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La isla que espera a su dios príncipe que ya no vendrá

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En el archipiélago de Vanuatu, el duque de Edimburgo es venerado como hijo del volcán. Sin embargo, ahora, Felipe ha dejado su cargo y su condición de "divinidad".

vanuatu2Ésta es la historia de un príncipe que ya no quiere serlo y que, por supuesto, nunca quiso convertirse en un dios sobre la Tierra pero que para algunos lo es. De hecho, el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II de Inglaterra, ha anunciado que, una vez cumplidos los 96 años, se retirará de la vida pública y, por tanto, ya no participará en las ceremonias correspondientes a su rango. No obstante, ello no le impedirá sustraerse a su papel de hijo del gran dios del volcán, de acuerdo con lo que creen algunas tribus del sur de la isla de Tanna, en el remoto archipiélago de las Vanuatu, situado en un rincón del Océano Pacífico.

Hace años que lo esperan ahí abajo. Aguardan el regreso del dios blanco,  hermano de otra divinidad adorada por los Yaohnanen, un tal Jon Frum, dios del "culto de Jon Frum", cuyo origen se remonta a la llegada de un soldado estadounidense que, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, se presentó en esos pagos diciendo: "John from America", John de América. Desde ese día, los nativos lo llamaron Jon Frum, transformándolo en el dios que, desde el mar, trae regalos. Tal y como, de hecho, hicieron los barcos de la US Navy.

vanuatu3En cambio, la promoción de príncipe a dios de Felipe intervino a través de una profecía. Cuenta la leyenda que el dios volcán tuvo un hijo blanco. Y que su destino era casar con una mujer muy poderosa de un lejano país antes de poder regresar a su patria. Pues bien, para 30 000 seguidores del Movimiento del Príncipe Felipe, el duque de Edimburgo responde a la descripción y ello aunque haya nacido en Corfú y no haya vuelto a Tanna desde 1974.

Pero la cosa no acaba aquí: la historia se va complicando y volviendo, a oídos de los no creyentes, aún más graciosa. Resulta que, en su viaje a Tanna de 1974, el príncipe Felipe no sabía que se había vuelto un dios. Y tampoco fue informado de ello por el comisario británico de las islas, que, en esa época, eran un condominio anglo-francés. El comisario le aconsejó que enviara una fotografía autografiada que, desde entonces, se ha convertido en una reliquia importante y es utilizada en las danzas rituales. A cambio, los fieles le hicieron llegar al dios Felipe una maza tradicional con la que se sacrifica a los cerdos, el nal-nal. Durante todo el tiempo transcurrido desde la expedición de la primera fotografía autografiada, el príncipe fue mandando otras fotos, conservadas con devoción por el líder del movimiento, Jack Naiva.

Hace diez años, una delegación visitó al príncipe-divinidad en Londres ejecutando un curioso ritual. El jefe de la delegación le preguntó a Felipe: "¿Maduró la papaya o no?", fórmula litúrgica para preguntar si el dios blanco estaba dispuesto a volver a la isla. Felipe respondió: "Esté madura o no la papaya, transmítele al capo Kawia que ahora hace frío y que, cuando haga calor, le enviaré un mensaje". La situación no estaba todavía madura.
Dando por supuesto que estas excentricidades podrían compadecerse con la visión que en las islas Vanuatu se pueda tener de las monarquías europeas (gente obligada a casarse contra su propia voluntad, de tradiciones, costumbres y ritos rebuscados que en modo alguno se adaptan a las democracias modernas; de princesas divorciadas que se matan en accidentes de tráfico perseguidas por fotógrafos en motocicleta), más allá de todo este folklore subyace, en realidad, una cosa muy seria.

vanuatu4"El culto de las naves de carga", en el que se inscribe el Movimiento del príncipe Felipe no es tan descabellado como podría parecer. Se trata de un movimiento social y religioso extendido entre los habitantes de la Melanesia y que tiene su origen en las tensiones existente entre tribus remotas y ejércitos empeñados en guerras de conquista, control y saqueo de los territorios del Pacífico. Comenzó en el siglo XIX con los primeros exploradores. Más adelante, en 1914, los alemanes fueron vistos como salvadores. En realidad, todo está fundado en la creencia de que los blancos le robaron a Dios el secreto de la producción de los bienes materiales. Unos bienes que, gracias a la llegada de un mesías, serán entregados gratuitamente desde barcos, aviones y cohetes. El advenimiento del mesías conducirá al final del deber del trabajo y, en lugar de un gobierno blanco, habrá un gobierno indígena. Todo ello está también ligado al hecho de que las poblaciones tribales se dieron cuenta de que se las obligaba a trabajar más que a los blancos que colonizaron sus islas. Así pues, no sabiendo a quién encomendarse, los indígenas decidieron atar su destino al de nuestro príncipe nonagenario, quien, sin embargo, no parece demostrar interés alguno en salvarlos con los tesoros de la Corona de Inglaterra.

<Publicado en La Stampa el 08/05/2017>

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