daniel

Íñigo

Era alto, corpulento, de nariz aguileña y mirada penetrante. Uno de esos tíos educados que entran a un sitio y dicen “buenos días”. Siempre iba bien vestido y peinado hacia atrás, con las gafas en suspensión en el borde de su apéndice nasal. Durante cuatro años coincidimos en el mismo bar a la misma hora. Él volvía de trabajar, yo llegaba allí de ninguna parte. No nos hablábamos, no nos teníamos confianza, o por lo menos no la suficiente como para iniciar una conversación. Tenía un acento extraño, después supe que era medio vasco y medio gallego. Su rostro mostraba siempre un semblante serio. No me agradaba, yo a él tampoco. Los dos lo sabíamos. Pero siempre adoptábamos una postura respetuosa, como corresponde a dos caballeros. Bebía su cerveza y miraba el partido con aire distraído. Comentaba las jugadas de forma discreta con alguno de los amigos que a menudo lo acompañaban. Era del Barça. Nunca discutía de fútbol ni de nada. Jamás gritaba. Otras veces venía con un chaval espigado que parecía ser su hijo. Pocas eran las veces que llegaba solo al bar, y cuando eso ocurría enseguida se acercaba alguien a hablar con él. Y es que tenía esa extraña virtud que sólo algunas personas poseen: atraía a la gente a su lado, era dueño de una especie de magnetismo invisible.

Cuando salía a fumar un cigarro a la puerta del local adoptaba una postura majestuosa. Abría ligeramente las piernas y miraba al frente mientras sostenía el pitillo, como un vigía oteando el horizonte sin soltar su antorcha. Su elegancia era innata. Se movía como lo hacen los gatos. Sus gestos eran pausados pero contundentes y su voz fuerte y sonora. Aunque no nos tratábamos yo sabía que él era una buena persona. Todos los camareros lo adoraban. Y los camareros de aquel bar eran como mi familia. A veces salía con ellos por ahí y tomaban cubatas hasta las tantas. Siempre me contaban lo genial que era. Siempre les creí.

Un día le diagnosticaron un tumor maligno. Lo echaron del trabajo y quiso irse a morir a su tierra natal. Antes de marcharse quiso celebrar con todos sus amigos una cena de partida. Unos días antes de fallecer llamó por teléfono al bar para despedirse de todo el mundo. Le dijo al camarero que le atendió que, cuando se fuera al otro barrio, todos tenían que repetir la cena en su memoria. Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer esa llamada. Se llamaba Íñigo.

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Gente en la conversación

  • Invitado - José Manuel Mercado Navas

    Lo más difícil de ser digno es serlo hasta el final. Buen retrato humano en cuatro brochazos característicos y reconocibles.

    de Getafe, Madrid, Spain
lanochemasoscura