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Las mujeres follaban los coños de los hombres

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La mujer era soberana para quedar encinta pero solo la Santísima podía interrumpir un embarazo. El aborto estaba penado con la muerte. El banco de esperma se encontraba a disposición de todas las mujeres, seres libres. Los zánganos producían constantemente simiente de máxima calidad durante su corta y patética vida, encadenados con sus esqueletos a las bioparedes del Banco Estatal de Semen. Sin moverse, privados de pensamiento, privados de la luz, privados del contacto humano, privados de todo menos de la función reproductiva de sus testículos… elaboraban la leche que la Madre entregaba a sus hijas.

mujeres2El parvón que nacía con los niveles de testosterona superiores al máximo aceptado era introducido de inmediato en la trituradora. Aunque esto ocurría pocas veces. Normalmente ni siquiera se aguardaba a su nacimiento y era arrojado a las cuchillas giratorias junto a su contenedora. Se consideraba a la individua impura al portar un ilegal en sus entrañas. Tras unas horas de inseminación se podía saber ya si la persona estaba gestando a un enegendro varovil y merecedor de la muerte o a un parvón al que se le permitiría vivir. En el caso de que la gestante deseara aplazar la ejecución del macho impío podía apelar... a sabiendas de que solo iba a alargar el proceso infamándolo con recursos y demás trabas burocráticas, eso por no hablar de la enorme cantidad de dinero que iba a perder al verse en la obligación de pagar las costas. En todo caso el final siempre era el mismo: el parvón que iba a ser varovil moría despedazado en la trituradora, con o sin su contenedora. Aquella enorme máquina prodigiosa convertía la carne impía en deliciosas macburguesas veganas y en tofu para abastecer al ejército imperial de la Santa Vagina.

Si el feto iba a ser niña entonces se internaba de inmediato a la madre en el Virgoteucro. La bebé tenía a su disposición los mejores cuidados que podía brindar la Diosa a sus hijas. Durante dos semanas se festejaba la buena nueva entre las mujeres de la familia y se depositaban los votos de la futura niña. Todo el mantenimiento de la futura recién nacida correría a cargo de la Santísima, así como su incorporación de pleno derecho en la sociedad. En unas semanas se dirimía el lugar que ocuparía la recién nacida en el Matriarcido.

El pene era el mayor de los tabús. Era el objeto que simbolizaba el odio y la guerra. El pene era la violencia y la muerte, lo abyecto, lo cortante y lo oscuro. Ningún varón tenía pene, habían perdido el derecho a portarlo. Aquellos escogidos a los que se les permitía nacer eran operados en el útero de sus portadoras. Su miembro era vaciado y revertido hacia dentro, como una vagina. A las mujeres se le practicaba una especie de agigantamiento del clítoris gracias al que pasaban a tener falo, que funcionaba de la misma forma que el miembro sexual anteriormente reservado a los varones: se les agrandaba y se endurecía cuando se excitaban y penetraban a los machos.

mujeres3Era habitual que una mujer penetrara a un hombre en cualquier momento. Las mujeres follaban los coños de los hombres. Era un privilegio para el varón ser traspasado por la verga de una hembra, aunque fuera por el ano... o por la boca. Los alimentos que la Santísima distribuía a sus hijas y a los varones hacía que las femias se comportasen de forma violenta y los machos de un modo sumiso y temeroso. La mujer decidía cómo y cuándo penetraba las pequeñas vaginas de los machos. Ellas desafiaban al cielo con sus enormes vergas tiesas y enrojecidas, palpitantes de deseo, que derramaban la leche restante con que la Diosa las amamantaba en sus sueños. Y los hombres alzaban sus pompis avergonzados por deleitarse con aquel placer que destrozaba sus pequeñas vulvas púrpura o sus culos en pompa. Ellas golpeaban con sus brazos musculosos los cuerpos reblandecidos de los machos, arañaban y hacían sangrar su carne impía en aquel machicidio institucional que ahora reinaba tras tantos siglos de horror.

Las mujeres follaban violentamente y sin ningún reparo los coñitos de los hombres, temblororos y resignados, violaban a los niños que se cruzaban en su camino y a veces los asesinaban en un hermoso relato carmesí del orden que ahora imperaba, por fin, en el mundo.


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