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Santa máquina

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Ayer hice un experimento inspirado en una fiesta religiosa india. Como cada año por estas fechas, al sur de la India, muchas fábricas, laboratorios y talleres permanecen todo el día cerrados. Menos tráfico por las calles. Más silencio que de costumbre.

Era el Ayudha Puja, la Fiesta de la Máquina; el día en el que se rinde homenaje con verdaderas ceremonias religiosas a automóviles, ordenadores, maquinaria e instrumentos mecánicos de trabajo. La moto o el coche, la cosechadora o el torno son cuidadosamente lavados y decorados con una guirnalda de flores. Se les ofrece cocos, granadas, bananas, garrapiñada de arroz y dulces. Se los rocía con pasta de sándalo, cúrcuma y kumkum. Se prende alcanfor para encender un fuego sagrado, se da vueltas al coche con una bandeja en la mano, se quema tres inciensos y los vehículos aplastan dos limas verdes colocadas bajo las ruedas. A continuación, se deja a la maquinaria descansar durante todo el día. Me habría gustado añadir una fotografía de la variopinta ceremonia a la que he asistido pero no he podido. No llevaba el móvil encima. Y ello también a causa de mi experimento.

maquina7Más que de un rito animista o pagano como se decía antes, se trata de un rito panteísta pues se homenajea "la fuerza divina que obra en los instrumentos" y que lo habita todo. Incluido un automóvil. Al principio, se trataba de un rito para bendecir armas pero, ahora que las armas son los instrumentos de trabajo, los  ordenadores y las máquinas de escribir son también motivo de adoración y, por tanto, de bendición en el modo en que he referido. Existe también una fiesta del mismo tipo en honor de los animales, ya sean de trabajo o de compañía. Se trata del Pongal. Ayer, sin embargo, les tocó a las máquinas.

Recuerdo que, para un libro sobre tecnología y espiritualidad, entrevisté a un gurú de la medicina ayurvédica. Le pregunté sobre la posibilidad de que las máquinas estuvieran habitadas por un alma. "Si el espíritu está por todas partes, lo está también en las máquinas", respondió. Un maestro de meditación hindú me explicó que se puede utilizar cualquier cosa para la indagación espiritual. Había un iluminado que hacía que se alcanzase el nirvana tirándoles heces a los transeúntes. "Si se puede usar la mierda, ¿por qué no un coche?"

maquina8Pensé en el Shabbat judío. En el descanso semanal y en la relación de dependencia que tengo con mis instrumentos de trabajo. Así que, la víspera, decidí hacerles yo también un regalo a mis máquinas y metí el teléfono, el lector digital y el ordenador portátil en un cajón del despacho, prometiendo no volver a sacarlos de ahí hasta el ocaso del día del Ayudha Puja.

No soy un luddista. Este verano acabé bastante deprisa el último Call of Duty para PS4 y he empezado a jugar con el Assassins Creed. Me las apaño (bastante mal) con Minecraft, estoy presente en Facebook, Twitter, Instagram, LinkedIn, Pinterest, Tumblr y quizás otras redes que he olvidado como el difunto FriendFeed. Soy un vintage gamer que conoció el Pac-Man, los Asteroids y los Space Invaders, pasando por DOS, Fortran, Cobol y alguna que otra start-up o re-start-up. Sin embargo, sentí la necesidad de ver qué pasaría con mi cerebro mientras que dormían en el cajón esos tres vástagos.

maquina2Lo conseguiré, me dije. ¿A qué efectos colaterales me enfrentaré? Siendo un día festivo, no tenía que volver al trabajo en la Universidad y me quedaban por delante 12 horas libres.

¿Y qué fue lo que pasó?

Pues pasó que conseguí merendarme de cabo a rabo un libro que quería estudiar desde hacía más de un año. Y, mire Vd. por donde, era un libro que habla de lectura. Se trata, para más señas, de un largo comentario al primer libro sobre el arte de la lectura, el Didascalion de Hugo de San Víctor escrito en 1128 desde la Rive Gauche del Sena en París, en un monasterio agustino. El título de esta obra, que me regaló mi mejor amigo, es En la viña del texto de Ivan Illich, publicado en Italia hace veinte años.

"El libro ya no es la metáfora-raíz de nuestra era; ha sido substituido por la pantalla", decía ya Illich por aquel entonces hablando del final del texto libresco, entendido como un texto cuyo papel es el de acrecentar la inteligencia de quien lo lee; un libro que, gracias a la fuerza de voluntad del lector que lo estudia, puede proporcionar algo de sabiduría y quién sabe si también la iluminación.

El ars legendi comienza con el conocido adagio que dice que de todas las cosas que vale la pena perseguir, la primera es precisamente ésta, la sabiduría. Y ¿para qué sirve la sabiduría? "La sabiduría ilumina al hombre en modo tal que éste se pueda reconocer".

maquina4Ya, pero "muchos estudian y pocos son los sabios". Hugo de San Víctor enseña a sus monjes y a los laicos que viven allende los muros del claustro cómo hay que leer. Y ello no sólo para poder copiar los textos sagrados como buenos amanuenses sino también para aprender algo de ellos. El autor diseña, pues, unas cazas al tesoro mnemotécnicas en los edificios imaginarios levantados en las mentes de sus estudiantes para que éstos aprendan algo más y porque el camino del conocimiento, según el místico agustino, conduce a Cristo, lo que para aquél es el equivalente de la sabiduría.

Lo  que puede aportar la lectura, la lectura profunda e ininterrumpida por el ruido de la distracción de la Red es precisamente la comprensión. “Cada persona, cada lugar, cada cosa en el cosmos espacio-temporal debe ser, ante todo, literalmente comprendida para que se pueda revelar como tal y como algo más: el signo de lo que acontecerá y algo así como la conquista de otra cosa que, por analogía, apuntaba hacia el propio advenimiento.”

Interrumpo esta lectura profunda para hacer inventario de lo que me está pasando hoy, día en el que he decidido darles un descanso a mis máquinas. Aparte de mi habitual rutina matutina, me he pasado todo el día leyendo casi ininterrumpidamente. He vuelto a encontrar esa capacidad de concentración que temía haber perdido y juzgaba difícilmente reconquistable. La misma capacidad que mis alumnos, jóvenes indios de 22 a 33 años, lamentan no ser capaces de recuperar.

Leo un libro sobre el modo de leer libros. Estaba ahí en la estantería desde hace mucho tiempo. Y me doy cuenta de que, cuando miro por la ventana, ya percibo mejor los colores, con más calma y más tiempo; escucho los sonidos y aprecio mejor los olores. La concentración recuperada redunda no sólo en la mente sino también en los sentidos. ¿O quizá sean, precisamente, los resucitados sentidos quienes agudicen la percepción mental?

¿Se trata acaso de un ritmo más humano? Pertenezco a una generación gozne entre la hippie y la yuppie, entre la de la Guerra Fría y la de las Guerras Religiosas, entre la que asistió al final de la lectura y la que contempla el boom de las redes sociales. No es que sea un ritmo más humano, es tan sólo el ritmo más parecido a aquél en el que se formó mi cerebro pre-Internet, el de mi época infantil y adolescente.

Hablamos, pues, de otium, concepto elevado a los altares por Hugo de San Víctor, gran enemigo del negotium o negocio que, como reza su étimo, no es sino la “negación del ocio” entendido como dedicación al estudio y a la lectura en aras de una indagación espiritual antes incluso que de un camino de perfección humanístico-científico.
Se trata, en fin, de “la lectura meditativa que le da paz al alma”, como se diría hace casi mil años.

maquina5Es por todo ello por lo que “perder tiempo en Internet” no debería asociarse automáticamente con el ocio útil de los romanos o el de los monjes de los monasterios medievales. No se trata de ese ocio generador de descubrimientos como el de la lectura mental y no el de la que se hacía siempre en voz alta. Es, pues, un fenómeno de transformación que acontece gracias precisamente a Hugo de San Víctor y del que el propio San Agustín había ya dado cuenta al contemplar a San Ambrosio en plena y misteriosa lectura silenciosa.

Cuando el otium de los internautas se convierte en búsqueda o en concentrada lectura de textos largos, cuando consiste en pasar de un descubrimiento a otro en un estado de quasi transportación epifánica, es entonces cuando uno entiende hasta qué punto este instrumento pueda estar al servicio del conocimiento humano. Cuando, en cambio, nuestro tiempo se ve desmenuzado por expectativas de recibir sacudidas de placer por parte de una vacía y estéril novedad que no contiene noticia verdadera alguna envuelta en los ropajes de un e-mail, de una actualización, un tweet, un post, una foto, un gif…, cuando esto ocurre, estamos perdiendo de alguna manera el sentido de la búsqueda de significado que la lectura profunda restituye. Y todo a cambio de breves calambrazos de placer que atomizan la comprensión de los textos.

Para Hugo, “la lectura es una actividad más moral que técnica y está al servicio de la realización personal.” “El lector meditativo descubre en el espacio de su propio corazón qué cosa o qué acontecimiento se refieren por analogía a otro.”  Aprende el lector así a discernir y a relacionar. Contribuye al desarrollo de su inteligencia. Y acaba que gracias a este studio legendi, la narratio se vuelve cogitatio en aquel medievo monacal.

Ahora que, como observaba Illich hace ya veinte años, nos encontramos en plena “disolución de la técnica alfabética en las miasmas de la comunicación”, ¿qué nos espera? Respuesta: “una apisonadora se esconde tras cada ordenador con la promesa de abrirnos autopistas de datos.” ¿Y qué queda del libro? Respuesta: “se está convirtiendo en poco más que una metáfora que nos conduce hacia la información.” Que no es conocimiento.

maquina9Hay esperanza en la medida en que la lectura es una encarnación de sentido y no, como se cree, una abstracción pues “la lectura es el acto corporal, somático, de un nacimiento  que da cuenta del sentido generado por todo aquello que el peregrino encuentra a través de una página.” Estará pasado de moda, podrá ser considerado como la reliquia de una forma mentis que se desvanece y puede que la Nueva Inteligencia del pensamiento fragmentario abolirá estas lucubraciones (¡”componer a la luz de una pequeña vela”!) pero, por el momento, todavía es así.

Ha llegado el crepúsculo. No el de la lectura sino el de este día dedicado a la Fiesta de la Máquina. Lo he conseguido. Vuelvo a abrir con parsimonia el cajón. Enciendo mis electrodomésticos, me conecto a Internet. Ahí están los deberes de los estudiantes, ningún mensaje urgente, ningún insulto que no pueda apañar por parte de los habituales trolls; nada, en fin, que no pueda esperar hasta mañana. O pasado mañana.

He decidido establecer una Fiesta de la Máquina semanal en vez de anual. Un Shabbat al servicio de la lectura profunda. Aunque se trate de leer un libro desde una tableta sin conexión a la Red.

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