gcardiel

El más feliz de los hombres

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<El relato que oí en Psófide sobre Aglao, un psofidio que vivió en tiempos de Creso el lidio, de que fue feliz durante toda su vida, no puedo creerlo.>
Pausanias, 'La descripción de Grecia', VIII, 24.13.

Los embajadores lidios se adentraron, sudorosos y desfallecidos, en la penumbra de la cabaña. El viaje había sido largo y lento, desesperantemente lento, a través de las sendas que serpentean, casi invisibles, por las montañas de la Arcadia. Uno de sus caballos se había torcido una pata apenas habían abandonado la Élide, y habían tenido que sacrificarlo. Otro había resbalado por la linde del camino y se había despeñado por un terraplén, llevándose consigo víveres y parte del equipo. Gracias a su escolta de esclavos, los bandoleros que pululaban por aquellas tierras agrestes no se habían dejado ver. Pero su presencia era casi palpable, allá, en las alturas, observándoles y anhelando sus riquezas. Habían conseguido orientarse gracias a los pastores y lugareños con los que se habían ido topando, pero sus indicaciones no siempre habían sido demasiado precisas. Era difícil comunicarse con aquellas gentes y su singular acento. Y más aún cuando ni siquiera ellos sabían exactamente lo que buscaban.

felizhombre2Las órdenes de su rey habían sido precisas. Debían buscar la tumba de Alcmeón, hijo de Anfiarao, caudillo de los héroes que siglos atrás habían tomado la ciudad de Tebas. Habían de localizar y entrevistarse con quien gobernara aquellas tierras. Y tenían que regresar a Sardes lo antes posible para dar cuenta de su expedición. Creso, su amo y señor, rey de los lidios, se sentía abochornado por el oráculo de Delfos, que se había atrevido a proclamar a los cuatro vientos que pese a las apariencias no era Creso el hombre más feliz de la tierra, sino Aglao, hijo de Aglao, heredero de Alcmeón, junto a cuya tumba residía. Nadie conocía a ese tal Aglao. Y Creso ansiaba desenmascararle y poner en entredicho a los ridículos sacerdotes de aquel ridículo oráculo que había osado desafiarle.

Mas cuando los embajadores localizaron por fin el paraje de la tumba de Alcmeón, se sintieron defraudados. Un enorme y viejo ciprés, ya casi seco, señalaba el lugar. Sin más. No había ni monumento, ni lápida, ni templo. Unas cuantas docenas de ovejas pastaban alrededor, ramoneando como podían la hierba agostada por los calores del verano, vigiladas apenas, o acaso solo acompañadas, por un perro y un niño. Junto al arroyo que irrigaba aquel valle se levantaba solo una cabaña, y hacia ella se habían dirigido para preguntar por el señor les lugar. Les había recibido una campesina, no sin cierto recelo al principio, aunque la desconfianza pronto había dado paso a una hospitalaria y cálida bienvenida. Casi les había empujado dentro de la casa, mientras los esclavos se hacían cargo de los caballos. No les había sabido contestar a sus preguntas. Apenas les entendía, ni ellos conseguían comprender del todo su cerrado dialecto montañés. Pero aceptaron gustosos el frescor de la cabaña, la copa de buen vino y los pasteles rellenos de miel que su anfitriona se apresuró a poner entre sus manos. Ahora que se fijaban, pese a los rigores de la vida en el campo, la moza exhibía una casi insultante lozanía. No era fea, ni mucho menos.

felizhombre3Su marido llegó al rato, al caer la tarde, cuando ellos ya se habían hecho a la idea de que deberían pasar allí la noche. Era algo mayor que la campesina, pero no mucho. Regresaba apestando a sudor, al suyo y al de los bueyes con los que había estado labrando. Pero el hedor no obstó para que su compañera se apresurase a refrescarle tiernamente con trapos húmedos, mientras le susurraba fugazmente algo al oído.

Tampoco el campesino supo darles noticias del dueño de aquellas tierras que cultivaba. No sabía a qué señor o a qué ciudad pertenecían. Ni nadie se molestaba en subir hasta allá para recabar impuestos, ni él ni su familia solían salir de aquel valle, que en tiempos habían labrado su padre, y el padre de su padre. Pese a todo, la velada fue entretenida. A pesar de que el lugareño no hablaba mucho mejor que su mujer y debían afanarse por entenderle, conversaron sobre las cosas del campo, sobre las montañas de aquellos contornos, sobre los grandes héroes y monstruos que otrora las poblaran, sobre los bueyes y las ovejas que rumiaban fuera de la cabaña y sobre los caballos que dormían amontonados junto con los esclavos lidios a tan solo unos pasos de allí. La cena fue frugal pero apetitosa, la sobremesa tranquila pero dilatada, y el sueño en la frescura de la pequeña cabaña, que compartieron con sus propietarios, reparador tras tan largo viaje.

A la mañana siguiente, no obstante, los embajadores partieron de aquel valle con un nuevo peso en el corazón. Debían regresar a Sardes, y temían la reacción de Creso cuando le dieran cuenta de su estadía en la cabaña de Aglao, hijo de Aglao, el hombre al que los dioses creían más feliz que su rey. Y que lo era.

Pero Creso nunca llegó a enterarse de la condición de su rival. Antes de que la embajada se embarcara de regreso al Peloponeso, los ejércitos persas habían tomado Sardes y habían hecho prisionero al monarca lidio. Nada menos que Ciro el Grande había anunciado que asistiría en persona a su tortura y ejecución. A la tortura y ejecución de quien se pretendía, sin serlo, el más feliz de los hombres.

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