daniel

Maricones

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Cuando yo era joven hacer deporte era de maricones. Y podías decir maricones para referirte a los maricones, sin temor a ser linchado. Solo los maricones de mi pueblo salían a correr con sus tenis tan caros, sus mallitas ajustadas y sus barbas de maricones, como los que llevan hoy la mayoría de los raners, que antes se llamaban simplemente maricones.

Cuando yo era joven no hacía falta ser maricón para presentar programas en la tele, ni para ser Conselleiro de Educación de la Xunta o presidente del Gobierno.

maricones2Es curioso cómo los maricones del ayer se han convertido en los hombres del hoy. Son chavales delgaditos que llevan esos cortes de pelo sofisticados y llaman a papá para que los vaya a recoger a la puerta de la disco, porque van muy pedo. Todos están estudiando Derecho o alguna ingeniería. O teleco. Y es curioso cómo todos van vestidos igual y opinan todos lo mismo. Son realmente fascinantes. Escuchan trap. No les importa nada una mierda a no ser que le haga ir más lento su Iphone. A veces fantaseo con la idea de que mandamos a todos estos maricones a luchar a las trincheras, contra los rusos. Menuda carnicería... de maricones.

En mi época no hacía falta que tuvieras un amigo maricón con el que quedar para tomar café… es más, estaba mejor visto que no tuvieras ningún amigo maricón. Éramos así de atrasados.

En mi época los musculitos que iban a la playa a fardar eran maricones. Y los hombres no nos echábamos cremas ni nos depilábamos porque eso eran mariconadas. Y las cosas de chavales eran eso: cosas de chavales. Había mucha más libertad que hoy en día, y eso que solo tengo treinta y ocho años. Recuerdo pocas cosas, tengo muy mala memoria. Pero una que nunca olvidaré es cuando mis padres me entregaron un bebé y me dijeron: "Es tu hermano Sergio". Lo cogí entre mis brazos, asombrado. Mi hermano. No pesaba nada.

Cuando mi hermano tenía unos seis años vi a lo lejos cómo los hijos del panadero, Juan y Pedro, estaban haciéndolo llorar. Le tiraban del pelo y se metían con él. Aquellos dos capullos iban en mi clase, nosotros tendríamos unos once años. Sergio y yo íbamos a judo pero él era muy pequeño para defenderse. Recuerdo cómo Kico, nuestro profesor, nos insistía siempre en que aquellas llaves no eran para hacer daño sino para defendernos. Pero yo quería matar a aquel par de hijos de puta. Según me iba acercando iba aumentando mi ansia homicida. Una cosa empezó a arder en mi interior, un fuego que en la puta vida había sentido. Iba a asesinarlos allí mismo. Cogí a Juan por sorpresa, lo agarré del cuello por detrás y lo tiré contra la acera con todas mis fuerzas, con las esperanza de desnucarlo. Sonó un ¡cloc! sordo y se echó a llorar. Se llevó una buena ostia en la cabeza. Luego me tiré encima de él golpeándolo y arañándole la cara. Creo que quería arrancarle los ojos. Yo vivía aquella pelea como un sueño, como si no fuera conmigo, en cámara lenta. Y a la vez empleaba cada fibra de mi cuerpo en causar el mayor daño posible a aquellos cabrones. Pedro quiso defender a su hermano pero me levanté y, con una sangre fría que aún hoy me acojona, pensé cómo podría joderlo más. Le hice una llave y lo dejé caer también hacia atrás, pero aquí había perdido el factor sorpresa y no se lastimó tanto como su hermano. Recuerdo que Sergio me miraba. No sé qué pensaría. Yo iba a matar a Juan y a Pedro, lo juro por Dios. Le di varias patadas en la cabeza a Juan, quería reventársela. Pero en un segundo se levantaron y se marcharon mientras yo me cagaba en todos sus muertos. Menudo par de maricones.


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