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Imaginario sesentero



Esta es la historia de dos niños de la alta burguesía londinense. Como su padre no soporta que tengan su habitación hecha unos zorros porque quiere que sean como él, perfectos, nuestro gentleman (sólo en la impecable apariencia) contrata a una institutriz para meter a los infantes en vereda.

La señora se presenta a los niños y decide, en primer lugar, resolver la cuestión del desorden: unos pases de magia por aquí, unos herméticos gestos por allá y hete aquí que los armarios y cajones se abren solos, la ropa se autodobla y se coloca en su sitio, los juguetes cobran vida para volver a sus cajas. Los niños asisten a todo esto entre divertidos y perplejos. La señora les enseña, incluso, algún pase para que ellos sean capaces de aplicarse el cuento solitos la próxima vez.

Acto seguido, la ‘señorita’ se los lleva a pasear. Ya se pueden Vds. figurar cómo es el barrio de nuestros protagonistas pues sale en todas las películas en que se quiere proyectar el Londres más castizamente encopetado : palacetes de ladrillo con pórtico neoclásico, rejas de hierro fundido a la altura de la cintura cercenando británicos jardines, calles de impoluto adoquinado. Los niños pegan la hebra con un ‘dibujante calco-solar’ (vamos, un simpático artista que se gana la vida dibujando sobre las losas de granito de la acera con tizas de colores). Este señor parece conocer a la institutriz y a ella le pide provea para que los cuatro se den una vueltecita por uno de los paisajes dibujados.

¡Chis, chas! Los cuatro, automáticamene endomingados a la moda del período de entre-dos-guerras, viven una fabulosa peripecia por una idílica campiña inglesa revisitada. Los chavales descubren y bailan con los animales de la granja y con toda una exótica y pinturera fauna.

Otro día, madame y el dibujante los llevan a esos otros barrios por los que tanto deambulara Sir Arthur Conan Doyle pues allí vive otro personaje querido que deben rescatar. Se trata de un sexagenario entradito en carnes y vestido a la Sherlock Holmes. Ha vuelto a ser víctima de un ataque de risa. Ésta lo hace levitar y flotar contra el techo del salón de su casa. La única manera de hacerlo volver a pisar tierra firme es contarle cosas que lo entristezcan pero ya se pueden imaginar Vds. que esto se torna misión imposible en cuanto los niños contemplan la escena… Total, que los cinco acaban dándose de topetazos con las vigas del techo.

Pasan los días y el señor padre se extraña de lo feliz que se muestra toda la prole de su morada. ¡El buen humor se ha apoderado, incluso, del servicio! Sus hijos le cuentan chistes y… ¡se supone que él debe reírse! “Esto sólo puede ser obra de la marisabidilla ésa, que me los tiene a todos revolucionados. Pues me va a oír…”

Al final, madame no sólo consigue aplacar la indignación del míster sino que lo convence para que se lleve a los niños al trabajo, de modo que éstos vean cuán honrada y rectamente se gana papá la vida.

Al día siguiente un señor de traje y bombín negros sale de su casa llevándose a sus hijos de la mano. Durante todo el trayecto a pie, este alto empleado bancario no para de advertir a sus niños de lo respetuoso y ejemplar que deberá ser su comportamiento: ver, oír y callar.

Al pasar junto a la escalinata de la catedral de San Pablo, los pequeños avistan a una pobre vieja que se está ganando la vida vendiendo paquetitos de migas para las palomas a dos peniques y medio la unidad. El chico quiere comprarle uno con el único dinero que lleva encima y su padre, displicente, se lo impide, arrastrándolo prácticamente hasta la solemne entrada oficial de la institución financiera. Allí, todo son anchos e interminables pasillos de refulgente y frío mármol, columnas que intentan alcanzar lejanísimas bóvedas y clientes y funcionarios de todo tipo observando la inmutable liturgia de una jornada de trabajo.

En un momento dado, los tres se topan con el politburó del banco. Los jerarcas están todos cortados por el mismo patrón: hombres formateados en chaqués, tocados con sombreros de copa. Financieros que la codicia ha secado y deformado. Sobre todos ellos, el más enclenque y oxidado, el patriarca. Papá les presenta a su progenie y les cuenta la última peripecia. El enjuto pontífice le arrebata, entonces, al chaval su dinero y le suelta un sermón sobre el partido que el banco les podría sacar a los dos peniques y medio: “¡Serás propietario de minas de oro, de barcos cargados de especias, de pozos de petróleo!”. Y el chiquillo que nones… Comienza una pugna generacional por la micropasta entre gritos de “¡Devuélvame mi dinero!”. Las voces llegan a los oídos de los clientes en las otras dependencias. De pronto, el pánico se propaga: todos quieren recuperar su dinero a la vez; los empleados del banco se parapetan tras sus mostradores, otros se apresuran a guardar el efectivo en cajas fuertes y, por las puertas que dan a la calle, ¡son ya vociferantes hordas las que inundan las instalaciones para recuperar lo que es suyo!

Míster es despedido pero, tras contemplar lo que ha ocurrido, hay ya una semilla de rectificadora y sensata bondad que va germinando en su interior. De vuelta a casa, tiene unas palabras con la institutriz, quien acaba por hacerle ver en qué error ha persisitido en vivir la mayor parte de su vida. El hombre acaba por reírse a carcajadas y, jovial, se entrega a una nueva coreografía musical en torno a una palabra tan complicada de pronunciar como divertida de oír.

Al día siguiente, los jefazos pican a su puerta para… contarle un chiste y readmitirlo. La banca ha rectificado ante la presión popular. Reír es lícito y una nueva era comienza.

Ésta alegoría digo yo que se hallará en algún lugar del imaginario de los pertenecientes a mi generación.

La siguiente pregunta es: ¿quién habrá tenido la brillante idea de hacernos soñar con lo que fuimos y lo que podemos aspirar a ser emitiendo hace unos domingos por la primera cadena Mary Poppins?

 

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