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Heroínas

El azote del viento en el Cabo deja una estela de tragedias invisibles. Me gusta pasear sobre el asfalto, me reconforta patear entre edificios y me sugestiona el imprevisible cruce de miradas de extraños que dejan de serlo en mi cuarto de modelaje de historias corrientes. Ando, ando, ando pues respiro. Elegí cuidadosamente el barrio donde residir que me permitiera ese placer convertido en necesidad. Hasta el día de la tragedia, mi barrio en Ciudad del Cabo era mi preciada joyita robada a esta ciudad.

Cerca de los exquisitos edificios de tradición afrikáner, junto a los jardines que acompañan a la casa del pueblo y los museos de la ciudad, se descubre una corta pero serpenteante calle que alberga mi edificio de pisitos. Vivir en el centro, pero lejos del complejo nervioso que da vida a la ciudad, significa que debes compartir tu espacio público con una legión de vagabundos que cimientan las ciudades del tercer mundo, donde la pobreza y la riqueza encuentra una intersección.

El vecindario dentro de mi bloque de pisitos no entiende el significado de la cordialidad de unos buenos días o unas buenas tardes, el vecindario fuera de mi bloque de pisitos sí. Quizás reflejo de un efecto psicótico para dignificarse a sí mismos a través de la identificación territorial de nuestro barrio. Son mis vecinos elegidos, son ellos los que me hacen sentir que estoy en casa. Cuando salgo por las mañanas son a los que doy los buenos días y al volver de la jornada laboral saludo con un hola. Ésos por los que alzo el brazo en reconocimiento a nuestra misma dirección postal. Cuando pasan los días y alguno desaparece me pregunto que habrá sido de él o de ella, robándome más de una sonrisa de mi boca cuando me reencuentro con ellos de nuevo. Olvido siempre, quizás como mi mecanismo de protección a la deshumanización en esta país, que van armados con cuchillos caseros, armas improvisadas de consecuencias mortíferas. Pera la tragedia está siempre avizor para cazarte desprevenida.

Las parejas entre vagabundos no son raras y mi vecindario no es una excepción. Aquí los vagabundos se mueven en grupo y descansan en grupo. Manadas de animales heridos sin rumbo fijo delimitados territorialmente. Ser mujer entre la manada te convierte en la escogida para protagonizar sus tragedias sudafricanas. Una se habitúa a oír los gritos de ayuda, sin esperar respuesta, de las mujeres que comparten maritalmente su vida al otro lado de mi ventana.

herinas3Mujeres siempre acompañadas por un hombre, un paso más atrás como en todas las esferas de la sociedad sudafricana. Las palizas son frecuentes y las demostraciones amorosas son las menos, pero nunca dejan de estar el uno con el otro. Siempre he experimentado una repulsión estomacal hacia cualquier acto de violencia física y me revuelve las tripas visualizar a esas mujeres contorsionando sus débiles cuerpos para encajar la tanda de hostias. Sus caras se han convertido en familiares para mí. Unas caras que he visto desfigurarse cada día, paliza a paliza. Las reconozco llorando, las reconozco sonriendo, las reconozco con las caras ensangrentadas, las reconozco chillando,…. La tragedia las reconoce también como sus preferidas.

El único director respetado por todos en el Cabo, que dirige sin piedad la barraca teatral de sus calles, es el jodido viento. Golpea fuerte. Golpea con una fuerza que parece avisarnos de que su cabreo va en aumento, condicionando un rápido desenlace de la tragedia. La última representación, en el teatro de mi vecindario, la he presenciado desde la platea.

Rutinariamente salgo a desayunar temprano todos los sábados y como de costumbre me he cruzado con las familiares caras. Uno de esos matrimonios de la calle eran increpados por un afrikáner que habita dentro de una de las casitas unifamiliares de mi barrio. Un “por qué coño habéis tocado el timbre”, provocaba la replica de improperios de difícil traducción de mi matrimonio vecino. Sin ralentizar mi paso he vuelto a mi pisito, la barbaridad cotidiana es de fácil digestión. Dos horas más tarde he vuelto a tomar la calle para dirigirme a mi próxima toma, pero esta vez la rutina se ha roto con el corte de mi paso por un coche de policía. “Hace dos horas que ha pasado”. “¿Qué ha pasado?”, pregunto a uno de mis vecinos con derecho a cuartos interiores. “Dos de nuestros vagabundos se han acuchillado, uno le ha metido cinco puñaladas al otro, se ha levantado con toda la cara cortada y se ha ido”.

¡Nuestros¡ el sentimiento de propiedad está muy presente en la psiquis de la ciudad. No me ha extrañado las recriminaciones a la policía por llegar dos horas tarde, es parte de la normalidad en este país. Quién de los nuestros habrá sido. Si se ha levantado y largado por su propio pie no debe ser muy grave, y hay un hospital a 12 metros de aquí. Pero la tragedia no deja escapar una oportunidad. Tras dar unos pocos pasos, me sorprendo pisando unas manchas de sangre que trato de evitar, pero como si fuera parte del repertorio de personajes del guión escrito por un cínico, al poco me topo con dos cuerpos de un hombre y de una mujer. ¡Joder pandilla de bestias están aquí, tirados en el suelo¡. A pesar de la sangre en la cara reconozco sin problemas a la parte masculina del matrimonio vecino, y a su vera la dulce figura de mi vecina, la de chillido agudo.

Los dos cuerpos están en posición fetal. Uno enfrente del otro, como en otras tantas veces les he observado durmiendo, uno junto a otro sobre mi dirección postal, pero esta vez hay dos hombres uniformados a sus pies hablando por el teléfono. La escena es extraña, rallando el surrealismo, dos cuerpos en el suelo junto a una gasolinera rodeada de casas unifamiliares, tiendas, lugar de paso, con una fluida circulación de coches, y nadie cerca de los dos cuerpos, salvo dos policías recién llegados. Quizás son cuerpos apestados por algún virus que no consigo identificar. No sé por qué me viene a la mente las palabras del afrikáner echándolos de su portal dos horas atrás. Joder quién coño ha hecho esto, “se han acuchillado entre ellos”. No puede ser, no puede ser real, es demasiado teatral, es demasiado trágico, y el mundo no es una tragedia teatral. O sí. Una samanta palos de un nazi afrikáner es más digestible para mí que un trágico desenlace de violencia de género. Reconozco el porche donde todo se ha originado dos horas antes, al otro lado de la calle.

Algo extraño en la cara de mi vecina me ha reconfortado en esta mierda de historia, por primera vez he visto su cara sin desfiguramiento, he podido ver las serenas facciones de una joven de no más de 20 años. Mientras la cara del macho cabrio era todo deformación y sangre. Quizás un acto de justicia final ha permitido a mi heroína devolver la furia inflingida hasta el final de sus días por el amo y verdugo con el que compartía mi dirección postal. La escena final refleja la realidad en la que viven la mayor parte de la población femenina de este país, y de los que no tienen nada en una sociedad ahogada en el vómito del materialismo.

Dos cuerpos heridos mortalmente en el suelo, abandonados durante dos horas a 10 metros de un hospital, ante la presencia de dos indiferentes policías y una manada de ciudadanos deshumanizados. Un trágico final para una heroína sin nombre de las calles de Ciudad del Cabo. Mi vecina. 

 

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