había más agua sobre el asfalto, derrapé en una rotonda a lo Marc Márquez y otro motero me insultó porque casi le hice caer.

Un pedido. Otro, otro y otro. Cada vez más frío, y más viento. Y a las cinco de la tarde el cielo se puso negro como el carbón y empezó a llover fuerte. Llovía y llovía, una cortina de agua. Mi anorak no era precisamente bueno y al rato ya iba calado hasta los huesos. Mi cuerpo empezó a congelarse. Llevaba guantes, pero con rotos y agujeros, y casi ni notaba los dedos. El suelo estaba encharcado. Subí por una avenida a toda velocidad. Ví a un policía municipal parado. Un puto pitufo. Me hizo una seña, me detuve.

-Buenas tardes. Los papeles, por favor, caballero. El seguro.
-Buenas tardes es un decir. La moto no es mía.
-El carnet también, por favor, caballero.
-Aquí tiene. El seguro, el carnet.
-Va usted sin luz delantera, está rota. Y la ITV veo que no la pasa desde el siglo pasado. Voy a tener que multarle.
-La moto no es mía, le repito, agente.
-Lo siento, yo tomo nota de su carnet, usted es el responsable de conducir este vehículo.
-No me joda, hombre.
-¿Perdón? ¿Y si le inmovilizo la motocicleta?
-Disculpe, agente. Deme la multa, tengo que trabajar.

Hijo de puta. Cien Euros de sanción con un descuento del diez por ciento por pronto pago. Viva el estado del bienestar. Por mí os podéis morir todos, porque el estado somos todos. La multa a mi nombre. Afortunadamente era, y soy, totalmente insolbente. Seguí hasta el lugar del encargo. El paquete olía a pescado podrido, daban ganas de vomitar, pero hay gilipollas a los que les, os gusta, comer esa mierda cruda. Se lo entregué a un tío con barba de hipster que me pagó con muy malos modos y me cerró la puerta en las narices. Hipsters, sois todos unos hijos de la gran puta. Todos. Volví al restaurante con el cielo cayendo en forma de agua sobre mi sesera. Las calles de la ciudad parecían el lago Baykal en época de deshielo. Una ráfaga de viento me lanzó contra un coche aparcado, al que arranqué el espejo de cuajo con mi costado. Llegué al fin de nuevo al restaurante, por llamarlo de algún modo. Entré por la puerta de atrás a la cocina. El chino cara de perro chillaba a las operarias y, al verme, se revolvió hacia mí como un pequinés rabioso.

-Grabiel. VAS MUY DESPACIO. Ocho pedidos por entlegal. Eles la ruina. Más lápido, más lápido. Vamos vamos vamos. Glabiel, escucha. Correl más.
-Hago lo que puedo con esta moto. No corre más, y no sé si has visto cómo está la calle.
-Tú no motolista plofesional y decilme que lo eras. Timadol.
-Es un Vespino del año de la polca, Chu, no me jodas. Ya me estás tocando los cojones.
-Tú tocal a mí, timadol. RÁPIDO, me arruinas Grabiel. Grabiel, me arruinas. Me arruinas.

grabiel4Cogí otro paquete. Saqué el móvil para meter la dirección de la entrega. Mientras lo miraba se me resbaló y cayó sobre suelo encharcado. Cuando lo rescaté ya era tarde. El agua hizo su efecto por inmersión, mi Galaxy estaba más muerto que Carracuca. Miré la dirección, conocía más o menos la calle. Salí a toda velocidad saltándome semáforos en rojo. Estuve a punto de atropellar a una vieja en un paso de cebra, la esquivé de chiripa. Paré al lado de otro repartidor en un semáforo y le pregunté mientras esperábamos. Me miró y arrancó sin responderme derrapando. Hijo de puta. Tardé veinte minutos en dar con la calle. Al llegar me abrió una gorda con mala leche que me dijo que se iba a quejar por el retraso. Volví al restaurante una vez más todo lo deprisa que pude, tomaba las calles a contradirección y circulaba por las aceras donde podía. Cuando llegué, el hijo de mala perra china de Chu me volvió a echar la bronca mesándose y tirándose del pelo casco, haciendo muecas de desesperación, e insistiendo que lo estaba arruinando. Hijo de puta. Hijoputa.

Así toda la santa tarde. Se hizo de noche. Doblé una esquina y la rueda delantera del Vespino se metió en un agujero profundo que no se veía tapado por el agua torrencial. Salí por los aires, por delante del manillar, haciendo un doble salto mortal circense. Caí de cabeza, el casco paró el golpe partiéndose por la mitad. Perdí el conocimiento unos segundos. Me dí un golpe tremendo en la rodilla y me torcí el cuello. “Chapa y pintula”, diría Chu seguramente si se lo contaba. Me levanté aturdido y cojo. Levanté la moto, que tenía el guardabarros abollado y la llanta doblada como un churro. Arrancó milagrosamente de nuevo. Anduve media hora desorientado. Al llegar a mi destino me abrieron la puerta un tío con gafas de empollón y su foca de mujer que me insultaron y me dijeron que no me iban a pagar porque llevaban más de una hora esperando. Cogí al gilipollas del cuello y le dije que eran veintitrés con cincuenta, o que me la chupara a cambio. Su mujer primero me agarró la cabeza y me arañó un carrillo, pero al ver que no cedía estrangulando a su mierda de marido optó por la opción de pagarme, afortunadamente en dinero. Lo solté y le entregué el paquete, que apestaba nauseabundamente. Les dije que buen provecho. En el portal había un espejo, pude ver mi efigie. Empapado hasta los huesos, manchado de hollín y de barro todo el cuerpo, ensangrentado, con la rodilla derecha del pantalón rota y un agujero en el codo del impermeable. Volví al restaurante. Ya eran las doce y cuarto. Sólo quedaba una china en el local, que estaba preparándose una cama en la cocina. “Tú il a nave al polígono, Chu espela allí”, me dijo mientras colocaba un colchón de gomaespuma encima del suelo lleno de mugre. “¿Quieles chupada por diez Eulos?”, añadió mientras yo salía por la puerta. Dude por un instante, pero me marché.

La noche era oscura como el culo de un lobo, llovía y llovía torrencialmente como el puto día del diluvio universal o del jodido juicio final. Yo estaba agotado. Me dolía la garganta, la almendra, la pierna, el brazo y el cuello. Chu regentaba también un macro almacén de baratijas chinas en las afueras, una nave industrial en un polígono perdido, una especie de Corte Inglés chino. Allí vívía con su mujer y su hijo pequeño. Llegué y ya estaba echado el cierre. Llamé a la pequeña puerta que había en un lateral. Chú me abrío, miro la moto abollada con cara de enajenado mental y empezó a gritarme, entramos en la nave, llena de pasillos con cachibaches, herramientas de las que se doblan al primer tornillo y comida caducada hacía meses. Gritaba Chu. Gritaba. Mi cabeza se tronaba cada vez más.

-Grabiel, la ruina esta noche. La ruina. Muy lento, muy lento. LA LUINA.
-Pero has visto cómo llueve, Chu, no podía ir más rápido. Me he caído porque tu moto está hecha una mierda.
-LUINA, Timar, tú timal. Mañana no vuelvas. Toma dinelo y a tu casa. No quielo velte.
-NO ME JODAS CHÚ, ¿ME VAS A ECHAR EL PRIMER DÍA? ¿Con la que ha estado cayendo?
-Toma, tu palte. Envíos tarde y moto lota. Tu palte.

Me puso un billete de diez Euros en la mano y con cara de desprecio me abrió la puerta de la nave invitándome a salir.

-No voy a irme de aquí hasta que no me pagues mis cincuenta Euros, Chu. No me voy, NI DE COÑA.
-Te vas a tu casa o tu pagas la moto lota.
-Ni de coña, Chu. Esto es el colmo. No puedo más....
-Y te vas en autobús, no tocal la moto. Eles un ladrón, Grabiel.
-Me llamo Gabriel....

Entonces todo ocurrió muy rápido. Debajo de la vitrina de las llaves inglesas había tres o cuatro hachas en venta por veinte Euros. Cogí una. Me fui hacia Chu, que seguía gritando como un poseso. Levanté el hacha y el primer golpe de arriba hacia abajo le desprendió un brazo del cuerpo por el hombro, le quedó colgando. Berreaba como un gorrino chino a causa del tremendo dolor y al escucharle de un cuartucho lateral apareció su mujer también chillando como una rata amarilla. El segundo hachazo se lo metí a Chu en toda la cabeza, que partí como un melón. Perseguí  a su mujer por un pasillo e intentó defenderse de mí con una lámpara de pie, horrible por cierto, decorada con espantosos motivos orientales, pero avancé dando golpes de hacha a diestro y siniestro hasta que noté el primer impacto sobre su cuerpo. Cayó al suelo gritando y la rematé con un certero hachazo en el suelo que consiguió que dejase de cantar flamenco chino. Se hizo por unos segundos el silencio pero escuché algo detrás de mí. Me di la vuelta. Era su hijo. Un chinito de unos cuatro años plantado ante mí descalzo y alucinado ante la orgía de sangre. Me acerqué a él. Aproveché que el crío estaba como petrificado para de un hachazo lateral con todas mis fuerzas casi partirlo por la mitad. Emitió una especie de gorgorito desgarrado, un eructo ahogado, pero no le dio tiempo a regurgitar ningún otro sonido porque con el siguiente golpe le seccioné el cuello de un sólo tajo. La sangre de la madre y el hijo mezcladas me empapaban los pies. Volví hasta donde yacía el cuerpo de Chu, que descansaba, para siempre, en medio de un batiburrillo de hemoglobina y sesos. Me dio una arcada, me mareé. Salí corriendo de la nave. Vomité en la puerta. Huí de aquel infernal polígono hasta la ciudad a todo lo que daba la moto, luego la abandoné en un callejón y me fui a casa a pié, mis huellas dejaban manchas rojizas por el suelo de la ciudad dormida.

grabiel5Nada más entrar, encontré su nota pegada en la nevera. Un escueto “me marcho, Gabi, no me busques, estoy harta... adiós”, rezaba el papelito. Davinia, hija de puta, ahora sé que te estabas tirando a nuestro vecino Jose, y que también te tirabas a Paco, que no ibas a Almería ver a tu familia sino a Madrid a follar con él y con no sé cuántos más. Ahora me he enterado de todo. El tiempo pone a cada cual en su sitio. En el peor momento me traicionaste. Estaba sólo, más sólo que la una. No tenía a dónde ir. Al menos en la cárcel daban techo y comida. Pensé en entregarme. Pero, qué coño, pensé también en morir matando, en alistarme en ISIS o algo así, por un buen fin. O mal fin, pero con trascendencia. Toma mi mano, viajaremos a través de estas calles hasta el fin de los tiempos.

Davinia se había llevado todo aquella tarde. Apenas quedaba allí la vieja tele de tubo, el colchón manchado de vómitos y mi sucia ropa. Abrí un litro de Alhambra, al menos había dejado cuatro litros de cerveza en la nevera, los cuatro únicos amigos que me quedaban en este mundo. Me tomé el primero de un trago. Luego el segundo saboreándolo. Recordé que tenía dos pollos escondidos pegados con cinta aislante dentro de la cisterna del water, dos maravillosas papelinas de escama. Rebusqué y allí estaban. Me serví unas rayitas con forma de pimiento morrón, bien gruesas. También encontré media botella de Whisky Carrefour en un armario. Me la bebí mezclando con cerveza y cocaína. Me masturbé viendo anuncios de putas de un canal local. Me encendí un porro, afortundamente el hachís siempre lo llevaba encima para que ella no se lo fumase. De madrugada caí como un fardo sobre el mugriento colchón, y dormí como un cesto. Sólo quedaba esperar. Desperté cuando ya era entrada la tarde.

Apaga el fuego, no mires atrás más allá de tu hombro. Puse la tele. En el telediario de la tele local no dieron noticias de la masacre de los caras de limón. En el bolsillo tenía los diez Euros que me había dado el hijoputa de Chu. Pedí comida por teléfono por ese valor a un kebab cercano. Los Sawarmas me supieron a gloria. Dejé pasar el día. Seguía sin haber noticias. Quedaban algunas latas en la despensa, decidí no bajar a la calle. Pasé una semana encerrado en el piso. Nada. Ninguna noticia. El primer día que bajé a la calle fui hasta el restaurante. Increíblemente estaba abierto, y con chinos dentro, se veían nuevos chinos sirviendo la bazofia.

grabiel8Pasaron los meses como pedo en el viento. Estuve ojo avizor, esperando lo peor en cualquier momento, a la policia, o a la mafia china que viniera a descuartizarme, pero nada. Y ya no tenía nada que perder. No tengo nada que perder. Me llamó un conocido y me dijo que había una oferta de trabajo en un hostal. Me compré una camisa nueva, me corté el pelo y me presenté en el lugar. Me contrataron. Bajo la mugre soy un tipo atractivo, seductor. Seguí teniendo los mismos vicios. El restaurante seguía abierto. Pasado año y pico me envalentoné y fui al polígono. Entré en el almacén, compré cinta aislante y una bandera del Real Madrid. Lo atendían otros chinos. Compré un hacha también por veinte Euros, la otra la había tirado a un contenedor. Nostalgia de hacha.

Ha pasado una década desde aquellos tiempos convulsos. Recuerdo aquella lluvia de agua y sangre. Ahora soy feliz trabajando en este hostal del centro. Es cutre, pero me gusta tratar con la gente, acogerles, que se sientan a gusto. De vez en cuando se alojan chicas chinas aquí, de las que llegan a trabajar en las peluquerías, en los restaurantes, en los bazares y en otras cosas que mejor no mentar. Así conocí a Xia, es de Sin-Chuan, creo, llevamos ya dos semanas juntos, enamorados. Es una preciosa chica con bonitas, aunque pequeñas  tetas. Antes estuve un tiempo con Hui ying y, durante unas semanas, me enamoré de Yi jie, hasta que me cansé de ella, y después con Bing Qing tuve un bonito romance primaveral, pero también me cansé. Lian  fue la más dulce, y Huan la más bella, sin duda, con la que he estado, bíblicamente hablando. Todas llegan, y se van tarde o temprano, porque me canso de ellas. Muchas chicas chinas, chicas chinas, chicas chinas. Todas son la misma con diferente cara. Chicas chinas y un hacha. Y tú, Davinia, no te olvido, eres muy zorra. Algún día iré a visitarte para recordar los viejos tiempos.... No llores, no levantes la mirada, es sólo el páramo de la existencia. Necesito luchar para demostrar que estoy en el camino correcto. No necesito ser perdonado. Llamadme Grabiel.

<para Gabriel y Davinia>


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