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Odio internet

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¿Y si Internet nos condujera al cretinismo?

Escribir una buena novela sobre Internet resulta casi tan difícil como rodar una buena película a propósito de los efectos de las drogas. Puede uno echar mano de todos los artificios a su disposición que seguirá fracasando en el intento. Imágenes borrosas, perfiles desenfocados, sonidos de sítar alterados, ridículos ecos... Nada de eso consigue acercarse siquiera a reflejar tamaña experiencia.

internet2Hasta ahora, definir Internet con la lengua literaria ha sido tan difícil como explicar lo que es la conciencia. Y los intentos de hacer que la Red participe de la literatura contemporánea han demostrado ser embarazosos pues ¿cómo un instrumento de conocimiento podría pretender comprenderse a sí mismo? Y ¿cómo podría nuestra mente, ésa misma que se va fundiendo poco a poco con un servidor al tiempo que vamos almacenando fotografías, memorias, comentarios, emociones, chats, datos bancarios, sueños y aspiraciones, cómo podría aspirar a entender su propia naturaleza tecnológica? Pero, sobre todo, ¿cómo un poderoso instrumento de significación como es la literautra podría ser utilizado para discernir lo que parece ser su némesis: la constante necesidad de distraerse con inútiles e inconexas novedades, verbigracia, el Internet de las redes sociales?

Un escritor ha triunfado, sin embargo, en estos propósitos. Y lo ha hecho de un modo muy creativo a pesar de que todo apuntara a que no iba a ser capaz de conseguir su objetivo. Para empezar, se sirvió de un ordenador para escribir su obra. Y él mismo reconoce la contradicción: "Ahora, los escritores utilizan ordenadores, que no eran sino los subproductos de los que se prevalió la asombrosa habilidad del capitalismo global para rebajar al excedente poblacional a la condición de perpetua servidumbre. Todos los ordenadores del mundo han sido ensamblados por esclavos en China."

Jarett Kobek, el autor de Odio Internet sabe lo que hace. Y se lo cuenta a todos Vds. En detalle. Es algo que trasciende la metaliteratura. Es oro puro.


Escribir "una mala novela"

Resulta complicado escribir sobre Internet por su carácter tan efímero. Pero es aún más complicado tener el arrojo de autopublicarse una novela utilizando el lenguaje hiperbólico de la interacción en línea. Y publicitarla como "una mala novela" que promete copiar remedar el modo irrelevante y sincopado en que Internet presenta sus contenidos.

internet7Pero Kobek cumple con su palabra pues su estilo es una mezcla de bronca de troll contra los barones de Silicon Valley y del lenguaje de las distintas entradas de la Wikipedia (inspirado, a decir verdad, por Slaughterhouse 5, de Kurt Vonnegut).

Odio Internet - Una práctica novela sobre hombres, dinero y la porquería de Instagram, como reza el título completo de la obra, se ha convertido en una sensación inmediata tras una entusiasta reseña del New York Times. Sin embargo, se trata de un texto que las principales editoriales no publicarían porque ataca cándidamente buena parte de los valores consagrados por la sociedad occidental. Kobek ha explotado la debilidad de sus enemigos para darle un primer y exitoso revolcón a la cultura de esos sonrientes multimillonarios de Silicon Valley. Una llave de yudo perfecta.

"En realidad -reconoce-, podría haber titulado mi libro Odio a las Cuatro Compañías y a los medios de comunicación, pero es un título tan malo...". De hecho, Kobek no la toma con la totalidad de Internet sino, principalmente, con su faceta como medio de comunicación.


Se veía venir

Hace tiempo que se pronosticó el daño que ocasionarían a nuestra intimidad las explosiones en línea de anónima rabia. Así que no se sorprendan Vds. de que el hilo conductor del libro no sea más que la historia, ambientada en el San Francisco de 2013, de Alina, una dibujante de cómics de 45 años que llegó a ser medio famosa en los '90 y que se ve arrasada por una tormenta en Twitter.

Todo empieza con que alguien sube un vídeo a YouTube en el que Alina se atreve a afirmar públicamene que la cantante Beyoncé no ha contribuído en nada al progreso social. El ataque de sus fans será  tan feroz que le cambiará la vida a Alina y a sus amigos.

El meollo argumental es algo que se puede ver en series de televisión como Black mirror y Mr. Robot, o en la comedia de situación Silicon Valley, que se mofa de todos esos capitostes de Internet que se pasan la vida prometiendo "convertir el mundo en un lugar mejor". Con todo, en el libro que nos ocupa y como nos advierte el narrador, "el argumento, como la propia vida, no conduce a nada pero da cuenta de un padecimiento sin sentido."

internet9Las desastrosas consecuencias que acarrean las grabaciones clandestinas es, pues, uno de los temas centrales de la obra, así como el deseo de venganza. Y recriminación es lo que se percibe en el frustrado grito de la voz autobiográfica. En una parodia del climax de la novela libertaria de Ayn Rand Atlas Shrugged,  el protagonista aúlla desde la soledad de una cima: "Sé lo que era Internet antes de que la gente lo utilizara para ganar dinero. ¡Soy el único literato de América con una formación tecnológica seria! ¡Soy el único escritor de América que usaba Slackware 1.0 en su 386x!"

Es el mismo quejido de troll profiriendo perlas del tipo: "Las guerras no han sido más que gigantescos juegos para las élites gobernantes, que a veces pensaban que podría ser muy divertido que los pobres se mataran entre ellos." O cuando describe el Día de Acción de Gracias como "una fiesta en la que América celebraba el genocidio de su población indígena reuniendo a las familias en torno a un ágape durante el cual los mayores abochornaban a los más jóvenes trayendo a colación ideas racistas y homófobas de andar por casa."

Kobek reconoce haber adoptado la técnica de Vonnegut, y la de los monólogos cómicos, para conseguir que la verdad resplandezca a través de la risa, algo así como contar las cosas como si hubiera que hacerlo a unos extraterrestres. Es por ello por lo que, a pesar de que el escritor Jonathan Lethem lo compare con el novelista francés Michel Houellebecq, el parecido con Vonnegut nos parece mayor.

La crítica principal que se vierte en el libro sostiene que, puesto que la Red está cortada a la medida del cerebro de un quinceañero (y del lenguaje de un niño de 12 años), se está así empujando a la Humanidad hacia el cretinismo. Y no sólo porque, interrumpido constantemente, nuestro razonamiento profundo nos lleva a tomar decisiones cada vez más rápidas aunque menos fundadas sino también porque el sistema está diseñado para mantenernos en un estado de eterno narcisismo adolescente.

El intelecto es el protagonista de esta novela, como se ha apuntado Los Angeles Review of Books. Y, como dice Kobek, Internet es el enemigo del intelecto.


Dataísmo y cyborgs

La crítica de ese fenómeno vulnerable llamado cultura es algo que se ha formulado con elocuencia a lo largo de los últimos diez años. Su último y más exitoso intento dentro del ámbito de la literatura de no-ficción es la lúcida Homo Deus, obra del profesor israelí Yuval Noah Harari, quien concluye que, si permitimos que Internet transforme nuestra mente, entonces nos veremos abocados a la siguiente alternativa: el triunfo del dataísmo, es decir, que las máquinas ocupen el lugar de una Humanidad obsoleta, o bien el advenimiento del tecno-humanismo, es decir, la "actualización" del individuo para convertirlo en un cyborg, mitad hombre, mitad máquina.

internet10Esto no es ciencia ficción. Los algoritmos no sólo controlan ya las lecturas recomendadas en Amazon sino también las inversiones en bolsa, las vidas de los chóferes de Uber y las selecciones de pareja en los sitios web. Se utilizan tanto para la elaboración de diagnósticos médicos como para el asesoramiento legal. Los algoritmos tienen su papel en las decisiones tomadas por los equipos directivos de las multinacionales. Y pronto tendrán derecho a la propiedad. Nada de todo esto implica toma de conciencia alguna con lo que este horizonte podrá ser factible aun cuando las máquinas sigan sin tener conciencia. Incluso el amor, nos dice ahora la ciencia, no es más que un algoritmo de emociones.

Y todo esto no se lo están contando unos histéricos ludditas de Internet para pedirles que vuelvan Vds. a las carrozas, a las plumas estilográficas y a las palomas mensajeras. La inteligencia artificial ya está en marcha.

Las críticas más aceradas contra esta tendencia las hicieron Nicholas Carr en The Shallows-What the Internet is Doing to our Brains y Lee Siegel en Against the Machine-Being Human in the Age of the Elecrtonic Mob, donde se advierte de que, si perdemos el rumbo, ello nos puede acarrear rápidas y catastróficas consecuencias: "El conocimiento es lo que nos confiere nuestro bagaje ético e histórico y es también lo que nos proporciona la distancia necesaria para alcanzar lo que conocemos como estabilidad emocional. La distanciamiento crítico, y no las múltiples distracciones y desvíos de la información, es el garante de la libertad en nuestra sociedad."


Casados con un Golem digital


Ya lo dijo Goethe en una frase que se hizo célebre: "Nadie es más esclavo que quien se tiene por libre sin serlo."

Pues, bien, esto es lo que está exactamente ocurriendo de acuerdo siempre con Kobek. "Uno de los aspectos más curiosos del siglo XX fue la gran desilusión que se llevaron todos los que (y no eran pocos, sobre todo en el área de la Bahía de San Francisco) se dieron cuenta de que la libertad de palabra y de expresión encontraban su mejor cauce en plataformas tecnológicas propiedad de corporaciones dedicadas a ganar la mayor cantidad de dinero posible. De hecho, todos aquéllos que ejercieron dichas libertades en Twitter no hacían sino crear contenidos que pasaban a pertenecer a una corporación de la que no tenían una sola participación."

internet8En los años '90, David Foster Wallace escribió un ensayo en el que urgía a los jóvenes novelistas a componer con la televisión del momento. Kobek lo consigue con Internet mostrando que también hay espacio para una nueva narrativa que se centre en el modo en que hemos cambiado nuestra manera de percibir las cosas, un modo mediatizado por nuestras prótesis tecnológicas. Llegó, pues, la hora de que las novelas den cuenta de la pérdida de linealidad de nuestra capacidad de pensar y de sentir, un proceso que no es sino una consecuencia de nuestros esponsales con el Golem digital.

En su película de 1991 Hasta el fin del mundo, el director alemán Wim Wenders describía una máquina futurista capaz de almacenar sueños humanos. La gente que participaba en tal experimento, desarrollado en una recoleta cueva del desierto australiano, acabó enganchándose a contemplar sus propios sueños en pantallas portátiles. Me acuerdo siempre de este viejo filme cada vez que me doy cuenta de la manera en que llegamos a abusar de los smartphones, aunque es cierto que los sueños de Wenders tenían más clase que ese chorro inmanente de sentimentalismo felino, inane turismo y opiniones uniformes que hoy inundan nuestras cronologías en Facebook, Instagram y Twitter.


Mal de imágenes

Al final de la película, es un escritor, que ha reconstruido el cronograma de lo que ha ocurrido, quien rescata a la protagonista de su iconodulía, su enfermiza adoración por las imágenes que la mantenía literalmente pegada día y noche a la pantalla. Y es precisamente a través de las palabras escritas en el libro del escritor como ella consigue curarse de su "mal de imágenes".

Wenders, el más literario de los directores de cine, comprendió la importancia que revisten las palabras como portadoras de significado frente a la insensata e hipnótica obsesión por las imágenes.

internet6He aquí por qué puede todavía la literatura salvar los muebles, por qué vale la pena cultivar el razonamiento profundo y por qué hacerlo mediante la lectura. De otro modo, estamos destinados a nutrir el contingente de ese ejército de inconscientes y estúpidos zombis descritos en Odio Internet: "La gente que ocupaba su ocio tuiteando y creando propiedad intelectual para Twitter iba cayendo en ese submundo y convirtiéndose en la propiedad intelectual de grandes conglomerados multinacionales. Iban transformando sus cuerpos en anuncios andantes de entidades de las que no obtenían provecho económico alguno."

Dense una vuelta por el centro comercial, la fábrica, la oficina o el paseo más próximos y búsquense a sí mismos. El futuro ya está aquí y más nos valdría dedicarle un tiempito. Podríamos empezar enseñándoles a los niños cómo concentrarse en un buen libro dos horas seguidas. Aunque sea a través de una tableta, no importa, siempre que seamos capaces de apagar la conexión wifi o 3G.

Podemos salvarnos eligiendo el modo por el que asimilamos el conocimiento. No hace falta cargarse las máquinas, no es tiempo de luddismos. Llegó la hora de entender el mensaje en su medio.

El autor es escritor y profesor de Teoría de la Comunicación. Su proximo libro, The Edge of an Era, saldrá el mes que viene.

(Publicado en The Hindu, el 27/05/2017).

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