Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

Quebert contra Dotcom

Cuando sólo existían los libros de papel, en aquel lejano y prehistórico siglo XX cuando la cultura era toda de pago, yo ni me planteaba leer algunas cosas, sobretodo los libros catalogados en las estanterías bajo el rótulo de “novedad” o “más vendidos”. Ahora recorro estas secciones en librerías y grandes almacenes no para comprar, sino para ver qué me apetece birlarle a la industria editorial. Miro los precios de la contraportada y me froto las manos, es un doble placer: leer y robar. Por ese camino llegué al archiconocido relato de Joel Dicker este invierno. En el libro, el tal Quebert pasa el rato relatándole a Goldman sus teorías sobre los principios fundamentales para llegar a ser un gran escritor. Lo del asesinato de fondo no es más que una burda excusa. La verdad es que le dice unas cosas muy interesantes, aparte del sempiterno y manido “si no duele no sirve”. Le hace creer cosas a su hijo literario adoptivo como que es necesario caer para aprender a levantarse y que hay que salir a correr bajo la lluvia para sentirse vivo. Tópicos o no ambas cosas no dejan de ser verdad. Al final del relato parece que el bueno y enamoradizo (y algo pedófilo) Harry Quebert ha conseguido convencer a su discípulo. Goldman piensa que está preparado para triunfar, aunque con el triunfo vengan aparejadas desdicha y soledad. Pero, de repente, descubrimos que todo es mentira, una impostura, una puta falacia. El relato en sí constituye una metáfora vital perfecta: creencias que se desmoronan; humanos cayéndose constantemente del guindo; ideas perfectas aplicadas a sucias personas que las joden impunemente; complejos de culpabilidad al verse a uno mismo reflejado en el espejo de sus propias contradicciones; animales perdidos en la nada por creerse dioses.



Estoy cansado de sermones sobre que la cultura se muere si no pago por ella. “Tú sí que vas a morirte, imbécil”, pienso al escucharlo. Voy a por vosotros cazando por el bosque, no me importa comerme vuestra carne. Es cierto que la cultura morirá, que la mataremos, pero entonces yo también seré polvo. Mientras tanto, tengo que aprovechar el depredador que llevo dentro para colarme por los recovecos de vuestra legalidad y así poder conectar con otras gentes que no se parecen en nada a vosotros, personas vivas y muertas a las que de otro modo no podría acceder, mis verdaderos semejantes. Dentro de unos años los hombres del futuro elaborarán teorías absurdas sobre el pasado, como nosotros lo hacemos ahora sobre los Neander, los Denisovanos, los Sapiens, y esa más antigua cuarta raza de monos folladores de la que todavía no se ha descifrado el galimatías genético, esa que nos precedió en la espesura del bosque y que sólo otra paja mental más conseguirá definir. La paja mental, fuente de toda la ciencia humana y de todas las filosofías, éticas y otras mierdas por el estilo.

El verano pasado no iba a haber verano. A principios de junio se sucedieron unos días que más parecían de marzo. Leímos sus twitters, en los que ellos se quejaban que en el exterior de sus casas no podían aguantar aquellos dieciocho grados de temperatura, se congelaban sin remedio. Ellas se empitonaban y a ellos se les pegaban los huevos al culo ante tales hielos. Querían oler a verano desde sus ventanas cerradas. Las teorías del cambio climático invadieron por unos días la prensa y los telediarios, llenaron todos los huecos noticiables que a diario el público del primer mundo devora para divertirse y sentirse seguro. Y llegó agosto con sus dos semanas seguidas a más de treinta y cinco grados a la sombra. Y se asaron en sus casas y sus chalets de veraneo de la sierra madrileña en cuyos interiores las máquinas de aire acondicionado coreanas logran una temperatura constante de veinticuatro grados, día y noche. Conectaban el climatizador por la noche para poder copular si sudar y así repoblar el mundo.

Llega el invierno. En las casas hace más calor que en verano. Sus hijos necesitan incubar virus letales a no menos de veinticuatro grados. Se quejan del elevado precio que las eléctricas les cobran por mantener su mundo de Ipads e Iphones. Ellas van a comer Cupcakes con las amigas y ellos acuden a emborracharse a afterworks. Todos cuelgan fotos en sus Facebooks en las que puede verse los cero grados que el termómetro exterior de su coche marca cuando salen por la mañana hacia el trabajo. Se organizan concursos en redes sociales para comprobar quién ha pasado más frío imaginario. Durante un momento se sienten congelados en el espacio que separa la puerta del ascensor de la de su coche, que es un gran pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para el hombre soplapollas corriente. En la oficina, junto a la máquina del café, charlan sobre lo mal que se vive en la tundra madrileña. En el fondo se sienten afortunados bajo la protección de la empresa que les ata. Unos años más tarde se mueren, pero antes ellos tienen que quedarse calvos y ellas que ponerse bien focas.

“Feliz el que, como en otro tiempo los mortales, paternos campos con sus bueyes ara sin rendir a la usura vasallaje”. Mientras pueda os voy a seguir robando. Más vale que protejáis bien vuestros culos. No votaré nunca a nadie por muy incívico que os parezca y nuestra sombra seguirá flotando detrás de vosotros, porque cualquier día no pagaréis a vuestros picoletos, maderos, pitufos y otros mierdas por el estilo, cruzaremos el espigón flotando sobre botellas de plástico vacías y no tendremos piedad. Luego nos comeremos los unos a los otros, pero antes lo pasaremos muy bien pateando vuestros éticos culos.

Y sólo quiero añadir que viva el gordo Dotcom de Megaupload, y los Neander y los Denisovanos, esos que joden cada día vuestro asqueroso árbol genealógico perfecto y vuestro positivismo más falso que un duro de madera. La nave espacial nunca alcanzará la velocidad de la luz y cuando el sol se convierta en gigante roja vosotros, vuestros tátaratataranietos y todos vuetros recuerdos se irán a tomar por el culo. Y yo no lo veré, pero tú tampoco, gilipollas.

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