Bonifacio Singh: Madrid Sumergida

La muerte os sienta tan mal

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El tanatorio de la M-30 es como un inmenso muro de Facebook. Pasar un ratito allí es asistir en vivo y en directo a la representación social humana más teatral. Tras la muerte de una persona, de cualquier persona, no me imagino a más de otras tres, o a lo sumo cuatro o cinco, a las que su falta provoque algún tipo de agujero interior. El resto es pura representación tragicómica, superyo al más puro estilo red social, discursos vacíos que pretenden la pena más burda o la alegría más idiotamente chisposa, cuando lo que realmente apetece es meterse en el agujero y cagarse en la reputa madre que inventó este mundo.  El tanatorio antiguamente era la droga que sustituía a Twitter o a Facebook, incluso es posible que el fatuo de Zuckerberg se inspirase en los pasillos requetecontaminados por luz fluorescente de este antro de la muerte para crear su mefistofélico invento. En esas habitaciones, en las que se exhibe a los fiambres de cuerpo presente maquillados como puertas a través de un ojo de buey, se conjugan falsos ropajes, superficialidad y ego, todo por toneladas, y buenos deseos lanzados como eructos al aire o elogios hacia quien en realidad te importa o te importó un puto carajo. Siempre me gustó observar desde la última fila sin ser visto, como en “El estudiante de Salamanca”, a toda esta fauna arrastrada inconsciente por la corriente vital. muerte2En cierto modo allí me sucede lo mismo que en las redes sociales: observo y río, pero también me asqueo y prefiero borrar de mi horizonte a todo aquel al que no quiero odiar al ver lo que realmente le gustaría llegar a ser. Los humanos se ven a sí mismos como gurús reflejados en el espejo cóncavo del callejón del gato; las gordas se ven supermodelos, los bobos listos y a algunos incluso les da por creer que todo tiene un sentido. Todavía queda una última fase en el big-bang virtual: convertir Facebook en una gigantesca esquela en la que expresar el amor eterno por los muertos, en la que escribir tus mejores frases hechas de pésame para que vean lo buenísimo que eres. Aun me pregunto por qué junto al botón “me gusta”, expresión de la máxima felicidad humana (¿hay algo más maravilloso que contar que hoy has cagao blando y que tu cuñado o tu suegra pongan “me gusta”?), no hay otro que ponga “asco”.

Cuando el payaso Miliki palmó, el coro virtual comenzó a decir cosas como “puso una sonrisa en nuestra niñez”. Facebook y Twitter ardieron, se llenaron de inmensas muestras de gratitud hacia el simpático clown amante de esas inocentes criaturas conocidas como niños, que años más tarde crecerían para ser potenciales clientes de los discos horteras que trataba de vender al gran público este señor. A la juventud siempre le ha encantado el circo por los valores tan sanos y enrollados que representa, por ese olor a caca que embelesa siempre levitando como un trapecista alrededor de la carpa circense, ese hedor provocado por los excrementos de los animales supuestamente salvajes que pueblan sus espectáculos y por los artistas que mean al lado de sus infectas autocaravanas. La gran mayoría de los que se mostraban consternados ante tal óbito payasil no había nacido cuando los payasos eran estrellas de la tele en blanco y negro, y otros ni siquiera se acuerdan de su programa. Pero todos lloraban mucho. Yo recuerdo que había una parte de aquel invento, “la aventura”, en que el cabronazo de Fofó se reía de una forma surrealista de todos los valores que representaba el orden social, el buen hacer y la laboriosidad. Luego, para rematar, cantaban algunas canciones en su mayoría bastante reaccionarias y políticamente correctas, todas con bonito mensaje subliminal (impagables “Susanita tiene un ratón” y “Así, así que yo la vi…”) muy acordes con la asquerosamente meliflua personalidad de Milikito (aunque esa es otra larga historia…). Es posible que el cabrón con patas del grupo, el ideólogo del desbarajuste gracioso, fuera Fofó, porque cuando éste murió los payasos de la tele comenzaron a perpetrar un espectáculo cada vez más denigrante en el que colocaban a trabajar a todos sus familiares, que en la mayoría de los casos no tenían ni puta gracia. Finalmente cada uno se fue por su lado y Miliki y su simpático hijo Milikito se dedicaron a exprimir la gallina de los huevos de oro de la nostalgia hasta casi estrangularla. Curiosa semblanza la de esta saga familiar con la actual de los Borbones, también tan graciosos y campechanos. muerte44La familia Aragón acabó peleándose a brazo partido por el legado y la fama cosechadas en el pasado, a hostia limpia literalmente, en un nuevo espectáculo televisivo mucho más atractivo que el que protagonizaron sus padres. “Payaso come payaso”, podrían haberlo titulado. En Facebook no suele haber peleas familiares. Todo el mundo es buenísimo allí, incluso los que se odian o se han puteado a muerte toda la vida. “Qué bonita foto, tu hijo está precioso”, pueden afirmar aunque el tierno infante sea más feo que pegar a un padre con un calcetín sudao.

En la puerta del tanatorio siempre hay dos moros gorrillas. Normalmente no doy calderilla a esta clase de salvajes empleados, los miro con cara de mala hostia y punto. Pero estos dos moros, no sé por qué, suelen tratarme como si fuera uno de sus semejantes y me dan un sitio siempre en toda la puerta. La mezquita central está a apenas cien metros. Allí reparten cus-cus barato y mochilas con explosivos. Los peculiares aparcacoches funerarios me dan conversación cuando entro y cuando salgo. Debe ser por la cara de satisfacción que llevo en los ojos cuando huyo del lugar, que es un sitio del que vivos y muertos desean marcharse lo antes posible, aunque todo Dios trate de disimularlo. Hay gente que ríe mucho en el tanatorio para amortiguar el miedo que tiene a morirse. Miedo algunos, porque el resto, esa mayoría ruidosa que fuma compulsivamente sobre las barandillas con vistas a la M-30, no piensa ni en que poseamos la vida eterna ni en que seamos un pedo en el viento, no piensan a secas. Piso el acelerador. Madrid está extrañamente frío aunque sea ya casi mitad de mayo, la noche huele a agua mezclada con ozono troposférico. Las sombras caminan con las manos en los bolsillos entre una oscuridad primaveral que ya huele a verano. Madrid es de color gris, casi negro, por mucho que lo traten de pintar de colorines. Madrid está hecho de gente con la piel dura, de animales extranjeros llegados a la fuerza desde otras latitudes, enjaulados en barcos de esclavos. Las urracas blancas y negras anidan sobre los eucaliptos importados de las antípodas. En Madrid casi siempre hace o mucho calor o mucho frío. No necesito mapas ni gepeeses para guiarme, me dejo llevar por la marea de las calles hasta casa. Pongo la radio. Ando rodando por esta ciudad desde hace ya muchos años, y sé que ella ha robado el alma y la fe de muchos hombres. Música de cañerías sobre el asfalto congelado. Pleased to meet you, Mick, pleased to meet you, Keith; hola don Pepito, hola don José….


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