daniel

Nuestro hijo muerto

Enterramos a nuestro hijo muerto en un parque. Ella tenía 23 años. Yo 25. Entre tres árboles. Creo que eran sauces. En aquel sitio siempre había niños jugando. Me lo imaginaba mirando hacia arriba con la carne pudriéndosele, con gusanos en su boca, con bichos en su estómago. Pensaba que escuchaba las pisadas de los otros niños que correteaban por allí, de los que habían podido nacer, que gritaban alegres sobre la negrura. Éramos jóvenes e idiotas. Nos creíamos inmortales con nuestros cuerpos vigorosos al sol. Pensamos que era la mejor decisión. Ella dijo que aquellas pastillas le harían perder el niño, que lo expulsaría en pocas horas. Y así fue. No pude mirar aquel bulto sanguinolento que ella me ofreció. No tuve los cojones suficientes. Sólo adiviné sus formas por el rabillo del ojo. Olía como cuando mi abuelo descuartizaba los cerdos. Mi abuelo había sido matarife pero yo nunca había podido ver la matanza. Aquel olor a carne y sangre fresca. Durante varias horas no te podías librar de él por mucho que te lavaras. Se te metía hasta el fondo de la nariz y se quedaba allí. Recuerdo que hicimos una pequeña ceremonia. Toda aquella tristeza inmensa en aquel día tan luminoso. Era verano.

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