Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

Humanismo en libertad

humanismo1
Humanismo es positivismo radical. Las putas máquinas para ti son lo mejor, y piensas que llegarán a conseguir que viajes a infinita velocidad, para teletransportarte y que te hagas selfies el mismo día, porque te da tiempo, delante del Partenón, de la Torre Eiffel, del campo del Rayo Vallecano, de Angkor-Bat y del Big Ben, e incluso para introducirte en agujeros de gusano para que viajes al pasado y así poder subirte a las Torres Gemelas antes de que llegue Mohamed Atta montado en su Halcón Milenario. Pero siempre es tarde. Eres muy gilipollas, un gordo estúpido más, y te vas a morir igual, afortunadamente para mi, sin que nada de eso te ocurra, imbécil, que te mueras me consuela, mira tú por donde. Humanismo es decir que todo el mundo es bueno, buenísimo, y que la salvación es posible. Humanismo eres tú enviando washaps a las nueve de la mañana con las fotos de tus vacaciones, las de tu familia, las de tu cara de hez, fotos como napalm lanzado sobre Da-Nang antes de amanecer, a un grupo de gente que apenas conoces o, lo que es peor, que sí crees conocer. Antes nos martirizaban con sus putas fotos en sesiones de tortura de las que cada uno huía como podía, inventábamos excusas peregrinas más o menos creíbles, hacíamos eso o nos emborrachábamos previamente con el alcohol gorroneado al puerco exhibidor de fotos, y mirábamos al vacío mientras nos enseñaban aquellos papeles impresos o, años más tarde, mientras nos las ponían en la pantalla de la tele o de un ordenador hasta provocarnos un colapso o un ictus. Antes no tenían piedad, pero ahora ya no se puede elegir si quieres escapar, te las imponen a la fuerza en sus grupos de washap, te las envían a traición para que no puedas rechazarlas. El teléfono pita y tú les deseas la muerte con dolor, pero ellos continúan y continúan, y nadie les dice nada para que paren, a esos hijos de puta ególatras, nadie se atreve a relatarles lo gilipollas que son, por pura pena o asco existencial. Humanismo es querer que los demás piensen que eres más feliz que una perdiz. humanismo2Humanismo es mandar fotos de tu comida o de tus pies en la playa. Humanismo es organizar regalos de “amigo invisible” entre gente a quien le importas una puta mierda, que es casi toda la gente aunque parezca lo contrario. Humanismo es Fernández Liria hablando despectivamente de Gabriel Albiac cuando él sabe perfectamente que este último tiene razón en todo si ponemos pié en tierrra y nos olvidamos de las pajas lingüísticas, si nos apartamos del análisis sobre el hombre y su ruín existencia a través de la palabrería barata. El capitalismo va ligado ontológicamente al ser humano, mírate al espejo de una puta vez, cabrón, y lo verás. Humanismo es mandar a tu madre a un asilo voluntariamente, porque es lo mejor para ella. Humanismo es levantar la prohibición de un segundo hijo a las parejas Chinas, y animarles a que follen sin condón. Humanismo es la sana mezcolanza de culturas, impuestas unas a otras por la fuerza de las armas, del dinero o de follar más sin protección. Humanismo es ir a manifestaciones contra la guerra de Siria y al terminar tomarte un vermut en el Mercado de San Miguel con los que dicen que son tus amigos pero a los que dentro de unos pocos años, o meses, no volverás a ver, esos a los que en el fondo les das más igual que una mierda. Humanismo es masturbarte pensando en la mujer/marido de tu amiga/o y luego ir cacareando que la amistad es lo mejor del mundo delante de tu amigo/a o, en su defecto, por washap. Humanismo es no ver la tele si no te da la razón en todo. Humanismo es creerte mejor que los demás por leer tres o cuatro mierdas de libros que no entiendes ni sientes. Humanismo es ir a votar al menos malo y afearme a mi la sana costumbre de no votar a nadie. Sí, me paso por los cojones tus argumentos, esos de “si no votas no tienes derecho a participar”, pedazo de imbécil. Participo lo que me sale de los cojones, si me pongo lo hago a hostias, y tienes suerte de no cruzarte conmigo si me enfado. Humanismo es decir que la libertad existe, y que la felicidad existe, y que tu padre es tu padre, y que admiras a tu padre, y que tu padre es perfecto, y que tu madre no es o no ha sido alguna vez una puta. Humanismo es correrte en un vaso, no lavarlo, echar hielo dentro de él y servirle un cubata a tu amigo, y decírle lo que has hecho cuando ya ha apurado la copa.

Eran las ocho menos diez de la mañana. Me despertaron unos golpes fuertes que retumbaban fuera de mi cabeza. Parecía que la pared se iba a derrumbar. Me puse los pantalones y me asomé a la ventana a pecho descubierto. La calle estaba semidesierta. Hacía fresco, la típica mañana del Madrid de finales de octubre de esta era nuestra en la que no existe el invierno. No veía nada, todo el estruendo procedía de la vuelta de la esquina, algún cabrón había allí detrás. Me vestí y bajé de muy mala hostia. Unos tipos gordos recolorados de faz vestidos con mono azul martilleaban contra la pared de un pequeño edificio adosado al mío. Uno de ellos hablaba castellano, al otro se le distinguía un acento ruso o algo así. Pararon la faena al verme aparecer, fantasmagórico y ojeroso. Me dirigí al primero y le pregunté qué coño hacían. Sonrió, yo no. Dejó de golpear el muro. Jocoso, me dijo que aquello no era nada ruidoso, que esperara al día siguiente, cuando vendría “la máquina” a tirar la casita. Sus afirmaciones me alarmaron.

Hicimos variadas indagaciones durante el día previo al derribo. Siempre hay que temer una cosa de estas cuando te toca cerca. Nadie sabía por qué al ayuntamiento le había dado por hacer aquello a aquel edificio enano olvidado y abandonado. Entonces me enteré de toda su historia. Aquella caseta era en la que se pesaban y se pagaban abastos por las mercancías que entraban a Madrid a principios del siglo XX. La gente acarreaba como podía lo que quería y podía vender en la sucia ciudad, y abonaba con desgana y mala leche un dinero a la ciudad por dar su autorización a la venta. La ciudad luego se gastaba ese dinero en mierdas. Unos metros más atrás, bajando la cuesta, estaba la entrada a Madrid, en el antiguo cruce entre el Paseo de la Dirección y Villaamil. Mi casa, en la que nací, me crié y moriré, está situada en la puerta de Madrid, prácticamente sobre ella.

humanismo4Tu libertad empieza donde acaba lo que yo te diga. Mata a un vegano atragantándolo con un filete, atropella a un ciclista fixero con un coche eléctrico, haz el bien común y no mires a quién, estúpido. Hazles construir una cueva muy honda a las afueras de Peenemunde, pero incluso allí te encontrará la muerte, no te molestes en fabricar misiles para defenderte, tontolaba.

Lo único cierto es que las uñas me crecen más en verano y que en invierno, algún día que otro, tengo ciática. Y que en las bodas y en los entierros veo siempre las misas caras aparentando felicidad y escucho los mismos discursos gilipollas.

¿Qué resulta más plausible o importante con el tiempo limitado que nos queda, alcanzar la velocidad de la luz o la vida eterna? Mi respuesta es clara: la vida eterna. La velocidad de la luz creo que es un invento positivista y, aunque se alcanzase, no aseguraría llegar a otro mundo habitable y perpetuar la puta especie. Sin embargo, la vida eterna nos otorgaría el tiempo necesario para conseguir abandonar el sucio planeta antes de que el sol lo achicharrase con todos dentro. Sin embargo, el ser humano todavía no está lo suficientemente evolucionado para llegar a un sentido colectivo de la especie, físicamente no ha superado el ansia individual de vivir, basta que necesite un teléfono móvil o con que tenga ganas de follar para tirar todo lo colectivo por la borda, es así de hijo de puta. Sólo con la vida eterna, que es el monolito de nuestra película 2001, podría el muy idiota comenzar a pensar en común. No, tú por mucho que digas no piensas en lo colectivo, crees que sí porque eres un pedazo de imbécil. La vida eterna no sólo permitiría viajar lejos y sin el límite que impone el tiempo, sino que castraría definitivamente a las religiones, casi terminaría con las creencias radicalmente para poner merecidamente al materialismo en el verdadero origen de las cosas. La carne del hombre es materialista, incluso la de los veganos. Pondremos huevos al sol unos cuantos días y les obligaremos a comérselos en tortilla.

Los domingos bajábamos por General Perón hasta el Bernabéu, nuestro templo pagano. Cuando terminaba el partido, retrocedíamos lo caminado y volvíamos a nuestro barrio, y nos metíamos en unos billares o nos sentábamos en un banco hasta que se hacía de noche y tocaba regresar a casa, entonces volvíamos a nuestras celdas para humanismo5que nuestros padres no echasen nuestro sucio olor en falta. Pero, antes de que cada mochuelo volviese a su olivo, recogíamos de la basura las cajas con los miles de boletos de quiniela sobrantes de cada jornada futbolística, esos que, caducados, tiraban en la tienda de las apuestas. Entonces, armados hasta los dientes con ellos, nos dirigíamos hasta la tapia del patio del colegio de curas y lanzábamos todos aquellos pequeños papeles por encima del muro, como bombas de racimo. Mezclábamos aquella masa con todo tipo de proyectiles accesorios, restos que encontrábamos en los contenedores, ya fueran botes de detergente vacíos o tubos fluorescentes fundidos y, de vez en cuando, nos llevábamos un par de almohadillas de plumas de las antiguas del estadio, las escondíamos debajo del abrigo al salir. Al llegar a nuestro campo de batalla, las rajábamos y, como un misil tierra-tierra, las encestábamos por encima de aquella pared dirigidas imaginariamente hacia la cara de aquellos hijos de puta de curas. Las almohadillas perdían todo su contenido en el aire, las plumas salían despedidas como la estela de un cohete espacial hasta que, ya casi vacías, golpeaban el suelo estruendosamente como si fuera la cabeza de algún futbolista criticado por el público tras una noche aciaga o como  el cogote de una repugnante rata arbitral (para ser árbitro de cualquier cosa hay que ser muy gilipollas) a punto de ser linchada. Soñábamos con que le atizara en la cabeza a algún cura desprevenido y se la abriera como un melón, y con que en vez de sangre saliera semen de la herida, porque ellos no bebían ni beben agua, sólo esa ambrosía del amor. Los curas de aquel colegio tenían las mismas aficiones que Jimmy Sommerville, del que se rumoreaba que después hacerle un lavado de estómago tras un desmayo que le dio (gilipollas voz de pito), le habían extraído de la cavidad gástrica litro y medio de semen recién ingerido.

humanismo6A la mañana siguiente, obsevábamos ufanos cómo el viento había cumplido su cometido, incluso a veces la lluvia también había ayudado, y el patio de los curas se encontraba lleno de papeles pegados, por todas partes, de cristales, de mierda en general, la inmundicia mundana que se merecían. Nos sentíamos satisfechos. Humanismo en libertad. Humanismo en libertad. Humanismo en puta libertad, gilipollas. Muchos de ellos, de esos asotanados serviles, afortunadamente habrán muerto, y con dolor, o pronto lo harán, imaginamos que con mucho semen endurecido en el estómago, porque hacían una muesca en el crucifijo por cada menor que violaban.

El sol se pone. Esperas ansioso al barco que te saque del sucio agujero de Porto Ercole antes de que te dé el jamacuco, pero nunca llega, ni el barco ni el perdón de tus pecados. Sudas y esperas, sudas y esperas. Tenebrismo. Al final Caravaggio estira la pata sólo, como un perro. Tiraron la caseta de abastos y pesajes, no dejaron ni un ladrillo en pie, los hijoputas. Madrid tiene miles de millones de deuda, pero da igual, ahora se plantean amurallarlo para cobrar a los coches que vengan de fuera, siempre hay que poner al otro una penitencia por existir para sentirte bien jodiendo al prójimo. Pero, tranquilos todos, pasará un poco, una mierda, un pedo de tiempo, y Madrid no se acordará de ti, ni de mi, sus descampados y sus calles están ahí para no pensar en nada, con memoria de elefante y de pez al mismo tiempo.

Haces que todo
valga la pena
bonita
aun cagando
haces que todo
valga
la pena.
Haces que todo siga rodando
aunque te pongas fea
apretando.
Meamos en su calavera
o yo lo haré
por ti
bonita
o tú lo
harás
por mi
en ausencia.
Haces que casi nada
me recuerde
el mundo
al menos por un rato
bonita
incluso a veces
antes de
ponerte
las bragas
haces que todo
por
un rato
valga la pena.

Humanismo es positivismo radical. Las putas máquinas para ti son lo mejor, y piensas que llegarán a conseguir que viajes a infinita velocidad, para teletransportarte y que te hagas selfies el mismo día delante del Partenón, de la Torre Eiffel, del campo del Rayo Vallecano, de Angkor-Bat y del Big Ben, e incluso para introducirte en agujeros de gusano para que viajes al pasado y poder subirte a las Torres Gemelas antes de que llegue Mohamed Atta. Eres muy gilipollas, un gordo estúpido más, y te vas a morir igual, afortunadamente para mi, sin que nada de eso te ocurra, que te mueras me consuela, mira tú por donde. Humanismo es decir que todo el mundo es bueno, buenísimo, y que la salvación es posible. Humanismo eres tú enviando washaps a las nueve de la mañana con las fotos de tus vacaciones, las de tu familia, las de tu cara de hez, fotos como napalm lanzado sobre Da-Nang antes de amanecer, a un grupo de gente que apenas conoces o, lo que es peor, que sí. Antes nos martirizaban con sus putas fotos en sesiones de tortura de las que uno huía como podía, inventábamos excusas peregrinas más o menos creíbles, eso o nos emborrachábamos previamente con el alcohol del puerco exhibidor de fotos y mirábamos al vacío mientras nos enseñaban aquellos papeles impresos o, años más tarde, nos las ponían en la pantalla de la tele o de un ordenador hasta provocarnos un colapso o un ictus. Ahora ya no se puede elegir, te las imponen a la fuerza en sus grupos de washap, te las envían a traición para que no puedas rechazarlas. El teléfono pita y tú les deseas la muerte con dolor, pero ellos continúan y continúan, y nadie les dice nada para que paren, a esos hijos de puta ególatras, nadie se atreve a relatarles los gilipollas que son. Humanismo es querer que los demás piensen que eres más feliz que una perdiz. Humanismo es mandar fotos de tu comida o de tus pies en la playa. Humanismo es organizar regalos de “amigo invisible” entre gente a quien le importas una puta mierda, que es casi toda la gente aunque parezca lo contrario. Humanismo es Ferández Liria hablando despectivamente de Gabriel Albiac cuando él sabe perfectamente que este último tiene razón en todo si ponemos pié en tierrra, si nos apartamos de los análisis del hombre a través del lenguaje. El capitalismo va ligado ontológicamente al hombre, mírate al espejo de una puta vez, cabrón, y lo verás. Humanismo es mandar a tu madre a un asilo voluntariamente, porque es lo mejor para ella. Humanismo es levantar la prohibición de un segundo hijo a las parejas Chinas, y animarles a que follen sin condón. Humanismo es la mezcolanza de culturas impuestas unas a otras por la fuerza de las armas o del dinero. Humanismo es ir a manifestaciones contra la guerra de Siria y al terminar tomarte un vermut en el Mercado de San Miguel con los que dicen que son tus amigos pero a los que dentro de unos pocos años, o meses, no volverás a ver. Humanismo es masturbarte pensando en la mujer/marido de tu amiga/o y luego ir cacareando que la amistad es lo mejor del mundo. Humanismo es no ver la tele si no te da la razón en todo. Humanismo es creerte mejor que los demás por leer tres o cuatro mierdas de libros que no entiendes ni sientes. Humanismo es ir a votar al menos malo y afearme a mi la costumbre de no votar a nadie. Sí, me paso por los cojones tus argumentos, esos de “si no votas no tienes derecho a participar”, pedazo de imbécil. Participo lo que me sale de los cojones y tienes suerte de no cruzarte conmigo si me enfado. Humanismo es decir que la libertad existe, y que la felicidad existe, y que tu padre es tu padre, y que admiras a tu padre, y que tu padre es perfecto, y que tu madre no es o ha sido alguna vez una puta. Humanismo es correrte en un vaso, no lavarlo, echar hielo en él y servirle un cubata a tu amigo, y decírselo cuando ha apurado la copa.

 

Eran las ocho menos diez de la mañana. Me despertaron unos golpes fuertes que retumbaban fuera de mi cabeza. Parecía que la pared se iba a derrumbar. Me puse los pantalones y me asomé a la ventana a pecho descubierto. La calle estaba semidesierta. Hacía fresco, la típica mañana del Madrid de finales de octubre de esta era nuestra en la que no existe el invierno. No veía nada, todo el estruendo procedía de la vuelta de la esquina, algún cabrón había allí detrás. Me vestí y bajé de muy mala hostia. Unos tipos gordos recolorados de faz vestidos con mono azul martilleaban contra la pared de un pequeño edificio adosado al mío. Uno de ellos hablaba castellano, al otro se le distinguía un acento ruso o algo así. Pararon la faena al verme aparecer, fantasmagórico y ojeroso. Me dirigí al primero y le pregunté qué coño hacían. Sonrió, yo no. Dejó de golpear el muro. Jocoso, me dijo que aquello no era nada ruidoso, que esperara al día siguiente, cuando vendría “la máquina” a tirar la casita. Sus afirmaciones me alarmaron.

 

Hicimos variadas indagaciones durante el día previo al derribo. Siempre hay que temer una cosa de estas cuando te toca cerca. Nadie sabía por qué al ayuntamiento le había dado por hacer aquello a aquel edificio enano olvidado y abandonado. Entonces me enteré de toda su historia. Aquella caseta era en la que se pesaban y se pagaban abastos por las mercancías que entraban a Madrid a principios del siglo XX. La gente acarreaba como podía lo que quería vender en la sucia ciudad y abonaba con desgana un dinero a la ciudad por dar su autorización a la venta. Unos metros más atrás, bajando la cuesta, estaba la entrada a Madrid, en el antiguo cruce entre el Paseo de la Dirección y Villamil. Mi casa, en la que nací me crié y moriré, está situada en la puerta de Madrid.

 

Tu libertad empieza donde acaba lo que yo te diga. Mata a un vegano atragantándolo con un filete, atropella a un fixero con un coche eléctrico, haz el bien común y no mires a quién, estúpido. Hazles construir una cueva muy honda a las afueras de Peenemunde, pero incluso allí te encontrará la muerte, no te molestes en fabricar misiles para defenderte, tontolaba.

 

Lo único cierto es que las uñas me crecen más en verano y que en invierno, algún día que otro, tengo ciática. Y que en las bodas y en los entierros veo siempre las misas caras aparentando felicidad y escucho los mismos discursos gilipollas.

 

¿Qué resulta más plausible o importante con el tiempo limitado que nos queda, alcanzar la velocidad de la luz o la vida eterna? Mi respuesta es clara: la vida eterna. La velocidad de la luz creo que es un invento positivista y, aunque se alcanzase, no aseguraría llegar a otro mundo habitable y perpetuar la puta especie. Sin embargo, la vida eterna nos otorgaría el tiempo necesario para conseguir abandonar el sucio planeta antes de que el sol lo achicharrase con todos dentro. Sin embargo, el ser humano todavía no está lo suficientemente evolucionado para llegar a un sentido colectivo de la especie, físicamente no ha superado el ansia individual de vivir, basta que necesite un teléfono móvil o con que tenga ganas de follar para tirar todo lo colectivo por la borda, es así de hijo de puta. Sólo con la vida eterna, que es el monolito de nuestra película 2001, podría el muy idiota comenzar a pensar en común. No, tú por mucho que digas no piensas en lo colectivo, crees que sí porque eres un pedazo de imbécil. La vida eterna no sólo permitiría viajar lejos y sin el límite que impone el tiempo, sino que castraría definitivamente a las religiones, casi terminaría con las creencias radicalmente para poner merecidamente al materialismo en el verdadero origen de las cosas. La carne del hombre es materialista, incluso la de los veganos. Pondremos huevos al sol unos cuantos días y les obligaremos a comérselos en tortilla.

 

Los domingos bajábamos por General Perón hasta el Bernabéu, nuestro templo pagano. Cuando terminaba el partido, retrocedíamos lo caminado y volvíamos a nuestro barrio, y nos metíamos en unos billares o nos sentábamos en un banco hasta que se hacía de noche y tocaba regresar a casa, cuando volvíamos a nuestras celdas para que nuestros padres no echasen nuestro sucio olor en falta. Pero, antes de que cada mochuelo volviese a su olivo, recogíamos de la basura las cajas con los miles de boletos de quiniela sobrantes de cada jornada futbolística, los que caducados tiraban en la tienda de las apuestas. Entonces nos dirigíamos hasta la tapia del patio del colegio de curas y lanzábamos todos aquellos pequeños papeles por encima del muro. Mezclábamos aquella masa con todo tipo de proyectiles accesorios, restos que encontrábamos en los contenedores, ya fueran botes de detergente vacíos o tubos fluorescentes fundidos y, de vez en cuando, nos llevábamos un par de almohadillas de plumas de las antiguas del estadio, las escondíamos debajo d el abrigo. Al llegar a nuestro campo de batalla las rajábamos y, como un misil tierra-tierra, las encestábamos por encima de aquella pared dirigidas hacia la cara de aquellos hijos de puta de curas. Las almohadillas perdían todo su contenido en el aire, las plumas salían despedidas como la estela de un cohete espacial hasta que, ya casi vacías, golpeaban el suelo estruendosamente como si fuera la cabeza de algún futbolista criticado por el público tras una noche aciaga o por una repugnante rata arbitral (para ser árbitro de cualquier cosa hay que ser muy gilipollas) a punto de ser linchada. Soñábamos con que le atizara en la cabeza a algún cura y se la abriera como un melón, y con que en vez de sangre saliera semen de la herida, porque ellos no bebían ni beben agua, sólo esa ambrosía del amor. Los curas de aquel colegio tenían las mismas aficiones que Jimmy Sommerville, del que se rumoreaba que después hacerle un lavado de estómago tras un desmayo que le dio, le habían extraído de la cavidad gástrica litro y medio de semen recién ingerido.

 

A la mañana siguiente, el viento había cumplido su cometido, incluso a veces la lluvia también había ayudado, y el patio de los curas se encontraba lleno de papeles pegados, por todas partes, de cristales, de mierda en general. Nos sentíamos satisfechos. Humanismo en libertad. Humanismo en libertad. Humanismo en puta libertad, gilipollas. Muchos de ellos, afortunadamente, habrán muerto, o pronto lo harán, con mucho semen endurecido en el estómago, hacían una muesca en el crucifijo por cada menor que violaban.

 

El sol se pone. Esperas el barco que te saque de Porto Ercole antes de que te dé el jamacuco, pero no llega nunca, ni tampoco el perdón de tus pecados. Sudas y esperas, sudas y esperas. Tenebrismo. Al final a Caravaggio le da el jamacuco y estira la pata. Tiraron la caseta de abastos y pesajes, no dejaron ni un ladrillo en pie. Madrid tiene miles de millones de deuda, pero da igual, ahora se plantean amurallarlo para cobrar a los coches que vengan de fuera, siempre hay que poner al otro una penitencia por existir para sentirte bien jodiendo. Pero, tranquilos todos, pasará un poco, una mierda de tiempo, y Madrid no se acordará de ti, ni de mi, sus descampados y sus calles están ahí para no pensar en nada, con memoria de elefante y de pez a la vez.

 

Haces que todo

valga la pena

bonita

aun cagando

haces que todo

valga

la pena.

Haces que todo siga rodando

aunque te pongas fea

apretando.

Meamos en su calavera

o yo lo haré

por ti

bonita

o tú lo

harás

por mi

en ausencia.

Haces que casi nada

me recuerde

el mundo

al menos por un rato

bonita

incluso a veces

antes de

ponerte

las bragas

haces que todo

por

un rato

valga la pena.


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