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Tribu perdida

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Cuando otea con su profunda mirada las tierras transformadas por los edificios, las carreteras y los automóviles que llenan el ambiente de un espeso humo gris, le resulta difícil imaginarse esas tierras fértiles de las que, cuando era pequeño, le hablaba siempre su padre. Él tampoco las llegó a conocer, pero las describía como si las hubiera visto con sus propios ojos, tantas eran las veces que su padre, a su vez, le había hablado de ellas. A éste se lo había contado también su padre y así nos podríamos remontar varias generaciones más, hasta llegar a las que realmente vivieron en aquellas tierras pintadas por multitud de colores que todavía no habían sido pisadas por el hombre blanco.

Según cuenta la historia de su familia, esas tierras pertenecieron una vez en exclusiva a su tribu, una de las más extendidas por el territorio que ahora ocupa ese país cuyos nacionales les desposeyeron de ellas sin derecho, pero con gran violencia.

Se trataba de unas tierras regadas por un caudaloso río de aguas cristalinas cuyas orillas eran increíblemente fértiles. En ellas crecía suficiente maíz y tabaco para abastecerse y comerciar con otras tribus amigas.

Alejándose de aquel torrente de agua, el paisaje se tornaba amarillento, rojizo y marrón según la zona, colores que se confundían en las imposibles formaciones rocosas que se extendían por doquier, dando al paisaje una inusual y extraordinaria apariencia que solo se encontraba en ese lugar del mundo.

tribu3Las manadas de bisontes corrían entre aquellas esculturas de la naturaleza, provocando a veces el pánico entre los habitantes del lugar. Sin embargo, en muchas otras ocasiones eran aquellos bisontes los que les servían para aplacar el hambre, gracias a su deliciosa carne, o el frío, gracias a sus pieles, que tan laboriosamente curtían sus congéneres.

El clima en esas tierras era seco y caluroso durante la mayor parte del año, aunque por las noches refrescaba bastante. Los rayos del sol eran una bendición que doraba la piel a los miembros de la tribu, dándoles ese tono rojizo que les hermanaba con otros grupos que, como ellos, habitaban aquel extenso continente desde tiempos inmemoriables.

Sus gentes eran personas simpáticas, alegres, agradables, extrovertidas y, sobre todo, felices. Las mujeres trenzaban su oscuro pelo y vestían con ropas ligeras y holgadas, adornándose con abalorios que ellas mismas confeccionaban para su pelo, su cuello, sus orejas, sus brazos y sus piernas. Los hombres cubrían su larga cabellera con grandes plumas, más cantidad cuanto más importante era la persona dentro de la tribu, y mantenían siempre su cara sin pelo. Ambos, tanto ellos como ellas, acostumbraban a ir descalzos siempre que podían, en un intento de sentirse lo más cercanos posible a la madre tierra. Hablaban un bello idioma, que les unía bajo una misma forma de entender y expresar las palabras.

Nunca se establecían en el mismo lugar durante mucho tiempo. Sus casas, construidas con grandes leños y tapadas por telares multicolor, eran fáciles de montar y desmontar, por lo que según la estación del año se desplazaban más al norte, más al sur, más al este o más al oeste, respetando siempre los límites de los terrenos poseídos por otras tribus, con las que no querían entrar en conflicto. Su carácter no era violento.

Pasaban los días tejiendo y cocinando las mujeres, cazando y fumando en pipa los hombres. Los niños jugaban de sol a sol en perfecta armonía entre ellos y con la naturaleza.

Vivían felices. Vivían en paz.

Entonces llegó el hombre blanco.

En un principio no fueron conscientes del peligro que traían esos hombre de barba poblada con ellos. Respetaron su presencia y, con inquietud y curiosidad, se dejaron enseñar técnicas de labrado y de trabajo de la plata.

Pero poco a poco los hombres blancos dejaron ver sus verdaderas intenciones hacia el pueblo navajo. Intentaron inculcarles el culto a su dios, un dios que no comprendían y nada tenía que ver con ellos ni con las fuerzas naturales que los rodeaban, así como obligarlos a usar su idioma, un idioma lejano, difícil y extraño, con el que su lengua no estaba emparentada. Su negación a ser adoctrinados, a perder su ancestral identidad, fue contestada con violencia, destrucción, dolor y muerte.

Ellos, que siempre habían sido un pueblo pacífico, se vieron obligados a defenderse con violencia.

Así fue como comenzó la guerra que acabó con su pueblo sometido por el hombre blanco, aquel intruso que se había apropiado de sus tierras, aquellas que les habían pertenecido durante generaciones.

Fueron despojados de su identidad, de su cultura, de sus costumbres...Fueron anulados.

Sus amadas tierras fueron tuneadas al antojo de aquellos extranjeros recién afincados en el que durante siglos había sido su continente. Nuevos dueños del terreno que plagaron de construcciones antiguos bosques que mutilaban en búsqueda de materia prima, desecaron antiguos ríos en su búsqueda incesante de metales preciosos, aniquilaron las manadas de bisontes que hasta entonces habían poblado el lugar, llegando incluso a acabar con la especie. Desafiaron una y otra vez a la naturaleza y masacraron cruelmente a miles de sus congéneres, en un intento de arrasar a su pueblo, y a los demás que poblaban aquel continente, de la faz de la Tierra.

tribu2De esto han pasado ya varias décadas. Ahora las cosas han mejorado bastante para su pueblo: se les ha reconocido la propiedad de sus tierras, que administran con bastante independencia, pero esta mejora ha sido a costa de perder su identidad, de asimilarse a aquellos extranjeros que ahora son los dueños absolutos e indiscutibles del lugar, de aprender su idioma, de acatar sus leyes y costumbres, de asimilarse con ellos, de ocultar muchas veces su origen.

Sabe que, dentro de lo que cabe, son afortunados. Otros pueblos no han tenido la misma suerte y viven recluidos en lo que los americanos llaman reservas, donde apenas tienen oportunidades de vivir una vida digna, o al menos vivir como lo hacían sus antepasados. Su único consuelo es el alcohol, que en ocasiones beben hasta la saciedad.

Ellos tienen su propia nación dentro del país, extendida por varios estados, sus propias leyes, sus propios gobernantes e incluso su propia hora.
Aún así, él los odia. Odia a los americanos. Para él nunca han dejado de ser extranjeros, de ser los culpables de todos sus problemas, de haber estado a punto de acabar con su pueblo, de haber destruido o cambiado a su antojo las maravillas naturales que antiguamente lo rodeaban todo.

No puede evitar que se le escape una lágrima al contemplar aquellas tierras frente a él y, mientras se la seca lentamente, se jura una y otra vez que jamás les perdonará todo el sufrimiento que han causado a su pueblo, que jamás será como ellos, que jamás dejará que sus hijos asimilen la cultura americana como suya, que jamás se desprenderá de sus raíces, que jamás dejará de hablar su lengua, que siempre honrará a sus antepasados.

Mira hacia el horizonte. El sol se está poniendo, devolviéndole una maravillosa visión de un cielo rojizo que se oscurece cada vez más.

Se da media vuelta. Es hora de abrir el casino. Los turistas no tardarían en llegar para gastarse los dólares que más tarde darían de comer a su preciosa familia navaja.

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