Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

Huesos

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Madrid. Tetuán. Dolor de huesos. Huesos pegados a la tierra. Brisa nocturna abrasadora que arrastra polvo y mugre. No me gustan las cicatrices. No ayudan a andar, ya lo dijo Aute. Escuecen y molestan con cada cambio de tiempo. Y mi pensamiento tampoco puede tomar asiento, aunque no estoy siempre de paso, para mi desgracia tengo las raíces más hundidas en esta tierra que los raigones de mi muela del juicio, que los muy cabrones se niegan a ser expulsados de mi cuerpo después de años tras su intento de extracción. Llevo marcado a fuego un costurón de doce centímetros que me creció encima del tobillo. Siempre había pensado que mi cuerpo era poco vulnerable a las lesiones. Sin embargo, cuando me he puesto a contar percances, me he dado cuenta de que mis piernas son más bien las de un ecce homo camino del Gólgota. En más de diez ocasiones he sufrido esguinces de tobillo, me rompí un ligamento de la rodilla y mi tendón rotuliano derecho atesora una inflamación crónica que me hace moverme como una niña tomando el té en cuanto piso diez minutos un campo futbolero. Una profesora me dijo que pensase que iba mucho más conmigo romperme el tendón de Aquiles que cualquier otra parte del cuerpo con un nombre más vulgar, que en el plano filosófico (no se puede ser más pedante que esta señora de apariencia joven pero viejoven de edad) sonaba mucho mejor que romperse la tibia y el peroné. Nos relataba la susodicha, en un receso de su ímpetu docente, que cuando era pequeña los niños la perseguían a pedradas por el patio del colegio porque les parecía raro que leyera en el recreo. A mí me han pegado pedradas, pero también, confieso, he lanzado alguna que otra que ha atinado sobre alguna cabeza. Me tocó purgar mis pecados sufriendo el famoso “síndrome de la pedrada”, esa sensación irrepetible de que alguien te ha pegado un palo en el tobillo y que cuando te das la vuelta descubres que o eres tonto o que fue un enemigo es invisible, un ectoplasma.

tetuan3Jugábamos al fútbol dando balonazos sobre una puerta de garaje de metal. El ruido de los golpes era ensordecedor; los vecinos salían iracundos a las ventanas, nos insultaban y amenazaban. Un yonki intentó una día quitarnos el balón, nos dijo: “poneros lejos, más lejos, más, que os tiro un penalti…”. Uno de nosotros, los niños cabrones del barrio, le respondió: “hijo de puta, ni pienses que te vas a llevar la bola….”. El tío llevaba una botella de batido Ryalcao de vainilla medio vacía en la mano, hizo ademán de romperla para amenazarnos, pero al golpearla contra el bordillo se cortó la zarpa, se  hizo una raja en la mano. Se marchó andando lentamente hacia ninguna parte, sin el balón, como una niña después de caerse al suelo y llamar a mamá. Luego llegó el camión de reparto del pan. Pero no traía pan, sino que el conductor se follaba a la panadera del barrio entre pistola y chusco. Ella sacaba al perro a la puerta de la tienda y, mientras éste ladraba excitado por la dulce visita, ella gritaba a los cuatro vientos, para que se enterara todo el barrio: “¡mira quién viene!”. Con el tiempo dejaron de fornicar, y cuando ella se jubiló le telefoneaba todos los días, obsesionada con su macho. La mujer legítima del repartidor acabó llamando a la policía para que la Loli dejara de perpetrar semejante acoso telefónico. Nuestra vendedora de bollos murió de cáncer hace dos años, soñando con su amante que olía a harina. De pequeño yo le decía a mi madre que quería ser panadero, que para ese oficio no era necesario madrugar como lo hacía mi padre. El olor a pan es lo mejor de este infecto mundo.

tetuan4El padre del Ramiro se había quedado parapléjico en un accidente de coche. Era tabú verle, nunca entrábamos a su casa, sólo escuchábamos desde el umbral de la puerta como balbuceaba, porque el hombre era incapaz de hablar bien. El Luis tenía cuatro hermanos. Su ropa apestaba, se la debían lavar muy poco. Le llamábamos el mofeta, o el pato, porque nadaba muy bien y decíamos que tenía membranas entre los dedos de los pies, como el pato Donald; además era muy torpe para cualquier tipo de deporte de equipo. Nos daba de hostias cuando le llamábamos por alguno de sus motes, pero aunque nos hacía bastante daño cuando nos cogía del cuello siempre volvíamos a reírnos de él. Tenía el coraje y la lealtad tan desarrollados como los pies, y llegó a calzar un cuarenta y cinco. El Vicente vivía con sus dos padres, pero ambos progenitores no tenían relación el uno con el otro, no fornicaban, ni se hablaban. El pater familias era un borracho impenitente que trabajaba de repartidor de chucherías y frutos secos por los bares; se rumoreaba que a la madre la había medido el lomo en más de una ocasión. Vicen era hiperactivo, le echaban todos los días de clase con pupitre y todo, porque se agarraba a la mesa con todas sus fuerzas y la maestra lo arrastraba con todo el equipo al pasillo. Volvía a casa dando volteretas laterales sobre la acera y simulando que bailaba con las farolas. Cuando perdíamos un partido él siempre sugería que jugásemos la revancha a hostias; el otro equipo no tenía más remedio que salir corriendo hasta sus casas, con él detrás amenazante. El Jose gustaba a todas las niñas, no sabíamos por qué, pero las gustaba. Decíamos que trabajaban de putas para él. Tenía un Spectrum 48K con el que jugábamos al Alien8. Formábamos pareja putativa en las máquinas de los bares y éramos absolutamente imbatibles hasta que murió ahogado sumergido en un ancho río que pasa por Toledo. El Marcos se había quedado huérfano de madre cuando era muy pequeño, lo que le había convertido en el niño mimado del barrio. Le compraban todas las colecciones de Madelman y de Geyperman, la de los esquimales en el polo, la del buzo con traje de falso neopreno, le teníamos tiña. Guardaba como oro en paño en una estantería de su casa un Scalextric enorme con muchísimos coches nuevecitos, todos metidos en sus cajitas, un balón Tango blanco brillante y una camiseta Adidas de la selección alemana del mundial 82. Le teníamos envidia cochina, pero por otra parte compasión. Algunos insinuaban que era un poco maricón, pero lo único confirmado a ciencia cierta es que tenía una zurda potente al estilo Rumenigge.

tetuan2Aquellos veranos olía a tierra seca, a las agujas de los pinos de la Dehesa de la Villa abrasadas por el sol. La arena de estos andurriales me huele tan bien como el pan recién hecho en el horno. Dicen que hay que dejar que la harina de las hogazas se enfríe para que la miga no te siente mal, que si te lo comes caliente provoca dolor de estómago; pero es imposible resistir la tentación. Cuando caen las primeras gotas de una tormenta de verano el ozono que el agua arrastra desde la troposfera huele cojonudamente. Las golondrinas vuelan a ras de suelo justo antes de la lluvia y chirrían espasmódicas al cazar los infectos insectos voladores de los que se alimentan; bocatto di Cardinalle. En agosto se marchaban cada uno a su pueblo. Yo no tenía pueblo. Nos íbamos a una sucia playa de levante. Allí soñaba con las dulces chicas fornicadoras francesas que hacían top-less a la orilla de la cloaca mediterranea. Años más tarde, ví a este tipo de gachises en las películas de Rohmer. Han pasado los años, pero sigo estirando el tendón de Aquiles cada vez que me levanto de la cama. Desde mi jergón os maldigo a todos, donde quiera que estéis. Dios y el diablo son de aqui, pongamos que hablo de Madrid. De madrugada la temperatura amaina un poco, una ligera brisa refresca el polvo y la mugre. Recuerdos y dolor de huesos. Huesos pegados a la tierra. Tetuán. Madrid.

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