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El joven y el lobo

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Era el solsticio de verano. Sagrado solsticio de verano. El calor húmedo de los altiplanos murcianos se pegaba a la piel, pesaba sobre el espinazo, agobiaba, no dejaba respirar. Ni siquiera en aquella noche clara. En aquella noche en la que la luna brillaba gigantesca, observándolo todo, misteriosa. Bañándolo todo de blanca irrealidad.

lobo2La mujer ascendía la pendiente con soltura, unos pasos por delante. Conocía el camino, si es que había camino, a la perfección. Guiándolo a él, pero sin mirarle. No se había vuelto a mirarle desde que ambos habían abandonado el poblado contestano. Y él casi lo prefería. Se esforzaba por ir tras ella pese al calor, pese a la desorientación, pese a que bajo aquella luz sobrenatural todo parecía cambiado. Pese al miedo que lo atenazaba, no sabía por qué. Un miedo que nunca, nunca reconocería. Y menos ante ella.

Aquella noche el muchacho alcanzaría la mayoría de edad. Aquella noche todo cambiaría para siempre.

El ascenso se tornó cada vez más complicado. Al poco, la mujer tuvo que ayudarse de ambas manos para no resbalar, y el joven, después de un par de traspiés, la imitó. Unos centenares de metros más allá, llegaron a una cueva. Una boca de negrura que se abría en el monte, exhalando su fresco aliento sobre las retamas circundantes. Tragándose a los paseantes incautos. Tragándoselos a ellos.

Su guía desapareció impertérrita entre las sombras de la cueva, y él, después de un instante, hizo otro tanto. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a aquella oscuridad, más densa que la noche de la que provenían. Todo era humedad allí dentro. Pero entonces la vio. Se había desprendido del manto con el que había salido del poblado, y lo esperaba, mirándolo fijamente, cubierta tan solo con un fino velo translúcido que se le pegaba a la piel. Por algún extraño sortilegio, aquel cuerpo moreno, ya maduro, se adivinaba, trémulo, entre las tinieblas de la cueva. Unas gruesas trenzas lo enmarcaban. Un diente de lobo pendiendo del cuello mediante un fino cordel era todo el adorno que necesitaba. Por algún motivo, por algún incomprensible motivo, desde el primer momento él no pudo apartar los ojos de aquel colgante.

Ella se sentó en el suelo de la cueva, y le invitó a hacer otro tanto. De entre las rocas amontonadas contra una de las paredes, extrajo un vaso y una flauta doble. Lo miró a los ojos y le acercó el recipiente, colmado de un líquido inidentificable. Él bebió. Ella se acercó el instrumento a la boca y emprendió la melodía.

lobo3Los primeros compases rompieron el silencio de la noche, acallando a los grillos y deteniendo a la propia luna en su deambular celeste. Todo quedó en suspenso. Ni siquiera el joven respiraba. Más tarde no recordaría nada de la música. Ni siquiera si su intérprete había alternado la flauta con el canto. Tan solo sabía que las imágenes se habían formado en el interior de su cabeza. O más bien en su pecho, muy dentro de él. Había visto a un joven, se había visto a sí mismo, o quizá a alguno de sus compañeros del poblado. O acaso a cualquier otro mancebo de su edad, de su época o de mucho tiempo atrás. Lo había contemplado atravesando las murallas del poblado en una noche como aquella, cubierto apenas con una túnica y sosteniendo una lanza en la diestra. Lo había seguido mientras se internaba, precavido, en la floresta. Casi diría que había olido a la bestia acechante antes de que la percibiera el misterioso joven. Pero la música no transmite olores. O puede que sí. La bestia, un enorme lobo, se había abalanzado sobre el protagonista del cuento, casi derribándolo, haciéndole perder la lanza. Había saltado en torno a él, lo había arrinconado, silenciosa, cruel. Pero el joven del relato era valiente, era fuerte, era piadoso y confiaba en los dioses. Cuando el enorme lobo le acometió por última vez, con las fauces abiertas, fauces voraces de vida y de sangre, él, impertérrito, había agarrado aquellas mandíbulas con sus manos desnudas, las había sostenido, las había dislocado. Los últimos sonidos de la flauta fueron notas de plácida alegría, la alegría de un muchacho que regresa a su poblado al amanecer, cargando con la piel del monstruo que amenazaba a su gente.

La flauta se detuvo ahí. Ella continuaba mirándolo a los ojos, grave. Él por fin tomó aire. No sabía durante cuánto tiempo llevaba conteniendo la respiración. Se encontraba mareado.

 – Así me contaron esta historia, así te la he contado, así alguien se la contará a tus hijos cuando se hagan adultos, y así sucederá con los hijos de tus hijos. Así se hará mientras los dioses estén a nuestro lado.

lobo4La mujer había hablado en tono solemne. Dejó entonces la flauta a un lado, se levantó con donaire y se deshizo de la túnica translúcida. Entonces le tendió la mano, con una media sonrisa, tentadora. Magnífica. La piel le olía a campo, a tomillo y a retama.

A la mañana siguiente, el joven regresó solo a su poblado. Ella había desaparecido durante la noche. No importaba. Él caminaba sonriendo, consciente del cambio que se había operado en su interior aquel mágico solsticio de verano. Consciente de que ya era todo un hombre.

Consciente de que, aunque Roma lo hubiera llamado a filas hacía apenas unos días, aunque lo fueran a embarcar rumbo a los dioses sabían qué lejana frontera, si combatía bien y con honor como auxiliar de las legiones, algún día podría emprender el camino de vuelta a su poblado. Algún día podría formar una familia, y contemplaría con orgullo a sus chicuelos cuando, una noche, una mujer del poblado acudiera para llevárselos a la cueva. Una noche como aquella. Para transmitirles el secreto de su pueblo, un secreto que perviviría, si los dioses permanecían a su lado, para siempre.

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