lorens

Punto de partida (Reflejo en el tren II)

punto1

No acostumbro a entrar en lugares vacíos, siempre permanezco rodeado de gente. Allí donde vaya, me siento atraído por la multitud. Disolverme en la masa como un azucarillo en el café ha sido hasta ahora una constante en mi vida. Hoy me subo al que espero sea mi último tren, el que me lleve de regreso al origen. Estoy cansado, me pesa hasta el alma. Hoy necesito paz, silencio, cosas hasta ahora desconocidas para mí.
                                                                                                           
El casi anciano revisor me guía hasta mi compartimento. Cuando abre la puerta, aparecen dos jóvenes en su interior a la vez que un fétido aroma toma por asalto mi desprevenida nariz. Uno de ellos, gordito y barbudo, con una gorra rapera, descalzo y absolutamente despreocupado, bucea absorto en su portátil. Podría parecer español pero no, es un producto occidentalizado del país. El otro simula ignorarlo mientras escribe algo nervioso en su ordenador. Bien afeitado, con traje, éste sí diría que es español y la intuición me dice que ambos practicamos el mismo oficio. Permanecen el uno frente al otro en un ambiente de disimulada desconfianza. Ni siquiera se han dado cuenta de nuestra presencia. Miro al revisor de soslayo por unos segundos y me entiende perfectamente. Cosas buenas de este país. Una buena propina hace el resto.
punto2El venerable funcionario ha tenido a bien acomodarme en un solitario compartimento sin posibilidad de invasión durante el trayecto; ¡Dios se lo pague!. Abandono mi vieja maleta de cuero sobre el asiento y sobre ella deposito con delicadeza mi sombrero panameño. Echo una mirada a través de la sucia ventana. Está anocheciendo y el tren comienza a rodar. La dorada luz del atardecer tiñe de ocre las lejanas cumbres del Atlas. Siento el impulso de deslizar la ventana y respirar una vez más los ricos aromas que inundan los campos de este país. Inspiro el aire cargado de jazmín, especias, cuero... me relajo; Tengo sed de silencio, de introspección, de reposo y de conocimiento del verdadero ser que subyace en mi persona.

Peino canas, mañana cumpliré 55 años. A lo largo de mi agitada vida, de aquí para allá, he sentido miedo muchas veces. No es algo malo ni bueno. Hay que aprender a entenderlo, saber llevarlo y no dejar que te condicione y paralice. Pero no puedes ser tan ingenuo como para no tenerlo en cuenta. En realidad está ahí para ayudarte, forma parte de tu naturaleza. Su exceso o su falta te matarán igualmente. Ese punto medio, tan deseable y no tan fácilmente alcanzable, es lo óptimo. El miedo vuelve a las personas peligrosas, nos hace peligrosos y nos mueve ver a los demás como tales.

Me encantaba mi profesión y la posibilidad que me ofrecía de llevar una vida nómada, de aquí para allá, en constante cambio; consumir lugares, nuevas experiencias y personas (nunca llegas a conocer a nadie en realidad; al fin y al cabo, hablar con extraños no te compromete). Puro coleccionismo. Sin saberlo, te buscas a ti mismo o simplemente no te aceptas. Caminar sin rumbo en un bucle fatal, la búsqueda constante como droga cuando dentro se tiene miedo de no encontrar nada, donde la incógnita real somos nosotros.
punto3Pero a veces llega a tu vida, por sorpresa, un punto de inflexión. No sé cómo llegué hasta allí, en medio del desierto, en la absoluta soledad de la nada, sentado en una alfombra en el interior de una jaima frente a aquel viejo beduino que sin inmutarse no dejaba de prestarme atención. Hablé durante horas mientras me sirvió té. Me ofreció dulces y fumó en su cachimba sin dejar de mirarme. Era inquietante y un tanto surrealista. Trataba de venderle una de nuestras modernas bombas potabilizadoras de energía solar a un hombre que llevaba 70 años viviendo felizmente sin ello. Terminé sin darme cuenta hablándole de mi vida, mis creencias, esperanzas y desvelos. Él no dejo de mirarme. En realidad no me escuchaba. Escudriñaba en el interior de mi ser a través de mis gestos, ojos, palabras, silencios... no le interesaba mi máquina sino yo.

Se nos hizo de noche. Viéndome agotado dijo: “no podemos acercarlo al poblado. Puede dormir aquí. Mañana le daré una respuesta”.

Me había quedado dormido sobre la alfombra. Con la espalda dolorida me incorporé y lo encontré sentado donde lo dejé, sobre su puf, mirándome de manera profunda e inquietante mientras me ofrecía té. Comenzó a hablar de manera lenta y penetrante, un tanto lapidaria:

“Todo el mundo que yo he conocido está en este desierto. Ni siquiera conozco el mar. No he visto con mis ojos todos esos lugares de los que me hablas ni he vivido esas experiencias tan cautivadoras. Mi vida han sido las cabras, la anciana mujer que ves, el sustento diario, mi tribu, mis hijos... aparentemente muy sencilla, a tus ojos, probablemente insulsa y anodina, poco gratificante. Sin embargo, mi jaima ha sido el lugar de todo aquél que ha querido conversar. Cientos de hombres han pasado por aquí a compartir su vida al igual que tú lo has hecho. No he dejado de escuchar con atención, meditar, leer y tratar de comprender a través de lo cotidiano y cercano, pero abierto al mundo que otros traían a mi casa. Yo veo en ti el mal de muchos hombres que cabalgan a lomos del viento. Es el miedo a asomarte a tu interior, al vacío, lo que te hace buscar fuera una y otra vez. Persigues, como los niños, globos de infinitos colores, cada cuál te parece más hermoso e interesante que el anterior, pero todos son globos. No hay ningún misterio. Es sencillo, el enigma está en ti. Tú eres tierra. Si permaneces en el aire, junto al vendaval, acabarás disipándote, esparciéndote y nunca hallarás descanso. Busca el agua que te riegue y haga germinar la semilla que llevas en tu interior. Piensa que nada florece en el huracán. Regresa al origen, indaga qué fue lo que te impulsó fuera, enfréntate a ello, obsérvate y toma conciencia de tu realidad... y, por cierto: no me interesa tu máquina.”

Khaled Al-Sirah, nómada del Sáhara, amigo y padre. Doce meses me quedé en su casa. Supongo que habré perdido mi trabajo y mi gente me dará por desaparecido. Recostado en el asiento, admirando el cielo limpio y plagado de estrellas, mecido por el lento traqueteo del tren y con una leve sonrisa de complicidad conmigo mismo pienso: “aún estoy a tiempo”.

Mike Von Ritter.
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